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Portus seguía siendo uno de los lugares más
extraordinarios del mundo romano, aunque hacía mucho tiempo que había dejado de
funcionar con la regularidad que sus constructores imaginaron. Bajo el sol de
agosto de 1218 AUC, las aguas de la gran dársena hexagonal de Trajano
reflejaban centenares de mástiles, velas recogidas y grúas de madera cuyos
aparejos chirriaban sin descanso. Los almacenes imperiales se extendían
alrededor de los muelles, algunos abandonados, otros restaurados
apresuradamente y unos cuantos tan vigilados que ni siquiera los oficiales del
ejército podían acercarse sin autorización. Desde África llegaban cargamentos
de aceite y productos agrícolas; desde Oriente, telas, especias y mercancías de
lujo; desde las costas de Hispania y la Galia, metales, vino y materiales de
construcción. El Imperio occidental podía encontrarse al borde de la ruina,
pero aquella mañana el puerto ofrecía una imagen desconcertante: había más
movimiento del que Lucio Aeciano recordaba haber visto en años anteriores. Y,
sobre todo, circulaba una cantidad de oro que no parecía corresponder a las
menguadas rentas del tesoro imperial.
Lucio había acudido vestido con una túnica militar
sobria, cubierta por un manto sujeto al hombro mediante una fíbula de plata. Su
extraordinaria estatura, su cabello rubio y la severidad natural de sus
facciones dificultaban cualquier intento de pasar inadvertido. Había comenzado
a investigar discretamente el movimiento de mercancías después de descubrir que
ciertos cargamentos de hierro, madera, bronce y herramientas aparecían
registrados como suministros destinados a depósitos civiles, aunque los volúmenes
correspondían más bien a los preparativos de una campaña militar considerable.
Lo inquietante no era solamente la cantidad, sino la procedencia de los pagos:
algunos comerciantes recibían monedas de oro prácticamente nuevas, mientras
otros cobraban mediante órdenes de crédito respaldadas por casas mercantiles
cuya actividad ordinaria jamás habría permitido semejantes desembolsos. Los
generales más cercanos al emperador parecían ignorarlo. Los funcionarios
portuarios, por el contrario, actuaban con una eficacia desacostumbrada, como
si una autoridad invisible hubiera eliminado de pronto todas las dificultades
administrativas que normalmente paralizaban el comercio romano.
—¡Lucio Aeciano! ¡Por todos los santos, de modo que
los rumores eran ciertos! —La voz femenina lo alcanzó antes de que pudiera
abandonar el muelle. Al volverse encontró a Fausta, que avanzaba hacia él
acompañada por una doncella y un esclavo encargado de transportar varias
compras. Vestía una estola de lino fino, teñida de un azul discreto, y llevaba
el cabello cuidadosamente recogido mediante pequeñas horquillas doradas. Su
expresión mostraba aquella mezcla de alegría genuina y curiosidad que tantas veces
había conseguido desarmar la gravedad del joven oficial. —Me habían dicho que
estabais en las cercanías de Roma, pero comenzaba a sospechar que os habíais
convertido en uno de esos generales legendarios que solamente existen en los
relatos de sus subordinados. ¡Mirad cómo habéis crecido! Aunque supongo que es
una observación absurda tratándose de vos. Dentro de poco necesitarán ampliar
las puertas del palacio para permitiros entrar. —Fausta sonrió y le ofreció la
mano con familiaridad aristocrática—. ¿Qué hacéis aquí? No me digáis que habéis
desarrollado una pasión repentina por los inventarios de pescado.
El encuentro resultaba más comprometedor de lo que
Fausta podía imaginar. Lucio sabía que la correspondencia relativa a su
matrimonio ya había sido enviada a su abuelo, y que las negociaciones entre la
Casa Aecia y el círculo de Ricimero apuntaban casi inevitablemente hacia
Reginilda, la voluntariosa hija del poderoso general. No existía todavía un
compromiso públicamente anunciado, pero las familias de semejante posición rara
vez necesitaban llegar hasta ese extremo para considerar inconvenientes determinadas
familiaridades. Fausta pertenecía precisamente a esa clase de mujeres cuya
compañía podía resultar perfectamente inocente y, al mismo tiempo, convertirse
en materia de especulación para media Roma. Ella, entretanto, parecía ajena a
cualquier preocupación. —He venido a buscar unos tejidos orientales para mi
madre. Los mercaderes aseguran que han llegado piezas magníficas, aunque
últimamente todo el mundo parece disponer de más dinero del que debería. Ayer
vi a un comerciante pagar por adelantado tres almacenes enteros, y ni siquiera
discutió el precio. Cuando un romano deja de regatear, Lucio, es porque está
enfermo o porque el dinero pertenece a otro.
Fausta comenzó a caminar junto al oficial por el
pórtico que bordeaba la dársena. Su doncella los seguía a una distancia
respetuosa, mientras alrededor de ellos los estibadores descargaban ánforas y
enormes vigas de madera. Cerca de un depósito recientemente reparado, una
docena de trabajadores trasladaba cajas reforzadas con bandas de hierro. Dos
hombres armados vigilaban la operación, vestidos como guardias particulares y
no como soldados imperiales. Sobre algunas cajas podía distinguirse una marca
comercial en forma de estrella de ocho puntas, parcialmente cubierta por una
tablilla de identificación más reciente. Un escribiente comprobaba las
mercancías contra un registro, pero no utilizaba las tablillas habituales de la
administración portuaria: trabajaba con documentos sellados mediante una cera
negra y entregaba pequeños comprobantes a cada conductor. Cuando uno de los
carros se puso en marcha, Lucio alcanzó a ver que iba escoltado por jinetes
bien equipados, demasiado disciplinados para ser simples mercenarios
contratados por un comerciante. Fausta también reparó en ellos. —Esos hombres
llevan aquí varios días —comentó—. Mi esclavo dice que han alquilado casi todos
los depósitos próximos al canal. Pensé que serían contratistas del ejército,
pero uno de los comerciantes aseguró que trabajan para una compañía oriental.
Una compañía extraordinariamente rica, por lo visto. —Se volvió hacia Lucio con
una sonrisa intrigada—. ¿Acaso vuestro emperador está preparando una guerra sin
avisar a sus propios generales?
Al otro lado de la dársena se escuchó el golpe de
una campana que anunciaba la entrada de otra embarcación. Los trabajadores
interrumpieron brevemente sus labores para dejar pasar una caravana de carros
cargados de lingotes de plomo, herramientas agrícolas y barras de hierro.
Resultaba extraño encontrar aquellos materiales reunidos en un mismo envío, y
más extraño todavía que fueran descargados junto a cofres pequeños custodiados
con un celo digno de las arcas imperiales. Un anciano comerciante, que discutía
con un funcionario por el uso de una grúa, mencionó en voz demasiado alta que
los nuevos compradores pagaban en sólidos de excelente ley y que incluso habían
comenzado a adquirir terrenos abandonados en los alrededores de Ostia. El
funcionario le ordenó guardar silencio. Fausta observó la escena y después
contempló a Lucio con renovado interés. —Ahora comprendo por qué estáis aquí.
No habéis venido a inspeccionar pescado ni tejidos. Estáis siguiendo el dinero.
—Su sonrisa perdió parte de la frivolidad habitual—. Entonces quizá os interese
saber que mi padre recibió una invitación para participar en una de esas
operaciones comerciales. La rechazó porque nadie quiso explicarle quién
garantizaba los pagos. Y mi padre puede soportar una inversión arriesgada, pero
no que un desconocido pretenda tratarlo como a un idiota.
Fausta se detuvo bajo la sombra de una columna,
mientras una ráfaga de viento marino agitaba los extremos de su velo. Su
expresión recuperó aquella curiosidad vivaz que la había caracterizado desde
que conociera a Lucio. —Podría contaros algo más, pero antes quisiera saber si
vais a pasear conmigo como un viejo amigo o si debo fingir que nos hemos
encontrado por casualidad mientras investigáis alguna conspiración. Porque, si
escogéis lo segundo, os advierto que soy bastante buena fingiendo inocencia. —La
joven lanzó una mirada divertida hacia los guardias del almacén y añadió en voz
más baja—: Y hay un hombre allí, junto a las cajas, que lleva observándonos
desde que os reconocí. No ha apartado los ojos de vos ni una sola vez.
—Tenéis ojos de águila, agudos y bellos, mi señora
—respondió Lucio, concediéndole una sonrisa que suavizó por un instante la
habitual severidad de su rostro—. Pero decidme, hipotéticamente, ¿creéis que
una campaña contra los vándalos tendría éxito?
Fausta lo contempló con una mezcla de sorpresa y
satisfacción. El cumplido parecía haberle agradado bastante más de lo que
estaba dispuesta a reconocer, aunque la pregunta posterior le hizo arquear una
ceja. —¿Hipotéticamente? ¡Por supuesto! ¿Acaso no son los romanos los
inventores de las guerras hipotéticas que terminan costando fortunas reales?
—Sonrió, pero enseguida adoptó una expresión reflexiva—. Depende de quién
dirija la campaña, de quién la pague y, sobre todo, de cuántos barcos consiga
reunir. Los vándalos no son una banda de saqueadores esperando a que
desembarque una legión. Poseen África, sus campos de trigo, sus ciudades y una
flota que lleva años humillando nuestras costas. Mi padre dice que un ejército
puede vencerlos en tierra, pero primero debe conseguir llegar vivo a tierra. Y
después alimentarse allí.
Ambos continuaron caminando bajo los pórticos que
bordeaban la dársena de Trajano. Fausta se detuvo junto a un puesto de telas
orientales, tomó entre los dedos una pieza de seda verde y fingió examinar su
calidad mientras observaba de reojo el almacén vigilado. —Además, hay otra
dificultad que ningún general parece considerar cuando pronuncia discursos
sobre recuperar Cartago: el dinero. Una expedición semejante exigiría
transportar hombres, caballos, armas, alimentos y agua durante semanas. Habría
que pagar marineros, carpinteros, pilotos y soldados antes de recibir una sola
medida de trigo africano. Y si la flota fracasara, no perderíamos únicamente
una batalla. Podríamos perder la capacidad de defender Italia durante años.
—Devolvió la seda al comerciante—. Por eso vuestra pregunta me resulta tan
curiosa, Lucio. Mientras todo el mundo asegura que el tesoro imperial está
exhausto, aquí hay mercaderes comprando madera naval, hierro y aparejos como si
el Mediterráneo estuviera a punto de quedarse sin árboles.
La joven volvió la mirada hacia los muelles. Una
cuadrilla acababa de descargar grandes piezas de madera curvada, cuidadosamente
numeradas y protegidas mediante envolturas de tela embreada. Cerca de ellas se
acumulaban rollos de cuerda, sacos de clavos y recipientes de brea. Fausta
señaló discretamente los materiales con su abanico. —Mi padre contrató
constructores navales cuando yo era pequeña. Recuerdo que aquellas piezas se
utilizaban para formar el armazón de los barcos. No sé quién las ha comprado,
pero no parecen destinadas a reparar una casa. —Hizo una pausa—. Lo
verdaderamente extraño es que parte de esas mercancías llega desde Oriente y
otra parte procede de talleres italianos. Alguien está reuniendo recursos de
distintos lugares y pagando lo suficiente para que todos entreguen sus encargos
con extraordinaria puntualidad. ¿No os parece admirable? Durante años nuestros
funcionarios han sido incapaces de conseguir que una carreta llegue a tiempo, y
ahora unos comerciantes desconocidos parecen haber descubierto cómo hacer
funcionar medio Imperio.
Fausta permitió que su mirada descansara unos
instantes sobre el rostro de Lucio. La sonrisa regresó, aunque esta vez llevaba
consigo una curiosidad más penetrante. —Si me preguntáis si podemos derrotar a
los vándalos, diré que sí, siempre que reunamos una flota formidable,
consigamos aliados y no permitamos que los generales se disputen la gloria
antes de ganar la batalla. Pero si me preguntáis si alguien está preparando
semejante empresa... —Miró nuevamente las embarcaciones, las cajas custodiadas
y el constante movimiento de trabajadores—. Diría que alguien está gastando
muchísimo dinero en algo que se le parece peligrosamente.
Un grupo de cargadores pasó junto a ellos
arrastrando un carro cubierto. Sobre la lona aparecía pintado el emblema de una
compañía comercial, pero una esquina mal asegurada permitió distinguir debajo
varios escudos militares nuevos, todavía sin decorar. Fausta esperó a que los
hombres se alejaran y se acercó un poco más a Lucio, bajando la voz. —Hay una
cuestión que me inquieta todavía más que los vándalos. Si todo esto forma parte
de los preparativos del emperador, ¿por qué se oculta a sus propios oficiales?
Y si no pertenece al emperador, ¿quién posee suficiente oro para organizar una
guerra sin pedirle permiso?
La joven recuperó una expresión inocente cuando el
hombre que los vigilaba desde el almacén avanzó unos pasos hacia ellos. —Por
cierto, Lucio —añadió con una dulzura casi provocadora—, espero que no hayáis
olvidado que me debéis una respuesta a otra pregunta. ¿Vamos a pasear como dos
viejos amigos o debo comenzar a preocuparme porque, sin saberlo, me he
convertido en vuestra cómplice de una investigación imperial?
—Yo diría que ambas cosas son exactamente lo mismo,
mi hermosa dama. ¿Qué es un amigo, sino un cómplice? —respondió Lucio, con una
sonrisa que arrancó a Fausta una carcajada genuina. La joven llevó una mano al
pecho, fingiendo escandalizarse. —¡Lucio Aeciano! ¡Qué definición tan peligrosa
de la amistad! Si mi padre os escuchara, concluiría que habéis pasado demasiado
tiempo entre soldados y demasiado poco entre filósofos. —Al contrario —replicó
ella misma, después de meditarlo—, quizá los filósofos sean todavía peores. Al
menos los soldados tienen la decencia de reconocer cuándo están conspirando.
—Su mirada se detuvo brevemente en el rostro del oficial, complacida por
aquella inesperada galantería. Había conocido a Lucio como un joven
extraordinariamente correcto, de modales impecables y una seriedad que parecía
heredada directamente de su ilustre abuelo. Descubrir en él aquella vena de
humor le resultaba tan agradable como sorprendente.
Continuaron entre los almacenes mientras el sol de
la tarde iluminaba las aguas de la dársena. A su alrededor se mezclaban los
pregones de los comerciantes, las órdenes de los capataces y el ruido de las
poleas utilizadas para descargar los barcos. Fue entonces cuando Lucio advirtió
a un hombre que permanecía junto a uno de los depósitos más vigilados. Vestía
una túnica corta de lino oscuro, llevaba el cabello recogido hacia atrás y
tenía los antebrazos descubiertos. Su aspecto correspondía al de un simple encargado
de almacén, aunque sus movimientos poseían una precisión poco habitual entre
los trabajadores portuarios. Al levantar el brazo para indicar a unos
cargadores dónde debían colocar una caja, dejó al descubierto un tatuaje sobre
la cara interna de la muñeca: un disco solar rodeado por doce pequeñas marcas,
atravesado por un signo que Lucio conocía demasiado bien. El Sol Invicto.
La transformación del joven oficial fue inmediata.
Los músculos de sus hombros se tensaron bajo la túnica y su mano descendió
instintivamente hacia la empuñadura de la espada. Durante un instante, el
bullicio del puerto pareció desvanecerse bajo el peso de recuerdos mucho menos
ordinarios: criaturas cuya carne no obedecía las leyes naturales, cuerpos
alterados mediante ritos abominables y el olor nauseabundo de aquellos seres
que retrocedían ante el agua consagrada. El hombre del tatuaje no había hecho nada
que justificara una detención, pero Lucio había aprendido que aquella insignia
podía encontrarse allí donde la sangre humana terminaba convertida en materia
de experimentos monstruosos. Su reacción no escapó a Fausta. La joven, que
acababa de disponerse a comentar el precio escandaloso de unas telas,
interrumpió la frase a mitad de camino y siguió discretamente la dirección de
sus ojos.
—¿Lucio? —preguntó en voz baja. Su tono había
perdido toda frivolidad. Observó la posición de la mano del oficial, después al
hombre junto al almacén y finalmente a los dos guardias que custodiaban la
entrada. No parecía asustada, pero su expresión se había vuelto
extraordinariamente atenta. —Conozco esa mirada. Mi padre la pone cuando
descubre que alguien ha intentado engañarlo en una negociación. Aunque debo
reconocer que jamás lo he visto buscar una espada mientras examina un contrato.
—Fausta se aproximó lo suficiente para hablar sin que los transeúntes pudieran
escucharla—. ¿Conocéis a ese hombre? ¿Os ha hecho algo?
El individuo del tatuaje terminó de impartir sus
instrucciones y recibió de un escribiente una tablilla encerada. La examinó
brevemente, señaló un error y devolvió el documento con una brusquedad que hizo
inclinar la cabeza al funcionario. Después giró hacia el muelle y su mirada
pasó sobre la pareja. Primero observó a Fausta, quizá atraído por la calidad de
su vestido; luego reparó en la extraordinaria estatura de Lucio, en su porte
militar y finalmente en la mano próxima a la espada. Por una fracción de segundo,
su expresión se endureció. Sin embargo, no huyó ni buscó un arma. Se limitó a
bajar el brazo tatuado, ocultándolo entre los pliegues de la túnica, y
pronunció unas palabras dirigidas a uno de los guardias. Este respondió con una
inclinación de cabeza y desapareció por la puerta del almacén.
Fausta había visto el intercambio. Con admirable
naturalidad, tomó a Lucio del antebrazo, adoptando ante los curiosos la actitud
de una dama que deseaba continuar su paseo acompañada de un caballero
distinguido. —Sea quien sea vuestro nuevo conocido, acaba de enviar un mensaje
—murmuró sin dejar de sonreír—. Y no me parece que haya sido para invitarnos a
cenar. —Sus ojos recorrieron las entradas del depósito, los carros estacionados
y el camino que conducía hacia las instalaciones administrativas del puerto—.
Hay dos guardias junto a aquella puerta y otro fingiendo examinar unos
barriles. Si pensáis hacer alguna imprudencia, os agradecería que me
advirtierais antes. Llevo mis mejores sandalias y no quisiera arruinarlas
corriendo.
En ese momento, el hombre tatuado volvió a levantar
la mirada y sonrió levemente, como si acabara de reconocer algo que llevaba
largo tiempo esperando encontrar. Desde el interior del almacén surgió un
individuo vestido con una túnica de buena calidad, acompañado por dos
servidores. No llevaba armas visibles ni insignias militares, pero el encargado
se apresuró a inclinarse ante él con una deferencia que no había mostrado hacia
ninguno de los funcionarios presentes. El recién llegado escuchó unas palabras
al oído, observó a Lucio desde la distancia y luego hizo un gesto tranquilo con
la mano. Los guardias abandonaron sus posiciones junto a la puerta y comenzaron
a aproximarse sin prisa.
Fausta apretó ligeramente el brazo del oficial.
—Creo, querido cómplice, que nuestra investigación acaba de dejar de ser
hipotética.
Los hombres se aproximaron con la seguridad de
quienes estaban acostumbrados a intimidar a comerciantes y cargadores. Eran
tres, vestidos con túnicas de buena calidad y armados con espadas cortas que,
aunque ocultas parcialmente bajo sus mantos, no escaparon a la mirada de Lucio.
El mayor, un individuo de barba recortada y nariz aguileña, se adelantó con una
cortesía tan calculada que resultaba casi ofensiva. —Caballero, ¿podemos saber
qué asunto os trae a estos depósitos? Se trata de propiedades privadas y
nuestros patronos prefieren evitar visitas que puedan entorpecer las
operaciones comerciales. —Lucio enderezó su imponente figura y respondió con la
autoridad de quien había pasado buena parte de su juventud aprendiendo a mandar
soldados. Se identificó por su nombre, rango y condición de oficial al servicio
imperial, explicó que realizaba una inspección relacionada con el movimiento de
suministros y exigió examinar los registros de entrada, las declaraciones de
carga y los documentos que acreditaban la propiedad de las mercancías. El
cambio en la actitud de los tres hombres fue inmediato. El portavoz abandonó su
tono condescendiente y prometió presentar toda la documentación requerida,
aunque alegó que varios libros se encontraban bajo custodia de los
administradores centrales y que necesitaría algún tiempo para reunirlos.
Lucio no permitió que aquella explicación pusiera
fin al encuentro. Se aseguró de despedir a los tres hombres con una solemnidad
religiosa deliberadamente exagerada, invocando la protección de Nuestro Señor
Jesucristo, la gracia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la intercesión
de la Santísima Virgen y las bendiciones de los apóstoles Pedro y Pablo sobre
sus personas, familias y negocios. Incluso añadió el deseo de que permanecieran
firmes en la verdadera fe nicena y bajo la autoridad de la Iglesia. El efecto
fue considerablemente menos piadoso de lo que semejantes buenos deseos habrían
debido provocar. El portavoz inclinó la cabeza sin responder a las
invocaciones; uno de sus compañeros apartó los ojos al escuchar el nombre de
Cristo, y el tercero, que llevaba oculto bajo la manga el mismo emblema solar,
pareció experimentar un repentino interés por los adoquines del suelo. Ninguno
correspondió con las fórmulas cristianas habituales. Se retiraron después de
prometer que los documentos estarían disponibles para la inspección, aunque sus
pasos apresurados y las miradas intercambiadas revelaban que aquella visita
había alterado considerablemente sus planes.
Fausta contempló cómo desaparecían en el interior
del almacén. Después buscó un barril vacío, comprobó con un gesto despreocupado
que su superficie estuviera suficientemente limpia y se sentó sobre él,
acomodando cuidadosamente los pliegues de su vestido. Había perdido la
expresión juguetona con que iniciara el paseo. —Lucio, creo que debo contaros
algo. Hay un culto que se ha puesto de moda entre algunas personas de mis
círculos sociales. No exactamente entre las familias más respetables, aunque sí
entre ciertos hijos de senadores, comerciantes enriquecidos y jóvenes que
desean hacer fortuna sin esperar a heredarla. Se hacen llamar devotos del Sol
Invicto. Dicen que sus reuniones permiten establecer contactos, conseguir
crédito, obtener recomendaciones y entrar en negocios que normalmente estarían
reservados a unas pocas familias. Algunos aseguran que sus miembros se ayudan
mutuamente con una generosidad extraordinaria. Otros hablan de ceremonias
privadas y de juramentos que no pueden revelar. —La joven frunció ligeramente
el ceño—. Nunca me han inspirado confianza. Son demasiado solemnes cuando
hablan de cosas insignificantes y demasiado evasivos cuando uno les pregunta
por sus creencias. Ahora que lo pienso, varios llevan tatuado ese mismo símbolo
que habéis estado observando.
Lucio la miró con una atención que Fausta reconoció
inmediatamente. Por primera vez desde su encuentro, el joven oficial parecía
preguntarse cuánto sabía realmente aquella muchacha y hasta qué punto su
aparente inocencia podía ser una máscara. Fausta sostuvo la mirada sin
ofenderse, aunque una sombra de decepción cruzó brevemente sus facciones. Él
terminó por aprovechar la oportunidad que ella misma le ofrecía. —Me gustaría
conocer a alguno de vuestros amigos que, a su vez, conozca a otro amigo
importante dentro de ese culto. Quizá yo también necesite establecer ciertos
contactos... —Fausta levantó una mano, interrumpiéndolo antes de que pudiera
terminar. —¿Para cortarles el cuello en nombre del papa? —preguntó con una
serenidad tan absoluta que Lucio quedó momentáneamente sin respuesta. La joven
soltó una carcajada breve y negó con la cabeza—. ¡Por favor, Lucio! Os conozco
lo suficiente para saber que no os interesan sus negocios. Habéis estado a
punto de desenvainar la espada al reconocer un tatuaje, habéis exigido sus
documentos con la voz de un tribuno que anuncia una ejecución y después los
habéis bendecido como si estuvierais comprobando cuál de ellos comenzaba a
arder. Si pretendéis infiltraros en una sociedad secreta, os aconsejo que
practiquéis primero el arte de parecer un hombre menos extraordinariamente
honrado.
Fausta descendió del barril y comenzó a caminar
lentamente a su alrededor, como si examinara a un candidato antes de
recomendarlo para un cargo importante. —Veamos. Sois joven, noble, de una
familia ilustre y poseéis conexiones militares. Eso os convierte en alguien que
podría resultarles muy interesante. Sin embargo, también sois nieto de Flavio
Aecio, cristiano hasta la médula y tenéis la desagradable costumbre de parecer
dispuesto a juzgar moralmente a cualquiera que respire cerca de vos. Tendremos
que resolver ese pequeño inconveniente. —Se detuvo frente a él y sonrió con
picardía—. Conozco a un joven llamado Sexto Marcio Lépido, hijo de una familia
senatorial bastante venida a menos, aunque él jamás lo admitiría. Frecuenta las
mejores casas de Roma, organiza cenas extraordinariamente costosas y asegura
que sus nuevas amistades le han permitido recuperar en pocos meses una fortuna
que su padre perdió durante veinte años de pésimas inversiones. Tiene debilidad
por las carreras, el vino griego y las mujeres que fingen encontrarlo
fascinante. Me invitó recientemente a una reunión privada donde, según dijo,
conocería a hombres capaces de decidir el futuro económico del Imperio. Rechacé
la invitación porque me pareció una forma pomposa de anunciar una orgía.
La joven volvió a mirar hacia el almacén, donde los
hombres del tatuaje habían comenzado a cerrar algunas puertas y a ordenar que
ciertos carros abandonaran el muelle. —Pero ahora empiezo a sospechar que
aquella invitación era bastante más interesante de lo que pensé. Sexto
acostumbra reunirse con sus amigos en una villa de los alrededores de Ostia,
propiedad de un comerciante oriental llamado Demetrio de Nicomedia. No conozco
personalmente a ese hombre, aunque he escuchado que presta dinero a senadores,
compra tierras abandonadas y dispone de agentes comerciales en Constantinopla,
Cartago y Alejandría. Mi padre dice que nadie puede hacerse tan rico tan
rápidamente sin contar con protectores muy poderosos o sin estar cometiendo
algún delito extraordinariamente lucrativo. Quizá ambas cosas. —Fausta inclinó
ligeramente la cabeza, observando de nuevo la expresión de Lucio—. Si realmente
deseáis conocer a esas personas, puedo conseguir que Sexto os invite a una de
sus reuniones. No creo que rechace la oportunidad de presumir ante un Aeciano.
Sin embargo, antes de que Lucio pudiera responder,
Fausta perdió la sonrisa y se acercó un poco más. —Hay una condición. No
permitiré que me utilicéis como una simple llave para abrir una puerta y
después me abandonéis entre hombres peligrosos sin explicarme qué ocurre. No
necesito conocer todos los secretos del ejército, pero sí saber si esas
personas representan un peligro real. Porque, Lucio, algunos de quienes
frecuentan esas reuniones son amigos míos desde la infancia. He compartido
comidas con ellos, he bailado en sus celebraciones y conozco a sus familias. Si
están involucrados en algo terrible, prefiero descubrirlo antes de recomendaros
alegremente que entréis en sus casas. —Sus ojos, habitualmente vivaces y
burlones, adquirieron una gravedad inesperada—. Así que decidme, querido
cómplice: ¿qué habéis visto para que un simple símbolo tatuado os haga buscar
vuestra espada?
—Demonios en la oscuridad que arden al contacto con
lo sagrado y mueren cuando el hierro les atraviesa el pecho —respondió Lucio,
sin apartar los ojos de Fausta—. Las heridas de hace unas semanas, aquellas que
me mantuvieron postrado en cama, me las causó una de esas cosas. Donde conseguí
matarla encontré ese mismo símbolo, un altar y los restos de un festín.
Fausta permaneció inmóvil. Durante algunos
segundos, el estrépito de Portus pareció ocupar todo el espacio que había
dejado el silencio entre ambos. Un capataz maldecía a sus cargadores, las
poleas chirriaban bajo el peso de una enorme ánfora y, a pocos pasos, dos
comerciantes discutían el precio del aceite africano como si el mundo
continuara siendo un lugar perfectamente razonable. La joven miró el pecho de
Lucio, recordando los rumores acerca de las heridas que habían puesto en
peligro su vida. Hasta entonces había supuesto que se trataba de algún combate
contra bandidos o desertores, quizá una escaramuza suficientemente importante
para que los amigos del oficial la adornaran con exageraciones. Pero Lucio no
era hombre dado a inventar hazañas, y lo que acababa de confesar no tenía nada
de glorioso. —¿Un festín? —repitió finalmente, en voz baja—. Decidme que
habláis de animales sacrificados. —Su expresión cambió apenas observó el rostro
del joven—. No. No me lo digáis. Creo que prefiero conservar esa duda.
La muchacha se apartó del tránsito de los
trabajadores y buscó la sombra de una columna. Allí permaneció unos instantes,
con los brazos cruzados y los ojos fijos en el suelo. —Cuando Sexto comenzó a
frecuentar ese círculo, lo primero que noté fue el dinero. Pagó deudas,
recuperó propiedades y empezó a vestir como si su familia jamás hubiera
conocido una mala cosecha. Después cambió su manera de hablar. Decía que el
mundo estaba envejecido, que las antiguas familias habían perdido el derecho a
gobernarlo y que pronto amanecería una época en la cual los hombres dignos
ocuparían el lugar que les correspondía. Pensé que repetía las estupideces de
algún filósofo oriental. —Alzó la vista—. También hablaba mucho de la pureza.
De purificar Roma, las instituciones, incluso la sangre de quienes habían
permitido la decadencia del Imperio. Me pareció una forma especialmente
desagradable de conversar durante una cena.
Fausta volvió a mirar los depósitos. El hombre del
tatuaje había desaparecido, pero dos trabajadores continuaban trasladando las
cajas reforzadas hacia el interior del almacén. —Hubo otra cosa —añadió—. En
una reunión celebrada durante la primavera, Sexto presentó a una muchacha que
decía haber conocido en casa de Demetrio. Era extraordinariamente hermosa, pero
apenas hablaba y parecía... enferma. Tenía las manos muy frías. Lo recuerdo
porque me tomó de los dedos para saludarme y sentí como si hubiera estado
sumergiéndolos en agua de pozo. Sexto aseguró que se encontraba recuperándose
de unas fiebres. —La joven arrugó la frente, buscando un recuerdo más preciso—.
No volvió a aparecer en ninguna de nuestras reuniones. Cuando pregunté por
ella, me dijeron que había regresado con su familia a Oriente. No sé si aquello
tiene relación con lo que me contáis, Lucio, pero ahora desearía haber
preguntado su nombre.
Su expresión se endureció progresivamente. —Me
habéis dicho que esas criaturas pueden herir a un soldado como vos, que existe
un altar marcado con el mismo símbolo y que algunos de mis conocidos están
enriqueciendo a los hombres que lo utilizan. Eso significa que quizá he
compartido mesa con personas capaces de tolerar semejantes atrocidades. —Se
llevó una mano a la garganta, donde descansaba una pequeña cruz de oro—. Y
pensar que una vez se burlaron de mí porque quise marcharme antes de una de sus
ceremonias privadas. Uno de ellos dijo que los cristianos todavía temíamos
demasiado a la oscuridad. Le respondí que la oscuridad no me molestaba, siempre
que sus habitantes fueran suficientemente educados para presentarse.
La broma apenas consiguió arrancarle una sonrisa.
Fausta contempló la cruz que llevaba al cuello y, después de un instante de
vacilación, la ocultó bajo el escote de su vestido. No se la quitó. —Conseguiré
la invitación de Sexto —resolvió—. Le diré que os he encontrado en Portus, que
estáis interesado en nuevas oportunidades comerciales y que vuestra familia
podría disponer de capital para invertir. No tendrá que fingir entusiasmo; la
sola posibilidad de presentarle un Aeciano a sus protectores le parecerá irresistible.
Pero os advierto algo: no voy a entrar en ninguna ceremonia secreta, ni beberé
lo que me ofrezcan sin saber de dónde procede. Tampoco quiero que intentéis
sorprender a esos hombres mostrando vuestra espada antes de averiguar cuántos
son y quién los protege.
Entonces ocurrió algo que terminó de disipar la
aparente tranquilidad del paseo. Desde uno de los depósitos salió un hombre con
vestiduras de funcionario, acompañado por un escribiente que transportaba
varios rollos sellados. El primero se detuvo junto a un carro y mostró
brevemente un documento a los guardias. Sobre la cera podía reconocerse el
sello de una oficina vinculada a la administración imperial; no era el símbolo
del Sol Invicto, sino una marca perfectamente legítima. Los hombres del almacén
lo dejaron pasar sin efectuar comprobación alguna. Fausta observó la escena con
el rostro pálido.
—Lucio —murmuró—, no sé mucho de demonios, pero
entiendo bastante bien cómo funcionan las amistades entre los ricos. Un culto
que solamente promete fortuna puede ser una estafa. Uno que dispone de
almacenes, barcos, oro y funcionarios imperiales es algo mucho más peligroso.
—Se acercó al joven oficial, recuperando apenas una sombra de su habitual
ironía—. Por lo visto, querido cómplice, no solamente tendréis que salvarme de
las criaturas de la oscuridad. Quizá también debamos averiguar quién les está
pagando el alquiler.
Fausta guardó silencio un momento y añadió, ya sin
rastro de humor:
—Hay algo que necesito preguntaros antes de volver
a ver a Sexto. Cuando encontrasteis aquel altar y los restos del festín...
¿había alguna señal de que los sacrificios fueran recientes? Porque si esa
sociedad continúa reuniéndose y aquellas personas siguen desapareciendo, puede
que la próxima invitación no sea para una cena.
La pregunta de Fausta quedó suspendida entre ambos
cuando un gato negro atravesó el pórtico con la cola erguida y la solemne
indiferencia de quien se considera propietario de todas las instalaciones
portuarias. La joven lo siguió con la mirada, sorprendida por encontrar un
animal tan bien cuidado entre los almacenes. Un instante después apareció otro,
atigrado y de patas blancas, que avanzaba con idéntica determinación. Luego un
tercero, de pelaje rojizo, saltó desde una pila de ánforas y se incorporó a la pequeña
comitiva. Ninguno parecía interesado en los desperdicios de los pescadores ni
en los ratones que abundaban por los muelles. Caminaban hacia el mismo lugar,
como si obedecieran una convocatoria silenciosa.
—¡Qué curioso! —murmuró Fausta—. No sabía que los
gatos de Portus celebraran sus propias procesiones.
El primero de los animales se detuvo junto a un
carruaje de viaje estacionado bajo la sombra de unos plátanos. Era un vehículo
elegante, aunque desprovisto de los adornos ostentosos que solían exhibir los
aristócratas deseosos de anunciar su riqueza. Sus herrajes estaban bien
conservados, los caballos parecían descansados y un cochero de expresión
paciente sostenía las riendas mientras contemplaba, sin especial sorpresa, la
reunión de felinos que comenzaba a formarse alrededor de las ruedas. La
portezuela se abrió y descendió un hombre vestido con una túnica de lino claro
y un manto de excelente lana. Apenas puso los pies sobre los adoquines, el gato
negro acudió a restregarse contra sus sandalias, seguido inmediatamente por sus
dos compañeros. El recién llegado se inclinó con una naturalidad encantadora,
acarició al primero detrás de las orejas y dedicó unas palabras cariñosas al
segundo, que respondió arqueando el lomo.
Lucio lo reconoció antes incluso de que terminara
de incorporarse. La rigidez que había dominado su rostro durante la
conversación sobre el Sol Invicto desapareció de golpe. Sus hombros se
relajaron, su mano se apartó definitivamente de la espada y la severidad del
joven oficial dio paso a una alegría espontánea, casi infantil, que Fausta no
le había visto hasta entonces.
—Hola... tío Flavio.
El hombre levantó la cabeza y sus facciones se
iluminaron con una sonrisa de sincero afecto. —¡Lucio! ¡Por los santos,
muchacho! ¿Acaso tu madre te alimentó con carne de gigantes? —exclamó,
contemplando la extraordinaria estatura de su sobrino—. Cada vez que te
encuentro debo levantar más la cabeza. Si continúas creciendo, terminaré
solicitando una escalera para darte un abrazo. —Se acercó sin ceremonia y lo
estrechó entre sus brazos con la familiaridad de un pariente que jamás había
considerado necesario guardar distancias ante los hijos de su hermana. Después
lo sujetó por los hombros, examinándolo con evidente satisfacción—. Dejad que
os mire. El uniforme os sienta magníficamente, aunque esa expresión de
centurión que acaba de descubrir un desfalco no os favorece demasiado. Tenéis
los ojos de vuestra madre cuando alguien la contradice y la mandíbula de los
Aecianos cuando deciden que van a conquistar una provincia. ¡Una combinación
verdaderamente peligrosa!
Flavio, hermano de Valeria Crispiana Severina,
pertenecía a esa clase de aristócratas romanos cuya presencia parecía volver
más agradable cualquier reunión. De porte elegante, modales refinados y una
belleza madura que conservaba buena parte del atractivo de su juventud, poseía
un rostro de facciones armoniosas, una sonrisa fácil y unos ojos
extraordinariamente expresivos. Su cabello, cuidadosamente arreglado sin
excesiva afectación, mostraba las primeras señales de la edad, aunque nada en
su figura sugería decadencia física. Hablaba con una voz cálida, ligeramente
musical, y poseía la rara habilidad de escuchar como si los asuntos ajenos
fueran verdaderamente importantes. No necesitaba alzar el tono para hacerse
atender ni recurrir a la solemnidad para inspirar respeto. Su cortesía
resultaba tan natural con los esclavos como con los senadores, circunstancia
que le había ganado afectos en lugares donde otros nobles solamente conseguían
obediencia. Y, por encima de casi todas sus aficiones mundanas, estaba su extraordinaria
debilidad por los gatos, animales que parecían reconocerlo instintivamente y
buscar su compañía incluso cuando jamás lo habían visto.
—Y vos debéis de ser la encantadora dama que ha
conseguido apartar a mi sobrino de sus obligaciones militares —observó,
volviéndose hacia Fausta con una reverencia perfectamente ejecutada—.
Permitidme presentarme: Flavio Severiano Varo, hermano de su madre y, según
ciertas personas malintencionadas de nuestra familia, responsable de haberle
enseñado algunos de sus peores hábitos. Aunque debo protestar: sus virtudes
proceden enteramente de mi influencia, mientras que sus defectos pertenecen,
sin duda, a la rama paterna. —Fausta respondió con una inclinación elegante,
visiblemente complacida por semejante presentación. —Fausta, mi señor. Una
vieja amiga de Lucio. —¡Una amiga! ¡Excelente noticia! —exclamó Severiano—. Ya
comenzaba a temer que este muchacho terminara enamorándose de un estandarte
militar. Mi hermana se alegrará cuando se lo cuente, aunque procuraré no
adornar demasiado la historia.
Mientras conversaban, el gato rojizo había
comenzado a frotarse insistentemente contra sus piernas. Severiano interrumpió
sus palabras para recogerlo y acariciarle la cabeza. —Perdonadme. Este
caballero considera que las obligaciones familiares no justifican desatender
las suyas. —El animal respondió con un ronroneo satisfecho, mientras los otros
dos aguardaban pacientemente su turno. Fausta no pudo evitar sonreír. Aquel
hombre poseía una afabilidad extraordinaria, una elegancia carente de
afectación y una facilidad casi sobrenatural para inspirar confianza. Nada en
sus gestos sugería arrogancia o crueldad. Incluso su afecto por Lucio resultaba
manifiestamente sincero, como correspondía a un tío que había conocido al
muchacho desde su nacimiento y sentía verdadero orgullo por sus progresos.
—Pero decidme, querido Lucio, ¿qué os trae a
Portus? —preguntó finalmente, mientras acariciaba al gato que sostenía—. He
venido a resolver algunos asuntos comerciales y pensaba regresar a Roma antes
del anochecer. Aunque ahora que os encuentro, sería una descortesía
imperdonable no invitaros a comer. A vos también, naturalmente, mi querida
Fausta. Conozco un establecimiento donde preparan un pescado excelente y cuyo
propietario tiene la sensatez de permitir la entrada a los gatos.
Flavio acomodó al animal sobre su antebrazo con la
delicadeza de una madre que sostiene a un niño dormido. El pequeño felino cerró
los ojos y comenzó a ronronear, completamente ajeno al hecho de que descansaba
tranquilamente entre los brazos de uno de los seres más peligrosos que
caminaban sobre la tierra.