domingo, 27 de septiembre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los hijos que entregamos

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Los campos al sur de la Domus de Ferrata descendían en terrazas suaves hacia las tierras de cultivo, donde las últimas hileras de viñas se confundían con los pastizales y, más allá, comenzaban las pendientes boscosas que encerraban la propiedad entre montañas. El invierno todavía no había llegado con toda su fuerza, pero el viento que bajaba desde las cumbres obligaba a llevar capas gruesas y hacía que el aliento se volviera visible. Flavio Aecio había escogido un banco de piedra orientado hacia el camino de los graneros y permanecía allí envuelto en una pesada capa militar, con una manta sobre las piernas y su nieta Flavia sentada cómodamente sobre uno de sus muslos. La niña llevaba un abrigo demasiado elegante para una excursión entre campos, pero había insistido en acompañarlo durante la inspección, y el anciano, después de fingir durante varios minutos que aquello constituía una grave alteración de sus planes, había terminado acomodándola sobre su regazo.

Desde allí podían verse esclavos conduciendo una carreta cargada de sacos, jornaleros reparando una cerca y dos administradores discutiendo cerca de los establos. Aecio señaló con la barbilla hacia ellos.

—Algún día tendrás personas a tu servicio. Muchas, probablemente. Hombres libres, libertos, clientes, soldados, escribas... y esclavos. Y quiero que recuerdes una cosa que los jóvenes de buena familia olvidan con demasiada facilidad: debes ser severa cuando corresponda, pero siempre justa.

Flavia volvió ligeramente la cabeza para mirarlo.

—¿Incluso con los esclavos?

Aecio soltó una carcajada grave.

—Sobre todo con los esclavos.

La niña frunció el ceño.

—Pero son esclavos.

—Precisamente.

El anciano ajustó la manta alrededor de las piernas de ambos antes de continuar.

—Un senador puede odiarte y necesitar meses para perjudicarte. Un gobernador puede odiarte y necesitar una carta, mensajeros, aliados y quizá un ejército. El hombre que te sirve la cena necesita una cucharada. La mujer que prepara tu baño necesita una puerta cerrada. El esclavo que duerme junto a tu dormitorio necesita solamente esperar a que cierres los ojos.

Flavia dejó de mirar los campos.

—Eso suena horrible.

—Lo es. Por eso resulta útil recordarlo.

Aecio levantó una mano enguantada y comenzó a contar con los dedos.

—Domiciano era emperador de Roma. Tenía guardias, funcionarios, espías, dinero y suficientes aduladores para llenar el Circo Máximo. ¿Sabes quién abrió el ataque contra él?

Flavia negó con la cabeza.

—Estéfano. Un hombre de su propia casa, un liberto que administraba asuntos domésticos. Durante días llevó un brazo vendado fingiendo estar herido. Dentro ocultaba un puñal. Cuando consiguió quedarse cerca del emperador, sacó el arma.

Flavia abrió ligeramente los ojos.

—¿Lo mató?

—Lo hirió primero. Después otros participaron. Ese es otro detalle importante: cuando suficientes personas dentro de tu propia casa desean verte muerta, los guardias exteriores sirven de muy poco.

El viento agitó la barba gris del anciano. Aecio esperó unos segundos antes de continuar.

—Cómodo cometió un error parecido. Gobernaba como si todos los que lo rodeaban fueran objetos. Humillaba, amenazaba, aterrorizaba. Finalmente, Marcia, Eclecto y otros de su círculo decidieron que resultaba más seguro matarlo que esperar a descubrir quién sería ejecutado al día siguiente.

—¿También un esclavo?

—El hombre que terminó estrangulándolo se llamaba Narciso. Era un atleta, un luchador que formaba parte de su entorno más cercano. No necesitó atravesar murallas ni derrotar una legión. Entró donde el emperador estaba vulnerable y terminó el trabajo con sus propias manos.

Flavia permaneció algunos momentos pensativa.

—Entonces hay que ser amable para que no te maten.

Aecio volvió a reír.

—Esa sería una interpretación extraordinariamente práctica del cristianismo.

—No hablaba del cristianismo.

—Eso me preocupaba.

Flavia sonrió y apoyó la espalda contra el pecho de su abuelo.

—¿Entonces nunca debo castigar a un esclavo?

—No he dicho eso. Un amo incapaz de castigar pierde autoridad tan rápido como uno que castiga por diversión pierde lealtad. Si alguien roba, miente, abandona su trabajo o pone en peligro a otros, debe existir una consecuencia. Pero debe saber por qué recibe el castigo. Debe saber qué norma rompió. Y, cuando sea posible, debe saber también qué puede hacer para recuperar tu confianza.

Aecio observó durante unos segundos a los trabajadores que descargaban los sacos.

—La arbitrariedad es veneno. Hoy golpeas a un hombre porque estás irritada. Mañana castigas a una mujer porque alguien más cometió un error. Después descubres que todos te obedecen cuando los miras y todos te odian cuando das la espalda.

—¿Tú nunca hiciste eso?

La pregunta hizo que el anciano permaneciera en silencio.

Flavia giró la cabeza.

—Abuelo.

—He hecho cosas peores.

La respuesta carecía de orgullo.

—Pero aprendí una diferencia que muchos hombres poderosos nunca aprenden: en una batalla puedes ordenar algo terrible porque es necesario. Dentro de tu casa no tienes esa excusa. Si castigas para satisfacer tu temperamento, no estás gobernando. Estás divirtiéndote con alguien que no puede responderte.

Flavia miró hacia una esclava que llevaba una cesta desde los almacenes.

—¿Y si me odian aunque yo sea justa?

—Puede ocurrir.

—Entonces no sirve.

—Claro que sirve. La justicia no compra amor. Compra previsibilidad. Y eso vale mucho más.

Aecio colocó una mano sobre el pequeño hombro de su nieta.

—El hombre que sabe que no lo castigarás sin razón duerme mejor. El que sabe que puede hablarte antes de que un problema se convierta en desastre viene a buscarte. El cocinero que no teme que lo azotes por darte una mala noticia te dirá que la carne está podrida antes de servirla. La esclava que sabe que escucharás una denuncia puede avisarte de que alguien intenta entrar por las noches. La gente que vive contigo ve cosas que tú jamás verás.

Flavia entrecerró los ojos.

—Entonces también son espías.

—Todos somos espías para alguien.

—Eso lo dices porque eres viejo.

—Eso lo digo porque sigo vivo.

La respuesta hizo reír a la niña.

Aecio sonrió también, pero después señaló discretamente hacia la Domus de Ferrata, visible al norte como una masa de piedra, tejados y torres recortada contra las montañas.

—Recuerda esto, pequeña. Los grandes hombres siempre temen al enemigo que viene desde lejos. Hunos, vándalos, godos, persas, generales rivales... —hizo una pausa—. Y después mueren porque ignoraron al hombre que les llevaba las sandalias.

Flavia volvió a acomodarse en su regazo.

—Yo trataré bien a quien lleve mis sandalias.

—Excelente comienzo.

—¿Y al cocinero?

—Muchísimo mejor.

—¿Y al que limpie mi habitación?

Aecio miró solemnemente a su nieta.

—A ese procura no declararle nunca la guerra.

En ese momento apareció Nabira por el sendero que bordeaba los campos, llevando sobre la cabeza un gran cesto de mimbre cubierto con un paño de lino. Su figura destacaba con facilidad entre los trabajadores por la seguridad de sus movimientos y por aquella manera de caminar que hacía parecer que incluso las tareas domésticas formaban parte de una operación cuidadosamente organizada. Al aproximarse al banco retiró el paño y dejó al descubierto una docena de bollos de pan todavía tibios, brillantes por una capa generosa de miel.

—Mi señor.

Aecio miró el contenido del cesto y luego a Nabira con una expresión deliberadamente grave.

—Menas me ha recomendado que deje de comer estas cosas.

Nabira soltó una carcajada franca.

—¿Mi señor espera vivir otros cien años?

Aecio la observó durante un instante y después comenzó a reír. Sin añadir una sola palabra tomó inmediatamente una de las hogazas, la partió por la mitad y entregó una parte a Flavia, que la recibió con la satisfacción de quien acababa de descubrir que la autoridad médica tenía límites bastante negociables dentro de Ferrata.

—Eres extraordinariamente eficiente con los trabajadores —dijo Aecio mientras mordía el pan—. Esto explica parte del misterio.

—Es la miel, mi señor.

—No. La miel explica por qué trabajan contentos. Yo quiero saber cómo consigues que las abejas no te maten mientras la obtienes.

Nabira sonrió con una dignidad casi ceremonial.

—Secretos de África, mi señor.

Aquello habría podido sonar como una broma rústica en boca de cualquier otra persona, pero Nabira hablaba un latín tan correcto que incluso Flavia levantó los ojos para escucharla. No era simplemente inteligible ni educado, sino preciso, limpio en las construcciones y sorprendentemente cercano al modelo que los maestros de retórica atribuían a Cicerón, circunstancia que producía una impresión peculiar cuando semejante elegancia lingüística salía de una mujer esclavizada encargada de supervisar trabajadores agrícolas. En Ferrata hacía tiempo que nadie encontraba aquello extraño; fuera de sus límites, en cambio, bastaban algunas frases para que más de un visitante comenzara a preguntarse quién demonios era realmente aquella mujer.

—Algún día tendrás que contarme esos secretos —dijo Aecio.

—Algún día, mi señor.

Nabira inclinó ligeramente la cabeza y continuó su recorrido. No llevaba el pan exclusivamente para el viejo patricio. Fue repartiendo porciones entre quienes se encontraban en descanso: jornaleros, esclavos de campo, carreteros y dos muchachos que habían pasado toda la mañana reparando una cerca. Ferrata tenía más pausas de las que un administrador convencional habría considerado prudentes. Aecio nunca había apreciado el agotamiento inútil. Durante sus años de campaña había aprendido que un soldado exhausto obedecía peor, marchaba peor y terminaba enfermando precisamente cuando más falta hacía; con el tiempo había extendido aquella lógica a los trabajadores de sus propiedades, a quienes, para diversión de Valeria y desesperación de algunos administradores, seguía llamando soldados.

—¿Por qué descansan tanto? —preguntó Flavia mientras masticaba el pan con miel.

—Porque mañana quiero que vuelvan a trabajar.

—Eso parece evidente.

—No para todos.

Aecio señaló a un grupo sentado junto a una pared baja. Uno de los hombres acababa de sacar unos dados y otros tres comenzaban a discutir animadamente alrededor de él.

—Mira.

Flavia observó cómo unas pocas monedas cambiaban de manos.

—Están apostando.

—Sí.

—¿Y los dejas?

—Mientras no apuesten lo que no poseen, no se peleen y vuelvan al trabajo cuando termina el descanso.

Flavia entrecerró los ojos.

—Pero les das dinero.

—A veces.

—Y luego lo pierden apostando.

—Con frecuencia.

—Entonces es absurdo.

Aecio sonrió.

—Eso pensé la primera vez.

El anciano terminó otro pedazo de pan antes de continuar.

—Recompensar a un esclavo parece una tontería para muchos hombres. Dicen que ya recibe comida, ropa y techo, y que por tanto cualquier moneda adicional es un desperdicio. Pero una pequeña recompensa compra cosas que el látigo no puede comprar.

—¿Qué cosas?

—La esperanza de recibir otra.

Flavia permaneció callada.

—Si un hombre sabe que trabajar bien puede darle unas monedas, un día libre, mejor comida o una pequeña ventaja, empieza a comparar. Si huye, puede morir. Si se rebela, puede morir. Si trabaja bien, quizá gane algo. No necesita amar a su amo. Solo necesita concluir que obedecer es menos desagradable que incendiar la casa.

Flavia masticó lentamente.

—Eso suena horrible otra vez.

—Gobernar personas suele sonar peor cuando se explica con sinceridad.

Aecio señaló nuevamente hacia los dados.

—Además, de alguna manera, una parte considerable de esas monedas termina regresando.

—¿Porque pierden?

—Porque siempre pierden.

—¿Contra quién?

Aecio hizo un gesto vago.

—Contra otros trabajadores, contra libertos, contra algún administrador, contra un tabernero al que casualmente compra vino uno de mis clientes... el dinero tiene una habilidad extraordinaria para volver al punto de partida.

Flavia comenzó a reír.

—Entonces finges pagarles.

—No. Les pago de verdad.

—Pero recuperas el dinero.

—También de verdad.

La niña lo miró con creciente sospecha.

—Eso es hacer trampa.

—Eso es economía.

Flavia soltó una carcajada, y Aecio la acompañó durante unos segundos antes de mirar otra vez hacia los campos. En realidad, todo aquel sistema formaba parte de una pantomima mucho más amplia. Descansos, pequeñas recompensas, festividades, permiso para apostar cantidades modestas, oportunidades de comprar objetos personales y la posibilidad ocasional de acumular dinero propio parecían concesiones ridículas para hombres acostumbrados a pensar que un esclavo debía recibir únicamente aquello necesario para seguir respirando. Aecio las consideraba herramientas de estabilidad. Una finca donde cientos de personas vivían bajo coerción era, por definición, una fortaleza ocupada desde dentro; ningún hombre que hubiese sobrevivido suficientes campañas podía olvidar esa realidad. La obediencia no necesitaba ser afectuosa. Bastaba con que la alternativa pareciera peor.

Un caballo apareció entonces por el camino principal.

No avanzaba al trote tranquilo de un mensajero ordinario, sino con la espuma comenzando a formarse alrededor del bocado. El jinete era un liberto de la casa, uno de los hombres utilizados para comunicaciones entre las distintas dependencias de Ferrata, y no redujo la velocidad hasta encontrarse casi encima del grupo. Saltó de la montura antes incluso de que el animal hubiera terminado de detenerse.

Aecio dejó inmediatamente de sonreír.

El hombre tenía el rostro desencajado.

—¡Mi señor!

Aecio sostuvo mejor a Flavia sobre su regazo.

—Habla.

El liberto respiró una vez, demasiado rápido.

—Vuestro nieto menor...

El anciano quedó completamente inmóvil.

—¿Marco?

El hombre asintió.

—Mi señor... vuestro nieto menor se muere.

Durante un instante Aecio no respondió.

El viento continuó moviendo las ramas, los dados siguieron rodando unos metros más allá y alguien volvió a reír entre los trabajadores, todavía ignorante de que el mundo acababa de cambiar para el hombre sentado en aquel banco.

Aecio bajó lentamente a Flavia de su regazo.

—Llévame a él.

Valeria no recordaría después en qué momento comenzó a correr. Un instante antes estaba de pie frente a Lavinia Pansa Crispiana, todavía intentando comprender unas palabras que parecían absurdas —el señorito se muere—, y al siguiente atravesaba el Gran salón de recepciones, el Aula maior, apartando con una mano la pesada tela de su vestido mientras con la otra recogía las capas inferiores para evitar pisarlas. Jamás en toda su vida había maldecido tanto el hecho de ser mujer. Aquellas prendas que unas horas antes habían servido para demostrar rango, riqueza y respetabilidad se habían convertido ahora en una maquinaria diseñada expresamente para impedirle llegar hasta su hijo: túnicas superpuestas, cinturones, broches, manto, tela suficiente para vestir a tres legionarios y una maldita longitud de falda que amenazaba con enredarse en sus propios tobillos cada vez que intentaba alargar la zancada.

Atravesó el salón entre columnas y mesas todavía dispuestas para las recepciones, cruzó el Vestibulum, donde dos esclavos se apartaron tan deprisa que uno estuvo a punto de derribar un brasero, y alcanzó el Porticus, el gran pórtico de acceso del ala. Apenas vio las escalinatas ante ella comprendió que aquello iba a ser peor de lo que había imaginado.

“¿Quién demonios decidió que una mujer respetable debía vestirse como una cortina?”

Descendió los primeros escalones sosteniendo la falda a la altura de las rodillas, ignorando por completo el escándalo que semejante gesto habría provocado en cualquier recepción decente. Bajó otra escalinata inmediatamente después y estuvo a punto de perder el equilibrio cuando una de las sandalias resbaló sobre la piedra. Se sujetó al pasamanos, recuperó el paso y siguió adelante sin reducir la velocidad. Detrás de ella alguien gritaba que aguardara; quizá Lavinia, quizá un esclavo, quizá media casa. No le importó.

El recorrido entre el ala de recepciones y el edificio principal nunca le había parecido particularmente largo. Aquella tarde parecía extenderse como un camino entre ciudades.

Giró hacia la izquierda y siguió uno de los corredores exteriores que comunicaban las distintas alas de Ferrata. A su izquierda se extendía uno de los jardines interiores, todavía verde pese al frío, con cipreses, arbustos recortados y una pequeña fuente cuya agua continuaba cayendo con una tranquilidad que a Valeria le resultó ofensiva. Corrió junto a la columnata, oyendo detrás de las paredes el ruido creciente de la casa despertando ante la emergencia: puertas abiertas, órdenes, pasos, alguna esclava preguntando qué ocurría y alguien repitiendo el nombre de Menas.

Al final del corredor volvió a girar hacia la izquierda.

Allí, en un pequeño nicho protegido del viento, estaba la estatua de la Virgen María. Una lámpara ardía delante de ella y alguien había dejado flores a sus pies aquella misma mañana. Valeria apenas tuvo tiempo para mirar el rostro sereno de piedra.

“Que esté vivo.”

No fue una oración elaborada. No prometió donativos, ayunos ni peregrinaciones. No había espacio dentro de su cabeza para negociar con Dios.

“Solo que esté vivo.”

Continuó.

Atravesó el Hortus frontalis, el jardín frontal que precedía al edificio principal, bajando por el eje entre parterres y fuentes hasta encontrar el acceso que conducía hacia el cuerpo central de la Domus. Allí el camino se estrechaba y comenzaba la circulación de sirvientes entre dependencias. Valeria tuvo que esquivar una cesta, un cubo y finalmente a un muchacho que apareció de improviso cargando un haz de leña tan grande que apenas podía ver por encima de él.

Era Armin.

El joven esclavo se quedó petrificado al reconocerla.

—¡Domina!

Valeria pasó junto a él sin detenerse.

—¡Aparta!

Armin consiguió pegarse a la pared con la leña justo cuando otra figura apareció desde el corredor transversal. La señora Damaris llevaba un manojo de llaves colgando de la cintura y la expresión automática de quien llevaba tantos años administrando partes de aquella casa que en ocasiones olvidaba la diferencia entre autoridad delegada y autoridad verdadera.

—¡Domina Valeria! —exclamó al verla—. ¡No deberíais correr así! Podéis caer, por vuestra dignidad, vuestra ropa...

Valeria continuó dos pasos.

Entonces regresó.

Damaris apenas tuvo tiempo de entenderlo.

La bofetada resonó seca bajo la galería.

Armin bajó inmediatamente la mirada hacia la leña.

Damaris quedó con el rostro vuelto hacia un lado, una mano levantándose lentamente hacia la mejilla.

Valeria la miró con una furia tan desnuda que la liberta retrocedió medio paso.

—¿Mi dignidad?

—Domina, yo solo...

—Mi hijo se está muriendo y tú te atreves a decirme cómo debo caminar.

—No pretendía...

—No eres mi madre.

Damaris bajó los ojos.

—No, domina.

—No eres mi suegra.

—No, domina.

—Y no eres ninguna mierda de esas.

Armin cerró los ojos.

Damaris permaneció inmóvil.

—Eres una liberta con llaves —continuó Valeria—. Muchas llaves, sí. Llaves muy útiles. Pero siguen siendo llaves que existen porque mi casa decidió ponerlas en tus manos. Si vuelves a interponerte entre mí y uno de mis hijos, descubrirás exactamente cuánto pesan.

Damaris inclinó inmediatamente la cabeza.

—Sí, domina.

Valeria ya había vuelto a correr antes de que terminara de responder.

Atravesó el sector frontal hasta alcanzar la Turris, cuya escalera permitía comunicar rápidamente las plantas superiores sin necesidad de rodear el gran atrio. El acceso a la torre parecía aún más estrecho con las prendas empujándole las piernas. Se recogió la túnica todavía más arriba, mostrando sin el menor pudor una cantidad de pantorrilla que habría dado alimento a los rumores domésticos durante semanas, y comenzó a subir.

“Que se atraganten todos con el escándalo.”

Los escalones de piedra giraban alrededor del núcleo de la torre. Subió uno, dos, diez, veinte, sintiendo la respiración clavarse en el pecho mientras la ropa se pegaba a sus piernas. El sonido de voces llegaba desde arriba.

Al alcanzar la Scala turris del segundo nivel, salió casi chocando con Albia Rufina.

La soprano llevaba dos ánforas pequeñas sujetas contra el pecho y una tercera colgando dentro de una red de cuerda. Se detuvo de golpe.

—Domina.

—¿Dónde está Marco?

Albia comprendió inmediatamente.

—En el Dormitorium liberorum, domina. Menas está con él.

Valeria avanzó.

Albia dejó las ánforas en el suelo.

—Domina...

Valeria se detuvo apenas.

—¿Qué?

La esclava abrió la boca, pero durante un instante pareció no saber cómo formular aquello.

—Hay mucha sangre.

Valeria sintió que algo descendía desde el estómago hasta los pies.

No respondió.

Siguió caminando.

Los últimos metros por la galería superior dejaron de parecer reales. El atrio se abría bajo ella, enorme, con la fuente en el centro y pequeñas figuras moviéndose en la planta inferior. Escuchó órdenes procedentes del dormitorio. Reconoció la voz de Menas. Otra voz rezaba con rapidez: Severiano.

Después escuchó un golpe.

Uno seco.

Luego otro.

Y comprendió que no eran golpes.

Era la cama.

Entró.

El Dormitorium liberorum estaba convertido en un caos.

Habían apartado arcones y bancos contra las paredes. Varias lámparas iluminaban la estancia con una claridad casi brutal. Había recipientes con agua, paños, vendas, pequeños instrumentos, cuencos y dos esclavos que Menas había formado durante años para ayudarle en heridas y enfermedades. Una mujer sostenía una jofaina mientras otra preparaba lino limpio. Severiano estaba junto a la cabecera, murmurando una oración tan rápido que las palabras se atropellaban unas contra otras.

En el centro de todo aquello estaba Marco.

Su pequeño cuerpo se arqueó sobre la cama.

Las piernas se tensaron.

Un brazo golpeó violentamente contra el colchón.

La cabeza se volvió hacia un lado mientras los dientes chocaban entre sí y Menas sujetaba cuidadosamente el cráneo para impedir que se golpeara contra la estructura.

Había sangre bajo su nariz.

Sangre junto al oído.

Sangre seca cerca del ojo.

Valeria se quedó inmóvil.

Durante unos segundos fue incapaz de comprender que aquel cuerpo fuera el mismo niño que esa mañana había permanecido sentado junto a ella sin decir casi nada, el mismo que buscaba su mano mientras dormía, el mismo del que acababa de decir a Lavinia que era hermoso, frágil y que podía quedarse con ella un poco más.

—¡Sujetadle la pierna, no el pecho! —ordenó Menas—. ¡Dejad que respire! Severiano, si vas a rezar, hazlo al otro lado. Me estás tapando la lámpara.

—¡Estoy administrando la extremaunción!

—¡Pues adminístrala sin empujarme!

Marco volvió a convulsionar.

Valeria avanzó un paso.

Menas la vio.

Su expresión cambió.

—Valeria.

Ella no respondió.

Severiano levantó la cabeza.

—Hija...

Valeria caminó hasta la cama como si ninguno de ellos existiera.

—Marco.

El niño no reaccionó.

Se inclinó sobre él.

—Marco.

Una nueva contracción recorrió el cuerpo pequeño y Valeria retrocedió apenas, aterrorizada por algo que no comprendía.

—Menas...

El médico sostuvo la mandíbula del niño mientras observaba su respiración.

—Estoy aquí.

—¿Qué le pasa?

No recibió respuesta inmediata.

Valeria volvió la cabeza.

—Menas.

El médico alzó finalmente los ojos hacia ella.

Por primera vez desde que Valeria lo conocía, el sarcasmo había desaparecido por completo de su rostro.

—No lo sé.

Aquellas tres palabras consiguieron asustarla más que toda la sangre.

Valeria avanzó hacia la cama sin pedir permiso. No pensó en Menas, en Severiano ni en las manos manchadas de sangre que se movían alrededor del muchacho. Solo vio a Marco. Su pequeño Marco, convulsionando entre lienzos húmedos, lámparas y órdenes incomprensibles, con el rostro que tantas veces había besado ahora deformado por espasmos que parecían arrancarlo de sí mismo. Extendió los brazos para levantarlo, para apretarlo contra el pecho, para hacer lo único que una madre podía hacer cuando toda razón dejaba de servir.

Menas se interpuso.

—No.

Valeria lo miró sin comprender.

—Quítate.

—No puedo.

—He dicho que te quites.

—Y yo he dicho que no.

Ella intentó rodearlo.

Menas le sujetó ambas muñecas antes de que alcanzara al niño.

—¡Suéltame!

—Está convulsionando. Si lo aprietas contra ti puedes impedirle respirar o hacer que se golpee peor.

—¡Es mi hijo!

—Y por eso mismo no voy a permitir que lo mates intentando consolarlo.

Valeria lo miró como si acabara de insultar a todos sus antepasados.

—Menas...

—Mi domina, podéis mandarme azotar después.

Aquello la detuvo apenas un instante.

Menas levantó la voz.

—¡Hombres! Retenedla.

Dos esclavos dudaron.

Ninguno quiso tocarla.

Menas los fulminó con la mirada.

—¡Ahora!

Ambos obedecieron.

Valeria sintió unas manos rodeándole los brazos y reaccionó con una furia casi animal.

—¡Soltadme! ¡Soltadme, hijos de...! ¡Menas, te juro por Dios que si le ocurre algo...!

—Podéis jurarme todo cuanto queráis cuando deje de convulsionar.

Marco volvió a arquearse sobre la cama.

Valeria dejó de luchar durante un segundo.

Y entonces apareció Casio.

No en la habitación. Dentro de ella.

“Yo no estuve allí.”

La idea llegó sin orden.

“Casio murió en Sicilia y yo no estuve allí.”

Recordó la carta.

No el texto completo. Nunca había conseguido conservarlo completo. Recordaba palabras aisladas: fiebre, médicos, sacramentos, debilidad, misericordia divina. Recordaba el sello roto. Recordaba haber entendido lo que decía antes de terminar la primera línea. Recordaba haberse quedado sentada durante horas sosteniendo aquel pedazo de pergamino mientras alrededor de ella todos esperaban que hiciera algo digno de una matrona.

“Yo no lo abracé.”

Marco se estremeció.

“Casio murió sin que yo lo abrazara.”

Uno de los esclavos apretó un poco más los brazos de Valeria cuando ella volvió a intentar avanzar.

—¡No me toques!

—Perdonadme, domina...

—¡Entonces suéltame!

—¡No lo hagáis! —ordenó Menas.

Valeria giró la cabeza hacia él.

—¡Maldito seas!

Menas no respondió.

Estaba observando los ojos de Marco.

—¡Lámpara más cerca! ¡No, esa no! ¡La otra!

Albia regresó en ese momento, jadeando, con una gran jarra entre los brazos y el cabello parcialmente desprendido de su peinado. Había corrido tanto que apenas podía hablar.

—Agua... de la montaña...

Menas extendió una mano.

—¡Niña! ¡Traedme eso ya!

Albia cruzó la habitación.

El recipiente sudaba frío. El agua provenía de uno de los conductos alimentados por los manantiales superiores y estaba tan helada que el barro exterior parecía cubierto por una película de humedad casi blanca.

—Aquí, maestro.

Menas metió dos dedos.

—Perfecto. Paños.

Una de las ayudantes los entregó.

—Cuello, axilas, ingles. No lo empapéis. Cambiadlos cuando pierdan el frío.

Valeria contemplaba todo sin comprender realmente nada.

“Casio.”

Marco jadeó.

“Marco.”

Un paño frío fue colocado sobre el cuello del niño.

“Lucio está lejos.”

Otro bajo un brazo.

“Juliano está con los godos.”

Otro entre las piernas.

“Flavia estaba esta mañana con su abuelo.”

Las ideas aparecían sin conexión.

“Mis hijos siempre están lejos.”

Marco emitió un sonido pequeño, ahogado.

“Este no.”

Valeria volvió a luchar.

—¡Marco!

El muchacho no respondió.

—¡Marco, mírame!

Menas giró hacia ella.

—No puede oíros.

—¡No sabes eso!

—No. No lo sé.

—Entonces no digas que no puede.

Menas cerró la boca.

Por una vez, aceptó la corrección.

Valeria sintió que las piernas comenzaban a fallarle.

Los hombres que la sujetaban tuvieron que sostenerla más que retenerla.

“Este debía quedarse.”

La idea apareció con una claridad insoportable.

“Yo dije que podía quedarse conmigo.”

Una lágrima descendió por su mejilla.

Valeria no la notó.

Después otra.

La sombra oscura que llevaba alrededor de los ojos comenzó a mezclarse con ellas. El pigmento se deslizó lentamente hacia abajo, primero como una línea gris, después como manchas negras que cruzaban sus mejillas y convertían el rostro perfectamente compuesto de la matrona en algo irreconocible.

No le importó.

“Lucio tiene a Ricimero.”

Marco tembló.

“Juliano tiene a los godos.”

Otro espasmo.

“Casio tuvo Sicilia.”

Valeria cerró los ojos.

“Y yo...”

No terminó el pensamiento.

Porque sabía cómo terminaba.

“Yo siempre los entrego.”

Abrió los ojos de golpe.

—No.

Nadie supo a quién se dirigía.

—No.

Severiano levantó la cabeza de sus oraciones.

—Valeria...

—No.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Ya di uno.

Severiano comprendió antes que los demás.

—Hija...

—Ya di uno.

Miró a Marco.

—Casio ya murió lejos de mí.

La habitación pareció encogerse.

—No voy a dar otro.

Menas continuó trabajando.

—Nadie os está pidiendo que lo hagáis.

Valeria lo miró con rabia.

—Dios me los pide constantemente.

Severiano dio un paso hacia ella.

—No digas eso.

—¿Por qué no? —escupió Valeria—. Los quiere a todos. Uno para los generales. Uno para los reyes. Uno para Sicilia. Uno para la Iglesia si alguien lo decide. Siempre hay una razón magnífica para quitarme un hijo.

—Valeria...

—¡Y este no!

Marco volvió a convulsionar.

El grito de Valeria murió en su garganta.

Menas puso una mano sobre el pecho del niño.

—Esperad.

Todos quedaron inmóviles.

La convulsión disminuyó.

Primero las piernas.

Después los brazos.

Finalmente la mandíbula dejó de temblar.

Marco quedó tendido sobre el colchón, completamente quieto salvo por la respiración rápida y superficial.

Valeria dejó de respirar con él.

Menas acercó el oído a su boca.

Esperó.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Entonces levantó la cabeza.

—Respira.

Valeria cerró los ojos.

Las lágrimas continuaron cayendo.

—Gracias a Dios...

—Todavía no —dijo Menas.

Ella volvió a mirarlo.

—¿Qué?

—He dicho que respira. No he dicho que esté bien.

Aquella precisión habría enfurecido a Valeria en cualquier otro momento.

Ahora únicamente asintió.

—Entonces haz que esté bien.

Menas la observó durante un instante.

Ya no había sarcasmo entre ambos.

—Eso intento.

Valeria bajó la mirada hacia los hombres que todavía sujetaban sus brazos.

—Podéis soltarme.

Ambos obedecieron de inmediato.

Ella no avanzó hacia la cama esta vez.

Se quedó donde estaba.

Temblando.

Con la pintura oscura deshecha sobre el rostro, el cabello comenzando a soltarse, la ropa torcida por la carrera y las manos vacías frente al hijo al que no podía abrazar.

“Solo quédate.”

Marco respiró.

“Solo quédate conmigo.”

Y por primera vez en muchos años, Valeria Crispiana Severina no tuvo ninguna estrategia, ningún favor que cobrar, ningún cliente al que persuadir ni ningún nombre poderoso al que recurrir.

Solo podía esperar.

 

 

Crónicas del renacer de occidente. Entre copas y presagios

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 El gran salón de recepciones de la Domus de Ferrata se extendía bajo la luz cálida de decenas de lámparas y candelabros, con sus columnas de mármol delimitando el espacio ceremonial y las enseñas familiares cayendo entre ellas como recordatorio permanente de que aquella no era simplemente una residencia campestre, sino el corazón visible de una casa cuya riqueza se medía tanto en tierras y clientelas como en los hombres capaces de pronunciar su nombre en Ravena, Roma, Mediolanum o las cortes bárbaras. La larga mesa central, preparada aquella mañana para recibir a varios administradores y clientes, permanecía ahora casi vacía; unos cuantos esclavos retiraban discretamente bandejas y copas mientras, en uno de los extremos del salón, dos mujeres conversaban con la tranquilidad engañosa de quienes podían discutir el destino de fortunas enteras sin elevar jamás la voz.

Lavinia Pansa Crispiana había llegado a Ferrata acompañada por escribas, dos administradores y una pequeña escolta que, por su sobriedad, resultaba mucho más inquietante que cualquier comitiva ostentosa. Los cofres que había traído consigo no contenían regalos, sino dinero, letras de pago y cuentas cerradas. Había venido, según su propia expresión, a «poner en orden unas antiguas obligaciones» con el Viejo, nombre que podía pronunciar allí con una familiaridad que habría resultado insolente en boca de casi cualquier otra persona. Los préstamos habían sido contraídos años atrás bajo circunstancias demasiado complejas para resumirse en una sola deuda: campañas militares, adelantos sobre rentas, compras de grano, garantías extendidas a terceros y aquella costumbre de Flavio Aecio de convertir problemas políticos en compromisos financieros que acababan involucrando a media Italia. Lavinia había llevado registros impecables y ahora, con una mezcla de orgullo mercantil y deferencia familiar, había venido a pagarlos.

Valeria Crispiana Severina se encontraba frente a ella, reclinada con naturalidad en uno de los grandes asientos laterales del salón. Entre ambas había suficiente parentesco para llamarse primas y suficiente distancia genealógica para que nadie hubiese podido explicar la conexión sin recurrir a varios nombres muertos, dos matrimonios de conveniencia y al menos una adopción que la familia prefería recordar de manera selectiva. El Crispiana que ambas llevaban en sus nombres era precisamente el vestigio de aquella rama común: una unión antigua de familias senatoriales que, después de tres generaciones de matrimonios cruzados, había convertido a Valeria y Lavinia en primas de tercer nivel según una genealogía cuya comprensión requería más paciencia que afecto.

—No es el dinero lo que me inquieta —dijo Lavinia mientras deslizaba dos dedos sobre el borde de una copa sin beber—. El dinero siempre vuelve a quien sabe esperar. Lo que me preocupa es que todos parecemos empeñados en fingir que el trono de Occidente sigue siendo de mármol cuando hasta los esclavos pueden escuchar cómo cruje la madera debajo.

Valeria la observó sin perder aquella sonrisa cortés que, en ella, podía significar aprobación, diversión o la decisión de no revelar absolutamente nada.

—Una comparación muy sombría para una mujer que acaba de traerme cofres llenos de plata.

—Precisamente porque traigo plata puedo permitirme ser sombría. Los hombres que deben dinero son optimistas por necesidad; los que lo prestamos sobrevivimos siendo pesimistas.

Valeria dejó escapar una breve risa.

—Siempre has tenido la desagradable costumbre de convertir las virtudes de un usurero en máximas filosóficas.

—Banquera.

—Prima, cuando prestas a un senador que promete devolverte el dinero después de recoger las rentas de Sicilia, eres banquera. Cuando le prestas al mismo senador por tercera vez sabiendo que las rentas ya están comprometidas con otros dos acreedores, eres una mujer de fe.

Lavinia arqueó una ceja, aunque la comisura de sus labios se movió apenas.

—Y tú sigues utilizando el parentesco únicamente cuando deseas insultarme sin consecuencias.

—Para algo deben servir tres generaciones de matrimonios mal concebidos.

Una esclava se aproximó para rellenar las copas, pero Lavinia realizó un pequeño movimiento con los dedos y la muchacha se retiró inmediatamente. Aquello bastó para que la expresión de la banquera cambiara. La cortesía permaneció intacta, aunque el tono perdió parte de su ligereza.

—Hablo en serio, Valeria. Petronio Máximo conserva amigos, los Anicios conversan con todos sin comprometerse con nadie, los hombres de Ravena juran fidelidad al emperador mientras calculan quién custodiará las puertas si mañana cambia el dueño del palacio, y en cada cena hay alguien dispuesto a asegurar que conoce las verdaderas intenciones de Ricimero. El problema no es que existan facciones. Siempre han existido. El problema es que demasiada gente se ha alineado públicamente con un emperador cuya fuerza depende de que los hombres que lo sostienen continúen deseando sostenerlo.

Valeria tomó la copa, pero tampoco bebió.

—¿Y temes haber escogido mal?

—Temo que todos hayamos escogido demasiado pronto.

La matrona Aeciana inclinó ligeramente la cabeza. La sonrisa no desapareció; por el contrario, pareció adquirir una serenidad todavía mayor.

—Yo no he escogido emperador alguno.

Lavinia la miró durante unos segundos.

—Naturalmente que no.

—Mi familia sirve al Imperio.

—Eso dicen siempre las familias que esperan sobrevivir a varios emperadores.

Valeria aceptó la observación con un leve movimiento de la copa.

—Por eso seguimos aquí.

Lavinia guardó silencio. Conocía demasiado bien a su prima como para confundir aquella tranquilidad con ignorancia. Valeria había escuchado exactamente las mismas conversaciones que ella, quizá muchas más. Los clientes de los Aecianos atravesaban Italia desde propiedades agrícolas hasta oficinas palatinas; veteranos todavía enviaban cartas al Viejo, funcionarios debían favores a sus hijos y más de un hombre que públicamente afirmaba no tener relación alguna con Ferrata había cenado allí cuando necesitaba dinero, protección o una recomendación. Si Valeria no parecía preocupada, no era porque desconociera el peligro.

—Hay algo que no me estás diciendo.

Valeria sonrió.

—Siempre hay algo que no te estoy diciendo.

—Eso no me tranquiliza.

—No pretendía hacerlo.

Lavinia apoyó finalmente la espalda contra el asiento.

—Entonces dime al menos por qué pareces tan satisfecha mientras media aristocracia intenta averiguar qué hará Ricimero si el Augusto pierde el favor de sus propios generales.

Valeria contempló durante un instante las grandes puertas del salón, como si el nombre que estaba a punto de pronunciar mereciera cierta ceremonia.

—Lucio.

Lavinia tardó apenas un momento en comprender.

—Tu hijo.

La sonrisa de Valeria cambió entonces. Por primera vez desde que había comenzado la conversación dejó de ser exclusivamente política. Había orgullo auténtico en ella.

—Mi hijo mayor.

Lavinia entrecerró ligeramente los ojos.

—Sé dónde está Lucio.

—Entonces sabrás también que sirve como copero del generalísimo.

—Sé que fue enviado como pupilo a su casa.

—Fue enviado como pupilo —corrigió Valeria con suavidad—. Ahora es cercano a él.

Lavinia permaneció inmóvil.

Aquellas pocas palabras transformaban mucho más de lo que aparentaban. Un muchacho entregado como pupilo podía ser garantía de amistad, huésped político o simple pieza dentro de una red de patronazgo. Un joven que había conseguido agradar personalmente al hombre cuyo poder militar gravitaba sobre Occidente era otra cosa enteramente distinta.

—¿Cuán cercano?

Valeria levantó la copa y finalmente bebió un pequeño sorbo.

—Lo suficiente.

Lavinia soltó lentamente el aire por la nariz.

—Claro.

No necesitaba preguntar cómo se había conseguido. Conocía demasiado bien la arquitectura invisible de aquellas relaciones. La entrega de Lucio jamás había sido únicamente una decisión educativa. Habían circulado préstamos, garantías y recomendaciones entre múltiples clientes del padre de Valeria y del Viejo; hombres que necesitaban liquidez habían recibido condiciones favorables, intermediarios habían encontrado súbitamente abiertas ciertas puertas y personas cuya opinión podía hacer agradable o incómoda la presencia de un joven aristócrata en una casa poderosa habían descubierto excelentes razones para recordarlo con afecto. Nada había sido comprado directamente. Eso habría resultado vulgar. Simplemente se habían lubricado suficientes engranajes para que el mecanismo político comenzara a girar en la dirección apropiada.

—Así que mientras todos observamos al emperador —murmuró Lavinia— tú has colocado a tu primogénito junto al hombre al que todos observan cuando dejan de mirar al emperador.

Valeria dejó la copa sobre la mesa.

—He colocado a mi hijo donde puede aprender de un gran hombre.

Lavinia la contempló con una expresión que habría resultado perfectamente respetuosa para cualquier observador externo.

—Por supuesto.

Valeria sostuvo su mirada durante unos segundos y después sonrió con aquella satisfacción tranquila que rara vez permitía que otros vieran tan abiertamente.

—Lucio le ha agradado. Ricimero aprecia su discreción, su memoria y su manera de escuchar antes de hablar. Me dicen que comienza a confiarle pequeñas cosas que no confiaría a cualquier muchacho.

Entonces el orgullo terminó de imponerse sobre la prudencia.

—Es mi mayor orgullo.

Lavinia conocía a Valeria desde hacía suficientes años para reconocer la importancia de aquella confesión. Su prima podía hablar durante una hora acerca de alianzas, matrimonios, rentas y clientes sin revelar una emoción verdadera; sin embargo, cuando hablaba de sus hijos, especialmente de aquel primogénito que comenzaba a abrirse camino entre los hombres que gobernaban el Imperio, algo mucho menos calculado aparecía debajo de todas sus máscaras.

Y precisamente por ello Lavinia comenzó a comprender que la tranquilidad de Valeria no provenía de la certeza de que el emperador sobreviviría.

Provenía de que, si no lo hacía, un Crispiano-Aeciano ya estaba aprendiendo a servir al hombre que probablemente seguiría en pie cuando todos los demás comenzaran a buscar nuevas lealtades.

Valeria dejó que el silencio se prolongara unos instantes, no porque necesitara ordenar sus pensamientos, sino porque sabía que ciertas noticias adquirían mayor peso cuando se permitía al interlocutor descubrirlas por sí mismo. Sus dedos recorrieron lentamente el borde de la copa mientras Lavinia seguía observándola con aquella paciencia desconfiada propia de quien había construido buena parte de su fortuna aprendiendo que las palabras verdaderamente importantes rara vez eran las primeras que se pronunciaban.

—Mi señor suegro ha recibido también una comunicación curiosa —dijo finalmente Valeria—. Nada formal, desde luego. Sería impropio llamarlo propuesta cuando apenas se han intercambiado algunas consideraciones entre personas que, casualmente, conocen muy bien a ambas familias.

Lavinia no movió un músculo del rostro.

—Naturalmente. Y supongo que esas personas, también casualmente, han decidido discutir genealogías mientras Lucio sirve el vino al generalísimo.

—No seas vulgar, prima.

—Jamás cuando puedo ser precisa.

Valeria sonrió y tomó un pequeño sorbo antes de continuar.

—Se ha mencionado a una de las hijas de Ricimero. Solo eso. Una posibilidad futura, nada más. Los muchachos son jóvenes, las circunstancias cambian y ninguna familia sensata promete demasiado antes de saber qué mundo habrá dentro de cinco años. Pero mi señor suegro no habría recibido semejante insinuación si Lucio hubiese resultado desagradable.

Lavinia bajó lentamente la copa.

—Una hija de Ricimero.

—Una posibilidad.

—Valeria.

—Lavinia.

—No pongas esa cara de virgen sorprendida. Llevas media conversación intentando convencerme de que todo ha ocurrido por la gracia de Dios y la buena educación del muchacho.

—Ambas cosas ayudan considerablemente.

—Y también varios préstamos.

La sonrisa de Valeria se hizo apenas más estrecha.

—Los préstamos facilitan conversaciones. No fabrican afecto. Si Lucio hubiera sido un imbécil, todo el oro de Italia habría servido únicamente para conseguirle una habitación más cómoda mientras decepcionaba a su anfitrión.

Aquello Lavinia no podía negarlo. Había visto demasiados jóvenes aristócratas enviados a grandes casas bajo la protección de padres y abuelos poderosos para descubrir después que ninguna recomendación podía ocultar indefinidamente la estupidez. Lucio, por el contrario, parecía haber comprendido muy pronto que un copero no era simplemente quien sostenía una jarra. Permanecer cerca de un hombre poderoso significaba aprender cuándo callaba, a quién recibía, qué nombres pronunciaba con disgusto, cuáles con familiaridad y qué silencios aparecían después de determinadas cartas. Si además el muchacho había tenido la prudencia de no presumir de lo que escuchaba, Ricimero podía terminar valorándolo precisamente por aquello que tantos jóvenes de su edad eran incapaces de ofrecer: discreción.

—Así que tu primogénito podría terminar casado con una hija del generalísimo —dijo Lavinia.

Valeria levantó ligeramente una ceja.

—He dicho que alguien ha considerado que las genealogías de ambas casas merecen compararse.

—Perdóname. Qué diferencia tan enorme.

—En nuestra familia, las diferencias pequeñas suelen ser las que evitan guerras.

Lavinia soltó una risa breve y negó con la cabeza. Durante unos momentos hablaron de asuntos menores, de tierras, de cosechas y de dos administradores cuya incompetencia había conseguido convertir una disputa por unas lindes en un problema que ya involucraba sacerdotes, testigos y tres generaciones de escrituras contradictorias. Fue precisamente una observación sobre aquellas propiedades del norte la que condujo el nombre de otro joven Aeciano hasta la conversación.

—¿Y Juliano? —preguntó Lavinia—. Hace meses que no escucho nada de él. La última noticia que recibí lo situaba todavía entre los godos.

El rostro de Valeria cambió inmediatamente. La satisfacción calculada con la que había hablado de Lucio dio paso a una ternura más evidente, aunque acompañada por una sombra de preocupación.

—Estuvo aquí hace unos meses.

—¿En Ferrata?

—Durante muy pocos días. Apenas suficientes para que su abuelo encontrara veinte razones para reñirlo.

Lavinia sonrió.

—Entonces el Viejo continúa saludable.

—Demasiado.

Valeria dejó escapar un suspiro y miró durante unos instantes hacia las puertas del gran salón como si pudiera volver a ver al muchacho atravesándolas.

—Está hermoso, Lavinia. Realmente hermoso. Más alto de lo que esperaba, aunque todavía conserva algo de niño en el rostro. Y valiente... demasiado, probablemente. Camina como ellos, monta como ellos y cuando entra en una habitación parece estar buscando instintivamente dónde dejar el arco. Cinco años entre godos han hecho más por convertirlo en uno de ellos que toda nuestra sangre por recordarle que nació romano.

—Eso no parece disgustarte.

—No me disgusta que sea fuerte.

—Eso no fue lo que pregunté.

Valeria guardó silencio durante un instante.

—Me entristeció.

Lavinia esperó.

—Hay algo diferente en él —continuó Valeria—. Siempre fue vivaz, incluso insolente, pero antes su insolencia era alegre. Ahora se ríe, hace bromas, habla de cacerías, presume de haber derribado muchachos godos que le sacaban una cabeza y cuenta historias como si no pudiera permanecer quieto durante una comida... pero cuando cree que nadie lo observa se queda mirando hacia ninguna parte. Durante demasiado tiempo.

Lavinia reconoció en aquellas palabras una preocupación auténticamente maternal.

—Cinco años lejos de casa son muchos para un muchacho.

—Exactamente. Y después de cinco años viviendo entre godos, ¿sabes cómo decidió recibirlo su abuelo?

Lavinia comenzó a sonreír antes incluso de escuchar la respuesta.

—Tengo miedo de preguntar.

—Con un examen.

—Por supuesto.

—Ni siquiera había terminado de quitarse el polvo del camino. El pobre muchacho llegó después de semanas viajando, entró en esta casa creyendo que iba a recibir un abrazo de su abuelo y, antes de la cena, ya tenía delante un códice de Virgilio.

Lavinia se cubrió la boca con los dedos para contener la risa.

—No.

—Sí. Virgilio primero. Después Cicerón. Luego quiso saber cuánto recordaba de Tito Livio y, porque aparentemente todavía no había castigado bastante a la criatura, terminó preguntándole por Salustio.

—¿Y Juliano qué hizo?

Valeria cerró los ojos brevemente, entre indignada y divertida.

—Intentó responder.

—Eso fue un error.

—Un error terrible. Su latín se ha vuelto áspero. Comprende perfectamente, pero mezcla construcciones, ha olvidado palabras y pronuncia ciertas cosas con una cadencia que hace pensar que en cualquier momento va a pedir que le traigan hidromiel. Mi señor suegro lo escuchó durante medio minuto y comenzó a corregirlo como si el muchacho hubiese pasado cinco años en una taberna de frontera por voluntad propia.

Lavinia ya no intentó contener la risa.

—Pobre Juliano.

—¡Mi pobre muchacho ha vivido entre godos durante casi cinco años! —protestó Valeria, extendiendo una mano—. Lo enviaron siendo prácticamente un niño, ha tenido que aprender su lengua, sus costumbres, montar con ellos, cazar con ellos, dormir en sus fortalezas y comportarse como corresponde al pupilo de un rey; regresa por fin a Ferrata y lo primero que escucha de su abuelo es que «un Aeciano no asesina la lengua de Cicerón».

—Eso suena exactamente a él.

—Después le preguntó qué versos de la Eneida recordaba.

—Valeria, por favor, dime que Juliano recitó algo obsceno en gótico.

Valeria intentó conservar la dignidad durante dos segundos antes de comenzar a reír.

—Peor. Le respondió que Eneas habría llegado a Italia mucho más rápido si hubiera sabido montar.

Lavinia golpeó suavemente la mesa con los dedos mientras reía.

—Oh, ese muchacho me agrada.

—A mí también. A su abuelo considerablemente menos en aquel momento.

—¿Lo castigó?

—Le hizo copiar dos páginas de Cicerón.

—Crueldad.

—Barbarie absoluta.

La sonrisa permaneció en el rostro de Valeria durante unos instantes, pero terminó extinguiéndose con lentitud.

—Gracias al cielo, pronto será liberado.

Lavinia entendió inmediatamente que ya no hablaban del examen.

—¿Termina el pupilaje?

—Eso esperamos. Las obligaciones que justificaban mantenerlo allí están prácticamente cumplidas. Ya ha pasado demasiado tiempo lejos de los suyos. Ha aprendido cuanto podía aprender de aquella corte y, si Dios permite que las cosas continúen tranquilas, regresará definitivamente.

—¿Y él quiere volver?

La pregunta permaneció entre ambas.

Valeria bajó la mirada hacia su copa.

—Es romano.

—No te he preguntado qué es.

Valeria permaneció callada algunos segundos más.

—Cuando se marchó de Ferrata —dijo al fin— habló durante todo el camino sobre caballos godos, sobre un arco que quería conseguir y sobre una muchacha cuyo nombre se negó a decirme. No parecía un prisionero regresando a su cautiverio.

Lavinia ladeó ligeramente la cabeza.

—Entonces quizá el problema no sea liberarlo.

Valeria levantó los ojos.

—¿Qué quieres decir?

—Que quizá debáis descubrir primero de qué lugar cree Juliano que está siendo liberado.

Valeria dejó escapar un suspiro lento y apoyó la espalda contra el respaldo, como si la sola idea de intentar comprender los planes de su suegro le resultara agotadora.

—Es irrelevante. A estas alturas, mi señor suegro ya debe de tenerlo colocado como una pieza en alguno de sus insondables planes. Siempre hace lo mismo. Uno cree que está hablando de un muchacho, de una visita, de una deuda o de una boda, y él ya está pensando en tres campañas, dos matrimonios y quién heredará una propiedad dentro de veinte años.

Lavinia sonrió apenas, pero no la contradijo.

Valeria volvió a suspirar.

—Espero que alguno de ellos nos saque pronto de estas montañas. Estoy aburrida, Lavinia. Horriblemente aburrida. Ferrata es magnífica, sí, y todo funciona como debe, pero una puede contemplar los mismos jardines, escuchar a los mismos administradores y recibir a los mismos clientes durante un número limitado de años antes de empezar a considerar el vino como una vocación religiosa.

—Eso explicaría algunas decisiones senatoriales.

—No seas cruel.

—Nunca sin necesidad.

Valeria dejó escapar una risa breve, pero esta vez no duró mucho. Su expresión se suavizó y la mirada descendió hacia sus propias manos.

—Lo único que, bueno... evita que termine muriéndome en vino es mi pequeño Marco.

Lavinia no dijo nada.

—Es tan hermoso —continuó Valeria con una ternura que contrastaba de inmediato con todo lo anterior—. Y tan frágil.

Durante unos instantes dejó de parecer la matrona que negociaba alianzas, observaba generales y calculaba matrimonios. Era simplemente una madre hablando del hijo que todavía permanecía bajo su techo.

—Los otros siempre estuvieron corriendo hacia alguna parte. Lucio quería crecer antes de tiempo; Juliano apenas aprendió a caminar y ya parecía dispuesto a escaparse detrás de un caballo. Los mayores querían armas, maestros, viajes, patronos... Marco no. Marco siempre se queda cerca.

Valeria sonrió, aunque había una tristeza tenue debajo de aquella expresión.

—Puede pasar una hora sentado a mi lado sin molestarme. A veces ni siquiera habla. Simplemente se queda allí, escuchando, o mirando cualquier cosa como si fuera lo más importante del mundo. Y cuando se duerme todavía busca mi mano.

Lavinia observó a su prima con más atención.

—Lo proteges demasiado.

Valeria levantó inmediatamente los ojos.

—Es mi hijo.

—No he dicho que no debas protegerlo.

—Entonces no empieces.

Lavinia alzó ligeramente ambas manos, concediendo el punto.

Valeria bajó otra vez la mirada.

—Todos creen que no me doy cuenta.

—¿De qué?

—De cómo lo miran.

La voz había perdido casi por completo su ligereza.

—Los médicos dicen que es tardío. Severiano dice que cada niño alcanza las cosas a su tiempo. Algunos criados creen que no escucha cuando hablan cerca de él. Y mis hijos mayores... —hizo una pequeña pausa— intentan tratarlo con cuidado. Demasiado cuidado.

Lavinia guardó silencio.

—Yo sé que es diferente —continuó Valeria—. No soy idiota. Sé que tarda en responder, que a veces parece no entender cosas sencillas y que puede quedarse mirando una pared como si detrás hubiera otro mundo. Pero también sé que es bueno. Nunca hace daño a nadie. Nunca levanta la voz. Nunca exige nada.

Valeria sonrió de nuevo, esta vez con una vulnerabilidad que probablemente muy pocas personas habían visto en ella.

—Y cuando me mira... no sé. Es difícil explicarlo. Es como si yo fuera lo único que reconoce inmediatamente.

Lavinia se acomodó lentamente en el asiento.

—Eso no es poca cosa.

—No.

Valeria tomó la copa, pero en lugar de beber la sostuvo entre ambas manos.

—Quizá por eso no me importa que los otros se marchen. Lucio debe estar junto a Ricimero. Juliano debe aprender con los godos. Los mayores tienen que hacer lo que corresponde a su nombre. Pero Marco...

Se detuvo.

—Marco puede quedarse conmigo un poco más.

La frase quedó suspendida entre ambas.

Lavinia miró hacia el extremo del gran salón, hacia las columnas, las puertas abiertas y los corredores que conducían al ala familiar.

—¿Dónde está ahora?

Valeria respondió sin preocupación.

—Con Severiano, supongo. O mirando alguna estatua. Últimamente le ha dado por quedarse horas contemplando las cosas como si esperara que le respondieran.

Entonces, desde algún punto lejano de la Domus de Ferrata, llegó un grito amortiguado.

No fue suficientemente claro para distinguir las palabras.

Valeria dejó de sonreír.

Valeria no se inmutó. El grito había llegado amortiguado, perdido entre corredores, cocinas y dependencias suficientemente alejadas como para confundirse con una orden cualquiera dentro de una casa del tamaño de Ferrata. Apenas ladeó la cabeza durante un instante y después volvió a mirar a Lavinia, retomando la conversación exactamente donde la había dejado.

—Flavia, en cambio, es otra cosa. Es tan inteligente... y tan astuta. Todo lo que yo no era a su edad.

Lavinia arqueó una ceja.

—¿Eso debo tomarlo como modestia o como advertencia?

—Como una confesión excepcional. No te acostumbres.

Valeria sonrió y movió lentamente la copa entre los dedos.

—Tiene todos mis defectos, por supuesto. La vanidad, el orgullo, la impaciencia, esa necesidad terrible de ganar incluso cuando nadie sabe que estamos compitiendo... pero sabe ocultarlos mejor que yo. Mucho mejor. Puede sentarse delante del cliente más idiota de Italia y conseguir que el pobre hombre salga convencido de que ha pronunciado algo brillante.

—Una habilidad peligrosa.

—Una habilidad indispensable.

—Depende de quién sea el cliente.

Valeria dejó escapar una breve risa.

—Y después, esa misma niña puede pasar dos horas hablando de tú a tú con uno de esos sabios que aparecen aquí procedentes de lugares que apenas sé ubicar en un mapa. Sirios, griegos, alejandrinos, hombres del África... Algunos traen libros que nadie ha leído en generaciones y discuten con ella como si olvidaran completamente que tiene doce años.

—¿Y no la subestiman?

—Los mejores no. Los peores sí, naturalmente.

Valeria hizo una pequeña mueca de disgusto.

—Hay hombres que tienen esa maña fea de subestimarnos por ser mujeres antes incluso de que abramos la boca. Uno puede explicarles una cuenta, una genealogía o un asunto de propiedades tres veces y continúan mirando alrededor buscando a algún varón que confirme que los números siguen siendo números.

—Es una costumbre antigua.

—Una costumbre estúpida.

Valeria suspiró y durante unos segundos pareció considerar algo que rara vez reconocía abiertamente.

—Eso sí se lo concedo a mi señor suegro.

Lavinia levantó los ojos.

—¿A Aecio?

—A él.

La expresión de Valeria perdió parte de su ligereza.

—Cuando hablo con mi señor suegro siento que me respeta intelectualmente. De verdad. No como esos hombres que escuchan a una mujer únicamente porque esperan descubrir después qué hombre le puso las ideas en la cabeza. Él escucha. Pregunta. Contradice. Y si considera que estoy equivocada, me explica exactamente por qué.

—Eso suena casi civilizado.

—No exageremos.

Lavinia sonrió.

Valeria permaneció unos instantes callada antes de continuar.

—Aunque también consigue hacerme sentir pequeña.

—¿Pequeña?

—Sí.

Valeria buscó la palabra adecuada.

—No porque me desprecie. Es... su presencia. Esa manera suya de entrar en una habitación y hacer que uno recuerde inmediatamente quién es. Puede estar sentado, viejo, medio encorvado sobre un códice, y aun así parece que detrás de él marchara un ejército entero.

Lavinia no respondió enseguida.

—Tú lo conociste antes de que envejeciera —añadió Valeria.

—Lo suficiente.

—Entonces sabes a qué me refiero.

La matrona bajó la mirada hacia el vino.

—Puedo oler la sangre que lo rodea.

La frase salió con una naturalidad desagradable.

—No literalmente, claro. Pero está ahí. En ocasiones habla de una batalla como si estuviera explicando dónde reparar un muro, y entonces recuerdo que todos esos nombres que menciona fueron hombres de verdad. Miles. Decenas de miles quizá. Algunos vivieron porque él tomó una decisión y otros murieron por la misma razón.

Lavinia asintió lentamente.

—Ese es el problema de los grandes hombres. De lejos parecen estatuas. De cerca uno descubre de qué están hechas.

Valeria bebió apenas un sorbo.

—En fin. Como te decía, mi pequeña Flavia...

La puerta lateral del gran salón se abrió de golpe.

El sonido fue tan violento que varios esclavos al fondo volvieron simultáneamente la cabeza.

Un muchacho apareció en el umbral.

Era uno de los esclavos jóvenes de servicio, habitualmente tan cuidadoso con las formas que jamás habría entrado en aquella sala sin anunciarse. Ahora tenía el rostro completamente pálido, el pecho subiendo y bajando con violencia y una mano todavía apoyada contra el marco como si hubiera necesitado sujetarse para no caer.

Valeria lo miró.

No tuvo tiempo de reprenderlo.

—¡Mi domina!

La voz del muchacho se quebró.

Valeria dejó la copa sobre la mesa.

—¿Qué ocurre?

El esclavo intentó hablar, pero primero tuvo que tragar saliva.

—El señorito...

Valeria se puso de pie.

—¿Cuál?

El muchacho la miró directamente.

—¡Marco, mi domina!

Durante un instante nadie se movió.

Entonces el esclavo pronunció las palabras que parecieron vaciar de aire el salón entero.

—¡El señorito se muere!

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Aquiles no respondió

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La armería de la Domus de Ferrata permanecía iluminada por unas pocas lámparas de aceite, cuya luz incierta se estremecía sobre las paredes y arrancaba reflejos rojizos al bronce de las armas. Lanzas alineadas, escudos apoyados en perfecto orden, cascos, espadas y corazas ocupaban sus lugares con aquella disciplina casi religiosa que la casa imponía incluso a los objetos destinados a matar. Al fondo, dominando la estancia desde un pedestal de piedra oscura, se levantaba la estatua del divino Aquiles, una pieza antigua y extraordinariamente costosa cuyo cuerpo de marfil pálido parecía adquirir una cualidad casi humana bajo el temblor de las llamas. El yelmo, la coraza, las grebas y la espada eran de bronce auténtico, trabajados por un artesano que había comprendido algo esencial acerca del héroe: Aquiles no debía parecer hermoso, sino terrible. Desde aquella altura contemplaba la habitación con la serenidad imposible de quien ya conocía su destino y había aceptado de antemano el precio de la gloria.

Frente a él se encontraba Marco Aeciano, un niño de diez años que, bajo la mirada inmóvil del héroe, parecía todavía más pequeño de lo que era.

Permanecía de pie, con los brazos caídos a los lados y el cuerpo tan inmóvil que habría podido confundirse con otra estatua si no fuera por la sangre. Una línea roja descendía desde algún punto muy próximo a su ojo derecho, atravesaba lentamente la mejilla y llegaba hasta la mandíbula antes de desprenderse y manchar el cuello de la túnica. Marco no lloraba, no se llevaba una mano a la herida y ni siquiera parpadeaba con normalidad. Se limitaba a mirar a Aquiles con una atención absoluta, como si todo cuanto existiera fuera de aquella figura de marfil y bronce hubiera dejado de importarle.

Cualquiera que hubiese entrado en la armería habría esperado encontrar miedo, dolor, rabia o, cuando menos, el esfuerzo infantil por contener el llanto después de haberse hecho daño. Sin embargo, en el rostro de Marco no había ninguna de esas cosas. Tampoco podía llamarse valentía, porque la valentía exigía la existencia previa del miedo, y aquello parecía pertenecer a una categoría distinta y mucho más inquietante. Había en sus ojos una ausencia tan completa que daba la impresión de que, detrás de ellos, no quedaba nadie.

Una gota de sangre cayó sobre la piedra, y el pequeño sonido se perdió entre las armas y las bóvedas de la estancia. Poco después cayó otra.

Marco inclinó apenas la cabeza, contemplando el rostro marfileño del héroe como si esperara que aquel muerto de hacía más de mil años terminara de explicarle algo que los vivos nunca habían sabido enseñarle. Aquiles había recibido, según contaban los poetas, la elección que ningún hombre debería recibir: una vida larga y oscura, o una vida breve cuya gloria sobreviviría a los siglos. Marco llevaba demasiado tiempo pensando en aquello, demasiado incluso para un niño de diez años al que todos consideraban lento para comprender las cosas más sencillas.

El padre Severiano, mientras tanto, llevaba demasiado tiempo recorriendo la Domus de Ferrata.

—¡Marco! ¡Marco Aeciano!

Su voz había atravesado el atrio, los corredores de servicio, las cocinas y las escaleras que comunicaban las distintas plantas de la residencia. Dos esclavos habían recibido ya una reprimenda por no saber dónde se encontraba el niño; un tercero había sido enviado a registrar los jardines, y Severiano, cada vez más irritado, había terminado descendiendo hacia las dependencias inferiores mientras refunfuñaba contra la manifiesta incapacidad de una casa llena de criados para conservar a un muchacho dentro de sus paredes.

—Increíble, absolutamente increíble. Una casa llena de sirvientes y nadie sabe dónde está un niño de diez años. Y tú... ¿Cómo demonios consigues perderte, muchacho, si tardas medio día en encontrar tus propias sandalias?

No había verdadera crueldad en aquellas palabras. Marco siempre había sido considerado un niño lento: tardío para hablar, torpe para responder cuando le formulaban preguntas sencillas y desesperantemente ausente durante las lecciones. Si alguien le preguntaba cuánto eran tres y dos, podía quedarse mirando la mesa durante tanto tiempo que el interlocutor terminaba respondiendo por él. Severiano había llegado a aceptar, con esa mezcla de afecto y resignación que reservaba para el pequeño Aeciano, que quizá Marco jamás destacaría por su entendimiento.

Entró finalmente en la armería y lo vio de espaldas, diminuto ante la gran estatua criselefantina de Aquiles. El primer sentimiento que experimentó fue alivio; el segundo, casi de inmediato, irritación.

—¡Marco! ¡Por todos los santos, muchacho! ¿Se puede saber qué haces aquí? Llevamos buscándote por media casa y, naturalmente, cuando por fin apareces estás contemplando a un pagano medio desnudo en vez de aprender la vida de algún buen santo cristiano. Tenemos a san Martín, a san Lorenzo, a san Sebastián... aunque, pensándolo mejor, quizá Sebastián tampoco sea el mejor ejemplo si vas a quedarte mirando armas.

Marco no respondió.

—Marco.

El sacerdote avanzó unos pasos y esperó, pero el niño siguió sin reaccionar.

—Hijo, cuando alguien te habla debes...

Severiano llegó a su lado y las palabras murieron en su boca.

La sangre había alcanzado ya el cuello de la túnica. Solo entonces distinguió también las pequeñas gotas oscuras sobre las losas y comprendió que aquello que desde la entrada había tomado por una sombra era una línea roja que nacía peligrosamente cerca del ojo derecho del muchacho. Toda la irritación desapareció de su rostro.

—Marco...

Se agachó de inmediato, le sostuvo con cuidado la barbilla y volvió su rostro hacia la luz.

—Mírame. Vamos, pequeño, mírame.

La sangre parecía proceder del ojo o de algún punto demasiado próximo a él para tranquilizarlo. Severiano palideció.

—Dios misericordioso... ¿Qué te ha pasado?

Marco permitió que lo examinara sin ofrecer resistencia. No lloró cuando los dedos del sacerdote rozaron su mejilla, no hizo una mueca y ni siquiera pareció particularmente interesado en el hecho de estar sangrando. Aquella pasividad, que en cualquier otro momento habría parecido una de sus habituales ausencias, comenzó a producir en Severiano un miedo mucho más profundo que la propia herida.

—Marco, ¿puedes verme?

Al tocarle la frente comprendió que algo estaba terriblemente mal. El niño ardía. No era el calor de alguien que hubiese corrido o permanecido demasiado tiempo encerrado en una habitación sin aire, sino una fiebre seca y abrasadora, como si algo hubiese prendido dentro de su cuerpo.

—Marco...

Los ojos del pequeño intentaron enfocarlo. Durante un instante pareció reconocerlo, pero antes de que pudiera pronunciar palabra alguna las piernas dejaron de sostenerlo.

—¡Marco!

Severiano alcanzó a sujetarlo antes de que la cabeza golpeara las losas y cayó de rodillas con él entre los brazos. El cuerpo del muchacho quedó completamente flojo, la cabeza vencida hacia atrás, mientras la sangre que descendía junto al ojo derecho manchaba la manga del sacerdote.

—¡Auxilio! —rugió hacia el corredor—. ¡Aquí! ¡Que venga alguien!

Su voz retumbó entre las bóvedas de piedra. Durante unos segundos que le parecieron interminables no obtuvo respuesta, y Severiano acercó el oído a la boca del niño. Marco respiraba, pero lo hacía con una rapidez alarmante.

—Vamos, pequeño... Vamos, Marco. Despierta.

Le dio unas palmadas suaves en la mejilla, sin obtener más respuesta que un movimiento involuntario de los párpados. Entonces oyó pasos precipitados y dos esclavos aparecieron corriendo por el corredor, uno de ellos todavía con un candil en la mano.

—¡Padre!

—¡No os quedéis ahí mirando! ¡Ayudadme!

Uno de los hombres se agachó inmediatamente.

—Con cuidado con la cabeza. Está ardiendo en fiebre. Tenemos que subirlo.

El segundo esclavo miró hacia las bifurcaciones del corredor, desconcertado.

—¿Por dónde, padre?

Severiano giró la cabeza y descubrió, con creciente desesperación, que tampoco estaba completamente seguro. Había descendido buscando a Marco por una escalera secundaria y después había atravesado tantos corredores que aquella parte inferior de la casa se le había convertido en un laberinto.

—¡Buscad la escalera principal!

—Creo que es por allí.

—¡No creas! ¡Mira!

El esclavo echó a correr, mientras Severiano levantaba a Marco con ayuda del otro. El muchacho pesaba sorprendentemente poco. Su cabeza quedó apoyada contra el pecho del sacerdote y el contacto hizo todavía más evidente el calor insoportable que desprendía.

—¡Menas! —gritó Severiano mientras avanzaban—. ¡Que alguien busque a Menas! ¡Al médico!

Desde alguna dependencia llegó una respuesta confusa que no consiguió entender.

—¡¿Qué?!

La respuesta fue todavía menos inteligible.

—¡Menas Diodoro, pedazo de animal! ¡Buscad a Menas! ¡El niño está enfermo!

Ahora sí comenzó el movimiento por toda la planta inferior. Se abrieron puertas y aparecieron criados desde almacenes, cocinas y dependencias de servicio. Un hombre salió todavía con un cuchillo en la mano; otro preguntó qué había ocurrido y recibió como única respuesta un furioso «¡apártate!» mientras Severiano avanzaba con el pequeño entre los brazos.

Entonces Marco se estremeció.

La primera contracción fue tan súbita que Severiano estuvo a punto de perderlo. El cuerpo entero del niño se tensó durante un instante y luego volvió a aflojarse.

—¡Marco!

Llegó un segundo espasmo, más violento que el primero. Severiano tuvo que detenerse para sujetarlo mejor, y al mirar su rostro vio que ahora también comenzaba a brotar sangre de la nariz. Un hilo mucho más fino apareció junto a uno de los oídos.

—Jesucristo misericordioso...

—¡Padre! —gritó alguien desde más adelante—. ¡Por aquí! ¡La scala descendens! ¡Por aquí se sube!

Severiano corrió hacia la escalera.

—¡Que Menas esté arriba cuando lleguemos!

Y comenzó a subir con toda la rapidez que le permitía el peso del niño.


Marope avanzaba por otro de los corredores junto a Livia, con aquel paso contenido que había aprendido muchos años atrás, cuando todavía caminar deprisa dentro de una casa habría parecido impropio de una muchacha de su condición. Livia, en cambio, tenía que acelerar cada pocos pasos para mantenerse a su lado.

—No entiendo cómo pudo perderse —comentó Marope—. El pequeño Marco apenas se aparta de su madre y, cuando ella no está, siempre anda detrás de alguien conocido.

—Quizá se escondió.

Marope volvió ligeramente la cabeza.

—Marco no se esconde.

—Los niños se esconden.

—Los otros niños.

Livia hizo una mueca, porque aquello era difícil de discutir. Marco Aeciano era dócil hasta extremos que en ocasiones resultaban incómodos. Si le decían que esperara sentado, esperaba; si le ordenaban quedarse en una habitación, podía permanecer allí tanto tiempo que alguien terminaba teniendo que acordarse de regresar por él. Rara vez hacía preguntas y todavía más raramente desobedecía.

Había, sin embargo, otra cosa que nadie decía delante de Valeria, ni delante del padre del niño, el hijo de Flavio Aecio, y mucho menos en presencia del propio Marco.

Todos pensaban que era retrasado.

Los médicos podían hablar de desarrollo tardío, los sacerdotes recomendar paciencia y algún adulador particularmente creativo descubrir en sus silencios una naturaleza contemplativa, pero entre quienes lavaban su ropa, le servían la comida y habían visto crecer a otros niños, la conclusión era mucho menos elegante. A los diez años comprendía tarde, hablaba poco, parecía perderse en conversaciones sencillas y podía permanecer una eternidad contemplando cualquier objeto con aquella expresión ausente.

Ni siquiera la sucesión de la familia dependía de él. Había nacido después de tres hermanos varones y tenía además una hermana, Flavia, apenas un año mayor. Ocupaba por ello una posición extraña dentro de la numerosa descendencia de Valeria y del hijo de Flavio Aecio: demasiado bien nacido para que nadie pudiera tratarlo abiertamente como al simple de la familia, pero suficientemente alejado de la sucesión como para que sus aparentes limitaciones no constituyeran todavía una catástrofe dinástica. Un niño campesino habría cargado desde los cinco años con algún apodo cruel; a un Aeciano nadie se atrevía a ponérselo.

—Yo digo que es castigo de Dios —murmuró Livia.

Marope se detuvo.

—¿Qué has dicho?

Livia miró instintivamente hacia ambos extremos del corredor antes de acercarse.

—Pues eso. Por toda la gente que su abuelo mandó a...

—Livia.

Marope no levantó la voz y precisamente por eso la muchacha calló.

—No termines esa frase.

—Pero todo el mundo sabe lo que hizo Flavio Aecio...

—Todo el mundo sabe muchas cosas hasta que alguien pregunta quién las dijo primero.

Livia bajó la mirada.

—Dios castiga los pecados de los padres.

—Hace un momento dijiste del abuelo.

—Bueno... de los antepasados.

—Ah. Mucho mejor. Ahora has conseguido condenar a toda la familia.

Livia cerró la boca y Marope reanudó la marcha.

—Será mejor que dejes que Dios lleve sus propias cuentas. No necesita que tú se las revises, y mucho menos en los corredores de la casa de la familia sobre la que estás hablando. Además, Marco nunca te ha hecho nada.

—No.

—Nunca ha golpeado a un esclavo.

—No.

—Nunca te ha denunciado cuando rompes algo.

Livia frunció el ceño.

—Eso fue una vez.

—Fueron tres.

—Dos.

—Tres.

—La jarra ya estaba rajada.

Marope estuvo a punto de responder cuando un grito procedente de las dependencias inferiores atravesó la casa.

—¡QUE BUSQUEN A MENAS!

Ambas mujeres se detuvieron.

Un segundo grito llegó desde abajo.

—¡EL MÉDICO! ¡QUE VENGA MENAS!

La expresión de Marope cambió de inmediato.

—Marco.

Y echó a correr.


Dentro de la conciencia del niño, un punzón de dolor pareció partirle el cráneo en dos.

Miles de imágenes, voces, palabras y recuerdos que no podían pertenecer a una sola vida atravesaron su mente al mismo tiempo, como una tempestad incapaz de encontrar salida. La sangre le corría por la nariz y los oídos mientras el mundo se curvaba alrededor de su conciencia, deformado por un dolor para el cual no poseía palabras. Sin embargo, en medio de aquel caos de sonidos, formas y conceptos, algo comenzó lentamente a ordenarse.

Las palabras que hasta entonces habían sido ruido adquirieron estructura. El latín —duro, antiguo y separado de él por siglos imposibles— dejó de resultarle extraño. Sus declinaciones, sonidos, construcciones y significados se acomodaron dentro de su pensamiento con una naturalidad aterradora, como si siempre hubieran estado allí y alguien acabara de abrir una puerta que los mantenía encerrados.

No recordaba cuál había sido su lengua original.

Tampoco recordaba su nombre, su rostro ni el lugar donde había nacido.

Pero sabía cosas.

Sabía que la Tierra giraba alrededor del Sol; sabía qué eran una bacteria, un átomo, un transistor y una red neuronal. Sabía que Constantinopla caería y que existían continentes cuya presencia aquellos hombres ni siquiera sospechaban. Comprendía el principio de una máquina de vapor y sabía por qué una herida podía pudrirse aunque ningún demonio hubiese entrado en ella. Poseía conocimientos que ningún hombre de aquel mundo habría podido reunir en diez vidas y, sin embargo, no lograba recordar quién los había aprendido.

Solo una fecha permanecía intacta en medio de las ruinas de aquella identidad.

Su memoria alcanzaba hasta el año 2065 después de Cristo.

Dos mil sesenta y cinco.

La cifra apareció en su conciencia con una claridad monstruosa, y luego todo volvió a hundirse en la oscuridad.


Muy lejos de aquella mente que se quebraba y recomponía dentro del cráneo de Marco, Menas Diodoro se encontraba ocupado con problemas considerablemente más agradables.

El ala que utilizaba como enfermería estaba separada de las habitaciones privadas de los Aecianos. Allí tenía sus dependencias, un pequeño almacén de drogas, una estancia destinada a preparar remedios y varias habitaciones con jergones que servían como clínica para los esclavos, libertos y trabajadores de la casa. Cortes profundos, fracturas, quemaduras de cocina, accidentes de los talleres, fiebres y partos difíciles terminaban tarde o temprano bajo su supervisión. Aquella noche, sin embargo, reinaba una tranquilidad excepcional.

Sobre una mesa descansaba un paquete envuelto en lino que Menas llevaba varios minutos desenvolviendo con una delicadeza impropia de un hombre que podía amputar un dedo sin modificar el tono de voz.

Había esperado aquello durante casi dos años.

—Viejo condenado... Dos años.

El «Viejo de la Montaña» no vivía en ninguna montaña. Era el nombre medio burlón, medio afectuoso, con el que Menas se refería a Flavio Aecio, retirado en la torre de la propia Domus de Ferrata. Dos años antes le había pedido que aprovechara sus contactos, corresponsales y aquella extraordinaria red de antiguos subordinados que todavía respondían a su nombre para conseguirle un ejemplar decente de la obra de Pedanio Dioscórides.

Y Aecio, naturalmente, había tardado dos años.

Menas retiró finalmente la cubierta protectora.

—De materia medica...

Pasó los dedos sobre el códice con una delicadeza que rara vez concedía a los seres humanos. No era un tratado sobre las plantas del norte de Italia —tal obra regional, al menos en el sentido que Menas habría deseado, sencillamente no existía—, sino algo potencialmente mucho más útil: una copia de la gran obra farmacológica de Dioscórides enriquecida con anotaciones posteriores. Sus libros describían centenares de sustancias medicinales, muchas de origen vegetal, junto con preparados, efectos y venenos, y para un hombre encargado de mantener vivos a los habitantes de una propiedad del tamaño de Ferrata aquello constituía un pequeño tesoro.

Además, aquella copia poseía márgenes generosos.

Menas encontró anotaciones de varias manos: equivalencias entre nombres de plantas, observaciones prácticas y hasta indicaciones sobre los lugares donde ciertas especies podían encontrarse. Algunas notas parecían obra de médicos; otras poseían la brutal sencillez de quien había aprendido directamente en el campo.

Acercó la lámpara.

—Aconitum...

Frunció el ceño al leer una nota marginal.

—¿Quién escribió esta barbaridad?

Pasó el dedo sobre la línea y murmuró:

—Aecio, espero por tu bien que no hayas pagado demasiado por...

La puerta se abrió violentamente.

Menas levantó la cabeza y encontró a un esclavo jadeando en el umbral.

—Maestro Menas...

—¿Sabes para qué inventaron los golpes en las puertas?

—Es el señorito Marco.

Menas volvió los ojos hacia el códice.

—¿Qué le ocurre ahora?

—Se está muriendo.

El médico quedó inmóvil.

—¿Qué has dicho?

—¡El señorito Marco se está muriendo! El padre Severiano lo encontró abajo. Se desplomó, está ardiendo y sangra...

Menas cerró el libro.

—¿De dónde?

—Primero del ojo. Ahora también de la nariz y de un oído. Ha tenido espasmos.

Ya estaba de pie.

—¿Está consciente?

—No lo sé.

—Entonces averígualo mientras corres. ¿Adónde lo llevan?

—A su dormitorio. El padre Severiano viene subiendo con él.

Menas atravesó la estancia hacia un armario y comenzó a sacar vendas, paños, pequeños instrumentos y recipientes.

—Agua limpia, lino y braseros preparados. Manda a alguien delante de mí y que despejen la habitación del muchacho. Quiero luz, mucha, y que nadie le dé nada de beber mientras esté inconsciente.

El esclavo salió disparado.

—¡Y nada de vino! —gritó Menas detrás de él—. ¡Ni vinagre, ni miel, ni ninguna infusión de las cocineras!

La pequeña clínica despertó de inmediato. Dos esclavas que ayudaban habitualmente a Menas salieron de una habitación y un hombre con el brazo vendado se incorporó desde un jergón para averiguar qué ocurría. Entonces una voz retumbó desde el corredor exterior.

—¡MENAS!

Era Severiano.

Menas conocía al sacerdote desde hacía demasiado tiempo y jamás lo había oído gritar de aquella manera.

Tomó su bolsa y salió corriendo.

El códice quedó abierto sobre la mesa y, varias plantas por encima de él, Flavio Aecio, el hombre que había conseguido aquel libro después de dos años de espera, todavía ignoraba que uno de sus nietos estaba siendo llevado inconsciente hacia sus habitaciones.


Menas subió por la escalera occidental casi a la carrera, con la bolsa médica golpeándole la cadera a cada paso. Al alcanzar la planta superior destinada a la familia, emergió en el extremo occidental de la residencia, allí donde la arquitectura abandonaba el carácter funcional de los pisos inferiores y adquiría la solemnidad reservada a la intimidad de los Aecianos.

Desde aquel punto se extendía la galería superior, abierta hacia el gran atrio central. Más abajo podían distinguirse el jardín y la fuente, encuadrados por columnas, mientras la galería rodeaba aquel vacío como un claustro doméstico de mármol claro, balaustradas de piedra y corredores cubiertos por alfombras que amortiguaban las pisadas. Incluso corriendo, Menas apenas producía otro ruido que el tintineo de los pequeños recipientes guardados dentro de su bolsa.

Pasó junto al vestíbulo de la matrona, tras cuyas puertas se encontraban las habitaciones privadas de Valeria, y continuó hacia el dormitorio que originalmente había sido destinado a los hijos varones de la familia.

La puerta estaba abierta.

La estancia había sido concebida para varios muchachos y conservaba todavía la geometría de una pequeña comunidad que ya no existía: camas separadas, arcones, bancos y espacios personales distribuidos con una simetría que ahora resultaba casi melancólica. Allí dormía solamente Marco.

Su hermana Flavia ocupaba ya un cubiculum nobile propio en otra sección del ala familiar. Los hermanos mayores, en cambio, habían abandonado Ferrata a medida que alcanzaban la edad apropiada para ser educados bajo el patrocinio de personajes capaces de introducirlos en las grandes redes políticas y militares del Imperio. El primogénito había sido confiado a un magister militum, bajo cuya protección aprendía mando, administración militar, caballería y aquellas fidelidades personales sobre las que descansaba buena parte del poder romano. Otro había sido enviado mucho más lejos, a la corte de un rey godo, donde era al mismo tiempo pupilo, huésped aristocrático y, aunque nadie empleara una palabra tan desagradable, garantía humana de confianza entre poderosos.

Una tercera cama llevaba todavía más tiempo vacía. Su antiguo ocupante había muerto de fiebres en Siracusa mientras era educado bajo la tutela de uno de los grandes personajes vinculados a las posesiones y clientelas de los Aecianos en Sicilia.

Marco, en cambio, había permanecido en Ferrata.

Nadie había necesitado explicar demasiado por qué.

Era el pequeño dócil que seguía a su madre, el niño que necesitaba demasiado tiempo para comprender una instrucción, aquel al que ningún miembro de la casa llamaba retrasado porque llevaba sangre de los Aecianos, aunque casi todos lo pensaran. Mientras sus hermanos eran enviados a aprender junto a generales y reyes, nadie había encontrado todavía un destino conveniente para él, y así aquel dormitorio construido para varios hermanos había terminado convirtiéndose lentamente en suyo.

Menas apenas tuvo tiempo de contemplarlo, porque desde la galería llegó la voz desesperada de Severiano.

—¡MENAS!

El sacerdote apareció llevando al muchacho entre los brazos.

—Aquí —ordenó Menas mientras apartaba las mantas de la cama—. Ponlo aquí. Despacio, la cabeza primero.

Severiano entró casi tropezando, seguido por dos esclavos jadeantes. Marco parecía extraordinariamente pequeño entre sus brazos y todavía más cuando lo depositaron sobre el amplio colchón.

La tranquilidad de aquella planta desapareció de inmediato. Una esclava cruzó corriendo la galería con una jofaina de agua; otra fue enviada a buscar más lámparas y una tercera recibió la orden de avisar a Valeria. Las voces comenzaron a propagarse alrededor del atrio, pero Menas dejó de escucharlas en cuanto vio la sangre.

Severiano, pálido, buscó en su bolsa el pequeño recipiente que llevaba consigo.

—Tú ve aplicando esas aguas benditas y aceites sacros en la cabeza, si deseas —dijo Menas sin mirarlo—. Yo me encargo del resto.

—Es óleo santo.

—Entonces procura que el óleo santo no le entre en los ojos.

Severiano lo fulminó con la mirada, pero Menas ya había dejado de prestarle atención.

Su manera de trabajar tenía poco que ver con la imagen que muchos habitantes de la domus conservaban de un médico. Había pasado demasiados años junto a soldados abiertos por espadas, hombres aplastados por caballos y cuerpos consumidos por enfermedades de campamento para conceder demasiado valor a explicaciones invisibles cuando todavía quedaban hechos materiales por examinar. Había aprendido dentro de las tradiciones hipocrática y galénica, aunque su temperamento era marcadamente aristotélico: observar primero, comparar después y no afirmar jamás más de lo que los hechos permitieran sostener. Los dioses, los demonios y los santos podían esperar fuera hasta que hubiese terminado.

Su ateísmo constituía otro problema.

En cualquier otra casa habría aprendido a mantener la boca cerrada o habría terminado expulsado mucho tiempo atrás; en Ferrata podía permitirse insolencias que habrían destruido la carrera de otro hombre porque sobre él continuaba extendiéndose la protección personal de Flavio Aecio. Menas era perfectamente consciente de aquel privilegio y abusaba de él con considerable entusiasmo.

—Lámpara.

Un esclavo acercó una.

—Más cerca.

Menas sostuvo la mandíbula de Marco y observó primero su rostro. No comenzó por la sangre, sino por algo mucho más elemental: aproximó la mejilla a la boca y la nariz del niño y confirmó que respiraba; después apoyó los dedos primero en el cuello y luego en la muñeca, contando en silencio mientras observaba el movimiento del pecho.

—Pulso rápido. Respiración rápida.

Puso la palma sobre la frente, después sobre el cuello y el pecho.

—Fiebre intensa. ¿Cuándo comió por última vez?

Nadie respondió.

—Magnífico. Una casa capaz de alimentar a doscientos seres humanos y nadie sabe cuándo comió uno de sus hijos.

Abrió con suavidad el párpado izquierdo y acercó la lámpara para observar el ojo; luego apartó la luz y repitió el procedimiento. Hizo lo mismo con el derecho y, al comparar ambos, su expresión cambió apenas.

—Severiano, deja de untarlo un momento.

—Estoy rezando.

—Puedes rezar sin moverle la cabeza.

El sacerdote retiró las manos. Menas acercó otra vez la lámpara, comparó los ojos y pasó lentamente un dedo frente al rostro del muchacho, aunque Marco permanecía inconsciente. Después le abrió la boca, examinó lengua y encías, comprobó que nada obstruyera la garganta y olió su aliento.

—No huele a vino. Tampoco percibo vinagre ni ninguna de las preparaciones habituales.

—¿Crees que lo envenenaron?

—Creo que todavía no sé qué ocurrió. Es una diferencia que deberías enseñar alguna vez en tus sermones.

Pasó entonces a la cabeza. Separó cuidadosamente el cabello con los dedos y palpó el cuero cabelludo poco a poco, buscando una hinchazón, una depresión o alguna herida oculta bajo el pelo. Recorrió la frente, las sienes, la coronilla y finalmente el occipucio.

—Dijiste que lo encontraste en la armería.

—Sí.

—¿En el suelo?

—De pie, delante de la estatua.

Menas se detuvo.

—¿De pie?

—Sí.

—¿Y ya sangraba?

—Del ojo, sí. La nariz y el oído comenzaron después, cuando sufrió los espasmos.

Aquella precisión eliminaba algunas posibilidades y volvía otras mucho más desagradables.

Menas limpió con lino la sangre visible alrededor del oído sin introducir nada en el conducto, observó el paño y comparó ambos lados de la cabeza.

—¿Se cayó delante de ti?

—Se desplomó.

—¿Golpeó la cabeza?

—Lo sujeté antes.

—Bien.

Palpó entonces el cuello, los brazos y las piernas. Flexionó con cuidado una rodilla y luego la otra, levantó un brazo y lo dejó descender sobre el colchón antes de repetir el procedimiento en el lado contrario. Tocó las extremidades, presionó las uñas y comparó continuamente las respuestas de un lado del cuerpo con las del otro. No disponía, naturalmente, de la neurología ni del vocabulario de siglos posteriores, pero poseía algo más antiguo y fundamental: experiencia, observación y el hábito de desconfiar de cualquier conclusión que no pudiera contrastar.

—Marco.

Le dio una palmada moderada en la mejilla.

—Marco Aeciano.

El niño no respondió.

Menas aumentó entonces la presión de los nudillos sobre el esternón. Marco emitió un gemido apenas audible y el médico retiró inmediatamente la mano.

—Bien.

—¿Bien? —repitió Severiano, incrédulo.

—Prefiero un niño que protesta a uno que no siente nada.

Continuó con el abdomen, presionando lentamente distintas regiones mientras observaba el rostro del muchacho en busca de cualquier reacción. Buscó rigidez, hinchazón o dolor, y examinó después la piel del pecho, el vientre, los brazos y las piernas en busca de manchas, pústulas, picaduras o coloraciones anormales.

—Hay que quitarle la túnica.

Severiano lo miró.

—Menas...

—Soy médico, sacerdote, no escultor. Necesito saber si tiene una herida que ninguno de vosotros haya visto.

Entre ambos retiraron la prenda. Menas inspeccionó la espalda, los costados y las extremidades buscando golpes, heridas, mordeduras o cualquier señal que pudiera explicar la fiebre y el colapso.

No encontró nada evidente.

Aquello le desagradó mucho más que haber encontrado una lesión.

Se incorporó lentamente. La fiebre podía pertenecer a una enfermedad que hubiese comenzado antes; el sangrado podía deberse a un traumatismo; los espasmos podían acompañar una fiebre intensa. Cada síntoma por separado admitía explicaciones que Menas conocía.

El problema era reunirlos todos en una sola.

Volvió a mirar el lino manchado.

—Cuando lo encontraste, ¿había algo junto a él? ¿Una copa, comida, hierbas, algún recipiente roto?

—No vi nada.

—Entonces quiero que nadie toque la armería hasta que yo pueda bajar.

Severiano dejó de murmurar su oración.

—¿Sospechas veneno?

Menas tardó unos segundos en responder.

—Sospecho de todo aquello que todavía no he descartado.

Desde la galería llegó entonces un estrépito de pasos. No era una sola persona, sino varias apartándose apresuradamente para dejar paso a alguien que no estaba acostumbrado a pedirlo dos veces. Una voz femenina exigió que se quitaran de en medio, y los esclavos que ocupaban la puerta desaparecieron casi instantáneamente.

Menas cerró los ojos durante un segundo.

—Ah.

Severiano también había reconocido aquella voz.

Valeria.

—¿DÓNDE ESTÁ MI HIJO?

Los pasos se aproximaron rápidamente por la galería. Menas volvió a inclinarse sobre Marco, comprobó otra vez su respiración y murmuró, lo bastante bajo para que solo Severiano pudiera escucharlo:

—Y ahora llega la parte verdaderamente peligrosa.

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