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La torre septentrional de la Domus Aeciana dominaba buena parte del valle de
Ferrata, desde las laderas cubiertas de bosques hasta los caminos que
descendían hacia las tierras más pobladas de Italia. Allí, entre mapas
militares, tablillas enceradas y correspondencia llegada de distintos rincones
del Occidente, Flavio Aecio Alpino había pasado buena parte de la mañana
examinando informes que ningún funcionario imperial habría considerado dignos
de su atención. El anciano, cuya autoridad había sobrevivido a emperadores,
conspiraciones y campañas que ya comenzaban a confundirse con las leyendas,
sostenía entre sus dedos una carta procedente de Aquitania. Su contenido
resultaba extraño incluso para una época acostumbrada a interpretar las
desgracias como advertencias de la Providencia: ganado encontrado despedazado,
viajeros desaparecidos en caminos frecuentados durante generaciones, una
familia campesina asesinada dentro de su propia vivienda y testimonios
contradictorios sobre un animal de dimensiones imposibles. Otros informes
llegados desde las provincias occidentales describían sucesos semejantes,
aunque separados por distancias considerables y sin aparente relación entre sí.
Aecio dejó el último documento sobre la mesa, junto a una pequeña pila de
cartas que había ordenado cuidadosamente según su procedencia, y permaneció
largo rato observando las montañas a través de la ventana abierta.
—Rumores de viejas, mi señor —aventuró Leoncio de Tauteburgo, que permanecía
cerca de la puerta con la compostura discreta de un soldado acostumbrado a
esperar órdenes—. Los campesinos encuentran un rebaño devorado y juran haber
visto al diablo; si desaparece un pastor, aseguran que los muertos han
regresado para llevárselo. En el Rin escuché historias semejantes durante años.
Siempre acabábamos encontrando lobos, salteadores o algún hombre demasiado
aficionado al vino.
Aecio no respondió inmediatamente. Había algo en aquellas noticias que lo
inquietaba de una manera difícil de justificar, una semejanza entre sucesos
aparentemente independientes que despertaba recuerdos cuya antigüedad prefería
no calcular. Había conocido pueblos capaces de atribuir una derrota militar a
la cólera de sus dioses, sacerdotes que anunciaban calamidades para obtener
donaciones y generales que propagaban presagios con el propósito de
desmoralizar a sus adversarios. También había aprendido que los hombres
prudentes no debían confundir lo improbable con lo imposible. Sus ojos,
hundidos bajo las cejas blancas, regresaron al documento aquitano antes de
levantar lentamente la cabeza.
—Leoncio, escribe a nuestros contactos eclesiásticos. Deseo que la Iglesia
envíe a Aquitania a sus hombres más experimentados en exorcismos y en la
investigación de supuestas manifestaciones demoníacas. Que sean discretos,
instruidos y capaces de reconocer una impostura cuando la tengan delante. Todos
los gastos de viaje, alojamiento y manutención serán cubiertos por mis
clientes. No deseo que un solo sacerdote tenga que mendigar hospitalidad para
cumplir este encargo.
—¿Debo comunicarlo también a la corte de Tolosa?
—Por los conductos habituales. No quiero que los Balti interpreten nuestra
preocupación como una intromisión en sus dominios. Y Leoncio… —El anciano
volvió a mirar las cartas—. Que nuestros hombres comprueben personalmente
cuantos testimonios puedan. Me interesan los cadáveres, las heridas y los
lugares donde ocurrieron las muertes. Las interpretaciones pueden esperar.
Leoncio inclinó la cabeza y abandonó la estancia. Aecio permaneció junto a
la ventana, apoyando una mano sobre el alféizar de piedra mientras contemplaba
el horizonte occidental. La luz del mediodía caía sobre las cumbres alpinas,
todavía salpicadas de nieve en sus alturas, y descendía hacia los bosques
oscuros que cubrían las pendientes inferiores. Desde aquella torre, el mundo
parecía conservar un orden tranquilizador: los caminos seguían las curvas del
terreno, las aldeas se agrupaban alrededor de iglesias y pequeños recintos
fortificados, los agricultores trabajaban parcelas cuyos límites habían sido
disputados durante generaciones y las caravanas continuaban transportando vino,
tejidos, herramientas y noticias a través de pasos que ni las guerras habían
conseguido cerrar definitivamente. Más allá de aquellas montañas comenzaban las
tierras de los burgundios y los caminos hacia la Galia, donde la autoridad de
Roma se había convertido en una compleja sucesión de tratados, fidelidades
personales y reinos que todavía conservaban, de una manera u otra, la memoria
del Imperio.
Si una mirada hubiera podido desprenderse entonces de la torre y elevarse
por encima de las montañas, habría contemplado una inmensa extensión de valles,
gargantas y cordilleras, atravesando las tierras fronterizas hasta alcanzar las
llanuras y colinas de la Galia meridional. Los caminos romanos, algunos
deteriorados y otros todavía magníficamente conservados, enlazaban ciudades
antiguas con villas agrícolas, fortalezas godas y pequeños mercados rurales.
Los campanarios modestos de las basílicas cristianas se levantaban entre
edificios heredados de siglos anteriores; en los campos convivían propietarios
galorromanos, colonos dependientes y guerreros establecidos mediante acuerdos
de asentamiento cuya interpretación variaba considerablemente según quién tuviera
la espada más próxima. Hacia el oeste y el sur se extendía el reino de los
visigodos, gobernado por los Balti, cuyos dominios constituían una de las
grandes potencias del Occidente. Sus ejércitos habían combatido junto a Roma
tantas veces como habían amenazado sus posesiones, y aquella ambigüedad formaba
parte de un equilibrio político que, por el momento, parecía satisfacer a la
mayoría de los grandes señores.
En el corazón de aquel reino se encontraba Tolosa, antigua ciudad romana
convertida en residencia principal de la monarquía visigoda. Sus murallas
abrazaban barrios de calles estrechas, plazas comerciales y edificios de
ladrillo y piedra donde la arquitectura imperial convivía con las necesidades
de una corte guerrera. El Garona discurría junto a la ciudad, alimentando una
actividad constante de barqueros, comerciantes y trabajadores, mientras los
accesos terrestres recibían mercancías procedentes de Hispania, Aquitania y las
regiones mediterráneas. En las residencias aristocráticas se escuchaban
indistintamente el latín de los propietarios galorromanos y la lengua de los
nobles godos, y no resultaba extraño encontrar guerreros de largos cabellos y
vistosos broches compartiendo banquetes con funcionarios educados en las
tradiciones de la administración imperial. La corte de los Balti había
aprendido a gobernar sobre una población mayoritariamente romana sin renunciar
a su propia identidad, aunque bajo la cortesía de sus ceremonias persistieran
rivalidades religiosas, agravios hereditarios y ambiciones territoriales que
ningún tratado había conseguido extinguir.
Sin embargo, Tolosa disfrutaba entonces de una paz considerable. Las
fronteras parecían estables, las fortalezas mantenían sus guarniciones
habituales y las noticias llegadas de Italia no anunciaban ninguna amenaza
inmediata contra el reino. Los nobles discutían matrimonios, propiedades y
antiguas reclamaciones; los comerciantes negociaban sus cargamentos, los
sacerdotes celebraban sus oficios y los jóvenes aristócratas ocupaban sus jornadas
entre ejercicios ecuestres, cacerías y diversiones cortesanas. En las villas de
los alrededores maduraban las cosechas, los rebaños regresaban cada tarde a sus
cercados y las familias acomodadas preparaban recepciones sin sospechar que sus
nombres acabarían relacionados con acontecimientos espantosos. Entre aquellos
jóvenes que todavía podían permitirse considerar el mundo un lugar dispuesto
para sus placeres se encontraba Juliano Aeciano, nieto del León de Occidente,
romano por nacimiento y casi godo por costumbre, cuya mayor preocupación no era
la supervivencia del Imperio ni el porvenir de los Balti, sino encontrar alguna
ocupación suficientemente emocionante para librarse de otra tarde de lecciones.
La mañana se había abierto sobre los campos de Tolosa con una claridad
apacible, casi dorada, de esas que daban a Aquitania un aire de mundo bien
ordenado y provisionalmente a salvo de la violencia de los hombres. Las lomas
suaves descendían entre pastos húmedos, cercados de madera, pequeños arroyos y
manchas de bosque bajo donde conejos, zorros y aves menores encontraban refugio
suficiente para justificar una jornada ligera de caza. No era una expedición
solemne ni una cabalgata destinada a impresionar a nadie, sino una salida
aristocrática de buena hora, con pocos acompañantes y el humor suficiente para
que los jóvenes nobles olvidaran por unas horas el peso de sus apellidos. Walia
Amalrico cabalgaba con la naturalidad orgullosa de quien estaba acostumbrado a
mandar incluso cuando no daba órdenes; Gundemaro Vidimero parecía más inclinado
a la broma y al comentario rápido que a la ceremonia; Amalasunta Vidimerica,
erguida y elegante sobre su montura, mantenía esa compostura que hacía parecer
deliberado hasta el menor giro de su cabeza; y Juliano Aeciano, al que algunos
de ellos llamaban Juler con familiaridad casi provocadora, llevaba en los ojos
esa mezcla de alegría, insolencia y hambre de movimiento que volvía imposible
confundirlo con un muchacho hecho para los salones.
No tardó en presentarse la ocasión. Un conejo salió disparado desde una mata
baja, cruzó el sendero con la ligereza desesperada de una criatura que todavía
cree en la velocidad más que en el destino, y Juliano reaccionó antes de que
los demás terminaran de señalarlo. El arco sonó apenas; la flecha salió con una
limpieza seca y fue a prender al animal en pleno salto, atravesándolo de lado a
lado antes de clavar su punta en la tierra blanda unos pasos más allá. El
conejo dio un estremecimiento breve y quedó inmóvil, todavía suspendido por el
asta que lo había fijado al suelo como si una mano invisible hubiese querido
exhibir la precisión del disparo. Gundemaro soltó una carcajada inmediata,
franca, casi brutal en su alegría, mientras Walia levantaba las cejas con una
sonrisa menos ruidosa pero no menos divertida, y Amalasunta volvió la vista
hacia Juliano con un brillo de interés auténtico que no alcanzó a ocultar del
todo bajo la etiqueta.
—Por Cristo y por todos los santos de Roma —dijo Gundemaro, acercando su
caballo—, Juler, eso no ha sido cazar; eso ha sido ejecutar a un desgraciado
por el crimen de existir donde tú mirabas.
—Si el animal hubiera sabido a quién pertenecía este campo, quizá habría
pedido asilo —añadió Walia con tono ocioso.
—Señor conde, si todos vuestros invitados cobran tributo a los conejos con
semejante severidad, no me sorprende que tu tío os obedezca —dijo Amalasunta, y
luego permitió que la comisura de su boca se curvara apenas—. Aunque debo
admitir que ha sido un disparo hermoso.
Juliano desmontó con la ligereza de un muchacho demasiado satisfecho de sí
mismo para disimularlo bien y arrancó la flecha del suelo con el conejo todavía
ensartado. Alzó la pieza un instante, no tanto para exhibirla como para aceptar
de manera silenciosa el pequeño homenaje que la escena acababa de concederle.
—Os agradezco la admiración, pero la presa ha cooperado —replicó—. Si queréis,
la próxima vez le pediré a un jabalí que salga a campo abierto y aguarde quieto
mientras le explico mi puntería. Gundemaro bufó una risa entre los dientes,
Walia negó con la cabeza como quien contempla a un cachorro demasiado orgulloso
de haber mordido por primera vez, y Amalasunta observó a Juliano con esa mezcla
de ironía y curiosidad que las damas inteligentes reservaban para los jóvenes
que todavía no sabían si deseaban impresionar al mundo o incendiarlo. Durante
unos momentos continuaron entre bromas menores, disputándose la paternidad del
mejor comentario y exagerando con deleite la tragedia del conejo, hasta que el
tono festivo comenzó a adelgazar, no por falta de ánimo, sino porque los campos
mismos parecían invitar a otro tipo de conversación.
Habían avanzado algo más al sur cuando el paisaje empezó a vaciarse de
pequeños ruidos domésticos. Había cercados, sí, y humo lejano de alguna granja,
pero también se advertían tramos de silencio más largos de lo razonable, y un
redil junto a una linde parecía demasiado quieto para la hora. Fue Amalasunta
quien rompió primero el hilo ligero de las burlas. —Señor conde, ayer oí decir
a una de mis mujeres que en las aldeas del sur faltan perros y sobran historias
—murmuró—. Juraba que una viuda había visto algo grande entre los matorrales,
una cosa baja y gris, pero con ojos que no eran de bestia.
Gundemaro resopló, aunque esta vez sin la alegría de antes. —Siempre hay una
viuda, siempre hay ojos de hombre y siempre aparece un monstruo cuando un cerdo
desaparece o un marido borracho no vuelve a casa.
Walia no se apresuró a reír. Miró el campo, luego las manchas de árboles,
luego a Juliano, como si calibrara si aquel era el momento de alimentar la
fantasía de un muchacho o de probar el temple de un noble. —Tal vez —dijo al
fin—, pero ya son varias las voces que repiten la misma canción.
Juliano volvió a montar sin apartar la vista del sur, y en su rostro la
insolencia juvenil empezó a mezclarse con otra cosa más afilada: interés
verdadero, el tipo de atención que en ciertos hombres precedía al peligro como
una sombra fiel. —Cuando las mismas mentiras nacen en bocas distintas, a veces
no son mentiras, sino un hecho mal contado —dijo—. He oído de ganado abierto
por el vientre, de un caballo hallado sin media cara y de una familia que ha
preferido dormir en la capilla del camino antes que en su propia casa.
Gundemaro lo miró con renovado ánimo, como si la jornada acabara de mejorar.
—Ahora sí hablas como un hombre razonable. Un conejo para el desayuno y un
monstruo para la tarde.
Walia entornó los ojos, más serio. —Si seguimos esa pista, seguiremos mi
voluntad, Juler, no tu entusiasmo.
Y Amalasunta, inclinándose apenas sobre la silla, respondió con voz baja y
precisa: —Señor conde, si de verdad hay algo en esos campos, más vale mirarlo
antes de que los rumores crezcan más que la criatura. Sobre ellos, el cielo
seguía limpio y Tolosa continuaba en paz, pero en la calma de aquella mañana ya
empezaba a insinuarse la clase de silencio que precede a las historias malas,
las que primero se cuentan entre risas y luego obligan a cerrar puertas al
anochecer.
La inquietud del conde Walia no tenía todavía forma de miedo, pero sí de esa
desazón más humillante y más útil que precede a los peligros verdaderos, una
especie de punzada persistente bajo las costillas que volvía sospechoso el
silencio de los campos, excesivamente largo entre una loma y otra, demasiado
limpio entre los cercados, demasiado vacío alrededor de ciertos rediles que a
aquella hora deberían haber estado acompañados por ladridos, voces o el simple
movimiento de la vida rural. Cabalgaba algo adelantado, con la vista barriendo
los pastos y las manchas bajas de arboleda mientras los demás aún arrastraban
el eco risueño del conejo atravesado por Juliano, y esa seriedad poco habitual
en él fue precisamente lo que Gundemaro advirtió primero, no para compartirla,
sino para espolearla con la crueldad alegre de los hombres jóvenes que se
avergüenzan de toda cautela antes de haber pagado el precio de despreciarla.
—¿Cuándo se escuchó hablar de un godo miedoso? —soltó Gunder, alzando la voz
como si quisiera que lo oyeran no solo sus compañeros, sino también los
árboles, los conejos y cualquier bestia agazapada en el sur—. De godos no; de
romanos miedosos, sí, de esos se ha hablado siempre.
Amalasunta giró el rostro con una mezcla de reprobación y cansancio
fraterno, hermosa y severa a la vez. —Hermano, si tu valor dependiera menos del
ruido, tal vez serviría para algo más que espantar liebres —dijo con una
frialdad suave, antes de volver apenas los ojos hacia Walia—. Señor conde, no
le concedáis demasiado peso; Gundemaro confunde el ingenio con golpear el aire
hasta que el aire le aplaude. Pero la pulla ya había dado en otro blanco:
Juliano, que hasta entonces llevaba el semblante suelto y burlón de quien
cabalga entre iguales, volvió la cabeza con una dureza repentina, y su mano
descendió instintivamente hacia la daga como si el cuerpo hubiese decidido
antes que la razón.
Walia alcanzó a notarlo y tensó la mandíbula, más irritado por la estupidez
del momento que por el insulto mismo; sin embargo, antes de que aquella
tirantez cuajara en una orden o en una reprensión, la mano enguantada de
Amalasunta se posó con ligereza firme sobre el hombro del conde, no para
dominarlo, sino para recordarle que un señor no debía rebajarse a la primera
mordida de sus cachorros.
—Señor conde —dijo ella en voz baja, solo para él y para quienes estaban lo
bastante cerca como para merecer escuchar—, es apenas un mal chiste de alguien
que aún no es conde. La frase cortó el aire con la limpieza de un cuchillo
fino. Gundemaro lanzó una carcajada breve, pero el golpe había entrado: no en
su orgullo de guerrero, sino en ese territorio más sensible donde comenzaban
las ambiciones. Juliano, mientras tanto, retiró los dedos del puño de la daga
solo lo necesario para que el gesto no se volviera afrenta abierta, aunque en
sus ojos permaneció encendida la chispa oscura de quien todavía no ha decidido
si la ofensa ha terminado.
—Decidlo otra vez —espetó Juliano al fin, con una sonrisa demasiado quieta
para ser amistosa—. Decidlo de nuevo, sabandija occidcental, y procurad que
esta vez suene tan gracioso como imagináis.
Gundemaro abrió la boca, encantado ante la posibilidad de empeorar las
cosas, pero Walia ya había resuelto que prefería el estruendo de los caballos
al de los egos. Hundió las espuelas con brusquedad y su montura salió hacia
adelante como una jabalina lanzada sobre el campo abierto; al mismo tiempo,
volvió el torso lo justo para arrojar por encima del hombro, con la insolencia
de quien manda incluso jugando: —Si me alcanzas, arribista occidental, quizá te
permita insultar en mi presencia. La provocación, más que apaciguar la tensión,
la transformó en otra clase de violencia: una legítima, útil y casi alegre.
Juliano soltó una risa breve, afilada, y espoleó tras él sin pedir permiso;
Gundemaro juró algo entre dientes y se lanzó también; Amalasunta, con una
elegancia indignada que no excluía el entusiasmo, azuzó su caballo detrás de
los tres, todavía lo bastante dueña de sí para exclamar: —¡Señor conde, si os
rompéis el cuello por una broma, juro que haré decir a todos que fue por
imprudente y no por valiente!
La pequeña partida se estiró entonces por los campos del sur como un hilo de
juventud noble, rica y peligrosamente despreocupada, cruzando pastos, lindes y
hondonadas con el viento pegando las túnicas a los muslos y arrancando de sus
gargantas carcajadas, insultos y desafíos; pero la ligereza duró menos de lo
que cualquiera habría querido, porque al coronar una suave elevación el juego
se quebró solo, sin necesidad de orden alguna. Más abajo, junto a un cercado
torcido y un grupo de sauces que ocultaban medio arroyo, algo ennegrecía la
hierba de una manera demasiado irregular para ser sombra, y aun desde la
distancia se adivinaba que uno de los postes había sido partido, no por el
tiempo, sino por una fuerza brusca y reciente. Walia refrenó primero, Juliano
casi al mismo tiempo, y los demás se recogieron tras ellos en un silencio
súbito, hostil, como si el campo entero hubiese estado aguardando precisamente
ese instante para dejar de fingir normalidad.
Walia Amalrico llegó primero al cercado, levantando una nube de polvo cuando
obligó a su caballo a detenerse frente a una pequeña vivienda de paredes
encaladas y tejado de paja. Una mujer permanecía arrodillada junto a la entrada
del redil, con el vestido manchado de barro, el cabello deshecho y ambas manos
apretadas contra el pecho. Al escuchar los cascos se volvió sobresaltada,
retrocedió sobre las rodillas y levantó los brazos como si temiera recibir un
golpe, hasta que reconoció las ropas y los adornos del joven noble. Entonces
comenzó a llorar con una desesperación tan repentina que el conde desmontó sin
esperar a sus compañeros. —¡Se la llevó, mi señor! ¡Se llevó a mi oveja! —gritó
la campesina, señalando hacia los sauces—. ¡Era negra, grande como un ternero!
¡Saltó por encima de la cerca y se llevó a mi Blanca! ¡Por la Santa Madre,
nunca había visto una cosa semejante!
Juliano llegó apenas unos instantes después y, mientras Walia trataba de
tranquilizar a la mujer, dirigió su caballo hacia el extremo destruido del
cercado. La tierra húmeda conservaba un surco profundo donde algo pesado había
girado bruscamente, arrancando hierba y dejando varias manchas de sangre sobre
las raíces descubiertas. Desmontó para examinar las huellas y pronto encontró
una impresión bastante nítida, semejante a la pata de un lobo, aunque
considerablemente mayor que cualquiera de las que había visto durante sus años
de cacerías en Aquitania. Más desconcertante resultaba la disposición de las
marcas: la criatura parecía haber transportado a su presa sin arrastrarla, y
sus pisadas se internaban en dirección al bosque manteniendo una separación
extraordinariamente regular. Juliano apartó algunas ramas, encontró un pequeño
mechón de lana blanca prendido entre las espinas y contempló la oscuridad que
comenzaba bajo los árboles. Gundemaro, que había descendido de su caballo para
observar por encima de su hombro, soltó un silbido admirativo. —¡Por los huesos
de mis antepasados! ¡Ese condenado animal debe de tener una piel magnífica!
—exclamó, y antes de que nadie pudiera responder ya había recuperado su montura
y avanzaba hacia el bosque con la lanza preparada, convencido de que la gloria
aguardaba precisamente al hombre que llegara primero.
—¡Gunder! —lo llamó Amalasunta, incorporándose sobre los estribos—. ¡Regresa
inmediatamente! ¡Ni siquiera sabemos qué estamos persiguiendo! Su hermano
respondió con una carcajada que se perdió entre los sauces y desapareció detrás
de una elevación cubierta de maleza. La joven apretó los labios, visiblemente
contrariada, y volvió la mirada hacia Walia, que continuaba interrogando a la
campesina. —Señor conde, mi hermano acaba de internarse solo en el bosque y
temo que su entusiasmo haya vuelto a superar su entendimiento. Walia, sin
embargo, había descubierto algo que reclamaba su atención. —¿A qué hora
sucedió? —preguntó a la mujer—. ¿Había alguien más contigo? ¿Viste si el animal
estaba herido? La campesina negó repetidamente con la cabeza antes de conseguir
responder. —Fue esta mañana, mi señor, cuando todavía había niebla. Mi marido
salió ayer hacia el mercado y los niños estaban durmiendo. Yo escuché a las
ovejas y salí con una vara. Entonces aquella cosa volvió la cabeza y me miró.
¡Me miró como lo haría un hombre, mi señor! ¡Y tenía algo en la boca, algo que
brillaba junto a los dientes!
Amalasunta había palidecido ligeramente ante la última declaración, aunque
conservaba suficiente compostura para no demostrar abiertamente su temor.
Juliano regresó hacia ella con el arco en la mano y una expresión en la que la
curiosidad comenzaba a vencer al desconcierto. —Amali, si ese bobo de Gunder
consigue matar a la bestia antes que nosotros, no habrá manera de soportarlo
durante los próximos diez años —comentó con una sonrisa conspiradora—.
Imagínatelo en cada banquete, explicando cómo salvó a Aquitania mientras los
demás permanecíamos escondidos detrás de las faldas de tu nodriza. La muchacha
lo contempló con incredulidad, atrapada entre el impulso de reprenderlo y el
reconocimiento de que conocía demasiado bien a su hermano. —Juler, mi
preocupación no es que Gunder regrese convertido en el héroe de Tolosa, sino
que tengamos que llevarlo de vuelta atravesado sobre su caballo. Y si crees que
pienso permitirte cometer la misma estupidez, has aprendido muy poco de
nuestras últimas discusiones.
Mientras tanto, Walia había conseguido que la campesina señalara el lugar
exacto por donde había desaparecido la criatura. El conde alzó entonces la
mirada hacia el bosque, donde los árboles se cerraban sobre un sendero apenas
perceptible, y advirtió que los pájaros habían dejado de cantar. No era un
silencio absoluto, pues todavía se escuchaba el murmullo del arroyo y el roce
del viento entre las hojas, pero faltaban los sonidos habituales de los
pequeños animales que poblaban aquellas riberas. A lo lejos resonó el relincho
de un caballo, seguido por un grito que podía haber sido una exclamación de
entusiasmo o una advertencia. Después llegó un ruido seco, semejante al crujido
de una rama gruesa, y el silencio regresó con una rapidez desagradable. La campesina
comenzó a persignarse mientras murmuraba una oración, y Walia llevó
instintivamente la mano a la empuñadura de su espada.
Juliano permaneció inmóvil junto al cercado, estudiando las impresiones
hundidas en la tierra mientras el eco del relincho se desvanecía entre los
sauces. Su experiencia como cazador le permitió reconocer algo que había pasado
inadvertido a los demás: las huellas pertenecían indudablemente a un cánido,
pero sus dimensiones eran extraordinarias, y la profundidad de las marcas
delanteras sugería un animal de una musculatura desproporcionada. Había otra
particularidad todavía más inquietante. La bestia no había huido directamente
hacia el bosque después de capturar a la oveja; había dado una vuelta alrededor
de la vivienda, se había detenido junto a la ventana de la alcoba y solo
entonces había emprendido la retirada. Una criatura hambrienta no necesitaba
semejante rodeo. Juliano levantó la mirada hacia la campesina y después hacia
aquella ventana, donde distinguió cuatro arañazos paralelos sobre la madera,
demasiado altos para haber sido producidos por un lobo corriente. La
desagradable sensación que comenzaba a oprimirle el pecho no procedía
únicamente del tamaño de las huellas: por primera vez desde que habían llegado,
percibía aquella familiar advertencia interior que siempre había precedido a
los encuentros con algo profundamente equivocado.
Walia comprendió que la situación había dejado de ser una diversión
aristocrática. Extrajo de su montura un cuerno de guerra adornado con
abrazaderas de bronce y lo hizo sonar tres veces, dejando que sus notas graves
recorrieran las lomas y alcanzaran las granjas dispersas por el valle. Aquel
instrumento no convocaba cazadores por capricho, sino hombres obligados por las
costumbres del territorio a acudir cuando un señor solicitaba auxilio frente a
un peligro inmediato. —Esto no es una cacería ordinaria —declaró, guardando el
cuerno—. Amalasunta, tú te quedas aquí y organizas a la plebe. Quiero
tridentes, horcas, lanzas, antorchas y cuantos hombres sepan mantenerse de pie
frente a una bestia. Si hay sacerdotes en estas aldeas, me importa una mierda
si son novicios o llevan cuarenta años diciendo misa: que vengan todos con sus
cruces. Juliano, tú y yo impediremos que ese soquete se mate solo. Lo
encontramos y lo sacamos a rastras de ese maldito bosque antes de que nuestra
hueste esté reunida. No pienso regalarle al animal tres nobles por culpa de una
oveja.
—Con dificultad será una hueste, señor conde —respondió Amalasunta,
contemplando las primeras figuras que comenzaban a aparecer entre los
sembrados—. A lo sumo tendremos campesinos aterrados, algunos hombres con
herramientas y quizá un sacerdote que crea que las oraciones sustituyen a una
lanza. Aunque supongo que también eso constituye un ejército cuando se tiene un
hermano como el mío.
Walia recibió la observación con una sonrisa fugaz, pero no perdió tiempo en
responder. La joven desmontó y se dirigió hacia los trabajadores que acudían
apresuradamente desde los campos vecinos. Entre ellos había un labrador de
hombros anchos que todavía sostenía una azada, dos pastores armados con
bastones, un muchacho descalzo que había corrido desde un molino cercano y
varios jornaleros cuyos rostros manifestaban una preocupación muy superior a la
que habría provocado una simple disputa entre nobles. Amalasunta los recibió
con una autoridad sorprendentemente firme para su edad, ordenando que reunieran
herramientas largas, mantuvieran a los niños dentro de las viviendas y enviaran
mensajeros a las granjas próximas. La campesina, todavía temblorosa, observaba
cómo aquella muchacha vestida para una cacería comenzaba a disponer de su patio
como si fuera el centro de un campamento militar.
Entretanto, Walia y Juliano avanzaron hacia la arboleda siguiendo las
señales que el segundo había identificado. Las ramas bajas obligaban a
inclinarse sobre las monturas y el terreno húmedo amortiguaba los cascos,
mientras una sucesión de manchas oscuras sobre las hojas revelaba el camino
recorrido por la bestia con su presa. Apenas habían penetrado entre los
primeros árboles cuando encontraron una nueva huella, extraordinariamente
profunda, marcada sobre una franja de barro junto al arroyo. Walia desmontó
para examinarla y su expresión cambió al comparar la impresión con la palma de
su mano. Más allá, entre las raíces de un roble, encontraron el cadáver de la
oveja, con el vientre desgarrado, pero con una cantidad sorprendentemente
pequeña de carne consumida. El conde miró entonces a Juliano con una gravedad
que no había mostrado ni siquiera al convocar a los campesinos. —No estaba
cazando para alimentarse —murmuró—. Y si ese imbécil ha seguido las huellas,
habrá dejado atrás la única presa que esta cosa parecía interesada en llevarse.
Desde el interior del bosque llegó una voz que ambos reconocieron
inmediatamente. —¡WALLI! ¡JULER! ¡VENID A VER ESTO! —gritó Gundemaro, con una
excitación que parecía incompatible con cualquier preocupación razonable—. ¡Por
todos los dioses que hayan existido, no vais a creerlo! Su voz procedía de una
hondonada situada más adelante, donde el terreno descendía hacia un pequeño
conjunto de ruinas romanas medio devoradas por la vegetación. Sin embargo,
Juliano distinguió simultáneamente un segundo sonido, mucho más próximo: una
respiración profunda y acompasada, procedente de la espesura a su izquierda.
Durante un instante, antes de que nada se moviera entre las ramas, experimentó
una impresión súbita e inexplicable de peligro. No era exactamente una visión, sino
la certeza fugaz de que algo enorme estaba a punto de atravesar los arbustos, y
de que la dirección desde la cual Gundemaro continuaba gritando no coincidía
con aquella donde se ocultaba la amenaza.