[Índice]
Lucio aguardaba en una de las galerías interiores del palacio, donde los ventanales altos dejaban entrar una luz húmeda sobre los mosaicos y el tránsito de funcionarios era lo bastante constante para mantener las apariencias sin impedir una conversación privada. Anicia Fausta Proba apareció acompañada por una esclava que llevaba un pequeño estuche de marfil y, después de las cortesías necesarias, despidió a la muchacha unos pasos atrás. Fausta parecía mucho menos tímida ahora que durante la coronación. —He averiguado algo sobre vuestra famosa batalla —dijo, y la diversión apareció inmediatamente en sus ojos—. Y me temo que vuestra versión tiene muy poco que ver con la de mi prima.
Abrió el estuche y extrajo una carta doblada varias veces, protegida por una
funda de lino. —Lucina Anicia Marcella. La mujer que, según vos, simplemente
«formaba parte de una comitiva que necesitaba ayuda». —Fausta dejó escapar una
pequeña risa antes de extenderle el escrito—. Conserva una copia porque la
original fue enviada a Roma. Y debo advertiros: mi prima no parece compartir
vuestra pasión por la modestia.
Fausta carraspeó primero con discreción, pero al desplegar la carta sus
cejas se elevaron. Aquello no estaba redactado como la relación privada de una
dama agradecida. Lucina había llenado el pergamino con versos largos, solemnes,
medidos según el hexámetro que sus preceptores le habían enseñado para leer a
Virgilio. Fausta miró una vez a Lucio, contuvo una sonrisa y comenzó a leer con
una gravedad deliberadamente excesiva. Su voz, clara y fuerte, atravesó la
galería. Un escribano dejó de ordenar tablillas. Después otro. Dos esclavos que
transportaban jarras disminuyeron el paso.
—«Cuando cerraron los montes su boca de piedra a los nuestros,
y quinientas lanzas bajaron oscuras del bosque,
alzose entre ellas un hombre nacido para espanto de hombres:
alto como torre pagana, cubierto de hierro extranjero,
y llevaba en sus manos el martillo que quiebra los escudos…»
Fausta hizo una pausa. Levantó lentamente los ojos del pergamino y descubrió
que ya tenía media docena de espectadores. Una esclava se había detenido junto
a una columna; tres escribanos fingían trabajar sin mover los cálamos. Fausta
pareció encontrar aquello magnífico. Inspiró de nuevo y continuó, esta vez
dando a cada verso el peso de una proclamación.
—«Mas frente al gigante avanzó otro gigante, y Roma lo había criado:
rubio también era el joven, mas limpio su rostro y romana su frente;
hermoso en armas, terrible en ira, sereno entre hombres quebrados.
No rugía como bestia ni alzaba blasfemias al cielo:
ordenó cerrar filas, llamó por sus nombres a quienes temblaban
y donde el miedo abría un hueco colocaba su cuerpo y su espada.»
Ahora incluso un funcionario que atravesaba el corredor se detuvo. Fausta
giró apenas sobre sí misma, como una recitadora que acabara de descubrir
accidentalmente un público, y elevó la carta un poco más. —«Entonces alzó el
pagano su martillo sobre el hijo de Roma…» —Se detuvo deliberadamente allí.
Miró a los esclavos. Miró a los escribanos. Finalmente miró a Lucio, dejando
que el silencio hiciera el trabajo que Lucina había previsto desde el
principio.
—«…y pensé que contemplaba nuevamente las edades de los héroes:
Hércules contra Anteo, pero esta vez bajo la cruz del Señor.
Golpeó el bárbaro, y el bronce gimió; golpeó de nuevo, y cedieron los escudos;
mas el Aeciano permaneció donde ningún hombre deseaba permanecer.
Entró bajo el martillo, encontró la carne detrás de aquel hierro
y cayó el gigante del bosque ante el gigante nacido de Roma.
Entonces volvieron los nuestros, porque la vergüenza venció a su miedo;
los jinetes desmontados cerraron de nuevo la línea,
los heridos fueron recogidos, los aislados llamados por nombre,
y ochenta hombres negaron a quinientos el derecho de matarlos.»
Fausta dejó descender lentamente el pergamino. Ya no intentó ocultar la
sonrisa. —«No escribo lo que me dijeron; escribo aquello que mis ojos
contemplaron. Si mi pluma engrandece al joven Lucio Aeciano, que se acuse
primero a la verdad de haberlo hecho demasiado grande.» —Terminó. Durante un
instante nadie en la galería recordó que debía fingir que no había estado
escuchando. Fausta contempló aquel pequeño público conquistado por la carta,
volvió los ojos hacia Lucio y añadió, casi satisfecha consigo misma: —Prima
Lucina no escribió una carta de agradecimiento. Escribió vuestro primer
panegírico. Y vos seguís contando la historia como si hubieseis tenido una
tarde complicada con el clima.
Fausta observó su rostro mientras terminaba de leer y acabó riéndose
abiertamente. —¿Comprendéis ahora vuestro problema? Vos contáis que había mal
terreno, soldados competentes y un hombre grande con un martillo. Lucina
asegura prácticamente que Hércules bajó de los frescos para salvarla. —Recuperó
la carta, pero no la guardó todavía—. Y ella estaba allí. Eso importa. Una
Anicia diciendo en Roma que vio personalmente una hazaña vale más que veinte
veteranos jurando en una taberna. —Su expresión se hizo más calculadora—. Si no
empezáis a capitalizar vuestras propias hazañas, nunca llegaréis al mando
verdadero. Los hombres no siguen solamente al oficial que vence. Siguen al
hombre del que creen que se contarán historias después de que ellos mueran.
Fausta dobló lentamente la carta. —No os estoy diciendo que mintáis. Eso
sería vulgar y, peor todavía, innecesario. Solo dejad de corregir a quienes
dicen la verdad de una manera más útil que vos. —Entonces sostuvo el escrito
entre dos dedos, todavía sin decidir si devolvérselo—. Mi prima os ha regalado
algo mucho más valioso que una alabanza: os ha regalado un testigo de apellido
Anicio. Ahora falta saber si el Gigante de Hierro comprende qué hacer con él.
Lucio recibió toda aquella representación con una incomodidad que Fausta
encontró todavía más divertida que la carta. Mientras los escribanos regresaban
lentamente a sus tablillas y los esclavos retomaban sus tareas, él parecía
desear exactamente lo contrario de lo que acababa de ocurrir: desaparecer de la
atención pública. Había acudido a buscarla con una intención bastante más
sencilla. Quería ofrecerle un paseo cortés por los jardines y galerías
exteriores del palacio, conversar durante un rato y cumplir con aquella parte
de la educación social que Ricimero consideraba tan necesaria como aprender a
mantener una formación de caballería. Nada de panegíricos, facciones
senatoriales ni construcción deliberada de una reputación.
Fausta, en cambio, había comprendido precisamente lo contrario. Guardó
cuidadosamente la carta de Lucina y observó al joven como quien contempla una
propiedad valiosa cuyo dueño todavía ignora cuánto puede producir. —Ese es
vuestro problema —dijo mientras comenzaban a caminar—. Creéis que basta con
hacer cosas dignas de ser recordadas. No basta. Alguien debe conseguir que las
recuerden las personas correctas. —Sonrió al pasar junto a dos funcionarios que
todavía cuchicheaban sobre la lectura—. Dentro de una semana, la mitad de
Rávena habrá decidido que medíais dos codos más durante aquella batalla. Dentro
de un mes, probablemente habréis matado personalmente a veinte germanos. No
hace falta corregirlos a todos.
El paseo salió hacia un corredor abierto sobre los jardines palatinos, donde
cipreses, fuentes y pequeños canales rompían por unos momentos la severidad de
Rávena. Lucio mantenía aquella cortesía patricia que Fausta esperaba de él,
interesado mucho más en conocerla que en planear una carrera. Ella, sin
embargo, llevaba años siendo educada para reconocer posibilidades. Veía al
heredero reconocido de Aecio, al pupilo de Ricimero, al muchacho que acababa de
recibir mando propio y al héroe de una historia que ya circulaba por las casas
senatoriales. Veía también el defecto: Lucio parecía considerar que obtener
autoridad y merecer autoridad eran prácticamente la misma cosa.
—Yo quiero entrar en la alta política —admitió Fausta finalmente, sin la
falsa modestia habitual entre las doncellas nobles—. No quiero pasar mi vida
administrando cenas, embarazos y visitas mientras mi marido toma decisiones con
hombres menos inteligentes que yo. Quiero saber qué se decide, por qué se
decide y quién gana cuando todos aseguran estar sirviendo a Roma. —Lo miró de
lado—. Vos podéis llegar muy lejos, Lucio Aeciano. Pero alguien tendrá que
empujaros de vez en cuando, porque sois perfectamente capaz de ganar una
batalla y regresar después diciendo que simplemente cumplisteis con vuestro
deber.
Fausta sonrió otra vez, esta vez con algo más de coquetería que de cálculo.
—Un hombre así necesita una mujer que recuerde mencionar que salvó el ejército
antes de que otro hombre se atribuya el mérito. —No estaba proponiéndole
matrimonio; al menos, todavía no. Pero tampoco hablaba únicamente de aquel
paseo. Para ella, Lucio era simultáneamente un joven atractivo que despertaba
su curiosidad y una posibilidad política excepcional. Y empezaba a sospechar
que ambas cosas podían resultar perfectamente compatibles.
Ella lo notó casi inmediatamente. Había algo en la manera en que Lucio
escuchaba que revelaba cuándo estaba interpretando una frase como declaración
literal y cuándo sospechaba una segunda intención. Fausta decidió no
apresurarlo. —No pongáis esa cara —dijo con una sonrisa, mientras bordeaban una
fuente baja—. No estoy organizando vuestra carrera durante un paseo. Todavía.
Solo digo que los hombres que llegan al mando raras veces llegan solos. Detrás
hay una madre que recordó un parentesco, una esposa que consiguió una
audiencia, un secretario que hizo circular una carta o una dama que consiguió
que veinte personas repitieran la misma historia durante una cena.
Lucio suspiró. Habían alcanzado una calle relativamente tranquila junto al
sector palatino, donde los vendedores que abastecían a funcionarios y casas
aristocráticas ofrecían alimentos bastante distintos de las gachas y panes
bastos de los barrios pobres. De una bandeja protegida con lino tomó dos
pequeños pasteles de harina fina, queso fresco y miel, todavía
tibios, espolvoreados con semillas de amapola; junto a ellos había higos secos,
nueces tostadas, aceitunas aliñadas y pequeñas piezas de pan blanco que los
criados compraban para acompañar vino especiado. Era la clase de capricho que
un patricio podía comer durante un paseo sin convertir la calle en una taberna.
Lucio ofreció uno a Fausta y dejó escapar otro suspiro.
—Te pareces a mamá.
Fausta se quedó inmóvil un instante, con el pastel suspendido entre los
dedos. Luego arqueó una ceja.
—No sé todavía si agradeceros eso o exigir satisfacción.
—Es verdad. —Lucio continuó andando—. Las maquinaciones patricias siempre se
me han dado mal. Muchas de ellas van contra la fe. Contra los Mandamientos.
Contra Cristo. Mentiras, adulterios, sobornos, juramentos que nadie piensa
cumplir… hombres que sonríen mientras preparan la ruina de otro. Después todos
van a la iglesia como si Dios no hubiese escuchado lo que dijeron la noche
anterior.
Fausta mordió con cuidado el borde del pastel y tardó en responder. Aquello
ya no era la conversación ligera que había esperado utilizar para medirlo.
—Entonces quizá vuestro problema no sean las maquinaciones —dijo al fin—, sino
que confundís política con pecado porque habéis conocido demasiados políticos
pecadores. —Se limpió una pequeña gota de miel del pulgar—. Lucina no mintió
sobre vos. Yo tampoco he mentido. Vos hicisteis algo extraordinario y las
personas que lo vieron desean contarlo. ¿Dónde está el pecado en permitir que
la verdad viaje más lejos que vuestra modestia?
Lo miró de reojo, divertida de nuevo. —Vuestra madre probablemente diría
algo mucho más elegante y conseguiría que terminarais creyendo que la idea fue
vuestra. Yo todavía no tengo esa experiencia. —Después levantó ligeramente el
pastel, casi como si brindara con él—. Pero si algún día entráis en una sala
donde diez hombres mienten y vos sois el único que se niega incluso a presentar
bien la verdad, no habréis defendido la virtud. Solo habréis facilitado el
trabajo de los mentirosos.
Lucio sonrió, y por un instante toda la maquinaria política de Fausta se
desordenó. No fue una sonrisa calculada ni la cortesía impecable que reservaba
para senadores y matronas; fue algo más sencillo, casi juvenil, que suavizó de
golpe la severidad de su rostro. Fausta había preparado argumentos, réplicas,
incluso alguna ironía sobre la virtud y la ambición. Ninguna le sirvió. El
rubor le subió desde el cuello hasta las mejillas con una claridad imposible de
ocultar, y tuvo que bajar la mirada hacia el pequeño pastel de miel como si
acabara de descubrir en él algún misterio filosófico.
Aquel momento decidió mucho más de lo que Lucio podía sospechar. Hasta
entonces Fausta había visto en él una posibilidad magnífica: apellido,
reputación militar, proximidad a Ricimero, sangre Aeciana y suficiente juventud
para que una mujer inteligente pudiera crecer políticamente junto a él. Ahora
apareció algo mucho más peligroso. Le gustaba. No como pieza, no como alianza
posible, sino con aquella intensidad inmediata que convertía cada cálculo
posterior en algo menos limpio. Precisamente por eso se recompuso deprisa,
alisó la tela de su manto y retomó la conversación con una dignidad que habría
engañado a cualquiera que no hubiese visto el rubor anterior.
La cita continuó entre el ruido de la zona rica de Rávena. Pasaron frente a
pórticos donde escribanos ofrecían servicios a comerciantes y funcionarios,
tiendas con vidrio oriental, pequeñas joyerías, vendedores de perfumes, telas
finas y panaderías que sacaban dulces con miel para clientes capaces de
pagarlos sin preguntar el precio. Criados cargados con cestas abrían paso a sus
señores, litigantes discutían junto a las entradas de oficinas administrativas
y de vez en cuando un jinete del palacio obligaba a todos a pegarse a los
muros. Entre aquella mezcla de riqueza, burocracia y humedad, los dos patricios
podían caminar sin parecer clandestinos y, al mismo tiempo, disfrutar de una
intimidad que los grandes salones jamás les habrían concedido.
Fausta empezó a hablar menos de carreras y más de sí misma. Comentó cuáles
familias de Rávena le parecían insufribles, qué matronas fingían piedad para
esconder ambición y qué funcionarios se creían importantes porque podían hacer
esperar a un senador quince minutos ante una puerta. Se permitió reír, incluso
burlarse, pero cada cierto tiempo miraba a Lucio con una atención nueva y luego
apartaba los ojos demasiado tarde. La incomodidad de él, lejos de desalentarla,
parecía agradarle: no estaba delante de un libertino acostumbrado a coleccionar
conquistas, sino de un joven que podía enfrentarse a un gigante con martillo y
sentirse más inseguro ante una muchacha que caminaba a su lado.
Cuando regresaron hacia los sectores palatinos, Fausta ya había dejado de
pensar en cómo empujar la carrera de un Aeciano prometedor. Pensaba en cómo
permanecer cerca de él cuando esa carrera comenzara de verdad.
Aquella noche, Lucio se presentó ante Ricimero con la misma solemnidad con
la que habría informado sobre una patrulla de reconocimiento. Explicó dónde
habían caminado, quién los había visto, qué familias habían sido mencionadas,
qué comentarios había hecho Fausta sobre los Anicios, los funcionarios
palatinos y las matronas de Rávena, e incluso qué rumores parecían circular con
mayor rapidez entre los corredores. Ricimero lo escuchó durante un rato sin
interrumpir, sentado con una copa en la mano, hasta que comprendió que el
muchacho estaba describiendo una cita como si hubiese explorado territorio
enemigo. Entonces empezó a reír. —Por los santos, muchacho… ¿también vas a
decirme cuántos pasos había entre la panadería y el jardín? —Dejó la copa y lo
miró con aquella satisfacción paternal que reservaba para las señales de vigor
que consideraba saludables—. Te gusta la Anicia. Bien. Que te guste. Si
consigues llevarla a la cama, mejor todavía. Si un día aparece algún bastardo,
tampoco será el fin del mundo. Los bastardos bien colocados suelen resultar
sorprendentemente útiles. Prefiero que tengas mala reputación con las mujeres a
que llegues a los treinta con fama de santo y nadie sepa qué demonios te
ocurre.
Lucio intentó conducir la conversación hacia asuntos menos embarazosos, pero
Ricimero levantó una mano. —No. Escucha la parte importante. ¿Entiendes que
ahora tienes un mapa básico de quién es quién en Rávena? —Lucio vaciló antes de
admitir que, más o menos, sí. Fausta le había hablado de familias, rivalidades,
matrimonios, de quién odiaba a quién, de qué matrona dominaba determinada casa
y de qué funcionario llevaba meses intentando obtener un ascenso. Incluso había
mencionado, casi como indiscreción inevitable, el matrimonio que acababa de
acordarse entre Ricimero y Alypia, hija del nuevo Augusto. Lucio lo dijo con
cautela, esperando quizá haber cruzado una línea.
Ricimero no se ofendió. Por el contrario, abrió los brazos y golpeó una vez
la mesa con alegría. —¡Bravo! Dos horas más y lo averiguas antes que yo, niño.
—Se inclinó hacia él, todavía sonriendo—. ¿Ves lo que intento enseñarte? No
necesitaste sobornar a un secretario, interceptar una carta ni torturar a un
mensajero. Caminaste con una muchacha, comiste algo dulce, sonreíste un poco y
regresaste sabiendo qué casas buscan matrimonios, qué mujeres quieren
influencia y qué rumores circulan sobre el generalísimo de Occidente.
La diversión desapareció poco a poco de su rostro y quedó el maestro.
—Tienes presencia, Lucio. Más de la que comprendes. Las personas quieren
agradarte antes de que abras la boca: los soldados porque pareces hecho para
montar delante de ellos; las muchachas porque eres joven, hermoso y demasiado
grande para pasar inadvertido; los viejos porque llevas el nombre de Aecio.
Utilízalo. No necesitas convertirte en un mentiroso. Pregunta. Escucha. Sonríe.
Deja que la gente hable de sí misma. Una mujer que desea impresionarte te
contará quién corteja a quién; un senador orgulloso te explicará qué enemigo
piensa destruir; un oficial borracho te revelará qué unidad no ha cobrado. La
mitad del poder consiste en conseguir que otros te entreguen información
creyendo que simplemente están conversando.
Ricimero volvió a tomar la copa y observó al muchacho con una expresión
entre afecto y diversión. —Practica eso y podrías llegar a emperador sin
desenvainar la espada. Aunque, conociéndote, probablemente desenvainarías la
espada de todos modos. —Bebió y señaló hacia la puerta con la copa—. Ahora vete
a dormir, tribuno. Mañana aprenderás algo mucho más difícil que matar germanos:
recordar correctamente todo lo que una dama te dijo mientras fingías que solo
estabas admirando sus ojos.
Lucio apenas había abandonado los aposentos de Ricimero cuando encontró a
Alypia avanzando por la galería acompañada por dos damas orientales y un eunuco
de la casa imperial. La hija del nuevo Augusto caminaba sin prisa, vestida con
una sobriedad tan costosa que solo una mujer criada en Constantinopla podía
hacer parecer sencilla. Lucio se detuvo inmediatamente y, obedeciendo al
reflejo aprendido ante la sangre imperial, descendió sobre una rodilla.
Alypia ni siquiera le permitió terminar el gesto. Se adelantó, le tomó
suavemente por el antebrazo y lo obligó a levantarse. —No. En Oriente no
tenemos costumbres tan bárbaras, niño. —Sus ojos verde grisáceos mostraban más
diversión que censura—. Eres patricio. Un igual entre iguales dentro de la
aristocracia romana. No vuelvas a arrodillarte ante nadie salvo ante Cristo… o
ante mi querido padre cuando la solemnidad del cargo realmente lo exija. —Le
acomodó casi maternalmente una arruga del manto que había quedado torcida al
levantarse—. Somos guardianes de la res publica, no cortesanos de
algún reyezuelo bárbaro dueño de tres aldeas que necesita ver hombres postrados
para convencerse de que gobierna.
Una de las damas orientales ocultó una sonrisa. Alypia continuó caminando y,
con una leve inclinación de la cabeza, indicó a Lucio que podía acompañarla.
—Occidente tiene una costumbre curiosa. Afirma despreciar a los bárbaros
mientras adopta algunas de sus peores inseguridades. Títulos interminables,
séquitos armados, hombres que necesitan demostrar cada hora quién está encima
de quién… —Entonces lo miró de lado—. Mi padre no necesita que un Aeciano se
arrastre para saber que es Augusto. Y si alguna vez necesita eso, habrá
empezado a olvidar qué significa serlo.
Había en ella una seguridad distinta de la de Fausta. La Anicia deseaba
entrar en el poder; Alypia había nacido dentro de él y parecía considerar la
política casi una condición natural del aire. —Ricimero me ha hablado de ti
—añadió con una neutralidad demasiado cuidadosamente construida—. Más de una
vez. Y ahora comprendo por qué. Te educa como militar, pero también intenta
enseñarte a mirar una habitación antes de decidir dónde colocar la espada. —Una
pequeña sonrisa cruzó su rostro—. Supongo que esta noche ya habrá intentado
explicarte que las mujeres constituyen una forma particularmente eficaz de
inteligencia militar.
Alypia se detuvo antes de alcanzar la bifurcación hacia sus habitaciones.
—No le hagas demasiado caso en todo. Mi futuro esposo es un hombre
extraordinario, pero posee la delicadeza moral de una muralla de asedio. —Esta
vez sí sonrió abiertamente—. Aunque en algo tiene razón: escucha a las mujeres
de esta corte. La mayoría de los hombres habla delante de nosotras como si
fuéramos muebles bien vestidos. Es una ventaja maravillosa.
Alypia dejó que sus damas avanzaran unos pasos antes de acercarse lo
suficiente para que únicamente Lucio pudiera oírla. Había en su expresión una
diversión cálida, casi peligrosa, distinta de la compostura imperial que
mostraba ante el resto de la corte. —Podría arreglaros una reunión con la
señorita Fausta en condiciones algo más… acogedoras —susurró, demorándose
deliberadamente en la última palabra—. Pero no esta noche. Mañana regresáis al
mando, y sería poco prudente que vuestro primer día como tribuno os encontrara
sin brazos fuertes ni voz poderosa.
Se apartó justo a tiempo para que sus damas vieran el rubor o la incomodidad
que esperaba provocar, y las tres soltaron una risa contenida. Alypia
disfrutaba demasiado de aquello. Lucio le parecía hermoso de una forma casi
ofensiva, pero también inaccesible de una manera que hacía el juego más
divertido: demasiado disciplinado, demasiado cristiano, demasiado consciente de
lo que debía ser un Aeciano. Precisamente por eso ella no intentaba cruzar
ciertas líneas. Se conformaba con rozarlas, con dejar frases suspendidas y
observar cómo el joven intentaba decidir si aquello era una broma, una prueba o
una auténtica oferta.
—No os preocupéis —añadió, recuperando una dignidad exquisitamente falsa—.
No pienso corromper al heredero del León de Occidente la víspera de su primer
mando. Sería una manera muy vulgar de empezar mi vida en Rávena. —Una de sus
damas murmuró algo en griego y Alypia respondió con una mirada que provocó otra
ronda de risas—. Además, Fausta parece perfectamente capaz de corromperos sin
ayuda imperial.
Luego volvió a acercarse apenas, esta vez con un tono más bajo y menos
burlón. —Pero recordad algo, Lucio. En esta corte todos van a intentar utilizar
aquello que deseáis: honor, mando, familia, fe, mujeres. No dejéis que eso os
convierta en piedra. Un hombre de hierro que no sabe disfrutar termina siendo
únicamente hierro útil para otros. —Después le tocó brevemente el brazo, como
si aquella cercanía no significara nada, y se retiró con sus damas antes de que
él encontrara una respuesta cómoda.
Lucio quedó en la galería sin saber del todo qué acababa de ocurrir. Alypia
se alejaba riendo con sus acompañantes, pero una de ellas volvió la cabeza una
vez; luego la propia princesa hizo lo mismo y sonrió como quien acaba de ganar
una pequeña batalla privada.