jueves, 8 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los lobos de Aquitania: La primera cacería

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La torre septentrional de la Domus Aeciana dominaba buena parte del valle de Ferrata, desde las laderas cubiertas de bosques hasta los caminos que descendían hacia las tierras más pobladas de Italia. Allí, entre mapas militares, tablillas enceradas y correspondencia llegada de distintos rincones del Occidente, Flavio Aecio Alpino había pasado buena parte de la mañana examinando informes que ningún funcionario imperial habría considerado dignos de su atención. El anciano, cuya autoridad había sobrevivido a emperadores, conspiraciones y campañas que ya comenzaban a confundirse con las leyendas, sostenía entre sus dedos una carta procedente de Aquitania. Su contenido resultaba extraño incluso para una época acostumbrada a interpretar las desgracias como advertencias de la Providencia: ganado encontrado despedazado, viajeros desaparecidos en caminos frecuentados durante generaciones, una familia campesina asesinada dentro de su propia vivienda y testimonios contradictorios sobre un animal de dimensiones imposibles. Otros informes llegados desde las provincias occidentales describían sucesos semejantes, aunque separados por distancias considerables y sin aparente relación entre sí. Aecio dejó el último documento sobre la mesa, junto a una pequeña pila de cartas que había ordenado cuidadosamente según su procedencia, y permaneció largo rato observando las montañas a través de la ventana abierta.

—Rumores de viejas, mi señor —aventuró Leoncio de Tauteburgo, que permanecía cerca de la puerta con la compostura discreta de un soldado acostumbrado a esperar órdenes—. Los campesinos encuentran un rebaño devorado y juran haber visto al diablo; si desaparece un pastor, aseguran que los muertos han regresado para llevárselo. En el Rin escuché historias semejantes durante años. Siempre acabábamos encontrando lobos, salteadores o algún hombre demasiado aficionado al vino.

Aecio no respondió inmediatamente. Había algo en aquellas noticias que lo inquietaba de una manera difícil de justificar, una semejanza entre sucesos aparentemente independientes que despertaba recuerdos cuya antigüedad prefería no calcular. Había conocido pueblos capaces de atribuir una derrota militar a la cólera de sus dioses, sacerdotes que anunciaban calamidades para obtener donaciones y generales que propagaban presagios con el propósito de desmoralizar a sus adversarios. También había aprendido que los hombres prudentes no debían confundir lo improbable con lo imposible. Sus ojos, hundidos bajo las cejas blancas, regresaron al documento aquitano antes de levantar lentamente la cabeza.

—Leoncio, escribe a nuestros contactos eclesiásticos. Deseo que la Iglesia envíe a Aquitania a sus hombres más experimentados en exorcismos y en la investigación de supuestas manifestaciones demoníacas. Que sean discretos, instruidos y capaces de reconocer una impostura cuando la tengan delante. Todos los gastos de viaje, alojamiento y manutención serán cubiertos por mis clientes. No deseo que un solo sacerdote tenga que mendigar hospitalidad para cumplir este encargo.

—¿Debo comunicarlo también a la corte de Tolosa?

—Por los conductos habituales. No quiero que los Balti interpreten nuestra preocupación como una intromisión en sus dominios. Y Leoncio… —El anciano volvió a mirar las cartas—. Que nuestros hombres comprueben personalmente cuantos testimonios puedan. Me interesan los cadáveres, las heridas y los lugares donde ocurrieron las muertes. Las interpretaciones pueden esperar.

Leoncio inclinó la cabeza y abandonó la estancia. Aecio permaneció junto a la ventana, apoyando una mano sobre el alféizar de piedra mientras contemplaba el horizonte occidental. La luz del mediodía caía sobre las cumbres alpinas, todavía salpicadas de nieve en sus alturas, y descendía hacia los bosques oscuros que cubrían las pendientes inferiores. Desde aquella torre, el mundo parecía conservar un orden tranquilizador: los caminos seguían las curvas del terreno, las aldeas se agrupaban alrededor de iglesias y pequeños recintos fortificados, los agricultores trabajaban parcelas cuyos límites habían sido disputados durante generaciones y las caravanas continuaban transportando vino, tejidos, herramientas y noticias a través de pasos que ni las guerras habían conseguido cerrar definitivamente. Más allá de aquellas montañas comenzaban las tierras de los burgundios y los caminos hacia la Galia, donde la autoridad de Roma se había convertido en una compleja sucesión de tratados, fidelidades personales y reinos que todavía conservaban, de una manera u otra, la memoria del Imperio.

Si una mirada hubiera podido desprenderse entonces de la torre y elevarse por encima de las montañas, habría contemplado una inmensa extensión de valles, gargantas y cordilleras, atravesando las tierras fronterizas hasta alcanzar las llanuras y colinas de la Galia meridional. Los caminos romanos, algunos deteriorados y otros todavía magníficamente conservados, enlazaban ciudades antiguas con villas agrícolas, fortalezas godas y pequeños mercados rurales. Los campanarios modestos de las basílicas cristianas se levantaban entre edificios heredados de siglos anteriores; en los campos convivían propietarios galorromanos, colonos dependientes y guerreros establecidos mediante acuerdos de asentamiento cuya interpretación variaba considerablemente según quién tuviera la espada más próxima. Hacia el oeste y el sur se extendía el reino de los visigodos, gobernado por los Balti, cuyos dominios constituían una de las grandes potencias del Occidente. Sus ejércitos habían combatido junto a Roma tantas veces como habían amenazado sus posesiones, y aquella ambigüedad formaba parte de un equilibrio político que, por el momento, parecía satisfacer a la mayoría de los grandes señores.

En el corazón de aquel reino se encontraba Tolosa, antigua ciudad romana convertida en residencia principal de la monarquía visigoda. Sus murallas abrazaban barrios de calles estrechas, plazas comerciales y edificios de ladrillo y piedra donde la arquitectura imperial convivía con las necesidades de una corte guerrera. El Garona discurría junto a la ciudad, alimentando una actividad constante de barqueros, comerciantes y trabajadores, mientras los accesos terrestres recibían mercancías procedentes de Hispania, Aquitania y las regiones mediterráneas. En las residencias aristocráticas se escuchaban indistintamente el latín de los propietarios galorromanos y la lengua de los nobles godos, y no resultaba extraño encontrar guerreros de largos cabellos y vistosos broches compartiendo banquetes con funcionarios educados en las tradiciones de la administración imperial. La corte de los Balti había aprendido a gobernar sobre una población mayoritariamente romana sin renunciar a su propia identidad, aunque bajo la cortesía de sus ceremonias persistieran rivalidades religiosas, agravios hereditarios y ambiciones territoriales que ningún tratado había conseguido extinguir.

Sin embargo, Tolosa disfrutaba entonces de una paz considerable. Las fronteras parecían estables, las fortalezas mantenían sus guarniciones habituales y las noticias llegadas de Italia no anunciaban ninguna amenaza inmediata contra el reino. Los nobles discutían matrimonios, propiedades y antiguas reclamaciones; los comerciantes negociaban sus cargamentos, los sacerdotes celebraban sus oficios y los jóvenes aristócratas ocupaban sus jornadas entre ejercicios ecuestres, cacerías y diversiones cortesanas. En las villas de los alrededores maduraban las cosechas, los rebaños regresaban cada tarde a sus cercados y las familias acomodadas preparaban recepciones sin sospechar que sus nombres acabarían relacionados con acontecimientos espantosos. Entre aquellos jóvenes que todavía podían permitirse considerar el mundo un lugar dispuesto para sus placeres se encontraba Juliano Aeciano, nieto del León de Occidente, romano por nacimiento y casi godo por costumbre, cuya mayor preocupación no era la supervivencia del Imperio ni el porvenir de los Balti, sino encontrar alguna ocupación suficientemente emocionante para librarse de otra tarde de lecciones.

 

La mañana se había abierto sobre los campos de Tolosa con una claridad apacible, casi dorada, de esas que daban a Aquitania un aire de mundo bien ordenado y provisionalmente a salvo de la violencia de los hombres. Las lomas suaves descendían entre pastos húmedos, cercados de madera, pequeños arroyos y manchas de bosque bajo donde conejos, zorros y aves menores encontraban refugio suficiente para justificar una jornada ligera de caza. No era una expedición solemne ni una cabalgata destinada a impresionar a nadie, sino una salida aristocrática de buena hora, con pocos acompañantes y el humor suficiente para que los jóvenes nobles olvidaran por unas horas el peso de sus apellidos. Walia Amalrico cabalgaba con la naturalidad orgullosa de quien estaba acostumbrado a mandar incluso cuando no daba órdenes; Gundemaro Vidimero parecía más inclinado a la broma y al comentario rápido que a la ceremonia; Amalasunta Vidimerica, erguida y elegante sobre su montura, mantenía esa compostura que hacía parecer deliberado hasta el menor giro de su cabeza; y Juliano Aeciano, al que algunos de ellos llamaban Juler con familiaridad casi provocadora, llevaba en los ojos esa mezcla de alegría, insolencia y hambre de movimiento que volvía imposible confundirlo con un muchacho hecho para los salones.

No tardó en presentarse la ocasión. Un conejo salió disparado desde una mata baja, cruzó el sendero con la ligereza desesperada de una criatura que todavía cree en la velocidad más que en el destino, y Juliano reaccionó antes de que los demás terminaran de señalarlo. El arco sonó apenas; la flecha salió con una limpieza seca y fue a prender al animal en pleno salto, atravesándolo de lado a lado antes de clavar su punta en la tierra blanda unos pasos más allá. El conejo dio un estremecimiento breve y quedó inmóvil, todavía suspendido por el asta que lo había fijado al suelo como si una mano invisible hubiese querido exhibir la precisión del disparo. Gundemaro soltó una carcajada inmediata, franca, casi brutal en su alegría, mientras Walia levantaba las cejas con una sonrisa menos ruidosa pero no menos divertida, y Amalasunta volvió la vista hacia Juliano con un brillo de interés auténtico que no alcanzó a ocultar del todo bajo la etiqueta.

—Por Cristo y por todos los santos de Roma —dijo Gundemaro, acercando su caballo—, Juler, eso no ha sido cazar; eso ha sido ejecutar a un desgraciado por el crimen de existir donde tú mirabas.

—Si el animal hubiera sabido a quién pertenecía este campo, quizá habría pedido asilo —añadió Walia con tono ocioso.

—Señor conde, si todos vuestros invitados cobran tributo a los conejos con semejante severidad, no me sorprende que tu tío os obedezca —dijo Amalasunta, y luego permitió que la comisura de su boca se curvara apenas—. Aunque debo admitir que ha sido un disparo hermoso.

Juliano desmontó con la ligereza de un muchacho demasiado satisfecho de sí mismo para disimularlo bien y arrancó la flecha del suelo con el conejo todavía ensartado. Alzó la pieza un instante, no tanto para exhibirla como para aceptar de manera silenciosa el pequeño homenaje que la escena acababa de concederle. —Os agradezco la admiración, pero la presa ha cooperado —replicó—. Si queréis, la próxima vez le pediré a un jabalí que salga a campo abierto y aguarde quieto mientras le explico mi puntería. Gundemaro bufó una risa entre los dientes, Walia negó con la cabeza como quien contempla a un cachorro demasiado orgulloso de haber mordido por primera vez, y Amalasunta observó a Juliano con esa mezcla de ironía y curiosidad que las damas inteligentes reservaban para los jóvenes que todavía no sabían si deseaban impresionar al mundo o incendiarlo. Durante unos momentos continuaron entre bromas menores, disputándose la paternidad del mejor comentario y exagerando con deleite la tragedia del conejo, hasta que el tono festivo comenzó a adelgazar, no por falta de ánimo, sino porque los campos mismos parecían invitar a otro tipo de conversación.

Habían avanzado algo más al sur cuando el paisaje empezó a vaciarse de pequeños ruidos domésticos. Había cercados, sí, y humo lejano de alguna granja, pero también se advertían tramos de silencio más largos de lo razonable, y un redil junto a una linde parecía demasiado quieto para la hora. Fue Amalasunta quien rompió primero el hilo ligero de las burlas. —Señor conde, ayer oí decir a una de mis mujeres que en las aldeas del sur faltan perros y sobran historias —murmuró—. Juraba que una viuda había visto algo grande entre los matorrales, una cosa baja y gris, pero con ojos que no eran de bestia.

Gundemaro resopló, aunque esta vez sin la alegría de antes. —Siempre hay una viuda, siempre hay ojos de hombre y siempre aparece un monstruo cuando un cerdo desaparece o un marido borracho no vuelve a casa.

Walia no se apresuró a reír. Miró el campo, luego las manchas de árboles, luego a Juliano, como si calibrara si aquel era el momento de alimentar la fantasía de un muchacho o de probar el temple de un noble. —Tal vez —dijo al fin—, pero ya son varias las voces que repiten la misma canción.

Juliano volvió a montar sin apartar la vista del sur, y en su rostro la insolencia juvenil empezó a mezclarse con otra cosa más afilada: interés verdadero, el tipo de atención que en ciertos hombres precedía al peligro como una sombra fiel. —Cuando las mismas mentiras nacen en bocas distintas, a veces no son mentiras, sino un hecho mal contado —dijo—. He oído de ganado abierto por el vientre, de un caballo hallado sin media cara y de una familia que ha preferido dormir en la capilla del camino antes que en su propia casa.

Gundemaro lo miró con renovado ánimo, como si la jornada acabara de mejorar. —Ahora sí hablas como un hombre razonable. Un conejo para el desayuno y un monstruo para la tarde.

Walia entornó los ojos, más serio. —Si seguimos esa pista, seguiremos mi voluntad, Juler, no tu entusiasmo.

Y Amalasunta, inclinándose apenas sobre la silla, respondió con voz baja y precisa: —Señor conde, si de verdad hay algo en esos campos, más vale mirarlo antes de que los rumores crezcan más que la criatura. Sobre ellos, el cielo seguía limpio y Tolosa continuaba en paz, pero en la calma de aquella mañana ya empezaba a insinuarse la clase de silencio que precede a las historias malas, las que primero se cuentan entre risas y luego obligan a cerrar puertas al anochecer.

La inquietud del conde Walia no tenía todavía forma de miedo, pero sí de esa desazón más humillante y más útil que precede a los peligros verdaderos, una especie de punzada persistente bajo las costillas que volvía sospechoso el silencio de los campos, excesivamente largo entre una loma y otra, demasiado limpio entre los cercados, demasiado vacío alrededor de ciertos rediles que a aquella hora deberían haber estado acompañados por ladridos, voces o el simple movimiento de la vida rural. Cabalgaba algo adelantado, con la vista barriendo los pastos y las manchas bajas de arboleda mientras los demás aún arrastraban el eco risueño del conejo atravesado por Juliano, y esa seriedad poco habitual en él fue precisamente lo que Gundemaro advirtió primero, no para compartirla, sino para espolearla con la crueldad alegre de los hombres jóvenes que se avergüenzan de toda cautela antes de haber pagado el precio de despreciarla.

—¿Cuándo se escuchó hablar de un godo miedoso? —soltó Gunder, alzando la voz como si quisiera que lo oyeran no solo sus compañeros, sino también los árboles, los conejos y cualquier bestia agazapada en el sur—. De godos no; de romanos miedosos, sí, de esos se ha hablado siempre.

Amalasunta giró el rostro con una mezcla de reprobación y cansancio fraterno, hermosa y severa a la vez. —Hermano, si tu valor dependiera menos del ruido, tal vez serviría para algo más que espantar liebres —dijo con una frialdad suave, antes de volver apenas los ojos hacia Walia—. Señor conde, no le concedáis demasiado peso; Gundemaro confunde el ingenio con golpear el aire hasta que el aire le aplaude. Pero la pulla ya había dado en otro blanco: Juliano, que hasta entonces llevaba el semblante suelto y burlón de quien cabalga entre iguales, volvió la cabeza con una dureza repentina, y su mano descendió instintivamente hacia la daga como si el cuerpo hubiese decidido antes que la razón.

Walia alcanzó a notarlo y tensó la mandíbula, más irritado por la estupidez del momento que por el insulto mismo; sin embargo, antes de que aquella tirantez cuajara en una orden o en una reprensión, la mano enguantada de Amalasunta se posó con ligereza firme sobre el hombro del conde, no para dominarlo, sino para recordarle que un señor no debía rebajarse a la primera mordida de sus cachorros.

—Señor conde —dijo ella en voz baja, solo para él y para quienes estaban lo bastante cerca como para merecer escuchar—, es apenas un mal chiste de alguien que aún no es conde. La frase cortó el aire con la limpieza de un cuchillo fino. Gundemaro lanzó una carcajada breve, pero el golpe había entrado: no en su orgullo de guerrero, sino en ese territorio más sensible donde comenzaban las ambiciones. Juliano, mientras tanto, retiró los dedos del puño de la daga solo lo necesario para que el gesto no se volviera afrenta abierta, aunque en sus ojos permaneció encendida la chispa oscura de quien todavía no ha decidido si la ofensa ha terminado.

—Decidlo otra vez —espetó Juliano al fin, con una sonrisa demasiado quieta para ser amistosa—. Decidlo de nuevo, sabandija occidcental, y procurad que esta vez suene tan gracioso como imagináis.

Gundemaro abrió la boca, encantado ante la posibilidad de empeorar las cosas, pero Walia ya había resuelto que prefería el estruendo de los caballos al de los egos. Hundió las espuelas con brusquedad y su montura salió hacia adelante como una jabalina lanzada sobre el campo abierto; al mismo tiempo, volvió el torso lo justo para arrojar por encima del hombro, con la insolencia de quien manda incluso jugando: —Si me alcanzas, arribista occidental, quizá te permita insultar en mi presencia. La provocación, más que apaciguar la tensión, la transformó en otra clase de violencia: una legítima, útil y casi alegre.

Juliano soltó una risa breve, afilada, y espoleó tras él sin pedir permiso; Gundemaro juró algo entre dientes y se lanzó también; Amalasunta, con una elegancia indignada que no excluía el entusiasmo, azuzó su caballo detrás de los tres, todavía lo bastante dueña de sí para exclamar: —¡Señor conde, si os rompéis el cuello por una broma, juro que haré decir a todos que fue por imprudente y no por valiente!

La pequeña partida se estiró entonces por los campos del sur como un hilo de juventud noble, rica y peligrosamente despreocupada, cruzando pastos, lindes y hondonadas con el viento pegando las túnicas a los muslos y arrancando de sus gargantas carcajadas, insultos y desafíos; pero la ligereza duró menos de lo que cualquiera habría querido, porque al coronar una suave elevación el juego se quebró solo, sin necesidad de orden alguna. Más abajo, junto a un cercado torcido y un grupo de sauces que ocultaban medio arroyo, algo ennegrecía la hierba de una manera demasiado irregular para ser sombra, y aun desde la distancia se adivinaba que uno de los postes había sido partido, no por el tiempo, sino por una fuerza brusca y reciente. Walia refrenó primero, Juliano casi al mismo tiempo, y los demás se recogieron tras ellos en un silencio súbito, hostil, como si el campo entero hubiese estado aguardando precisamente ese instante para dejar de fingir normalidad.

Walia Amalrico llegó primero al cercado, levantando una nube de polvo cuando obligó a su caballo a detenerse frente a una pequeña vivienda de paredes encaladas y tejado de paja. Una mujer permanecía arrodillada junto a la entrada del redil, con el vestido manchado de barro, el cabello deshecho y ambas manos apretadas contra el pecho. Al escuchar los cascos se volvió sobresaltada, retrocedió sobre las rodillas y levantó los brazos como si temiera recibir un golpe, hasta que reconoció las ropas y los adornos del joven noble. Entonces comenzó a llorar con una desesperación tan repentina que el conde desmontó sin esperar a sus compañeros. —¡Se la llevó, mi señor! ¡Se llevó a mi oveja! —gritó la campesina, señalando hacia los sauces—. ¡Era negra, grande como un ternero! ¡Saltó por encima de la cerca y se llevó a mi Blanca! ¡Por la Santa Madre, nunca había visto una cosa semejante!

Juliano llegó apenas unos instantes después y, mientras Walia trataba de tranquilizar a la mujer, dirigió su caballo hacia el extremo destruido del cercado. La tierra húmeda conservaba un surco profundo donde algo pesado había girado bruscamente, arrancando hierba y dejando varias manchas de sangre sobre las raíces descubiertas. Desmontó para examinar las huellas y pronto encontró una impresión bastante nítida, semejante a la pata de un lobo, aunque considerablemente mayor que cualquiera de las que había visto durante sus años de cacerías en Aquitania. Más desconcertante resultaba la disposición de las marcas: la criatura parecía haber transportado a su presa sin arrastrarla, y sus pisadas se internaban en dirección al bosque manteniendo una separación extraordinariamente regular. Juliano apartó algunas ramas, encontró un pequeño mechón de lana blanca prendido entre las espinas y contempló la oscuridad que comenzaba bajo los árboles. Gundemaro, que había descendido de su caballo para observar por encima de su hombro, soltó un silbido admirativo. —¡Por los huesos de mis antepasados! ¡Ese condenado animal debe de tener una piel magnífica! —exclamó, y antes de que nadie pudiera responder ya había recuperado su montura y avanzaba hacia el bosque con la lanza preparada, convencido de que la gloria aguardaba precisamente al hombre que llegara primero.

—¡Gunder! —lo llamó Amalasunta, incorporándose sobre los estribos—. ¡Regresa inmediatamente! ¡Ni siquiera sabemos qué estamos persiguiendo! Su hermano respondió con una carcajada que se perdió entre los sauces y desapareció detrás de una elevación cubierta de maleza. La joven apretó los labios, visiblemente contrariada, y volvió la mirada hacia Walia, que continuaba interrogando a la campesina. —Señor conde, mi hermano acaba de internarse solo en el bosque y temo que su entusiasmo haya vuelto a superar su entendimiento. Walia, sin embargo, había descubierto algo que reclamaba su atención. —¿A qué hora sucedió? —preguntó a la mujer—. ¿Había alguien más contigo? ¿Viste si el animal estaba herido? La campesina negó repetidamente con la cabeza antes de conseguir responder. —Fue esta mañana, mi señor, cuando todavía había niebla. Mi marido salió ayer hacia el mercado y los niños estaban durmiendo. Yo escuché a las ovejas y salí con una vara. Entonces aquella cosa volvió la cabeza y me miró. ¡Me miró como lo haría un hombre, mi señor! ¡Y tenía algo en la boca, algo que brillaba junto a los dientes!

Amalasunta había palidecido ligeramente ante la última declaración, aunque conservaba suficiente compostura para no demostrar abiertamente su temor. Juliano regresó hacia ella con el arco en la mano y una expresión en la que la curiosidad comenzaba a vencer al desconcierto. —Amali, si ese bobo de Gunder consigue matar a la bestia antes que nosotros, no habrá manera de soportarlo durante los próximos diez años —comentó con una sonrisa conspiradora—. Imagínatelo en cada banquete, explicando cómo salvó a Aquitania mientras los demás permanecíamos escondidos detrás de las faldas de tu nodriza. La muchacha lo contempló con incredulidad, atrapada entre el impulso de reprenderlo y el reconocimiento de que conocía demasiado bien a su hermano. —Juler, mi preocupación no es que Gunder regrese convertido en el héroe de Tolosa, sino que tengamos que llevarlo de vuelta atravesado sobre su caballo. Y si crees que pienso permitirte cometer la misma estupidez, has aprendido muy poco de nuestras últimas discusiones.

Mientras tanto, Walia había conseguido que la campesina señalara el lugar exacto por donde había desaparecido la criatura. El conde alzó entonces la mirada hacia el bosque, donde los árboles se cerraban sobre un sendero apenas perceptible, y advirtió que los pájaros habían dejado de cantar. No era un silencio absoluto, pues todavía se escuchaba el murmullo del arroyo y el roce del viento entre las hojas, pero faltaban los sonidos habituales de los pequeños animales que poblaban aquellas riberas. A lo lejos resonó el relincho de un caballo, seguido por un grito que podía haber sido una exclamación de entusiasmo o una advertencia. Después llegó un ruido seco, semejante al crujido de una rama gruesa, y el silencio regresó con una rapidez desagradable. La campesina comenzó a persignarse mientras murmuraba una oración, y Walia llevó instintivamente la mano a la empuñadura de su espada.

Juliano permaneció inmóvil junto al cercado, estudiando las impresiones hundidas en la tierra mientras el eco del relincho se desvanecía entre los sauces. Su experiencia como cazador le permitió reconocer algo que había pasado inadvertido a los demás: las huellas pertenecían indudablemente a un cánido, pero sus dimensiones eran extraordinarias, y la profundidad de las marcas delanteras sugería un animal de una musculatura desproporcionada. Había otra particularidad todavía más inquietante. La bestia no había huido directamente hacia el bosque después de capturar a la oveja; había dado una vuelta alrededor de la vivienda, se había detenido junto a la ventana de la alcoba y solo entonces había emprendido la retirada. Una criatura hambrienta no necesitaba semejante rodeo. Juliano levantó la mirada hacia la campesina y después hacia aquella ventana, donde distinguió cuatro arañazos paralelos sobre la madera, demasiado altos para haber sido producidos por un lobo corriente. La desagradable sensación que comenzaba a oprimirle el pecho no procedía únicamente del tamaño de las huellas: por primera vez desde que habían llegado, percibía aquella familiar advertencia interior que siempre había precedido a los encuentros con algo profundamente equivocado.

Walia comprendió que la situación había dejado de ser una diversión aristocrática. Extrajo de su montura un cuerno de guerra adornado con abrazaderas de bronce y lo hizo sonar tres veces, dejando que sus notas graves recorrieran las lomas y alcanzaran las granjas dispersas por el valle. Aquel instrumento no convocaba cazadores por capricho, sino hombres obligados por las costumbres del territorio a acudir cuando un señor solicitaba auxilio frente a un peligro inmediato. —Esto no es una cacería ordinaria —declaró, guardando el cuerno—. Amalasunta, tú te quedas aquí y organizas a la plebe. Quiero tridentes, horcas, lanzas, antorchas y cuantos hombres sepan mantenerse de pie frente a una bestia. Si hay sacerdotes en estas aldeas, me importa una mierda si son novicios o llevan cuarenta años diciendo misa: que vengan todos con sus cruces. Juliano, tú y yo impediremos que ese soquete se mate solo. Lo encontramos y lo sacamos a rastras de ese maldito bosque antes de que nuestra hueste esté reunida. No pienso regalarle al animal tres nobles por culpa de una oveja.

—Con dificultad será una hueste, señor conde —respondió Amalasunta, contemplando las primeras figuras que comenzaban a aparecer entre los sembrados—. A lo sumo tendremos campesinos aterrados, algunos hombres con herramientas y quizá un sacerdote que crea que las oraciones sustituyen a una lanza. Aunque supongo que también eso constituye un ejército cuando se tiene un hermano como el mío.

Walia recibió la observación con una sonrisa fugaz, pero no perdió tiempo en responder. La joven desmontó y se dirigió hacia los trabajadores que acudían apresuradamente desde los campos vecinos. Entre ellos había un labrador de hombros anchos que todavía sostenía una azada, dos pastores armados con bastones, un muchacho descalzo que había corrido desde un molino cercano y varios jornaleros cuyos rostros manifestaban una preocupación muy superior a la que habría provocado una simple disputa entre nobles. Amalasunta los recibió con una autoridad sorprendentemente firme para su edad, ordenando que reunieran herramientas largas, mantuvieran a los niños dentro de las viviendas y enviaran mensajeros a las granjas próximas. La campesina, todavía temblorosa, observaba cómo aquella muchacha vestida para una cacería comenzaba a disponer de su patio como si fuera el centro de un campamento militar.

Entretanto, Walia y Juliano avanzaron hacia la arboleda siguiendo las señales que el segundo había identificado. Las ramas bajas obligaban a inclinarse sobre las monturas y el terreno húmedo amortiguaba los cascos, mientras una sucesión de manchas oscuras sobre las hojas revelaba el camino recorrido por la bestia con su presa. Apenas habían penetrado entre los primeros árboles cuando encontraron una nueva huella, extraordinariamente profunda, marcada sobre una franja de barro junto al arroyo. Walia desmontó para examinarla y su expresión cambió al comparar la impresión con la palma de su mano. Más allá, entre las raíces de un roble, encontraron el cadáver de la oveja, con el vientre desgarrado, pero con una cantidad sorprendentemente pequeña de carne consumida. El conde miró entonces a Juliano con una gravedad que no había mostrado ni siquiera al convocar a los campesinos. —No estaba cazando para alimentarse —murmuró—. Y si ese imbécil ha seguido las huellas, habrá dejado atrás la única presa que esta cosa parecía interesada en llevarse.

Desde el interior del bosque llegó una voz que ambos reconocieron inmediatamente. —¡WALLI! ¡JULER! ¡VENID A VER ESTO! —gritó Gundemaro, con una excitación que parecía incompatible con cualquier preocupación razonable—. ¡Por todos los dioses que hayan existido, no vais a creerlo! Su voz procedía de una hondonada situada más adelante, donde el terreno descendía hacia un pequeño conjunto de ruinas romanas medio devoradas por la vegetación. Sin embargo, Juliano distinguió simultáneamente un segundo sonido, mucho más próximo: una respiración profunda y acompasada, procedente de la espesura a su izquierda. Durante un instante, antes de que nada se moviera entre las ramas, experimentó una impresión súbita e inexplicable de peligro. No era exactamente una visión, sino la certeza fugaz de que algo enorme estaba a punto de atravesar los arbustos, y de que la dirección desde la cual Gundemaro continuaba gritando no coincidía con aquella donde se ocultaba la amenaza.

 

 

 

 

Crónicas del renacer de occidente. Carta 1 enero 1218

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 Desde Tolosa, capital del reino de los godos, el primer día de enero del año 1218 desde la fundación de la Ciudad (465 d. C.).

A Su Excelencia, el muy ilustre Flavio Aecio Alpino, Patricius, Magister Militum Emeritus, señor de la Casa Aeciana y León de Occidente.

Excelentísimo señor:

Esta vez no escribo para informaros de las nuevas insolencias de vuestro indómito nieto, aunque debo confesar que su conducta continúa poniendo a prueba la paciencia que Nuestro Señor concede a quienes hemos consagrado nuestra existencia a la instrucción de los jóvenes. A pesar de su proverbial indolencia hacia los estudios, de su aversión casi religiosa a los códices y de su irritante costumbre de discutir con sus maestros acerca de materias que apenas se ha dignado estudiar, finalmente hemos conseguido demostrar que su dura cabeza alberga el ingenio suficiente para convertirse en un romano de buen derecho y, cuando el tiempo y las circunstancias lo exijan, en un comandante militar digno de vuestro linaje. Posee una memoria extraordinaria, una comprensión natural de los asuntos militares y una facilidad para las lenguas que sería admirable si no estuviera acompañada de tan obstinada resistencia a utilizarlas con fines académicos. Confío en que los años corrijan aquello que nuestros esfuerzos todavía no han conseguido disciplinar.

Sin embargo, Excelencia, no es la educación de Juliano lo que me obliga a escribiros con semejante premura. Los acontecimientos de las últimas semanas me han llevado a temer por la seguridad de estas provincias y, lo que es más grave, por la integridad espiritual de cuantos habitamos en ellas. Os suplico que recibáis las siguientes palabras con la seriedad que merece mi condición sacerdotal, pues jamás me atrevería a perturbar vuestro retiro con supersticiones campesinas, rumores de taberna o fabulaciones nacidas del miedo.

Tengo razones para creer que los demonios caminan nuevamente sobre las tierras de la Galia.

Hace tres noches, en una pequeña aldea situada al sur de Tolosa, uno de mis sacerdotes de mayor confianza presenció un acontecimiento cuya sola descripción me produce espanto. Según su testimonio, que recogí personalmente y bajo juramento ante las Sagradas Escrituras, una criatura de apariencia semejante a la de un lobo, aunque de proporciones monstruosas, atacó a un caballo adulto y lo devoró parcialmente en presencia de varios testigos. El animal, según asegura, no murió inmediatamente, y sus relinchos despertaron a los habitantes de las viviendas próximas. Cuando algunos campesinos acudieron con antorchas, encontraron a la bestia encorvada sobre su presa, desgarrando carne y huesos con una violencia que ninguna criatura ordinaria podría manifestar.

Mi sacerdote afirma que aquel ser levantó la cabeza al escuchar las invocaciones al nombre de Cristo y que, durante unos instantes, lo observó con una inteligencia impropia de las bestias. Sus ojos, según sus propias palabras, parecían humanos, aunque en ellos no habitaba misericordia alguna. La criatura desapareció posteriormente entre los árboles, dejando tras de sí los restos del caballo y unas huellas cuya profundidad y separación han desconcertado a los cazadores enviados para examinarlas.

No se trata, por desgracia, de un acontecimiento aislado. Durante las últimas semanas han llegado noticias de desapariciones, mutilaciones de ganado, cadáveres encontrados en circunstancias inexplicables y voces escuchadas durante la noche en las inmediaciones de antiguas villas romanas. Algunas familias han abandonado sus propiedades rurales, mientras determinados campesinos se niegan a trabajar después de la puesta del sol. He procurado contener estos rumores para impedir que el miedo se extienda entre la población, pero comienzo a temer que nuestro silencio resulte más perjudicial que la verdad.

La corte de Tolosa conoce parte de los sucesos, aunque sus principales señores parecen inclinados a considerarlos un problema de animales salvajes y salteadores. No puedo censurar enteramente su prudencia, pues también yo habría preferido semejante explicación. Sin embargo, los testimonios reunidos por nuestros sacerdotes contienen demasiadas coincidencias para atribuirlos exclusivamente a la imaginación de los aldeanos.

Hay, además, un asunto que me inquieta especialmente. Algunas de las desapariciones parecen concentrarse alrededor de propiedades pertenecientes a distinguidas familias senatoriales romanas, cuyos representantes mantienen excelentes relaciones con las autoridades de estas provincias. No poseo pruebas que permitan formular acusación alguna, y os ruego encarecidamente que interpretéis esta observación como una circunstancia digna de investigación y no como una sospecha formal contra personas de tan elevada condición. Con todo, considero mi deber comunicaros cuanto he podido averiguar.

Por estas razones, os imploro que movilicéis vuestra influencia ante las autoridades eclesiásticas, tanto en Italia como en las provincias occidentales, para que sean enviados hombres verdaderamente instruidos en el discernimiento de los espíritus, la investigación de posesiones y la práctica de los exorcismos. Necesitamos sacerdotes cuya fortaleza moral sea tan grande como su conocimiento de las Escrituras, capaces de enfrentarse a aquello que pudiera esconderse en estas tierras sin dejarse arrastrar por la superstición ni por el pánico.

También os suplico que consideréis la posibilidad de enviarnos algunos hombres de vuestra confianza, particularmente aquellos acostumbrados a investigar acontecimientos extraordinarios sin provocar escándalos públicos. Conozco suficientemente vuestra prudencia para comprender que no ordenaríais una intervención semejante sin pruebas convincentes; precisamente por ello he procurado limitar esta carta a los hechos que considero razonablemente acreditados.

En cuanto a vuestro nieto, debo manifestaros una preocupación adicional. Juliano ha escuchado ya algunos de estos relatos y, como cabía esperar de su naturaleza impetuosa, los considera una oportunidad magnífica para organizar una cacería. He intentado explicarle que no corresponde a un joven de su dignidad perseguir criaturas desconocidas entre bosques y aldeas abandonadas, pero sospecho que mis advertencias han conseguido despertar todavía más su curiosidad. Os agradecería profundamente que le escribierais recordándole que el valor sin prudencia constituye una forma particularmente peligrosa de estupidez. Tal vez acepte de su abuelo aquello que sus preceptores llevamos años intentando enseñarle.

Excelentísimo señor, he vivido lo suficiente para conocer la crueldad de los hombres, las desgracias de la guerra y los engaños que el miedo puede imponer incluso a las almas más piadosas. No soy dado a encontrar demonios donde bastan la codicia, la enfermedad o la maldad humana para explicar un crimen. Pero tampoco considero prudente negar la existencia del Maligno únicamente porque su presencia resulte incómoda para nuestros razonamientos.

Ruego a Nuestro Señor Jesucristo que conserve vuestra salud, ilumine vuestro juicio y proteja a vuestra ilustre familia. Espero fervientemente que los acontecimientos aquí descritos encuentren pronto una explicación natural y que dentro de algunos meses pueda escribiros para reconocer, con sincera satisfacción, que mis temores fueron infundados.

Pero, si aquello que sospecho resulta verdadero, temo que las tierras de Aquitania estén contemplando apenas el comienzo de una desgracia mucho mayor.

Que la paz de Cristo permanezca con Vos y con vuestra casa.

Marcelo Medolini Presbítero, preceptor de Juliano Aeciano y servidor de la Iglesia en la corte de Tolosa.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. El precio de Neptuno

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A la mañana siguiente, el destacamento parecía haber pasado durante la noche por las manos de un administrador invisible. La cebada había llegado antes del alba, los herradores habían recibido sus atrasos, los correajes defectuosos estaban siendo sustituidos y hasta el proveedor que la víspera había jurado no descargar un solo saco sin ver primero dinero apareció extraordinariamente conciliador. Todo estaba pagado, firmado, sellado y debidamente asentado en tablillas que Tino podía presentar ante cualquier auditor sin bajar los ojos. Lo que no figuraba con la misma claridad eran las pequeñas cantidades entregadas a escribientes, inspectores, encargados de almacén y funcionarios subalternos para conseguir que los documentos correctos aparecieran en la parte superior de las pilas correctas. Sabatino se encargaba personalmente de aquello. Sabía perfectamente que, si Lucio descubría que un funcionario había exigido dinero para cumplir una obligación legítima, su primera reacción sería invitarlo a responder por su honor con una espada; Tino consideraba más barato darle dos sólidos al hombre, obtener el documento esa misma tarde y evitar que el heredero de Aecio asesinara a media administración imperial en nombre de la virtud.

La consecuencia fue que cuando Lucio reunió a sus hombres después del amanecer encontró una unidad predispuesta a escucharlo. Los caballos habían comido, los hombres también, los enfermos estaban atendidos y la paga no parecía amenazada por ninguna misteriosa demora administrativa. Incluso las necesidades menos dignas de aparecer en un informe oficial habían sido previstas: algunas mujeres conocidas de los establecimientos frecuentados por militares habían pasado por el campamento durante las jornadas anteriores, bien pagadas, discretas y sin las estafas o enfermedades que solían acompañar a los sitios baratos. El efecto moral era imposible de negar. Los jinetes gastaban relativamente poco de su propio estipendio y comenzaban a comprender que servir bajo el Aeciano significaba que ciertos problemas dejaban de ser exclusivamente suyos. Las únicas pérdidas verdaderamente dolorosas provenían de los dados, las carreras y las apuestas, casi todas misteriosamente ganadas por un secretario gordo que aseguraba no tener ninguna habilidad especial salvo saber sumar.

Muchos de aquellos hombres habían descubierto, además, que algunas de sus deudas personales habían sido cubiertas sin humillación pública. No existía un registro militar que dijera «el tribuno pagó esto», ni Tino permitía que se convirtiera en una obligación jurídica formal; pero la memoria funcionaba mejor que las tablillas. Más de la mitad de los beneficiados llevaba cuentas privadas de lo que debía devolver algún día, porque la diferencia entre una dádiva insultante y una deuda de honor era enorme para un jinete que se consideraba hombre libre. Otros quizá jamás pagarían una moneda, pero recordarían igualmente quién había impedido que vendieran una montura, empeñaran una pieza de armadura o escribieran a sus familias pidiendo dinero. Sabatino no necesitaba que todos devolvieran el préstamo. Le bastaba con que todos recordaran al acreedor.

A esa preparación material se añadió aquello que Tino no podía comprar: Lucio. Cuando el joven tribuno habló ante la unidad, los vítores no nacieron únicamente de estómagos llenos y bolsillos menos vacíos. Había en él una autoridad que no necesitaba aprenderse. Su tamaño contribuía, desde luego; también el apellido, la fama creciente de la batalla en los Alpes y la circunstancia de que muchos veteranos hubieran servido bajo hombres que todavía pronunciaban el nombre de Aecio como si perteneciera a una época mejor. Pero había algo adicional en verlo dormir entre ellos, preguntar por caballos concretos, recordar al enfermo de la noche anterior y presentarse vestido para marchar antes de exigir puntualidad a nadie. Para soldados acostumbrados a oficiales que hablaban desde caballos magníficos y desaparecían después en casas mejores, aquello tenía un peso difícil de fingir. Cuando terminó, la respuesta fue un estruendo de lanzas golpeando escudos, voces y nombres repetidos hasta que incluso Tino, situado prudentemente cerca de las cajas, tuvo que admitir que algunas cosas no podían comprarse, aunque estaba convencido de que siempre podían financiarse mejor.

Ricimero llegó al atardecer y encontró un espectáculo digno de una pintura triunfal. Los jinetes estaban formados por turmas, los caballos cepillados hasta hacer brillar el pelo bajo la luz baja del sol, las lanzas verticales formando un pequeño bosque y las piezas de hierro oriental devolviendo destellos rojizos. Algunos llevaban malla, otros corazas de escamas y varios de los más ricos lucían ya aquellas panoplias pesadas de inspiración sasánida que convertían hombre y montura en una sola masa preparada para atravesar una línea enemiga. Los estandartes apenas se movían con el viento húmedo de Rávena. Ricimero recorrió lentamente la formación sin decir nada al principio; conocía demasiado bien a los soldados para dejarse engañar por una sola buena parada, pero también sabía reconocer cuándo una unidad estaba orgullosa de sí misma. Aquella lo estaba.

No se trataba de una inspección ornamental. El destacamento debía acompañar al séquito imperial desde Rávena hasta Roma como guardia montada, parte visible del nuevo equilibrio establecido tras la elevación de Antemio. En Roma habría ceremonias, juramentos y una ratificación pública de la investidura ante las grandes autoridades de la ciudad y su obispo, un acto menos necesario para la legalidad imperial que para convertir el nuevo gobierno en una realidad comprensible ante Senado, aristocracia, clero y pueblo. Para Lucio significaba algo todavía más inmediato: dejaría de mandar hombres en un campamento discreto junto a los pantanos y aparecería con ellos ante Roma. Ricimero detuvo su caballo frente a la formación, miró una vez al joven Aeciano y después a la línea impecable de jinetes que lo seguía. Aquello ya no parecía una prueba.

—Yo asumo el mando —dijo Ricimero después de recorrer por última vez la línea de caballería. No alzó la voz; no hacía falta. Los oficiales próximos se enderezaron casi por reflejo mientras el generalísimo entregaba las riendas a uno de sus asistentes y señalaba hacia la retaguardia de la columna—. Tú vas atrás. Te han asignado como escolta particular de cierta dama Anicia. —Entonces apareció aquella sonrisa torcida que Lucio ya comenzaba a reconocer como anuncio de desgracia personal—. Su padre ha pagado bastante bien por vuestra compañía. Sí, ya sé, muchacho: malo, malo, terriblemente inmoral. Dinero, favores, influencias… casi puedo oírte recitando los Mandamientos. Pero ya sabes cómo funciona esto. —Lucio bajó ligeramente la cabeza—. Sí, señor. —Ricimero le dio una palmada en el hombro, más propia de un padre despidiendo a un hijo que de un general transmitiendo una orden—. Ve. No te mando contra vándalos ni suevos. Te mando a cabalgar junto a una dulce dama Anicia durante varios días. Todos mis demás tribunos matarían por semejante destino. Algunos probablemente matarían incluso a familiares. Habla con ella. Escucha. Averigua quién visita su casa, qué piensa su padre, qué dicen en Roma de Antemio y qué nombres se repiten demasiado. Si además consigues disfrutar del viaje, intentaré no anotarlo como falta disciplinaria.

Lucio se separó de la formación principal mientras los primeros destacamentos comenzaban a reorganizarse para la marcha hacia el sur. No había avanzado mucho cuando divisó una figura imposible de confundir incluso entre carros, sirvientes y animales de carga: Sabatino ben Ezra avanzaba sobre un burro gris cuyo tamaño parecía una protesta de la naturaleza contra el peso de su jinete. Tino comía algo envuelto en pan con una mano, sostenía las riendas con la otra y llevaba varias tablillas colgadas de una bolsa cruzada sobre el vientre. Su dignidad era mínima. Su expresión, en cambio, tenía la satisfacción de un hombre que ya sabía tres cosas que los demás descubrirían mañana. Al ver a Lucio hizo detener al animal, aunque el burro pareció interpretar la orden como una sugerencia y siguió andando varios pasos antes de resignarse.

—Mi señor. —Tino sacó una carta doblada de entre sus ropas y se la tendió—. Leed esto antes de que algún senador decida cobraros por conocer vuestros propios problemas. Domitia y Aemilia han oído lo mismo en dos casas distintas, y cuando dos mujeres respetables escuchan una misma indiscreción de hombres diferentes, deja de ser indiscreción y empieza a convertirse en presupuesto imperial.

Lucio abrió la carta mientras Tino arrancaba otro pedazo de pan. El informe era breve, pero inquietante: comerciantes vinculados a astilleros estaban preguntando por madera y brea; algunos funcionarios habían solicitado estimaciones sobre disponibilidad de transportes; hombres relacionados con círculos orientales hablaban de nuevas obligaciones fiscales y ciertas familias senatoriales comenzaban a discutir cuánto podían aportar sin comprometer sus propiedades. Ninguno decía todavía «guerra», pero todos los movimientos apuntaban hacia el mar. —Hay rumores de una campaña marítima —explicó Tino—. Todavía rumores. Pero si un emperador occidental empieza a contar barcos y Constantinopla empieza a contar dinero, solo existe un objetivo que justifique semejante locura. Cartago. —Mordió nuevamente el pan—. Esta noche os lo confirmo. O lo entierro. Para eso pago a mujeres que escuchan mejor que la mitad de vuestros exploradores.

Guardó silencio un instante antes de señalar a Lucio con el resto del desayuno. —Y otra cosa: gastad más. No estoy bromeando. Habéis repetido túnicas, lleváis una espada excelente pero sin ornamentación suficiente para vuestro rango, regaláis poco y vuestra mesa parece la de un oficial provincial con miedo de quedarse sin sueldo. Eso no se llama virtud cuando uno pertenece a vuestra casa. Se llama rumor de insolvencia. Si seguís así, dentro de tres meses algún idiota en Roma asegurará que el viejo Aecio está arruinado, que las propiedades Aecianas están hipotecadas o que Ricimero os mantiene por caridad. Y cuando alguien dude de vuestra solvencia empezará a dudar de vuestros clientes; después de vuestros clientes, de vuestra influencia; después de vuestra influencia, de vuestro futuro. —Tino levantó los ojos hacia él con una gravedad casi cómica—. Ya sabéis cómo se pone vuestro abuelo cuando alguien pone en duda el prestigio de la casa. Prefiero explicaros ahora que necesitáis comprar una capa nueva antes que explicarle después al León de Occidente por qué su nieto parece pobre.

El burro decidió reanudar la marcha sin consultar a ninguno de los dos. Tino se tambaleó, recuperó el equilibrio con una blasfemia y siguió alejándose mientras todavía gritaba por encima del hombro: —¡Y dejad que la Anicia os vea pagar algo caro! ¡No todo tiene que producir intereses! ¡A veces el lujo también es propaganda!

Lucio se llevó dos dedos a la sien y miró durante un momento la columna que comenzaba a ordenarse sobre el camino. Caballos, carros, criados, oficiales, familias senatoriales y una cantidad obscena de equipaje avanzaban lentamente hacia el sur bajo las primeras luces. —¿Cuánto podemos gastar en los hombres sin que el general empiece a desconfiar? —preguntó al fin, con el tono de quien sospechaba que acababa de entrar voluntariamente en otra clase de campo de batalla.

Tino sonrió de inmediato. —Bastante, mi señor. Mucho más de lo que imagináis. Ricimero espera que gastéis. —Golpeó cariñosamente el cuello de su burro mientras hacía cálculos mentales—. Sois un patricio Aeciano al mando de caballería. Si compráis mejores raciones, sustituís monturas, premiáis a los hombres que mantienen su equipo impecable y pagáis de vuestro bolsillo alguna reparación que el tesoro tarda semanas en autorizar, nadie pensará que estáis comprando al ejército. Pensarán exactamente lo que queremos que piensen: que la Casa Aecia sigue siendo rica, que su heredero cuida a los hombres que sirven bajo él y que resultar útil a Lucio Aeciano trae beneficios. El general desconfiaría si repartierais bolsas de oro antes de una conspiración. Una cena mejor y buenos caballos, en cambio, se llaman liderazgo.

Después hizo una pausa, y aquella pausa preocupó inmediatamente a Lucio porque significaba que todavía no había terminado. —Pero mi consejo profesional es que gastéis también en la muchacha. —Lucio volvió lentamente la cabeza hacia él—. No pongáis esa cara. Es una Anicia. Cada óbolo que gastéis en ella puede regresar multiplicado aunque jamás la desposéis. No hablo de comprarla, por el amor de Abraham; una Anicia probablemente podría compraros a vos, a mí y al burro y todavía discutir el precio. Hablo de cortesía visible. Una buena comida cuando paremos. Un regalo pequeño pero bien escogido. Que su escolta coma decentemente. Que sus criadas recuerden que el Aeciano trató a su señora como alguien importante. Las casas grandes tienen memoria, Lucio, y las mujeres de las casas grandes tienen una memoria todavía mejor.

Tino lo contempló de arriba abajo y finalmente perdió toda apariencia de seriedad. —Además, confiad en mí en algo que no está escrito en ningún libro de cuentas: sois bello a los ojos de las féminas. Escandalosamente bello, de hecho. Alto, rubio, ojos azules, hombros como una puerta de fortaleza y esa expresión permanente de hombre que acaba de descubrir un pecado nuevo. No necesitáis hacer gran cosa. Escuchadla. Sonreíd de vez en cuando. Pagad la cena sin discutir conmigo delante de ella y procurad no comenzar una conversación sobre castidad antes del postre. Con eso ya habréis superado a la mitad de los jóvenes aristócratas de Italia.

Antes de que Lucio encontrara una respuesta adecuada, Sabatino se inclinó desde el burro y le dio una palmada en el brazo, gesto considerablemente ambicioso teniendo en cuenta la diferencia de altura. —Ahora ve, tigre. —Hizo una especie de gruñido ridículo—. Rrrrr. —El burro avanzó como si quisiera alejarse de su propietario por vergüenza. Tino levantó una mano mientras se perdía entre los carros—. ¡Y si compráis algo para ella, guardad el recibo! ¡El romance también necesita contabilidad!

—Ah, sí. —Tino pareció recordar algo en el último instante. Hurgó entre las bolsas que colgaban de la silla del burro y extrajo una pequeña caja de madera oscura, pulida y cerrada con una cinta estrecha. Se la tendió a Lucio con una sonrisa que inmediatamente hizo sospechoso el objeto—. Esto. Dadle esto. Le gustará. —Lucio tomó la caja y la examinó como si pudiera contener algún mecanismo hostil—. ¿Qué es? —Un gasto políticamente necesario. —Tino guiñó un ojo—. Y no preguntéis cuánto costó delante de ella. Si alguna vez os casáis, ya tendré tiempo de arruinaros con la explicación. Ahora marchaos.

Lucio alcanzó poco después el carruaje de los Anicios. Era una pieza sólida y costosa, de madera reforzada, cortinas gruesas y herrajes discretamente ornamentados, acompañado por criados, varios jinetes de la casa y dos carros menores para equipaje. Cuando el enorme caballo del Aeciano se aproximó, una de las cortinas se movió y el rostro de Fausta apareció en la ventanilla. Lucio se irguió sobre la silla con aquella gallardía marcial que le resultaba mucho más natural que cualquier coquetería. —Domina Fausta. Por disposición del generalísimo, durante el viaje hasta Roma tendré el honor de encargarme personalmente de vuestra seguridad. —Hizo una inclinación desde la montura y añadió, algo menos seguro—. Y… también me permito ofreceros esto.

Fausta recibió la caja a través de la ventana y desató la cinta. Dentro, sobre un pequeño lecho de lino, había un delicado broche de oro trabajado con una pequeña granada abierta en esmalte rojo oscuro, no lo bastante ostentoso para parecer una compra matrimonial, pero demasiado fino para ser una simple cortesía improvisada. Tino había elegido bien: la granada podía leerse como elegancia, prosperidad y fecundidad sin obligar a nadie a decirlo en voz alta. Durante unos segundos Fausta dejó de escuchar el ruido de ruedas, caballos y voces de la columna. Había leído a los poetas hablando de aquella súbita expansión del pecho, de la absurda ligereza que tomaban las cosas cuando la persona deseada hacía algo insignificante y, precisamente por eso, maravilloso. Siempre lo había considerado una exageración literaria. Ahora comprendió con cierta indignación que los poetas quizá habían sabido de qué hablaban.

—Lucio… —alcanzó a decir. Luego hizo algo que su educación jamás habría permitido planear. Sacó medio cuerpo por la ventanilla, aprovechó que él se había inclinado para escucharla y le robó un beso rápido en la mejilla antes de desaparecer otra vez dentro del carruaje. Lucio quedó erguido sobre el caballo, completamente inmóvil, mientras desde el interior se oyó inmediatamente la voz horrorizada de la nodriza. —¡Domina Fausta! ¡Por todos los santos! —La muchacha respondió entre risa y vergüenza que solo había sido un agradecimiento. —¡Un agradecimiento no se da con la boca a un hombre en mitad de una carretera! —«Entonces quizá los romanos agradecen demasiado poco», replicó Fausta. La anciana hizo un ruido de desesperación. Sin embargo, incluso ella sabía que el escándalo tenía límites curiosamente flexibles cuando las dos familias implicadas deseaban exactamente aquello que fingían censurar. Un Aeciano interesado en una Anicia no era una calamidad moral: era una posibilidad dinástica, una alianza de patrimonios, clientes y nombres demasiado grandes para que los adultos responsables permitieran que unas cuantas normas cristianas sobre el decoro estropearan una oportunidad excelente.

La nodriza volvió a colocar la cortina, obligó a Fausta a sentarse correctamente y comenzó una larga conferencia sobre reputación, pudor y la facilidad con que una muchacha podía destruir en treinta segundos lo que veinte años de educación habían construido. Fausta asentía con una expresión penitente que no engañaba absolutamente a nadie mientras sostenía el broche entre los dedos. Al otro lado de la madera, Lucio continuaba cabalgando junto al carruaje con la mejilla todavía caliente y una incomodidad que habría divertido extraordinariamente a Ricimero. Desde mucho más atrás en la columna, Tino alcanzó a ver el movimiento junto a la ventanilla, sonrió satisfecho sobre su burro y murmuró para sí: —Una inversión excelente.

La autoridad de la nodriza duró menos que una clepsidra mal calibrada. Durante un rato Fausta permaneció sentada con las manos cruzadas sobre el regazo, escuchando una disertación acerca del pudor, las miradas ajenas, la dignidad de los Anicios y la peligrosa tendencia de las muchachas enamoradas a confundir los caminos públicos con jardines privados. Asintió solemnemente a todo. Después esperó a que la anciana desviara la atención hacia una criada, levantó nuevamente la cortina y asomó la cabeza por la ventanilla. Lucio seguía cabalgando junto al carruaje. Fausta sonrió como si nada hubiera ocurrido. —Mi padre dice que va a comprar barcos.

Lucio volvió la cabeza hacia ella. Fausta apoyó los brazos sobre el borde de la ventana, dejando que el aire del camino moviera algunos mechones de su cabello. —Siempre me ha gustado el mar. Cuando era niña podía pasar horas mirando los barcos que entraban y salían de Classe. Mi padre decía que aquello era porque todavía no sabía cuánto costaba mantener uno. —Rio—. Ahora parece que él mismo ha olvidado esa lección. Está comprando naves en Ostia. Dos, según dijo. Aunque sospecho que no pretende usarlas solamente para transportar aceite. Mis tíos también están comprando. Varios. Cada semana alguien de la familia menciona carpinteros, velas, jarcias, contratos de transporte o marineros como si toda Italia hubiera descubierto de repente que existe el Mediterráneo.

—¿Os gustan más los barcos mercantes o los de guerra? —preguntó Lucio.

Fausta tuvo que pensarlo. —Los mercantes son más útiles. —La respuesta salió primero con la sensatez de una hija de grandes propietarios—. Llevan trigo, vino, aceite, mármol, telas, impuestos… y enriquecen a quien tiene la prudencia de poseerlos. —Pero después su expresión cambió y apareció la joven detrás de la futura matrona política—. Aunque me gustaría viajar alguna vez en uno de guerra. Solo una vez. —Le guiñó un ojo—. Y creo que quizá tenga la oportunidad. En Ostia mi padre dijo que ya había comprado dos naves adecuadas para servicio imperial, y mis otros tíos han adquirido varias más. Nadie quiere decir exactamente para qué, lo cual significa que todos saben perfectamente para qué.

Lucio observó durante algunos instantes la interminable columna que avanzaba hacia Roma: carros senatoriales, caballos, equipajes, criados, oficiales y, más allá, la caballería que Ricimero había tomado personalmente bajo su mando. —Parece una enfermedad por el mar. —Fausta dejó escapar una pequeña risa, pero después miró el camino con mayor atención. —Una enfermedad muy costosa —dedujo—. Porque mi padre nunca compra nada por entusiasmo. Si está adquiriendo barcos es porque alguien le ha hecho creer que podrá recuperar el dinero multiplicado. Y si mis tíos están haciendo lo mismo, alguien en Rávena está prometiendo contratos enormes. Transporte de hombres, caballos, grano… quizá incluso compensaciones imperiales por pérdidas.

La sonrisa de Fausta disminuyó. Sin proponérselo, acababa de darle a Lucio algo mucho más importante que el entretenimiento de una conversación: confirmación independiente de lo que Tino había escuchado aquella misma noche. No eran ya solamente rumores en cenas o consultas discretas sobre madera y brea. Una de las casas senatoriales más ricas estaba comprometiendo capital privado en embarcaciones, y varios miembros de la familia hacían lo mismo. En algún lugar entre Rávena, Roma y Constantinopla, alguien estaba preparando una empresa naval suficientemente grande como para convencer a los Anicios de que el mar podía convertirse en negocio. Y, en el Mediterráneo occidental, había un nombre que hacía que semejante cantidad de barcos tuviera sentido: Cartago.

Lucio la observó durante unos instantes más de lo necesario. Hasta entonces había registrado en Fausta aquello que registraba en casi todo: apellido, posición, inteligencia, utilidad de lo que decía, riesgos de lo que callaba. Pero con el viento entrando por la ventanilla, el cabello ligeramente desordenado y aquella expresión viva que aparecía cuando hablaba de algo que realmente le interesaba, la vio por primera vez sencillamente como una mujer joven y bastante hermosa. La conclusión lo sorprendió tanto que hizo la pregunta antes de pensar si era prudente. —¿Por qué no os habéis desposado todavía?

Fausta abrió mucho los ojos. Incluso la nodriza, desde el fondo del carruaje, dejó de fingir que no escuchaba. Era una pregunta terrible; demasiado directa, demasiado personal y pronunciada con aquella inocencia marcial que hacía imposible decidir si Lucio acababa de cometer una grosería o simplemente desconocía que debía rodearla durante media hora antes de formularla. Fausta, sin embargo, inclinó la cabeza y decidió contestar. —Porque ninguno ha sido digno de mí. —Lo dijo completamente en serio y solo después apareció una sonrisa—. No pongáis esa expresión. Soy una Anicia. Me han educado desde niña para saber exactamente cuánto valgo, y después todos parecen sorprendidos cuando actúo como si lo supiera.

Apoyó nuevamente los brazos en la ventanilla. —Mirad a mi prima Lucina. Su familia tuvo que casarla con un senador viejo, correcto y suficientemente rico porque era conveniente unir patrimonios. El pobre hombre llevaba meses enfermo y murió prácticamente al mismo tiempo en que vos la estabais sacando de aquellas montañas. Ella tenía veinte años y ya era viuda de un hombre que podía haber sido su padre. —Fausta hizo una pequeña mueca—. Ahora posee su dote, parte del patrimonio matrimonial y suficiente independencia para rechazar a cualquiera que no le agrade. Sospecho que, si pudiera regresar atrás, elegiría la viudez exactamente igual pero se ahorraría el matrimonio.

—¿Y vuestros otros pretendientes?

Fausta empezó a enumerarlos con los dedos. —Uno habla de caballos durante cenas enteras. Otro cree que citar a Virgilio significa repetir los mismos cuatro versos. Uno tiene una madre que ya decidió cuántos hijos debo darle. Otro parece convencido de que ser senador constituye una personalidad. Y luego están los que mi padre considera insuficientes porque… —Buscó por un momento una expresión delicada.

—Son demasiado pobres —dijo Lucio.

Fausta soltó una carcajada tan súbita que tuvo que retirarse de la ventanilla. Incluso la nodriza terminó sonriendo a pesar de sí misma. —¡Sí! —respondió Fausta al recuperar el aliento—. Gracias. Llevaba años escuchando decir «patrimonio inadecuado», «recursos insuficientes», «posición familiar poco proporcionada» y resulta que todo podía resumirse así. Son pobres. —Volvió a mirarlo con una sonrisa luminosa—. Veis, Lucio Aeciano, quizá sí tenéis futuro en la política. Solo necesitáis aprender a decir las cosas desagradables con palabras más largas.

Lucio mantuvo la mirada sobre el camino mientras el carruaje avanzaba entre el rumor de ruedas y cascos. —Algo así como esa enfermedad de Neptuno podría dejar a Roma como un anciano decrépito —dijo—. Todavía vestido con púrpura, todavía hablando de sus antiguas victorias, pero demasiado pobre para levantarse de la cama porque vendió hasta las mantas para comprar barcos.

Fausta lo miró durante un instante y después soltó una carcajada, no porque la imagen le pareciera absurda, sino porque reconoció inmediatamente una idea que llevaba tiempo intentando expresar. —¿También vos lo pensáis? —Se inclinó todavía más hacia la ventanilla—. Se lo he dicho a mi padre. Se lo he dicho a mis tíos. Todos me escuchan con esa expresión que ponen los hombres cuando una muchacha joven dice algo razonable y ellos necesitan convencerse de que ya lo habían pensado primero. Pero después siguen comprando barcos. —Negó con la cabeza—. Barcos, madera, contratos, marineros, adelantos, seguros sobre cargamentos… Parece que cuanto más caro resulta, más convencidos están de que debe ser una gran idea.

Bajó la voz, aunque la nodriza podía escuchar perfectamente cada palabra. —Si me preguntáis a mí, Antemio terminará como nuestro adorado Majoriano. De él todos hablan como si hubiese pertenecido a una edad mejor: valiente, dorado, hermoso, siempre dispuesto a cabalgar donde había problemas. Cuando era niña me lo imaginaba como uno de aquellos héroes de los mosaicos. —Sus ojos se detuvieron sobre Lucio y apareció una sonrisa traviesa—. Últimamente me lo imagino bastante parecido a vos. Bello, gallardo, demasiado alto para pasar inadvertido y probablemente convencido de que Dios puso cada problema del Imperio delante de él para que personalmente fuera a resolverlo.

Lucio recibió la comparación con aquella incomodidad que Fausta ya empezaba a encontrar deliciosa. Ella continuó antes de que pudiera protestar. —Pero Majoriano también padecía la enfermedad de Neptuno. Quiso recuperar África, reunir una flota, volver a hacer grande todo aquello que Roma había perdido… y mirad cómo terminó. —Su sonrisa disminuyó—. Eso es lo que nadie quiere discutir. No basta con que una empresa sea gloriosa para que sea prudente. Mi padre puede perder dos barcos y continuar siendo uno de los hombres más ricos de Italia. Roma no puede perder cientos y fingir que no ha ocurrido nada.

Fausta jugueteó con el broche que Lucio le había regalado y volvió a mirarlo. —Deberíais hablar con mi padre. En serio. Él os escucharía. No porque seáis experto en barcos —añadió, anticipándose a cualquier objeción—, sino porque sois Aeciano, servís directamente bajo Ricimero y, a diferencia de muchos hombres que quieren contratos navales, tendríais razones para decirle que no compre nada. Eso llamaría su atención. —Sonrió otra vez—. Además, creo que le agradaríais. Mi padre respeta tres cosas: familias antiguas, hombres capaces de mandar soldados y personas que consiguen hacerle ganar dinero. Vos ya tenéis dos de las tres.

La conversación entre Lucio y Fausta continuó durante buena parte de la tarde, perdiéndose poco a poco entre el rechinar de los ejes, las campanillas de las bestias de carga y el rumor interminable de aquella corte convertida en camino. Desde lejos, el séquito imperial parecía una ciudad que hubiese decidido abandonar Rávena: carruajes senatoriales cubiertos con telas enceradas, caballos de oficiales, carros de cocina, escribanos, clérigos, criados, equipajes, cofres, cofres dentro de otros cofres y guardias suficientes para recordar a cualquiera que aquello no era una peregrinación. Pero la llanura húmeda de Rávena comenzó a quedar atrás. El terreno ascendía lentamente, los campos drenados cedían ante colinas cada vez más ásperas y, hacia el horizonte, los Apeninos levantaban una muralla azul grisácea que debía ser atravesada antes de que Roma pudiera aparecer al otro lado de Italia.

Sobre aquellas montañas se estaba formando una tormenta. Primero fue una franja oscura, casi inmóvil, encima de las cumbres; después una masa de nubes bajas que empezó a cubrir los pasos y a borrar las líneas de los bosques. El viento descendió frío por las laderas y alcanzó la columna imperial mucho antes que la lluvia, sacudiendo mantos, inclinando estandartes y obligando a los carreteros a asegurar lonas. Fausta seguía hablando desde su carruaje cuando el relato pareció alejarse de ella y de Lucio, remontar la columna y atravesar lentamente filas de criados, oficiales y guardias hasta alcanzar la cabeza de aquella procesión donde cabalgaban dos hombres que observaban las mismas montañas y, sin embargo, parecían mirar dos futuros completamente distintos.

Antemio llevaba la púrpura bajo un manto de viaje y montaba con la rigidez de quien todavía no había aprendido a dejar de parecer emperador incluso sobre una silla. Miraba hacia el oeste y el sur como si detrás de aquellas cumbres pudiera ver ya el Mediterráneo entero, África, Cartago, los puertos perdidos y las águilas romanas regresando donde hacía décadas que no ondeaban. En su mente, los barcos no eran gasto sino instrumento; la madera no era madera, sino flotas; el oro no era oro, sino tiempo comprado para devolver al Imperio una provincia que todavía debía pertenecerle. La enfermedad de los mares, como Ricimero comenzaba a llamarla con desprecio, no parecía una enfermedad cuando se observaba desde los ojos de Antemio. Parecía esperanza.

Ricimero cabalgaba no muy lejos de él y contemplaba exactamente lo contrario. Donde Antemio veía Cartago, él veía astilleros devorando bosques; donde veía barcos, Ricimero veía soldadas retrasadas; donde imaginaba trigo africano regresando a Italia, el generalísimo calculaba cuántos meses podía alimentarse el Exercitus Italiae con el dinero necesario para construir una flota. Había visto demasiados emperadores confundir grandeza con recursos infinitos. Majoriano había sido valiente, competente y posiblemente el mejor hombre que había vestido la púrpura en años; aquello no había impedido que la pérdida de su flota lo dejara políticamente desnudo. Ricimero no necesitaba odiar a Antemio para temer la idea que estaba creciendo dentro de él. Bastaba con saber cuánto costaban los sueños imperiales cuando fracasaban.

Un relámpago iluminó las montañas. Durante un instante ambos hombres quedaron recortados contra el cielo oscuro: el emperador que estaba dispuesto a apostar una fortuna para devolver África a Roma y el generalísimo que estaba decidido a impedir que Roma pagara el precio de aquella apuesta. Entre ellos aún había cortesía, matrimonio, pactos y una hija que debía unir dos mundos; todavía no había guerra civil, ni ruptura abierta, ni sangre en las calles. Pero la tormenta sobre los Apeninos parecía adelantarse a todo aquello. Dos jinetes avanzaban hacia Roma bajo la misma lluvia, uno enfermo de mar y otro dispuesto a convertirse en el remedio.

 

 

Crónicas del renacer de occidente. La bolsa del heredero

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 Lucio no regresó a las habitaciones que se le habían preparado en el complejo palatino. Apenas dejó atrás las últimas galerías iluminadas, donde todavía flotaban ecos de música, risas femeninas y conversaciones dichas demasiado cerca de las puertas, pidió que le trajeran su caballo. Un mozo salió corriendo hacia las caballerizas y pocos minutos después regresó conduciendo al animal, todavía ensillado desde las ceremonias de aquella tarde. Lucio montó sin pedir escolta, rechazó con un gesto al guardia que pareció dispuesto a acompañarlo y abandonó el recinto imperial mientras Rávena empezaba a transformarse en otra ciudad. En torno al palacio quedaban lámparas en las fachadas de las grandes casas, pórticos aún ocupados por clientes que esperaban noticias y carros de servicio que llevaban de regreso vajillas, telas, ánforas y criados después de los banquetes; pero a medida que avanzó por la gran vía empedrada que comunicaba el corazón administrativo con las salidas de la ciudad, la magnificencia se fue diluyendo entre talleres cerrados, almacenes, hospederías para funcionarios, establos y pequeñas iglesias cuyas puertas ya habían sido aseguradas para la noche. Rávena nunca parecía completamente asentada sobre la tierra: canales oscuros acompañaban ciertos tramos de las calles, las zanjas brillaban bajo la luna y las calzadas más importantes se levantaban ligeramente sobre aquel paisaje bajo y húmedo, construido a fuerza de piedra, pilotes, terraplenes y obstinación romana.

Más allá de la concentración de edificios altos, el aire cambió. Desapareció buena parte del olor a aceite quemado, perfume y cocina que envolvía los barrios aristocráticos, reemplazado por humedad, estiércol, cuero y vegetación acuática. La muralla quedó detrás y el camino principal avanzó sobre terreno firme entre zonas pantanosas y campos drenados, protegido en algunos sectores por zanjas y pequeños puestos de vigilancia. A esa distancia todavía podían verse, al girar la cabeza, los perfiles de las iglesias y algunas torres de Rávena elevándose sobre la llanura como si la ciudad flotara encima de la oscuridad. El gran ejército de Ricimero no estaba allí; sus concentraciones principales permanecían varios días al norte, donde resultaba posible alimentar miles de hombres y caballos sin convertir los alrededores de la capital en un lodazal hambriento. Cerca de Rávena solo había destacamentos suficientes para proteger caminos, puertas, almacenes y la persona del gobierno. La caballería que Lucio debía asumir ocupaba precisamente uno de esos campamentos exteriores, instalado sobre una lengua de terreno más seco junto a la ruta que conectaba la capital con las vías hacia el norte: empalizada baja, fosos sin pretensión de resistir un asedio serio, cuadras largas, depósitos de forraje, tiendas y barracones de madera levantados para hombres que podían recibir orden de marchar antes del amanecer.

El ritmo del caballo le permitió, por fin, pensar. Durante las últimas horas demasiadas personas habían hablado de lo que podía llegar a ser: Ricimero le hablaba de mando, Fausta de reputación, Alypia de poder, los oficiales de deber, y detrás de todos ellos permanecía su abuelo como una montaña contra la que cualquier decisión terminaba midiéndose. Aecio no necesitaba estar presente para exigirle algo. Lucio había crecido sabiendo que era el primogénito, el primero sobre quien recaería el peso del nombre cuando el León de Occidente ya no pudiera sostenerlo. Sin embargo, mientras el caballo avanzaba por la calzada húmeda, recordó al padre Severiano con una claridad incómoda: la seguridad tranquila con que recitaba las Escrituras, aquella manera de convertir una cuestión moral complicada en una frase limpia, la disciplina de la oración, la idea de que podía existir una vida en la que el mayor combate de un hombre fuese contra sí mismo y no contra otro ejército. Debí ser sacerdote, pensó por un instante. La idea no era nueva. Había aparecido otras veces, particularmente después de las batallas, cuando la sangre ya se había secado y resultaba más difícil llamar gloria a lo que quedaba sobre el suelo. Pero inmediatamente llegó la respuesta que llevaba escuchando desde niño: soy el primogénito. Se esperaban cosas de él. Un sacerdote podía salvar almas; el heredero de Aecio debía conservar hombres, propiedades, clientes, soldados y quizá una parte de Roma misma. A veces Lucio no sabía cuál de los dos deberes resultaba más cristiano.

Cuando entró en el campamento, los fuegos estaban bajos y la mayor parte de los hombres había terminado ya la última comida. Su llegada provocó primero el reconocimiento de un guardia, después una cadena rápida de voces y finalmente la aparición del centurión de caballería, que se acercó ajustándose apresuradamente el cinturón y esperando quizá que el nuevo tribuno anunciara una inspección formal para la mañana siguiente. En cambio encontró a Lucio todavía vestido con parte de la ropa cortesana, el manto recogido para cabalgar y el cabello alterado por el viento, pero con una expresión mucho más serena que durante toda la recepción imperial. Aquello sí lo comprendía. Caballos, hombres, comida, disciplina, guardias. Problemas que tenían nombre y, con frecuencia, solución. Desmontó y entregó las riendas al primer mozo que apareció.

—Estado de la unidad. Incidentes. Necesidades.

El centurión tardó apenas un instante en adaptarse. Informó de las monturas disponibles y de dos caballos con inflamación en las patas delanteras; de un jinete que llevaba desde la tarde con fiebre; de tres correajes que debían ser reemplazados antes de una marcha larga; de una pelea menor entre dos federados y tres romanos que había terminado sin heridas graves, aunque con una nariz rota y bastante orgullo lesionado; de retrasos en la entrega de cebada y de un proveedor que se negaba a adelantar más grano hasta recibir parte de una deuda anterior. Finalmente llegó al problema que parecía encontrarse detrás de todos los demás: la unidad necesitaba dinero líquido antes de que llegara la siguiente asignación oficial. Lucio escuchó sin interrumpir. Preguntó cuánto forraje quedaba realmente, no cuánto figuraba en los registros; quiso saber cuándo había comenzado la fiebre del jinete y quién lo había examinado; pidió el nombre del hombre que había iniciado la pelea y luego el del que la había terminado; comprobó cuántas parejas cubrían la guardia nocturna y ordenó que los caballos lesionados fueran retirados del servicio hasta que el veterinario decidiera lo contrario. Los correajes se reemplazarían antes del mediodía. El enfermo iría a la enfermería. La disputa quedaba cerrada mientras ninguno de los implicados intentara reabrirla. Después tomó las tablillas que le ofrecían, revisó brevemente las cantidades y firmó las autorizaciones necesarias.

Cuando el centurión volvió al asunto del dinero, Lucio levantó la vista.

—Id con mi secretario. Sabatino ben Ezra. Tino.

El oficial esperó algo más.

—Si os dice que no tenemos dinero, significa que tenemos dinero —añadió Lucio con completa seriedad—. Si empieza a explicaros durante mucho tiempo por qué no debemos gastarlo, probablemente podemos gastarlo. Decidle que yo lo autorizo.

Por primera vez aquella noche, el centurión tuvo que hacer un esfuerzo visible para mantener intacta la disciplina de su rostro.

Lucio firmó varias tablillas, comprobó personalmente el registro de guardias y, cuando el centurión preguntó dónde deseaba que se preparara alojamiento para el nuevo tribuno, Lucio señaló sin vacilar hacia el sector de caballería. Aquel destacamento no tenía la regularidad monumental de los antiguos campamentos legionarios descritos por los manuales; era una instalación semipermanente, levantada para hombres que podían recibir orden de abandonar Rávena en cuestión de horas. Una vía central de tierra apisonada dividía el recinto desde la puerta hasta la pequeña zona de mando; a ambos lados se sucedían los alojamientos de las turmas, cobertizos, herrerías, almacenes de cebada, depósitos de arreos y largas líneas de establos cuyo espacio superaba ampliamente al destinado a los propios soldados. La caballería devoraba terreno y dinero. Por cada jinete había que alimentar varias bestias, almacenar montañas de forraje, conservar herraduras, reparar cinchas y mantener carros capaces de transportar aquello que un infante simplemente llevaba sobre la espalda. Los hombres de Lucio pertenecían además a una formación escogida: muchos disponían de una montura principal para combate, otra de reserva y una tercera bestia para equipaje o reemplazo, de modo que ochenta jinetes podían convertir fácilmente el campamento en una pequeña ciudad de doscientas o más cabezas de ganado.

Entró en uno de los contubernia asignados a los hombres de una misma sección, una construcción sencilla de madera y lona reforzada, más amplia que la tienda de campaña de una unidad de infantería pero igualmente impregnada del olor de cuerpos, cuero aceitado, lana húmeda y metal. Varias cotas de malla colgaban de soportes improvisados; junto a ellas aparecían corazas de escamas y piezas laminares de inspiración oriental que pocos años antes habrían parecido extravagancias traídas del Danubio o de las guerras contra Persia. Ahora comenzaban a verse con frecuencia creciente entre los jinetes pesados de buena fortuna: protecciones segmentadas para brazos y piernas, cascos profundos con carrilleras, refuerzos de hierro sobre cuero grueso e incluso algunas bardas parciales destinadas al pecho y cuello del caballo. No todos podían pagar aquellas cosas, pero aquellos hombres no eran campesinos reclutados precipitadamente. El caballo, el armamento y el equipo de un caballero podían representar más riqueza de la que muchas familias libres verían reunida durante toda su vida, y entre ellos abundaban hijos de propietarios menores, veteranos enriquecidos, federados recompensados con tierra y jóvenes cuya familia había invertido una fortuna en convertirlos en hombres capaces de cargar revestidos de hierro.

La conversación murió cuando entró el tribuno. Uno de los soldados comenzó a incorporarse con la desesperación de quien acababa de descubrir que su comandante podía materializarse junto a su cama después del toque nocturno, pero Lucio levantó la mano antes de que pusiera ambos pies en tierra. El gesto significaba que continuara acostado. Dejó cinturón, espada y manto junto a un catre vacío, comprobó casi instintivamente dónde estaba la salida y se tendió vestido, conservando únicamente lo necesario para poder levantarse con rapidez si sonaba alarma. No pronunció discurso alguno sobre compartir las privaciones de sus hombres, porque no parecía considerar aquello una privación que necesitara explicación. Había dormido demasiadas veces junto a caballos, soldados y armas para encontrar extraño que un oficial pasara la noche donde podía ser encontrado por sus subordinados. Poco a poco la estancia recuperó su ritmo: una respiración profunda, un ronquido que alguien intentó contener sin éxito, el crujido ocasional de un cuero al cambiar de posición y, desde los establos, el golpe sordo de una pezuña contra madera.

El centurión salió con una expresión difícil de clasificar. Atravesó primero el núcleo combatiente del campamento, donde todo tenía para él una función comprensible: guardias junto a la empalizada, hombres revisando lanzas, mozos llenando pesebres, herradores trabajando todavía bajo una lámpara, jinetes enrollados en mantas y caballos resoplando en la oscuridad. Allí podía insultar con propiedad. Le dio una patada a un cubo abandonado en mitad de la vía, llamó hijo de una cabra enferma al responsable de dejar una cincha sobre el barro, obligó a un soldado medio dormido a retirar una lámpara demasiado cerca de un montón de heno y amenazó con utilizar como almohada funeraria el registro de guardias si volvía a encontrar una hora sin firma. Pero cuanto más avanzaba hacia las afueras, más se aproximaba a esa otra parte del ejército que todo centurión afirmaba despreciar mientras sabía perfectamente que no podía vivir sin ella.

Allí comenzaban los intendentes, secretarios, contadores, escribas, veterinarios, proveedores, cambistas, mozos contratados, comerciantes protegidos, artesanos especializados y aquella multitud de individuos que, según el vocabulario del centurión, «no combatían porque alguien tenía que permanecer vivo para cobrar después». En una fuerza de caballería eran especialmente numerosos. Un jinete pesado necesitaba mucho más que valor: necesitaba animales de reemplazo, cereal, herraduras, aceite, cuero, armas, piezas de armadura, sirvientes capaces de transportar equipo y hombres capaces de transformar dinero en todas aquellas cosas antes de que el comandante ordenara partir. Además, cuanto más rica era la unidad, mayor parecía hacerse aquella cola administrativa. Los jinetes llevaban capas buenas, cascos caros, espadas que podían heredarse y cada vez más de aquellas armaduras orientales que imitaban la protección de los grandes caballeros sasánidas; detrás de cada hombre que brillaba bajo el hierro había inevitablemente cinco individuos discutiendo cuánto había costado hacerlo brillar.

El centurión masculló algo sobre eunucos, contadores y hombres que necesitaban tres tablillas para comprar una mula antes de preguntar dónde podía encontrar a Sabatino ben Ezra. Tres auxiliares señalaron simultáneamente una tienda algo apartada, y lo hicieron con sonrisas que inmediatamente le parecieron sospechosas. Desde dentro llegó primero una carcajada femenina, luego otra, después el tintinear de una copa y finalmente una voz masculina que protestaba con enorme indignación acerca de que cierto precio constituía «un crimen contra Moisés, Roma y cualquier hombre que supiera sumar». El centurión se quedó quieto un momento, cerró los ojos, murmuró una blasfemia sobre los secretarios personales de los patricios y apartó la lona.

Sabatino ben Ezra estaba reclinado sobre un lecho improvisado con una comodidad ofensiva para cualquier hombre que hubiera pasado la noche haciendo guardia. Era bajo hasta parecer casi diminuto junto a los soldados de caballería que llenaban aquel campamento, extraordinariamente gordo, casi completamente calvo y dueño de un vientre redondo que la túnica, abierta demasiado abajo para conservar dignidad administrativa alguna, ya ni siquiera intentaba ocultar. Sostenía una copa en una mano y una tablilla de cuentas en la otra, porque ni siquiera durante sus diversiones parecía capaz de abandonar por completo el oficio. Dos mujeres adultas, profesionales del entretenimiento y mucho menos avergonzadas que él por la situación, compartían el lecho entre cojines, mantas y prendas abandonadas con descuido. Una llevaba alrededor del cuello una cadena fina de oro que Tino había estado examinando momentos antes con una concentración sospechosamente semejante a la que dedicaba a los contratos. Sobre una mesa baja coexistían vino, aceitunas, queso curado, nueces, dados, algunas monedas perfectamente ordenadas por denominación y, en una contradicción que resumía bastante bien a su propietario, un registro de gastos militares escrito con una limpieza impecable.

—Se los juro —decía Tino a las dos mujeres, levantando la copa como si estuviese pronunciando una elegía—, me mandaron a cuidar la fortuna del patricio más santo que ha producido Italia desde que alguien tuvo la mala idea de darle dinero a los cristianos. ¿Y saben qué significa eso? Aburrimiento. Puro aburrimiento. Yo debería estar mintiéndoles a prestamistas, haciendo creer a algún advenedizo con demasiado oro y poca genealogía que prestarle dinero a mi señor es prácticamente comprar un asiento junto a Augusto, seduciendo viudas ricas, negociando hipotecas sobre tierras que nadie ha visitado en veinte años… ¡algo! —Se dio una palmada en el vientre—. Con estas carnes, si es necesario. Y si estas carnes ya no convencen, para eso Dios hizo las de mi señor. ¿Han visto ustedes al muchacho? Ese hombre podría conseguir crédito simplemente entrando sin camisa en la casa de una viuda.

Una de las mujeres casi derramó el vino de la risa. Tino continuó, indignado por su propia desgracia. —Pero no. ¿Qué me encuentro? Un amo que cobra rentas, recibe asignaciones, hereda propiedades, gana campañas y después tiene la indecencia de no gastarse nada. Nada. Ni caballos suficientemente caros para presumir, ni mesas de plata que provoquen envidia, ni músicos, ni amantes costosas, ni una deuda escandalosa que yo pueda refinanciar con elegancia. ¿Saben lo humillante que es eso para un secretario financiero? Mi trabajo debería consistir en perseguir a Lucio por el palacio gritando: «¡Mi señor, no podemos pagar eso!». En cambio tengo que perseguirlo gritando: «¡Por el Dios de Abraham, compre algo!». —Señaló entonces a ambas con la copa—. Incluso pagarles a ustedes resulta aburrido. Si después de una noche como esta mis cuentas siguen en positivo, ¿qué clase de vida estoy llevando?

Fue entonces cuando el centurión carraspeó desde la entrada.

Tino cerró los ojos con una lentitud doliente. Las dos mujeres miraron hacia el oficial; una de ellas se tapó apenas con una manta, más por cortesía que por vergüenza. Sabatino permaneció inmóvil durante unos segundos, respiró profundamente y levantó el rostro hacia el techo de la tienda como un mártir al que acababan de anunciar que la persecución religiosa había empezado exactamente durante la cena. Después giró la cabeza hacia el centurión. —Si venís a decirme que el muchacho necesita dinero, os juro por Abraham, Isaac y Jacob que voy a matarlo yo mismo. —Una de las mujeres soltó otra carcajada. Tino apuntó con la tablilla hacia ella—. No te rías, Marcella. Ese gigante sería perfectamente capaz de regalarme todas sus propiedades por considerar que la pobreza fortalece el alma.

El centurión mantuvo una expresión pétrea que solo consiguió hacer la situación más absurda. Tino resopló, cerró la túnica sin demasiado éxito, apartó una pierna ajena de encima de sus cuentas y se incorporó con considerable esfuerzo hasta quedar sentado al borde del lecho. En aquel momento el libertino desapareció casi por completo. Sus ojos pequeños se volvieron rápidos, atentos, profesionales. —Muy bien. ¿Cuánto? —preguntó—. Y antes de responderme, una advertencia: si pronunciáis una cifra redonda, voy a asumir que intentáis robarme. Si decís cien sólidos, os preguntaré por qué no son noventa y siete. Si decís cincuenta, querré saber quién se está quedando con los tres que faltan. Y si me decís «aproximadamente», os echaré de mi tienda hasta que aprendáis a contar. —Extendió la mano hacia otra tablilla, completamente sobrio ya en todo aquello que importaba—. Vamos, centurión. Arruinadme la noche. ¿Qué necesita ahora mi muchacho?

El centurión respiró hondo, decidió ignorar el estado de la tienda y adoptó el tono con el que habría informado de bajas después de una escaramuza. —El destacamento de caballería asignado al tribuno Aeciano necesita liquidez inmediata para sustituir tres juegos completos de correajes, adquirir cebada antes de la siguiente entrega, pagar al proveedor que mantiene retenido el último cargamento y cubrir dos monturas de reemplazo si el veterinario declara inútiles las que están lesionadas. También hay salarios menores pendientes a mozos y herradores. —Consultó la tablilla que llevaba consigo y comenzó a dar las cantidades. No había terminado cuando Tino levantó una mano.

—Sí, sí. Lo sé. —Sabatino se incorporó un poco más, tomó un cálamo y, sin mirar registro alguno, recitó una cifra exacta hasta la última moneda. El centurión se quedó callado. Tino sonrió con una satisfacción repugnante—. ¿Os sorprende? A mí no. Esa cantidad me la deben esos imbéciles.

Una de las mujeres soltó una carcajada. Tino señaló hacia algún lugar indeterminado del campamento. —Dados. Tabas. Carreras. Una pelea en la que cierto jinete juró que un hérulo podía derribar a tres hombres después de seis copas. Yo aposté que después de seis copas el hérulo no encontraría ni sus sandalias. —Sacudió la cabeza con conmiseración—. Soquetes. Todos ellos. Creen que porque un hombre es gordo, bajo y tiene más frente que cabello no sabe calcular probabilidades. Yo siempre gano porque ellos juegan para sentir emoción y yo juego para ganar dinero. Son actividades distintas.

Se levantó por fin del lecho, todavía mascullando, y caminó hacia un pequeño cofre reforzado con hierro situado bajo la mesa. La llave apareció de algún lugar entre sus ropas. Al abrirlo no surgió una montaña fabulosa de oro, sino algo mucho más útil: pequeñas bolsas marcadas, monedas separadas por finalidad, recibos doblados, sellos y tablillas enceradas donde cada movimiento tenía ya preparado un lugar. Tino contó la suma necesaria con una velocidad que convirtió los dedos del centurión en instrumentos comparativamente primitivos, cerró una bolsa, añadió otra más pequeña y se la entregó. —Ahí está. Lo necesario, más una reserva que no vais a mencionar al proveedor. Si sabe cuánto podéis pagar, misteriosamente descubrirá que la cebada ha subido de precio desde ayer.

El centurión tomó las bolsas, las sopesó y levantó una ceja. —Entonces el tribuno disponía del dinero.

—No —replicó Tino con inmediata severidad—. Yo dispongo del dinero. Mi señor dispone de un secretario suficientemente inteligente para prestárselo antes de que algún funcionario le explique que debe esperar quince días una asignación que necesita mañana. Esto es un préstamo a Lucio Aeciano. Lo registraré como tal.

El centurión miró la tablilla, después a Tino. —Creía que los cristianos no cobraban interés.

Sabatino lo observó durante un instante y luego empezó a reír, primero suavemente y después con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en la mesa. —¡Interés! ¿Quién ha hablado de interés? —se secó los ojos—. Siempre pensando en monedas. Eso os pasa por pasar demasiado tiempo entre soldados. El interés no tiene por qué cobrarse en metálico, centurión. —Su rostro cambió apenas; seguía sonriendo, pero aquella sonrisa tenía ahora algo de cálculo—. Recordadles a esos tontos de ahí fuera quién pagó sus vergonzosas deudas. No fue el tesoro imperial. No fue Ricimero. No fue algún senador que mañana ni recordará sus nombres. Fue mi señor. De su bolsillo.

Se acercó un paso y tocó con un dedo la bolsa que el centurión sostenía. —Cuando falte cebada, recordad quién la compró. Cuando un hombre necesite reemplazar una montura y pueda seguir sirviendo porque no tuvo que vender la casa de su madre, recordadle quién puso el dinero. Cuando cobren a tiempo mientras otras unidades llevan meses esperando, recordadles quién decidió que sus hombres no pasarían hambre por culpa de un escribano. —Tino ladeó la cabeza—. Eso también es interés. Gratitud. Lealtad. Memoria. Algún día Lucio pedirá a esos hombres que cabalguen hacia un lugar donde nadie sensato querría cabalgar. Ese día quiero que recuerden que su tribuno no solo ordenaba cargas desde delante. También pagaba la cebada cuando Roma llegaba tarde.

El centurión bajó la vista hacia las monedas. Empezaba a comprender que el pequeño hombre desnudo a medias y rodeado de vino y mujeres podía ser tan peligroso en su oficio como cualquier veterano con una lanza. Tino volvió a dejarse caer en el lecho y recuperó la copa. —Ahora marchaos. Comprad el grano. Pagad al herrador. Y por el Dios de mis padres, no dejéis que nadie le diga al muchacho que esto cuenta como gasto político. Si descubre que está comprando lealtad, probablemente querrá devolverla por escrúpulos cristianos.

Tino no había llegado a Lucio por casualidad. Antes de convertirse en «la Bolsa de Lucio», Sabatino ben Ezra había sido uno de los tres secretarios personales que manejaban los asuntos privados de Flavio Aecio, y el segundo en importancia solamente después de Leoncio, aquel hombre seco, viejo y casi imposible de engañar que conservaba en la cabeza genealogías, favores y rencores acumulados durante treinta años de política occidental. Tino se ocupaba de la parte que Leoncio consideraba indigna de perder tiempo discutiendo: dinero móvil, préstamos, regalos, sobornos que oficialmente no eran sobornos, deudas de oficiales, acreedores demasiado curiosos y pequeñas operaciones que permitían transformar riqueza en obediencia. Cuando Aecio decidió entregárselo a su nieto primogénito, no lo hizo únicamente porque Sabatino fuera casi una generación más joven que Leoncio y pudiera acompañar a Lucio durante décadas. Le dio una misión concreta. El muchacho tenía disciplina, fe, valor, apellido y un desagradable exceso de principios; alguien debía proporcionarle la astucia que no poseía. Aecio había sido especialmente claro una tarde en Mediolanum: —Enséñale cuándo pagar, cuándo deber, cuándo regalar y cuándo dejar que otro crea que ha ganado. Y si hace falta, mételo entre mujeres. No quiero que llegue a los treinta siendo tan condenadamente digno que nadie sepa por dónde agarrarlo. —Tino aseguraba que había respondido que aquello no figuraba entre las funciones normales de un secretario. Aecio, según él, simplemente lo había mirado hasta que Sabatino decidió ampliar voluntariamente la definición de su oficio.

Todo aquello se lo estaba contando ahora a las dos mujeres mientras el centurión desaparecía con las bolsas de dinero. Ellas no eran meretrices recogidas en una taberna. Una, Domitia Paulina, era una viuda senatorial de poco más de cuarenta años, propietaria de casas de alquiler cerca del puerto y pariente por matrimonio de dos funcionarios palatinos. La otra, Aemilia Marcella, pertenecía a una familia que llevaba generaciones entrando y saliendo de los grandes matrimonios de Rávena; estaba casada con un hombre mucho mayor que ella que pasaba más tiempo inspeccionando fincas que atendiendo a su esposa. Las dos podían presentarse al día siguiente en una basílica cubiertas hasta el cuello, acompañadas por esclavas, distribuyendo limosnas y discutiendo sobre reliquias con una gravedad que habría hecho llorar de orgullo a cualquier obispo. Precisamente por eso resultaban valiosas. Nadie medía las palabras delante de mujeres que parecían preocuparse únicamente por liturgias, bodas y enfermedades familiares. Tino pagaba generosamente por lo que escuchaban, y pagaba todavía mejor por aquello que decidían no repetir.

Domitia tomó una aceituna y lo observó con una sonrisa cansada. —Entonces el gran Aecio os entregó a su nieto para corromperlo. —Tino levantó un dedo inmediatamente. —Educarlo. Hay una diferencia fiscal importante. —Aemilia soltó una risa—. ¿Y cómo marcha vuestra educación? —Terriblemente. —Tino bebió—. Hoy estuvo con una Anicia joven durante horas. Horas. ¿Y sabéis qué hizo después? Fue a informar a Ricimero como si acabara de reconocer un puente enemigo. Después vino aquí, revisó caballos, firmó gastos y se acostó con sus soldados. Ni siquiera intentó emborracharse. Ni siquiera compró un collar. ¿Cómo se supone que trabajo con eso? —Domitia arqueó una ceja—. Quizá la Anicia le guste. —Claro que le gusta. Ese no es el problema. El problema es que probablemente piensa casarse con ella antes de descubrir que puede besarla.

Aemilia se acomodó el manto sobre los hombros y la frivolidad desapareció poco a poco de su expresión. —La muchacha no es el asunto importante de esta noche. Antemio está trayendo demasiados hombres de Oriente. No soldados todavía; funcionarios, clientes, griegos educados, amigos de amigos. Hay familias de aquí que empiezan a temer que cada cargo vacante acabe ocupado por alguien que llegó desde Constantinopla hace seis meses. —Tino dejó la copa. Ya no parecía borracho.—Nombres. —Ella comenzó a dárselos: un secretario adscrito a una oficina imperial, dos senadores que habían cenado tres veces con miembros del séquito oriental, un comerciante que buscaba contratos de aprovisionamiento y un funcionario menor que había empezado a repetir demasiado a menudo que Occidente necesitaba «hombres nuevos». Tino no escribió nada. No lo necesitaba. Su rostro permanecía relajado mientras almacenaba cada nombre en aquella memoria que podía conservar una deuda veinte años.

Domitia intervino después. —Y Ricimero tampoco está quieto. Hay oficiales que creen que el matrimonio con Alypia significa reconciliación. Otros creen exactamente lo contrario: que ahora ambas partes tendrán una rehén dentro de la familia de la otra. —Tino hizo una mueca satisfecha.—Eso ya suena más a Rávena. —La matrona continuó—. También he oído que algunos senadores empiezan a hablar otra vez de África. No como una fantasía. Como una campaña. Astilleros, impuestos, préstamos extraordinarios. —Por primera vez aquella noche, Sabatino dejó la copa sin beber. —Ah. —El pequeño sonido fue mucho más serio que cualquiera de sus protestas anteriores.—Eso sí cuesta dinero. —Aemilia sonrió.—Sabía que esa sería la parte que os preocuparía. —No, querida. Lo que me preocupa es que cuando un emperador dice «Cartago», alguien termina preguntándole a hombres como yo cuánto oro puede extraerse de Italia antes de que Italia empiece a gritar.

Las dos mujeres se miraron. Tino abrió el cofre una segunda vez y colocó sobre la mesa dos pequeñas bolsas de monedas de oro. No eran pagos vulgares por aquella noche; eran honorarios por silencio, memoria y acceso. —Mañana volveréis a ser dos respetabilísimas damas cristianas —dijo—. Iréis a misa, fingiréis no saber siquiera cómo se juega a los dados y escucharéis. Quiero saber quién empieza a pronunciar juntos los nombres de Antemio, África y nuevos impuestos. Quiero saber qué casas buscan acercarse a los orientales y cuáles empiezan a visitar con demasiada frecuencia a Ricimero. Y si escucháis el nombre de Lucio, no defendáis al muchacho. Dejad que hablen. Especialmente si hablan mal. Los amigos cuentan lo que quieren que sepamos; los enemigos, si se sienten seguros, cuentan lo que necesitamos saber. —Domitia tomó su bolsa y sonrió.—¿Y qué debemos hacer si alguna dama pregunta si el joven Aeciano está disponible? —Tino volvió a reclinarse, recuperó la copa y suspiró con enorme resignación.—Por favor, enviádmela. A estas alturas aceptaré cualquier ayuda.

 

 

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