lunes, 2 de noviembre de 2026

Marco Aeciano

 El pequeño genio de la Casa Aecia

Nombre: Marco Aeciano. Conocido como Marco y tratado formalmente como dominus Marco por los servidores de su familia. Es el hijo menor de Valeria Crispiana Severina y nieto del célebre general Aecio, perteneciente a una de las casas patricias más prestigiosas de Italia.

Origen y biografía

Nacido en 1207 AUC / 454 d. C., Marco Aeciano es un joven aristócrata romano-itálico perteneciente a la antigua Casa Aecia. Su nacimiento lo convirtió en heredero de un apellido que todavía conservaba una enorme importancia entre las familias senatoriales de Occidente. Su abuelo, Flavio Aecio, había sido uno de los últimos grandes generales romanos, y su madre, Valeria Crispiana Severina, pertenecía a aquella aristocracia que aún podía permitirse vivir entre grandes propiedades, villas fortificadas y extensas redes de clientela.

Sin embargo, Marco nació en una época poco favorable para los descendientes de hombres demasiado poderosos. La muerte de su abuelo y las turbulencias políticas posteriores habían apartado a la familia del centro de las decisiones imperiales. Aunque los Aecios continuaban siendo ricos y respetados, su influencia ya no alcanzaba las alturas que había conocido durante la vida del general.

Su infancia transcurrió en un ambiente de privilegios aristocráticos, rodeado de preceptores, administradores, esclavos domésticos y familiares acostumbrados a tratar con las grandes figuras de Italia. Como correspondía a un muchacho de su condición, recibió una educación orientada hacia la literatura latina, la retórica, la administración patrimonial y las obligaciones propias de un futuro señor romano.

No obstante, desde pequeño mostró intereses bastante diferentes de los esperados.

Mientras otros jóvenes nobles soñaban con carreras militares, cargos públicos o matrimonios ventajosos, Marco se interesaba por problemas que sus mayores consideraban demasiado prácticos, demasiado complicados o, sencillamente, impropios de un patricio.

Podía prestar tanta atención a las explicaciones de un herrero como a las lecciones de un filósofo. Le interesaba comprender cómo se fabricaban las herramientas, cómo se organizaba una explotación agrícola, por qué ciertos materiales eran superiores a otros y qué procedimientos permitían obtener mejores resultados con menos recursos.

Su extraordinaria inteligencia le permitía relacionar conocimientos que para otras personas parecían completamente independientes. Allí donde un administrador veía una cosecha insuficiente, Marco podía reconocer problemas de transporte, almacenamiento, herramientas o distribución del trabajo.

Aquella capacidad tenía un inconveniente: el muchacho no siempre comprendía por qué los adultos se empeñaban en conservar procedimientos que consideraba evidentemente deficientes.

Su curiosidad, acompañada de una considerable seguridad en sus conclusiones, podía convertirlo en un interlocutor incómodo. No rechazaba la autoridad por principio, pero le resultaba difícil respetar las decisiones de alguien que no podía explicarlas razonablemente.

Con el tiempo empezó a desarrollar un interés especial por la organización de personas y recursos. Comprendió que una buena idea carecía de utilidad cuando no existían los medios necesarios para ejecutarla, y que incluso los trabajadores más competentes podían fracasar si recibían instrucciones contradictorias o carecían de herramientas apropiadas.

A diferencia de muchos aristócratas de su entorno, Marco no encontraba particularmente humillante escuchar las opiniones de artesanos, campesinos o administradores experimentados. Continuaba siendo un patricio orgulloso, plenamente consciente de su rango, pero consideraba que el conocimiento útil debía aprovecharse independientemente de su procedencia.

Su principal debilidad era la falta de experiencia. Aunque poseía una capacidad intelectual extraordinaria, no siempre sabía interpretar correctamente las emociones, las ambiciones y las resistencias de otras personas. Podía diseñar un plan admirable sin comprender por qué alguien se negaba a participar en él.

Además, su precaria constitución física limitaba considerablemente sus posibilidades. Marco podía imaginar soluciones que exigían grandes esfuerzos, pero difícilmente habría podido realizarlos personalmente. Dependía de la cooperación de otros, circunstancia que alimentaba tanto su talento organizador como su necesidad de controlar cuanto sucedía a su alrededor.

Su mayor aspiración no consistía simplemente en recuperar la influencia política de su familia. Marco deseaba comprender el mundo que había heredado y descubrir hasta dónde podía transformarlo mediante el conocimiento, el trabajo organizado y una administración inteligente de los recursos.

Para un descendiente de Aecio, semejante ambición podía resultar tan peligrosa como pretender conquistar un reino.

Apariencia física

Altura: No especificada. Peso: No especificado. Etnicidad: romano-itálica.

Marco posee una complexión delgada y una constitución considerablemente más frágil de lo habitual entre los jóvenes aristócratas acostumbrados a recibir entrenamiento físico. Sus extremidades son finas y su musculatura está poco desarrollada, lo que le proporciona una apariencia menos imponente de lo que podría esperarse del nieto de un célebre general romano.

Su cabello es oscuro, algo largo y generalmente dispuesto de manera natural, sin prestar demasiada atención a los peinados elaborados que pueden encontrarse entre los jóvenes de familias acomodadas. Sus ojos grises constituyen su característica más llamativa, especialmente por la intensidad con que observa a las personas y los objetos que despiertan su interés.

Su rostro conserva los rasgos juveniles propios de su edad, aunque su expresión suele ser demasiado seria para un muchacho. Cuando está concentrado, puede permanecer largos períodos en silencio, examinando algún objeto o escuchando una conversación con una atención casi incómoda.

Viste túnicas de buena calidad y prendas apropiadas para su posición social, aunque muestra escaso interés por las joyas y los adornos. Prefiere la ropa cómoda y funcional, especialmente cuando pretende visitar talleres, recorrer propiedades o examinar personalmente alguna actividad.

Sus movimientos son tranquilos y moderados. No posee la seguridad corporal de un joven entrenado para la guerra, pero tampoco suele mostrar nerviosismo ante personas de rango superior. Su educación patricia le ha proporcionado una postura correcta y modales que pueden resultar sorprendentemente refinados.

Sin embargo, existe algo difícil de explicar en su presencia. Cuando se enfada verdaderamente, sus ojos grises adquieren una expresión inquietante y su aparente fragilidad deja de transmitir tranquilidad. Algunas personas experimentan entonces una sensación de amenaza completamente desproporcionada respecto a su aspecto físico.

Durante la noche, sus ojos pueden distinguir detalles que permanecerían ocultos para cualquier persona normal. Esta peculiaridad no modifica visiblemente su anatomía, pero puede hacer que sus movimientos en lugares poco iluminados resulten desconcertantes.

Rasgos de personalidad

Marco es frío, curioso, metódico, orgulloso y extraordinariamente pragmático. Posee una mente analítica que lo impulsa a examinar cuanto sucede a su alrededor, identificar problemas y buscar soluciones. Le resulta difícil aceptar la improvisación cuando considera posible establecer un procedimiento más eficiente.

Su principal virtud es la capacidad para organizar. Puede descomponer dificultades complejas en tareas concretas, calcular los recursos necesarios y coordinar a distintas personas para alcanzar un objetivo común. Sin embargo, esa misma habilidad alimenta una tendencia controladora que puede resultar agotadora para quienes conviven con él.

Aunque pertenece a una familia aristocrática, Marco no considera que el nacimiento garantice inteligencia o competencia. Respeta a los artesanos hábiles, los administradores eficientes y los servidores capaces de cumplir correctamente sus responsabilidades. Por el contrario, desprecia a quienes utilizan su autoridad para ocultar la ignorancia o justificar errores.

No obstante, tampoco es un muchacho igualitario. Su educación ha consolidado una conciencia muy clara de las jerarquías romanas, y considera natural ejercer autoridad sobre quienes dependen de su casa. La diferencia está en que espera que aquella autoridad produzca resultados concretos.

Su manera de relacionarse con los demás puede parecer distante. No acostumbra expresar afecto mediante grandes demostraciones sentimentales, aunque posee un profundo instinto protector hacia quienes considera parte de su círculo personal.

Cuando aprecia a alguien, procura garantizar su seguridad, resolver sus dificultades o proporcionarle los recursos necesarios para mejorar su situación. Puede dedicar enormes esfuerzos a solucionar un problema ajeno sin comprender por qué sus buenas intenciones provocan incomodidad.

Esta forma de afecto encierra una contradicción importante: Marco desea proteger a las personas que estima, pero puede terminar tomando decisiones por ellas cuando considera que no comprenden suficientemente los riesgos.

Su orgullo constituye otra debilidad considerable. Tolera las críticas razonadas e incluso puede agradecer una corrección inteligente, pero reacciona mal ante la incompetencia, las órdenes arbitrarias y las personas que pretenden imponerse sin ofrecer explicaciones convincentes.

También posee una curiosidad que en ocasiones supera su prudencia. Puede sentirse irresistiblemente atraído por un mecanismo desconocido, un problema técnico o una situación aparentemente inexplicable, aun cuando acercarse demasiado resulte peligroso.

Su inteligencia tampoco garantiza una interpretación adecuada de las relaciones humanas. Marco puede reconocer con facilidad las consecuencias materiales de una decisión, pero no siempre comprende el peso de los sentimientos, las tradiciones o las rivalidades personales.

Cuando se enfrenta a una dificultad, su primera reacción suele ser analizarla. Cuando descubre que alguien de su confianza está amenazado, aquella disposición racional se combina con una determinación mucho menos flexible.

A pesar de su apariencia tranquila, puede mostrarse implacable hacia quienes considera enemigos. No disfruta necesariamente de la crueldad, pero es capaz de justificar medidas severas cuando cree que resultan indispensables para proteger a los suyos.

En el fondo, Marco conserva una contradicción propia de su edad: puede razonar como un erudito experimentado y, al mismo tiempo, reaccionar con el orgullo herido de un muchacho que todavía está aprendiendo a conocer sus límites.

Voz y modismos

Marco habla un latín culto y cuidadosamente articulado, propio de la educación recibida por un joven patricio. Su pronunciación es clara, su vocabulario amplio y sus frases suelen estar organizadas con una precisión poco habitual para su edad.

Prefiere explicar sus decisiones mediante argumentos concretos, referencias verificables y relaciones de causa y efecto. Cuando intenta convencer a alguien, acostumbra presentar el problema, señalar sus consecuencias y describir la solución que considera más conveniente.

Entre sus expresiones habituales se encuentran «Examinemos el problema», «¿Cuántos exactamente?», «Eso no explica la causa» y «¿Qué recursos necesitamos?».

También tiene la costumbre de formular preguntas que pueden parecer inocentes, pero que frecuentemente ponen en evidencia contradicciones en las explicaciones de sus interlocutores.

Con los miembros de su familia utiliza un lenguaje educado, aunque puede mostrarse insistente cuando desea conseguir algo. Con artesanos y administradores prefiere las conversaciones directas, especialmente cuando necesita comprender procedimientos técnicos.

Con sus inferiores conserva la autoridad propia de su condición patricia, pero suele proporcionar instrucciones claras y explicar los resultados que espera obtener.

Cuando pierde la paciencia, su comportamiento cambia notablemente. Sus frases se vuelven breves, desaparecen las explicaciones innecesarias y comienza a formular preguntas cada vez más específicas.

Cuanto más enfadado está Marco, menos necesita elevar la voz.

Utiliza vulgaridades de manera ocasional, generalmente cuando una situación supera su tolerancia habitual. Sin embargo, prefiere las observaciones secas y las ironías discretas a los insultos prolongados.

Atributos

Fuerza: 7 · Destreza: 11 · Constitución: 6 · Inteligencia: 27 · Sabiduría: 7 · Carisma: 15.

Cualidades especiales

Sangre de Aecio: Su condición de nieto del célebre general y miembro de la Casa Aecia le proporciona un prestigio considerable entre las familias aristocráticas de Italia. Su apellido puede facilitar encuentros, obtener deferencias y despertar expectativas, aunque también atrae la atención de quienes conservan antiguas enemistades con su linaje.

Mente analítica: Posee una capacidad intelectual extraordinaria para reconocer patrones, comprender mecanismos complejos y establecer relaciones entre problemas aparentemente independientes. Puede identificar errores y formular soluciones que escaparían a personas mucho más experimentadas, aunque su talento no sustituye los conocimientos prácticos que todavía necesita adquirir.

Organizador nato: Comprende con notable facilidad la distribución de recursos, la coordinación de trabajadores y la planificación de actividades. Puede mejorar considerablemente el funcionamiento de una propiedad, un taller o un proyecto cuando dispone de autoridad suficiente para intervenir. Su principal dificultad consiste en conseguir que otras personas acepten sus decisiones.

Orgullo patricio: Es profundamente consciente del prestigio de su familia y considera que debe comportarse de manera digna de su linaje. Esta seguridad le permite tratar con personas influyentes sin intimidarse fácilmente, pero también puede hacerlo arrogante y excesivamente sensible ante las humillaciones.

Protector de los suyos: Considera que la lealtad implica obligaciones concretas. Cuando acepta a alguien bajo su protección, procura garantizar su seguridad y bienestar mediante acciones, recursos y decisiones prácticas. Sin embargo, puede volverse posesivo y controlador cuando interpreta que esa persona está en peligro.

Aura de terror: Posee una facultad sobrenatural capaz de provocar miedo intenso en quienes se encuentran frente a él, especialmente enemigos, desconocidos o personas por las que siente un desprecio profundo. La víctima puede experimentar angustia, inseguridad o un impulso irresistible de alejarse, aunque la intensidad del fenómeno depende de las circunstancias y de la resistencia individual. Esta capacidad no garantiza obediencia ni sustituye la fuerza física.

Aura de valor: Una facultad sobrenatural todavía dormida que, cuando despierte, permitirá a Marco transmitir coraje, determinación y fortaleza emocional a las personas que considera suyas. Su presencia podrá ayudar a sus aliados a resistir situaciones aterradoras, aunque no eliminará el peligro real ni convertirá a individuos inexpertos en combatientes invencibles.

Inmunidad tóxica: Su organismo neutraliza con extraordinaria eficacia venenos, toxinas naturales y numerosas sustancias químicas nocivas. Dosis que resultarían mortales para una persona corriente pueden producirle efectos mínimos o nulos. Esta protección no comprende las enfermedades infecciosas, las heridas, la desnutrición ni otras causas de deterioro físico.

Visión nocturna: Sus ojos aprovechan cantidades extremadamente pequeñas de luz ambiental, permitiéndole distinguir formas, movimientos y detalles durante la noche con mucha mayor precisión que una persona normal. Necesita alguna fuente mínima de iluminación y no puede ver en oscuridad absoluta.

Constitución frágil: Su cuerpo es considerablemente menos resistente que su mente. El esfuerzo físico prolongado, las heridas y las enfermedades pueden afectarlo seriamente. Esta debilidad lo obliga a depender de otras personas para ejecutar tareas exigentes y constituye una limitación importante cuando sus planes requieren intervención física directa.

Inteligencia precoz: Su razonamiento supera ampliamente lo esperado para su edad, pero su madurez emocional y su experiencia social no han avanzado al mismo ritmo. Puede comprender cuestiones intelectuales extraordinariamente complejas mientras interpreta de manera ingenua algunas motivaciones humanas. Esta diferencia provoca conflictos con adultos que se sienten cuestionados por un niño y con personas que confunden su brillantez con una sabiduría que todavía no posee.

IA de apoyo técnico y táctico: Marco posee una inteligencia artificial integrada en su conciencia que funciona como asistente de análisis, cálculo y planificación. Puede ayudarlo a procesar información, comparar alternativas, realizar cálculos complejos y evaluar riesgos técnicos o tácticos con extraordinaria rapidez. También contribuye a organizar sus conocimientos, identificar errores y formular estrategias a partir de los datos disponibles. Sin embargo, sus conclusiones dependen de la calidad de la información recibida y no pueden sustituir la experiencia práctica, descubrir hechos desconocidos ni garantizar que sus decisiones sean correctas.

Artista nato: Posee un talento natural excepcional para las artes visuales, especialmente el dibujo, la composición, la representación anatómica y el diseño de objetos. Comprende intuitivamente las proporciones, las perspectivas, el equilibrio de las formas y las relaciones entre luz y volumen. Puede elaborar bocetos de gran precisión, reproducir detalles observados y concebir diseños artísticos o técnicos con notable facilidad. Su sensibilidad estética también influye en su manera de apreciar la arquitectura, la escultura y los objetos artesanales, aunque el dominio de materiales y técnicas específicas requiere práctica.

Pulso de cirujano: Marco posee un control extraordinariamente preciso de los movimientos finos de sus manos, acompañado de una coordinación visual y manual excepcional. Puede realizar manipulaciones delicadas, trazos minuciosos, ensamblajes complejos y operaciones que exigen gran exactitud sin movimientos involuntarios apreciables. Esta facultad resulta especialmente útil en dibujo técnico, fabricación de instrumentos, trabajos artesanales y procedimientos quirúrgicos. Sin embargo, su precisión motriz no equivale a conocimientos médicos ni reemplaza el entrenamiento necesario para ejecutar intervenciones especializadas.

Desarmonización de personalidades (rasgos autistas leves): La integración imperfecta entre la personalidad del anfitrión original y la conciencia del avatar que ocupa su cuerpo ha producido en Marco ciertas alteraciones en el procesamiento emocional y social, semejantes a algunos rasgos del autismo leve. Aunque conserva plenamente su inteligencia, capacidad comunicativa y facultades afectivas, le cuesta interpretar las emociones ajenas, reconocer insinuaciones y comprender ciertas convenciones sociales. Tiende a privilegiar la lógica sobre las consideraciones sentimentales y puede mostrarse involuntariamente insensible, incluso con personas que aprecia sinceramente. Su empatía no está ausente, pero suele manifestarse mediante acciones protectoras y soluciones prácticas antes que mediante consuelo emocional. Esta desarmonización también contribuye a su tendencia a concentrarse intensamente en intereses específicos, organizar meticulosamente sus actividades y experimentar frustración ante comportamientos que considera contradictorios o irracionales.

Anicia Fausta Proba

 La joven patricia de la Gens Anicia

Nombre: Anicia Fausta Proba. Conocida como Fausta y tratada formalmente como domina Fausta. Pertenece a una de las ramas más acaudaladas de la antigua Gens Anicia.

Origen y biografía

Nacida en 1200 AUC / 447 d. C., en Rávena, Anicia Fausta Proba tiene dieciocho años en 1218 AUC / 465 d. C. Es una joven aristócrata italo-romana, cristiana nicena, hija de un senador cuya fortuna comprende extensas propiedades agrícolas en Italia septentrional y central, residencias urbanas, rentas considerables y una nutrida clientela familiar.

Fausta nació rodeada de privilegios, aunque también de obligaciones. Su infancia transcurrió entre los palacios de Rávena y las villas rurales de su familia, atendida por sirvientes, esclavas domésticas y preceptores cuidadosamente seleccionados. Aprendió literatura latina, genealogía, música, doctrina cristiana y las complejas reglas de precedencia que regían las reuniones senatoriales. Desde pequeña comprendió que el apellido Anicio era una herencia formidable, pero también una responsabilidad que debía preservar.

Su educación estuvo orientada a convertirla en una esposa apropiada para un hombre de alta posición. Sin embargo, Fausta nunca interpretó aquella preparación como una invitación a la obediencia pasiva. Observando a su padre negociar propiedades, recibir funcionarios y mantener correspondencia con obispos y senadores, descubrió que las mujeres de su clase podían ejercer una influencia considerable sin necesidad de ocupar magistraturas.

Durante su adolescencia aprendió a reconocer las alianzas matrimoniales, las rivalidades familiares y los pequeños gestos que revelaban cambios en las relaciones de poder. También empezó a interesarse por la administración de las propiedades paternas, especialmente por las dotes, las herencias y las obligaciones económicas que vinculaban a unas casas aristocráticas con otras.

A sus dieciocho años, Fausta ha alcanzado la edad en que su familia debe considerar seriamente su matrimonio. No se opone a ello; por el contrario, considera que una unión ventajosa puede abrirle las puertas de los círculos políticos más elevados de Italia. Lo que verdaderamente le aterra es terminar casada con algún noble mediocre, satisfecho de poseer una esposa hermosa, culta y suficientemente rica como para financiar sus ambiciones.

Su mayor aspiración es convertirse algún día en una de las grandes matronas de Italia, capaz de proteger el patrimonio familiar, influir sobre las decisiones de los hombres poderosos y asegurar que su nombre sea recordado por algo más que un matrimonio conveniente.

Apariencia física

Altura: 1,66 m. Peso: 55 kg. Etnicidad: italo-romana.

Fausta posee una belleza refinada, característica de una joven que nunca ha conocido las privaciones materiales. Su piel mediterránea es clara y cuidadosamente atendida; sus ojos, de tonalidad avellana verdosa, destacan por una mirada observadora que puede pasar de la dulzura a una frialdad desconcertante.

Tiene el rostro ovalado, facciones suaves y simétricas, nariz fina y labios bien definidos. Su cabello castaño oscuro, largo y abundante, suele llevarlo recogido en elaborados peinados aristocráticos.

Su figura es esbelta y delicada, de movimientos moderados y postura impecable. Prefiere las prendas de lana fina y las sedas orientales en tonos marfil, púrpura apagado y colores discretos. Sus joyas suelen ser antiguas piezas familiares, escogidas para recordar la riqueza y antigüedad de su linaje sin recurrir a la ostentación vulgar.

Rasgos de personalidad

Fausta es inteligente, orgullosa, ambiciosa y extraordinariamente consciente de las jerarquías sociales. Posee una elegancia natural que se combina con una calculada capacidad para adecuar su comportamiento a las circunstancias.

Puede mostrarse dulce, atenta y encantadora cuando desea ganarse la simpatía de alguien, pero también sabe convertirse en una presencia distante y severa cuando considera necesario recordar su posición. Detesta la vulgaridad, la familiaridad excesiva y las personas que confunden riqueza con distinción.

Su principal talento consiste en observar. Advierte las miradas que se prolongan demasiado, los silencios incómodos, las rivalidades matrimoniales y las pequeñas humillaciones que pasan inadvertidas para otros. Sin embargo, su experiencia procede casi exclusivamente de ambientes aristocráticos; fuera de ellos, sus interpretaciones pueden resultar ingenuas.

Aunque ha recibido una educación profundamente jerárquica, no es una mujer cruel. Se preocupa sinceramente por las personas bajo su protección y considera que una buena señora tiene obligaciones morales hacia sus dependientes. No obstante, le cuesta concebir que alguien de condición humilde pueda reclamar una posición verdaderamente igual a la suya.

Existe también una contradicción que le avergüenza reconocer: siente una curiosidad casi irresistible por aquellas personas que actúan sin preocuparse por la opinión de los salones. La libertad de semejantes individuos le resulta tan fascinante como impropia.

Su orgullo puede convertirla en una adversaria persistente. Rara vez responde impulsivamente a una ofensa; prefiere recordarla y esperar una ocasión apropiada para devolverla mediante los mecanismos sociales que conoce.

Voz y modismos

Habla un latín senatorial cuidadosamente pulido, con dicción clara, ritmo pausado y vocabulario elegante. Sus palabras suelen estar medidas para expresar más de lo que aparentemente dicen.

Prefiere las insinuaciones a las acusaciones directas. Entre sus expresiones habituales se encuentran «Sería impropio», «No parece digno de su casa» y «Quizá alguien debería recordarle quién está presente».

Con sus inferiores conserva una cortesía impecable, aunque frecuentemente distante. Con sus iguales utiliza elogios ambiguos, preguntas discretas y pequeñas observaciones cuya verdadera intención solo comprenden quienes conocen las costumbres de la alta sociedad.

Cuando pierde verdaderamente la paciencia, desaparece su sonrisa, su voz se vuelve fría y comienza a dirigirse a las personas utilizando sus nombres completos.

Atributos

Fuerza: 8 · Destreza: 11 · Constitución: 11 · Inteligencia: 16 · Sabiduría: 14 · Carisma: 18 · Influencia: 16.

Cualidades especiales

Sangre Anicia: Su apellido despierta respeto entre senadores, obispos, funcionarios y familias aristocráticas. Fausta está acostumbrada a recibir deferencias incluso antes de presentarse. Sin embargo, su prestigio depende también de la reputación familiar, por lo que cualquier escándalo que afecte a su casa puede perjudicarla profundamente.

Hija de senador rico: Tiene acceso a administradores, propiedades, rentas, préstamos y una extensa red de patronazgo. Considera natural recurrir a estos recursos para resolver dificultades, aunque esa costumbre puede hacerla parecer arrogante ante quienes carecen de semejantes privilegios.

Fortuna senatorial: Comprende el funcionamiento de las dotes, las herencias, las rentas agrícolas y las negociaciones patrimoniales. Aunque todavía depende legal y económicamente de su familia, sabe identificar oportunidades y riesgos para su fortuna.

Educación de gran dama: Domina el protocolo aristocrático, la correspondencia formal, la literatura, la música y las genealogías senatoriales. Su formación le proporciona seguridad en ceremonias y reuniones sociales, pero la ha preparado escasamente para el trabajo físico o las dificultades materiales.

Lectora de salones: Posee una notable sensibilidad para interpretar rivalidades, atracciones, vergüenzas, ambiciones y matrimonios en preparación. Su habilidad disminuye considerablemente en campamentos militares, comunidades campesinas y otros ambientes cuyas reglas sociales desconoce.

Belleza patricia: Su apariencia y sus modales producen excelentes primeras impresiones, especialmente durante ceremonias y encuentros matrimoniales. Sin embargo, su atractivo puede despertar los celos de otras jóvenes aristocráticas que la consideran una competidora.

Cristiana de buena casa: Su educación nicena y la tradición de patronazgo eclesiástico de su familia facilitan sus relaciones con clérigos y matronas devotas. Su religiosidad es sincera, aunque está tan vinculada con las costumbres aristocráticas que algunas personas pueden confundir su piedad con una simple manifestación de prestigio social.

Crónicas del renacer de occidente. Los hijos de las tinieblas: El oro de Portus:

 [Índice]

Portus seguía siendo uno de los lugares más extraordinarios del mundo romano, aunque hacía mucho tiempo que había dejado de funcionar con la regularidad que sus constructores imaginaron. Bajo el sol de agosto de 1218 AUC, las aguas de la gran dársena hexagonal de Trajano reflejaban centenares de mástiles, velas recogidas y grúas de madera cuyos aparejos chirriaban sin descanso. Los almacenes imperiales se extendían alrededor de los muelles, algunos abandonados, otros restaurados apresuradamente y unos cuantos tan vigilados que ni siquiera los oficiales del ejército podían acercarse sin autorización. Desde África llegaban cargamentos de aceite y productos agrícolas; desde Oriente, telas, especias y mercancías de lujo; desde las costas de Hispania y la Galia, metales, vino y materiales de construcción. El Imperio occidental podía encontrarse al borde de la ruina, pero aquella mañana el puerto ofrecía una imagen desconcertante: había más movimiento del que Lucio Aeciano recordaba haber visto en años anteriores. Y, sobre todo, circulaba una cantidad de oro que no parecía corresponder a las menguadas rentas del tesoro imperial.

Lucio había acudido vestido con una túnica militar sobria, cubierta por un manto sujeto al hombro mediante una fíbula de plata. Su extraordinaria estatura, su cabello rubio y la severidad natural de sus facciones dificultaban cualquier intento de pasar inadvertido. Había comenzado a investigar discretamente el movimiento de mercancías después de descubrir que ciertos cargamentos de hierro, madera, bronce y herramientas aparecían registrados como suministros destinados a depósitos civiles, aunque los volúmenes correspondían más bien a los preparativos de una campaña militar considerable. Lo inquietante no era solamente la cantidad, sino la procedencia de los pagos: algunos comerciantes recibían monedas de oro prácticamente nuevas, mientras otros cobraban mediante órdenes de crédito respaldadas por casas mercantiles cuya actividad ordinaria jamás habría permitido semejantes desembolsos. Los generales más cercanos al emperador parecían ignorarlo. Los funcionarios portuarios, por el contrario, actuaban con una eficacia desacostumbrada, como si una autoridad invisible hubiera eliminado de pronto todas las dificultades administrativas que normalmente paralizaban el comercio romano.

—¡Lucio Aeciano! ¡Por todos los santos, de modo que los rumores eran ciertos! —La voz femenina lo alcanzó antes de que pudiera abandonar el muelle. Al volverse encontró a Fausta, que avanzaba hacia él acompañada por una doncella y un esclavo encargado de transportar varias compras. Vestía una estola de lino fino, teñida de un azul discreto, y llevaba el cabello cuidadosamente recogido mediante pequeñas horquillas doradas. Su expresión mostraba aquella mezcla de alegría genuina y curiosidad que tantas veces había conseguido desarmar la gravedad del joven oficial. —Me habían dicho que estabais en las cercanías de Roma, pero comenzaba a sospechar que os habíais convertido en uno de esos generales legendarios que solamente existen en los relatos de sus subordinados. ¡Mirad cómo habéis crecido! Aunque supongo que es una observación absurda tratándose de vos. Dentro de poco necesitarán ampliar las puertas del palacio para permitiros entrar. —Fausta sonrió y le ofreció la mano con familiaridad aristocrática—. ¿Qué hacéis aquí? No me digáis que habéis desarrollado una pasión repentina por los inventarios de pescado.

El encuentro resultaba más comprometedor de lo que Fausta podía imaginar. Lucio sabía que la correspondencia relativa a su matrimonio ya había sido enviada a su abuelo, y que las negociaciones entre la Casa Aecia y el círculo de Ricimero apuntaban casi inevitablemente hacia Reginilda, la voluntariosa hija del poderoso general. No existía todavía un compromiso públicamente anunciado, pero las familias de semejante posición rara vez necesitaban llegar hasta ese extremo para considerar inconvenientes determinadas familiaridades. Fausta pertenecía precisamente a esa clase de mujeres cuya compañía podía resultar perfectamente inocente y, al mismo tiempo, convertirse en materia de especulación para media Roma. Ella, entretanto, parecía ajena a cualquier preocupación. —He venido a buscar unos tejidos orientales para mi madre. Los mercaderes aseguran que han llegado piezas magníficas, aunque últimamente todo el mundo parece disponer de más dinero del que debería. Ayer vi a un comerciante pagar por adelantado tres almacenes enteros, y ni siquiera discutió el precio. Cuando un romano deja de regatear, Lucio, es porque está enfermo o porque el dinero pertenece a otro.

Fausta comenzó a caminar junto al oficial por el pórtico que bordeaba la dársena. Su doncella los seguía a una distancia respetuosa, mientras alrededor de ellos los estibadores descargaban ánforas y enormes vigas de madera. Cerca de un depósito recientemente reparado, una docena de trabajadores trasladaba cajas reforzadas con bandas de hierro. Dos hombres armados vigilaban la operación, vestidos como guardias particulares y no como soldados imperiales. Sobre algunas cajas podía distinguirse una marca comercial en forma de estrella de ocho puntas, parcialmente cubierta por una tablilla de identificación más reciente. Un escribiente comprobaba las mercancías contra un registro, pero no utilizaba las tablillas habituales de la administración portuaria: trabajaba con documentos sellados mediante una cera negra y entregaba pequeños comprobantes a cada conductor. Cuando uno de los carros se puso en marcha, Lucio alcanzó a ver que iba escoltado por jinetes bien equipados, demasiado disciplinados para ser simples mercenarios contratados por un comerciante. Fausta también reparó en ellos. —Esos hombres llevan aquí varios días —comentó—. Mi esclavo dice que han alquilado casi todos los depósitos próximos al canal. Pensé que serían contratistas del ejército, pero uno de los comerciantes aseguró que trabajan para una compañía oriental. Una compañía extraordinariamente rica, por lo visto. —Se volvió hacia Lucio con una sonrisa intrigada—. ¿Acaso vuestro emperador está preparando una guerra sin avisar a sus propios generales?

Al otro lado de la dársena se escuchó el golpe de una campana que anunciaba la entrada de otra embarcación. Los trabajadores interrumpieron brevemente sus labores para dejar pasar una caravana de carros cargados de lingotes de plomo, herramientas agrícolas y barras de hierro. Resultaba extraño encontrar aquellos materiales reunidos en un mismo envío, y más extraño todavía que fueran descargados junto a cofres pequeños custodiados con un celo digno de las arcas imperiales. Un anciano comerciante, que discutía con un funcionario por el uso de una grúa, mencionó en voz demasiado alta que los nuevos compradores pagaban en sólidos de excelente ley y que incluso habían comenzado a adquirir terrenos abandonados en los alrededores de Ostia. El funcionario le ordenó guardar silencio. Fausta observó la escena y después contempló a Lucio con renovado interés. —Ahora comprendo por qué estáis aquí. No habéis venido a inspeccionar pescado ni tejidos. Estáis siguiendo el dinero. —Su sonrisa perdió parte de la frivolidad habitual—. Entonces quizá os interese saber que mi padre recibió una invitación para participar en una de esas operaciones comerciales. La rechazó porque nadie quiso explicarle quién garantizaba los pagos. Y mi padre puede soportar una inversión arriesgada, pero no que un desconocido pretenda tratarlo como a un idiota.

Fausta se detuvo bajo la sombra de una columna, mientras una ráfaga de viento marino agitaba los extremos de su velo. Su expresión recuperó aquella curiosidad vivaz que la había caracterizado desde que conociera a Lucio. —Podría contaros algo más, pero antes quisiera saber si vais a pasear conmigo como un viejo amigo o si debo fingir que nos hemos encontrado por casualidad mientras investigáis alguna conspiración. Porque, si escogéis lo segundo, os advierto que soy bastante buena fingiendo inocencia. —La joven lanzó una mirada divertida hacia los guardias del almacén y añadió en voz más baja—: Y hay un hombre allí, junto a las cajas, que lleva observándonos desde que os reconocí. No ha apartado los ojos de vos ni una sola vez.

—Tenéis ojos de águila, agudos y bellos, mi señora —respondió Lucio, concediéndole una sonrisa que suavizó por un instante la habitual severidad de su rostro—. Pero decidme, hipotéticamente, ¿creéis que una campaña contra los vándalos tendría éxito?

Fausta lo contempló con una mezcla de sorpresa y satisfacción. El cumplido parecía haberle agradado bastante más de lo que estaba dispuesta a reconocer, aunque la pregunta posterior le hizo arquear una ceja. —¿Hipotéticamente? ¡Por supuesto! ¿Acaso no son los romanos los inventores de las guerras hipotéticas que terminan costando fortunas reales? —Sonrió, pero enseguida adoptó una expresión reflexiva—. Depende de quién dirija la campaña, de quién la pague y, sobre todo, de cuántos barcos consiga reunir. Los vándalos no son una banda de saqueadores esperando a que desembarque una legión. Poseen África, sus campos de trigo, sus ciudades y una flota que lleva años humillando nuestras costas. Mi padre dice que un ejército puede vencerlos en tierra, pero primero debe conseguir llegar vivo a tierra. Y después alimentarse allí.

Ambos continuaron caminando bajo los pórticos que bordeaban la dársena de Trajano. Fausta se detuvo junto a un puesto de telas orientales, tomó entre los dedos una pieza de seda verde y fingió examinar su calidad mientras observaba de reojo el almacén vigilado. —Además, hay otra dificultad que ningún general parece considerar cuando pronuncia discursos sobre recuperar Cartago: el dinero. Una expedición semejante exigiría transportar hombres, caballos, armas, alimentos y agua durante semanas. Habría que pagar marineros, carpinteros, pilotos y soldados antes de recibir una sola medida de trigo africano. Y si la flota fracasara, no perderíamos únicamente una batalla. Podríamos perder la capacidad de defender Italia durante años. —Devolvió la seda al comerciante—. Por eso vuestra pregunta me resulta tan curiosa, Lucio. Mientras todo el mundo asegura que el tesoro imperial está exhausto, aquí hay mercaderes comprando madera naval, hierro y aparejos como si el Mediterráneo estuviera a punto de quedarse sin árboles.

La joven volvió la mirada hacia los muelles. Una cuadrilla acababa de descargar grandes piezas de madera curvada, cuidadosamente numeradas y protegidas mediante envolturas de tela embreada. Cerca de ellas se acumulaban rollos de cuerda, sacos de clavos y recipientes de brea. Fausta señaló discretamente los materiales con su abanico. —Mi padre contrató constructores navales cuando yo era pequeña. Recuerdo que aquellas piezas se utilizaban para formar el armazón de los barcos. No sé quién las ha comprado, pero no parecen destinadas a reparar una casa. —Hizo una pausa—. Lo verdaderamente extraño es que parte de esas mercancías llega desde Oriente y otra parte procede de talleres italianos. Alguien está reuniendo recursos de distintos lugares y pagando lo suficiente para que todos entreguen sus encargos con extraordinaria puntualidad. ¿No os parece admirable? Durante años nuestros funcionarios han sido incapaces de conseguir que una carreta llegue a tiempo, y ahora unos comerciantes desconocidos parecen haber descubierto cómo hacer funcionar medio Imperio.

Fausta permitió que su mirada descansara unos instantes sobre el rostro de Lucio. La sonrisa regresó, aunque esta vez llevaba consigo una curiosidad más penetrante. —Si me preguntáis si podemos derrotar a los vándalos, diré que sí, siempre que reunamos una flota formidable, consigamos aliados y no permitamos que los generales se disputen la gloria antes de ganar la batalla. Pero si me preguntáis si alguien está preparando semejante empresa... —Miró nuevamente las embarcaciones, las cajas custodiadas y el constante movimiento de trabajadores—. Diría que alguien está gastando muchísimo dinero en algo que se le parece peligrosamente.

Un grupo de cargadores pasó junto a ellos arrastrando un carro cubierto. Sobre la lona aparecía pintado el emblema de una compañía comercial, pero una esquina mal asegurada permitió distinguir debajo varios escudos militares nuevos, todavía sin decorar. Fausta esperó a que los hombres se alejaran y se acercó un poco más a Lucio, bajando la voz. —Hay una cuestión que me inquieta todavía más que los vándalos. Si todo esto forma parte de los preparativos del emperador, ¿por qué se oculta a sus propios oficiales? Y si no pertenece al emperador, ¿quién posee suficiente oro para organizar una guerra sin pedirle permiso?

La joven recuperó una expresión inocente cuando el hombre que los vigilaba desde el almacén avanzó unos pasos hacia ellos. —Por cierto, Lucio —añadió con una dulzura casi provocadora—, espero que no hayáis olvidado que me debéis una respuesta a otra pregunta. ¿Vamos a pasear como dos viejos amigos o debo comenzar a preocuparme porque, sin saberlo, me he convertido en vuestra cómplice de una investigación imperial?

—Yo diría que ambas cosas son exactamente lo mismo, mi hermosa dama. ¿Qué es un amigo, sino un cómplice? —respondió Lucio, con una sonrisa que arrancó a Fausta una carcajada genuina. La joven llevó una mano al pecho, fingiendo escandalizarse. —¡Lucio Aeciano! ¡Qué definición tan peligrosa de la amistad! Si mi padre os escuchara, concluiría que habéis pasado demasiado tiempo entre soldados y demasiado poco entre filósofos. —Al contrario —replicó ella misma, después de meditarlo—, quizá los filósofos sean todavía peores. Al menos los soldados tienen la decencia de reconocer cuándo están conspirando. —Su mirada se detuvo brevemente en el rostro del oficial, complacida por aquella inesperada galantería. Había conocido a Lucio como un joven extraordinariamente correcto, de modales impecables y una seriedad que parecía heredada directamente de su ilustre abuelo. Descubrir en él aquella vena de humor le resultaba tan agradable como sorprendente.

Continuaron entre los almacenes mientras el sol de la tarde iluminaba las aguas de la dársena. A su alrededor se mezclaban los pregones de los comerciantes, las órdenes de los capataces y el ruido de las poleas utilizadas para descargar los barcos. Fue entonces cuando Lucio advirtió a un hombre que permanecía junto a uno de los depósitos más vigilados. Vestía una túnica corta de lino oscuro, llevaba el cabello recogido hacia atrás y tenía los antebrazos descubiertos. Su aspecto correspondía al de un simple encargado de almacén, aunque sus movimientos poseían una precisión poco habitual entre los trabajadores portuarios. Al levantar el brazo para indicar a unos cargadores dónde debían colocar una caja, dejó al descubierto un tatuaje sobre la cara interna de la muñeca: un disco solar rodeado por doce pequeñas marcas, atravesado por un signo que Lucio conocía demasiado bien. El Sol Invicto.

La transformación del joven oficial fue inmediata. Los músculos de sus hombros se tensaron bajo la túnica y su mano descendió instintivamente hacia la empuñadura de la espada. Durante un instante, el bullicio del puerto pareció desvanecerse bajo el peso de recuerdos mucho menos ordinarios: criaturas cuya carne no obedecía las leyes naturales, cuerpos alterados mediante ritos abominables y el olor nauseabundo de aquellos seres que retrocedían ante el agua consagrada. El hombre del tatuaje no había hecho nada que justificara una detención, pero Lucio había aprendido que aquella insignia podía encontrarse allí donde la sangre humana terminaba convertida en materia de experimentos monstruosos. Su reacción no escapó a Fausta. La joven, que acababa de disponerse a comentar el precio escandaloso de unas telas, interrumpió la frase a mitad de camino y siguió discretamente la dirección de sus ojos.

—¿Lucio? —preguntó en voz baja. Su tono había perdido toda frivolidad. Observó la posición de la mano del oficial, después al hombre junto al almacén y finalmente a los dos guardias que custodiaban la entrada. No parecía asustada, pero su expresión se había vuelto extraordinariamente atenta. —Conozco esa mirada. Mi padre la pone cuando descubre que alguien ha intentado engañarlo en una negociación. Aunque debo reconocer que jamás lo he visto buscar una espada mientras examina un contrato. —Fausta se aproximó lo suficiente para hablar sin que los transeúntes pudieran escucharla—. ¿Conocéis a ese hombre? ¿Os ha hecho algo?

El individuo del tatuaje terminó de impartir sus instrucciones y recibió de un escribiente una tablilla encerada. La examinó brevemente, señaló un error y devolvió el documento con una brusquedad que hizo inclinar la cabeza al funcionario. Después giró hacia el muelle y su mirada pasó sobre la pareja. Primero observó a Fausta, quizá atraído por la calidad de su vestido; luego reparó en la extraordinaria estatura de Lucio, en su porte militar y finalmente en la mano próxima a la espada. Por una fracción de segundo, su expresión se endureció. Sin embargo, no huyó ni buscó un arma. Se limitó a bajar el brazo tatuado, ocultándolo entre los pliegues de la túnica, y pronunció unas palabras dirigidas a uno de los guardias. Este respondió con una inclinación de cabeza y desapareció por la puerta del almacén.

Fausta había visto el intercambio. Con admirable naturalidad, tomó a Lucio del antebrazo, adoptando ante los curiosos la actitud de una dama que deseaba continuar su paseo acompañada de un caballero distinguido. —Sea quien sea vuestro nuevo conocido, acaba de enviar un mensaje —murmuró sin dejar de sonreír—. Y no me parece que haya sido para invitarnos a cenar. —Sus ojos recorrieron las entradas del depósito, los carros estacionados y el camino que conducía hacia las instalaciones administrativas del puerto—. Hay dos guardias junto a aquella puerta y otro fingiendo examinar unos barriles. Si pensáis hacer alguna imprudencia, os agradecería que me advirtierais antes. Llevo mis mejores sandalias y no quisiera arruinarlas corriendo.

En ese momento, el hombre tatuado volvió a levantar la mirada y sonrió levemente, como si acabara de reconocer algo que llevaba largo tiempo esperando encontrar. Desde el interior del almacén surgió un individuo vestido con una túnica de buena calidad, acompañado por dos servidores. No llevaba armas visibles ni insignias militares, pero el encargado se apresuró a inclinarse ante él con una deferencia que no había mostrado hacia ninguno de los funcionarios presentes. El recién llegado escuchó unas palabras al oído, observó a Lucio desde la distancia y luego hizo un gesto tranquilo con la mano. Los guardias abandonaron sus posiciones junto a la puerta y comenzaron a aproximarse sin prisa.

Fausta apretó ligeramente el brazo del oficial. —Creo, querido cómplice, que nuestra investigación acaba de dejar de ser hipotética.

Los hombres se aproximaron con la seguridad de quienes estaban acostumbrados a intimidar a comerciantes y cargadores. Eran tres, vestidos con túnicas de buena calidad y armados con espadas cortas que, aunque ocultas parcialmente bajo sus mantos, no escaparon a la mirada de Lucio. El mayor, un individuo de barba recortada y nariz aguileña, se adelantó con una cortesía tan calculada que resultaba casi ofensiva. —Caballero, ¿podemos saber qué asunto os trae a estos depósitos? Se trata de propiedades privadas y nuestros patronos prefieren evitar visitas que puedan entorpecer las operaciones comerciales. —Lucio enderezó su imponente figura y respondió con la autoridad de quien había pasado buena parte de su juventud aprendiendo a mandar soldados. Se identificó por su nombre, rango y condición de oficial al servicio imperial, explicó que realizaba una inspección relacionada con el movimiento de suministros y exigió examinar los registros de entrada, las declaraciones de carga y los documentos que acreditaban la propiedad de las mercancías. El cambio en la actitud de los tres hombres fue inmediato. El portavoz abandonó su tono condescendiente y prometió presentar toda la documentación requerida, aunque alegó que varios libros se encontraban bajo custodia de los administradores centrales y que necesitaría algún tiempo para reunirlos.

Lucio no permitió que aquella explicación pusiera fin al encuentro. Se aseguró de despedir a los tres hombres con una solemnidad religiosa deliberadamente exagerada, invocando la protección de Nuestro Señor Jesucristo, la gracia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la intercesión de la Santísima Virgen y las bendiciones de los apóstoles Pedro y Pablo sobre sus personas, familias y negocios. Incluso añadió el deseo de que permanecieran firmes en la verdadera fe nicena y bajo la autoridad de la Iglesia. El efecto fue considerablemente menos piadoso de lo que semejantes buenos deseos habrían debido provocar. El portavoz inclinó la cabeza sin responder a las invocaciones; uno de sus compañeros apartó los ojos al escuchar el nombre de Cristo, y el tercero, que llevaba oculto bajo la manga el mismo emblema solar, pareció experimentar un repentino interés por los adoquines del suelo. Ninguno correspondió con las fórmulas cristianas habituales. Se retiraron después de prometer que los documentos estarían disponibles para la inspección, aunque sus pasos apresurados y las miradas intercambiadas revelaban que aquella visita había alterado considerablemente sus planes.

Fausta contempló cómo desaparecían en el interior del almacén. Después buscó un barril vacío, comprobó con un gesto despreocupado que su superficie estuviera suficientemente limpia y se sentó sobre él, acomodando cuidadosamente los pliegues de su vestido. Había perdido la expresión juguetona con que iniciara el paseo. —Lucio, creo que debo contaros algo. Hay un culto que se ha puesto de moda entre algunas personas de mis círculos sociales. No exactamente entre las familias más respetables, aunque sí entre ciertos hijos de senadores, comerciantes enriquecidos y jóvenes que desean hacer fortuna sin esperar a heredarla. Se hacen llamar devotos del Sol Invicto. Dicen que sus reuniones permiten establecer contactos, conseguir crédito, obtener recomendaciones y entrar en negocios que normalmente estarían reservados a unas pocas familias. Algunos aseguran que sus miembros se ayudan mutuamente con una generosidad extraordinaria. Otros hablan de ceremonias privadas y de juramentos que no pueden revelar. —La joven frunció ligeramente el ceño—. Nunca me han inspirado confianza. Son demasiado solemnes cuando hablan de cosas insignificantes y demasiado evasivos cuando uno les pregunta por sus creencias. Ahora que lo pienso, varios llevan tatuado ese mismo símbolo que habéis estado observando.

Lucio la miró con una atención que Fausta reconoció inmediatamente. Por primera vez desde su encuentro, el joven oficial parecía preguntarse cuánto sabía realmente aquella muchacha y hasta qué punto su aparente inocencia podía ser una máscara. Fausta sostuvo la mirada sin ofenderse, aunque una sombra de decepción cruzó brevemente sus facciones. Él terminó por aprovechar la oportunidad que ella misma le ofrecía. —Me gustaría conocer a alguno de vuestros amigos que, a su vez, conozca a otro amigo importante dentro de ese culto. Quizá yo también necesite establecer ciertos contactos... —Fausta levantó una mano, interrumpiéndolo antes de que pudiera terminar. —¿Para cortarles el cuello en nombre del papa? —preguntó con una serenidad tan absoluta que Lucio quedó momentáneamente sin respuesta. La joven soltó una carcajada breve y negó con la cabeza—. ¡Por favor, Lucio! Os conozco lo suficiente para saber que no os interesan sus negocios. Habéis estado a punto de desenvainar la espada al reconocer un tatuaje, habéis exigido sus documentos con la voz de un tribuno que anuncia una ejecución y después los habéis bendecido como si estuvierais comprobando cuál de ellos comenzaba a arder. Si pretendéis infiltraros en una sociedad secreta, os aconsejo que practiquéis primero el arte de parecer un hombre menos extraordinariamente honrado.

Fausta descendió del barril y comenzó a caminar lentamente a su alrededor, como si examinara a un candidato antes de recomendarlo para un cargo importante. —Veamos. Sois joven, noble, de una familia ilustre y poseéis conexiones militares. Eso os convierte en alguien que podría resultarles muy interesante. Sin embargo, también sois nieto de Flavio Aecio, cristiano hasta la médula y tenéis la desagradable costumbre de parecer dispuesto a juzgar moralmente a cualquiera que respire cerca de vos. Tendremos que resolver ese pequeño inconveniente. —Se detuvo frente a él y sonrió con picardía—. Conozco a un joven llamado Sexto Marcio Lépido, hijo de una familia senatorial bastante venida a menos, aunque él jamás lo admitiría. Frecuenta las mejores casas de Roma, organiza cenas extraordinariamente costosas y asegura que sus nuevas amistades le han permitido recuperar en pocos meses una fortuna que su padre perdió durante veinte años de pésimas inversiones. Tiene debilidad por las carreras, el vino griego y las mujeres que fingen encontrarlo fascinante. Me invitó recientemente a una reunión privada donde, según dijo, conocería a hombres capaces de decidir el futuro económico del Imperio. Rechacé la invitación porque me pareció una forma pomposa de anunciar una orgía.

La joven volvió a mirar hacia el almacén, donde los hombres del tatuaje habían comenzado a cerrar algunas puertas y a ordenar que ciertos carros abandonaran el muelle. —Pero ahora empiezo a sospechar que aquella invitación era bastante más interesante de lo que pensé. Sexto acostumbra reunirse con sus amigos en una villa de los alrededores de Ostia, propiedad de un comerciante oriental llamado Demetrio de Nicomedia. No conozco personalmente a ese hombre, aunque he escuchado que presta dinero a senadores, compra tierras abandonadas y dispone de agentes comerciales en Constantinopla, Cartago y Alejandría. Mi padre dice que nadie puede hacerse tan rico tan rápidamente sin contar con protectores muy poderosos o sin estar cometiendo algún delito extraordinariamente lucrativo. Quizá ambas cosas. —Fausta inclinó ligeramente la cabeza, observando de nuevo la expresión de Lucio—. Si realmente deseáis conocer a esas personas, puedo conseguir que Sexto os invite a una de sus reuniones. No creo que rechace la oportunidad de presumir ante un Aeciano.

Sin embargo, antes de que Lucio pudiera responder, Fausta perdió la sonrisa y se acercó un poco más. —Hay una condición. No permitiré que me utilicéis como una simple llave para abrir una puerta y después me abandonéis entre hombres peligrosos sin explicarme qué ocurre. No necesito conocer todos los secretos del ejército, pero sí saber si esas personas representan un peligro real. Porque, Lucio, algunos de quienes frecuentan esas reuniones son amigos míos desde la infancia. He compartido comidas con ellos, he bailado en sus celebraciones y conozco a sus familias. Si están involucrados en algo terrible, prefiero descubrirlo antes de recomendaros alegremente que entréis en sus casas. —Sus ojos, habitualmente vivaces y burlones, adquirieron una gravedad inesperada—. Así que decidme, querido cómplice: ¿qué habéis visto para que un simple símbolo tatuado os haga buscar vuestra espada?

—Demonios en la oscuridad que arden al contacto con lo sagrado y mueren cuando el hierro les atraviesa el pecho —respondió Lucio, sin apartar los ojos de Fausta—. Las heridas de hace unas semanas, aquellas que me mantuvieron postrado en cama, me las causó una de esas cosas. Donde conseguí matarla encontré ese mismo símbolo, un altar y los restos de un festín.

Fausta permaneció inmóvil. Durante algunos segundos, el estrépito de Portus pareció ocupar todo el espacio que había dejado el silencio entre ambos. Un capataz maldecía a sus cargadores, las poleas chirriaban bajo el peso de una enorme ánfora y, a pocos pasos, dos comerciantes discutían el precio del aceite africano como si el mundo continuara siendo un lugar perfectamente razonable. La joven miró el pecho de Lucio, recordando los rumores acerca de las heridas que habían puesto en peligro su vida. Hasta entonces había supuesto que se trataba de algún combate contra bandidos o desertores, quizá una escaramuza suficientemente importante para que los amigos del oficial la adornaran con exageraciones. Pero Lucio no era hombre dado a inventar hazañas, y lo que acababa de confesar no tenía nada de glorioso. —¿Un festín? —repitió finalmente, en voz baja—. Decidme que habláis de animales sacrificados. —Su expresión cambió apenas observó el rostro del joven—. No. No me lo digáis. Creo que prefiero conservar esa duda.

La muchacha se apartó del tránsito de los trabajadores y buscó la sombra de una columna. Allí permaneció unos instantes, con los brazos cruzados y los ojos fijos en el suelo. —Cuando Sexto comenzó a frecuentar ese círculo, lo primero que noté fue el dinero. Pagó deudas, recuperó propiedades y empezó a vestir como si su familia jamás hubiera conocido una mala cosecha. Después cambió su manera de hablar. Decía que el mundo estaba envejecido, que las antiguas familias habían perdido el derecho a gobernarlo y que pronto amanecería una época en la cual los hombres dignos ocuparían el lugar que les correspondía. Pensé que repetía las estupideces de algún filósofo oriental. —Alzó la vista—. También hablaba mucho de la pureza. De purificar Roma, las instituciones, incluso la sangre de quienes habían permitido la decadencia del Imperio. Me pareció una forma especialmente desagradable de conversar durante una cena.

Fausta volvió a mirar los depósitos. El hombre del tatuaje había desaparecido, pero dos trabajadores continuaban trasladando las cajas reforzadas hacia el interior del almacén. —Hubo otra cosa —añadió—. En una reunión celebrada durante la primavera, Sexto presentó a una muchacha que decía haber conocido en casa de Demetrio. Era extraordinariamente hermosa, pero apenas hablaba y parecía... enferma. Tenía las manos muy frías. Lo recuerdo porque me tomó de los dedos para saludarme y sentí como si hubiera estado sumergiéndolos en agua de pozo. Sexto aseguró que se encontraba recuperándose de unas fiebres. —La joven arrugó la frente, buscando un recuerdo más preciso—. No volvió a aparecer en ninguna de nuestras reuniones. Cuando pregunté por ella, me dijeron que había regresado con su familia a Oriente. No sé si aquello tiene relación con lo que me contáis, Lucio, pero ahora desearía haber preguntado su nombre.

Su expresión se endureció progresivamente. —Me habéis dicho que esas criaturas pueden herir a un soldado como vos, que existe un altar marcado con el mismo símbolo y que algunos de mis conocidos están enriqueciendo a los hombres que lo utilizan. Eso significa que quizá he compartido mesa con personas capaces de tolerar semejantes atrocidades. —Se llevó una mano a la garganta, donde descansaba una pequeña cruz de oro—. Y pensar que una vez se burlaron de mí porque quise marcharme antes de una de sus ceremonias privadas. Uno de ellos dijo que los cristianos todavía temíamos demasiado a la oscuridad. Le respondí que la oscuridad no me molestaba, siempre que sus habitantes fueran suficientemente educados para presentarse.

La broma apenas consiguió arrancarle una sonrisa. Fausta contempló la cruz que llevaba al cuello y, después de un instante de vacilación, la ocultó bajo el escote de su vestido. No se la quitó. —Conseguiré la invitación de Sexto —resolvió—. Le diré que os he encontrado en Portus, que estáis interesado en nuevas oportunidades comerciales y que vuestra familia podría disponer de capital para invertir. No tendrá que fingir entusiasmo; la sola posibilidad de presentarle un Aeciano a sus protectores le parecerá irresistible. Pero os advierto algo: no voy a entrar en ninguna ceremonia secreta, ni beberé lo que me ofrezcan sin saber de dónde procede. Tampoco quiero que intentéis sorprender a esos hombres mostrando vuestra espada antes de averiguar cuántos son y quién los protege.

Entonces ocurrió algo que terminó de disipar la aparente tranquilidad del paseo. Desde uno de los depósitos salió un hombre con vestiduras de funcionario, acompañado por un escribiente que transportaba varios rollos sellados. El primero se detuvo junto a un carro y mostró brevemente un documento a los guardias. Sobre la cera podía reconocerse el sello de una oficina vinculada a la administración imperial; no era el símbolo del Sol Invicto, sino una marca perfectamente legítima. Los hombres del almacén lo dejaron pasar sin efectuar comprobación alguna. Fausta observó la escena con el rostro pálido.

—Lucio —murmuró—, no sé mucho de demonios, pero entiendo bastante bien cómo funcionan las amistades entre los ricos. Un culto que solamente promete fortuna puede ser una estafa. Uno que dispone de almacenes, barcos, oro y funcionarios imperiales es algo mucho más peligroso. —Se acercó al joven oficial, recuperando apenas una sombra de su habitual ironía—. Por lo visto, querido cómplice, no solamente tendréis que salvarme de las criaturas de la oscuridad. Quizá también debamos averiguar quién les está pagando el alquiler.

Fausta guardó silencio un momento y añadió, ya sin rastro de humor:

—Hay algo que necesito preguntaros antes de volver a ver a Sexto. Cuando encontrasteis aquel altar y los restos del festín... ¿había alguna señal de que los sacrificios fueran recientes? Porque si esa sociedad continúa reuniéndose y aquellas personas siguen desapareciendo, puede que la próxima invitación no sea para una cena.

La pregunta de Fausta quedó suspendida entre ambos cuando un gato negro atravesó el pórtico con la cola erguida y la solemne indiferencia de quien se considera propietario de todas las instalaciones portuarias. La joven lo siguió con la mirada, sorprendida por encontrar un animal tan bien cuidado entre los almacenes. Un instante después apareció otro, atigrado y de patas blancas, que avanzaba con idéntica determinación. Luego un tercero, de pelaje rojizo, saltó desde una pila de ánforas y se incorporó a la pequeña comitiva. Ninguno parecía interesado en los desperdicios de los pescadores ni en los ratones que abundaban por los muelles. Caminaban hacia el mismo lugar, como si obedecieran una convocatoria silenciosa.

—¡Qué curioso! —murmuró Fausta—. No sabía que los gatos de Portus celebraran sus propias procesiones.

El primero de los animales se detuvo junto a un carruaje de viaje estacionado bajo la sombra de unos plátanos. Era un vehículo elegante, aunque desprovisto de los adornos ostentosos que solían exhibir los aristócratas deseosos de anunciar su riqueza. Sus herrajes estaban bien conservados, los caballos parecían descansados y un cochero de expresión paciente sostenía las riendas mientras contemplaba, sin especial sorpresa, la reunión de felinos que comenzaba a formarse alrededor de las ruedas. La portezuela se abrió y descendió un hombre vestido con una túnica de lino claro y un manto de excelente lana. Apenas puso los pies sobre los adoquines, el gato negro acudió a restregarse contra sus sandalias, seguido inmediatamente por sus dos compañeros. El recién llegado se inclinó con una naturalidad encantadora, acarició al primero detrás de las orejas y dedicó unas palabras cariñosas al segundo, que respondió arqueando el lomo.

Lucio lo reconoció antes incluso de que terminara de incorporarse. La rigidez que había dominado su rostro durante la conversación sobre el Sol Invicto desapareció de golpe. Sus hombros se relajaron, su mano se apartó definitivamente de la espada y la severidad del joven oficial dio paso a una alegría espontánea, casi infantil, que Fausta no le había visto hasta entonces.

—Hola... tío Flavio.

El hombre levantó la cabeza y sus facciones se iluminaron con una sonrisa de sincero afecto. —¡Lucio! ¡Por los santos, muchacho! ¿Acaso tu madre te alimentó con carne de gigantes? —exclamó, contemplando la extraordinaria estatura de su sobrino—. Cada vez que te encuentro debo levantar más la cabeza. Si continúas creciendo, terminaré solicitando una escalera para darte un abrazo. —Se acercó sin ceremonia y lo estrechó entre sus brazos con la familiaridad de un pariente que jamás había considerado necesario guardar distancias ante los hijos de su hermana. Después lo sujetó por los hombros, examinándolo con evidente satisfacción—. Dejad que os mire. El uniforme os sienta magníficamente, aunque esa expresión de centurión que acaba de descubrir un desfalco no os favorece demasiado. Tenéis los ojos de vuestra madre cuando alguien la contradice y la mandíbula de los Aecianos cuando deciden que van a conquistar una provincia. ¡Una combinación verdaderamente peligrosa!

Flavio, hermano de Valeria Crispiana Severina, pertenecía a esa clase de aristócratas romanos cuya presencia parecía volver más agradable cualquier reunión. De porte elegante, modales refinados y una belleza madura que conservaba buena parte del atractivo de su juventud, poseía un rostro de facciones armoniosas, una sonrisa fácil y unos ojos extraordinariamente expresivos. Su cabello, cuidadosamente arreglado sin excesiva afectación, mostraba las primeras señales de la edad, aunque nada en su figura sugería decadencia física. Hablaba con una voz cálida, ligeramente musical, y poseía la rara habilidad de escuchar como si los asuntos ajenos fueran verdaderamente importantes. No necesitaba alzar el tono para hacerse atender ni recurrir a la solemnidad para inspirar respeto. Su cortesía resultaba tan natural con los esclavos como con los senadores, circunstancia que le había ganado afectos en lugares donde otros nobles solamente conseguían obediencia. Y, por encima de casi todas sus aficiones mundanas, estaba su extraordinaria debilidad por los gatos, animales que parecían reconocerlo instintivamente y buscar su compañía incluso cuando jamás lo habían visto.

—Y vos debéis de ser la encantadora dama que ha conseguido apartar a mi sobrino de sus obligaciones militares —observó, volviéndose hacia Fausta con una reverencia perfectamente ejecutada—. Permitidme presentarme: Flavio Severiano Varo, hermano de su madre y, según ciertas personas malintencionadas de nuestra familia, responsable de haberle enseñado algunos de sus peores hábitos. Aunque debo protestar: sus virtudes proceden enteramente de mi influencia, mientras que sus defectos pertenecen, sin duda, a la rama paterna. —Fausta respondió con una inclinación elegante, visiblemente complacida por semejante presentación. —Fausta, mi señor. Una vieja amiga de Lucio. —¡Una amiga! ¡Excelente noticia! —exclamó Severiano—. Ya comenzaba a temer que este muchacho terminara enamorándose de un estandarte militar. Mi hermana se alegrará cuando se lo cuente, aunque procuraré no adornar demasiado la historia.

Mientras conversaban, el gato rojizo había comenzado a frotarse insistentemente contra sus piernas. Severiano interrumpió sus palabras para recogerlo y acariciarle la cabeza. —Perdonadme. Este caballero considera que las obligaciones familiares no justifican desatender las suyas. —El animal respondió con un ronroneo satisfecho, mientras los otros dos aguardaban pacientemente su turno. Fausta no pudo evitar sonreír. Aquel hombre poseía una afabilidad extraordinaria, una elegancia carente de afectación y una facilidad casi sobrenatural para inspirar confianza. Nada en sus gestos sugería arrogancia o crueldad. Incluso su afecto por Lucio resultaba manifiestamente sincero, como correspondía a un tío que había conocido al muchacho desde su nacimiento y sentía verdadero orgullo por sus progresos.

—Pero decidme, querido Lucio, ¿qué os trae a Portus? —preguntó finalmente, mientras acariciaba al gato que sostenía—. He venido a resolver algunos asuntos comerciales y pensaba regresar a Roma antes del anochecer. Aunque ahora que os encuentro, sería una descortesía imperdonable no invitaros a comer. A vos también, naturalmente, mi querida Fausta. Conozco un establecimiento donde preparan un pescado excelente y cuyo propietario tiene la sensatez de permitir la entrada a los gatos.

Flavio acomodó al animal sobre su antebrazo con la delicadeza de una madre que sostiene a un niño dormido. El pequeño felino cerró los ojos y comenzó a ronronear, completamente ajeno al hecho de que descansaba tranquilamente entre los brazos de uno de los seres más peligrosos que caminaban sobre la tierra.

 

Crónicas del renacer de occidente. Carta 8 de agosto de 1218 AUC

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8 de agosto de 1218 AUC 

Lucio Aeciano a su venerable abuelo, Flavio Aecio.

Salve, venerable abuelo:

Me he desempeñado lo mejor que he podido en los deberes que me han sido confiados, y mi carrera militar progresa favorablemente. Pronto comenzaré también mi carrera política, tal como me lo habéis indicado, procurando que mis acciones estén siempre a la altura del nombre de nuestra familia.

Sin embargo, debo mencionaros un asunto que me inquieta profundamente. Ha aparecido un culto oscuro que se hace llamar Sol Invicto, aunque sospecho que ese nombre no es más que una tapadera para ocultar a verdaderos adoradores del Enemigo. He visto con mis propios ojos las aberraciones que sus ritos son capaces de invocar: criaturas antinaturales, contrarias a las leyes de Dios y de los hombres, que parecen ser vulnerables al agua bendita.

Estas criaturas me recuerdan a aquella que vos mismo abatisteis hace años, en presencia del emperador. Me temo, abuelo, que nuestra estirpe está ligada a este problema de una manera que todavía no alcanzo a comprender. Por ello necesito vuestra ayuda y vuestro consejo. Vuestra experiencia en asuntos semejantes es mucho mayor que la mía, y quisiera saber qué recordáis de aquel encuentro y qué medidas consideráis prudente adoptar.

Os ruego que transmitáis mis saludos a mi hermano menor. Nuestra madre me ha escrito que finalmente se ha recuperado de su enfermedad, noticia que me ha llenado de alegría. Procuraré encontrar algún intervalo entre mis deberes militares y las nuevas obligaciones políticas para visitaros y comprobar personalmente que se encuentra bien.

Que Nuestro Señor os conserve la salud y la fortaleza durante muchos años más. Espero que mis acciones continúen siendo dignas de vuestro afecto y de la confianza que siempre habéis depositado en mí.

Que Dios os guarde.

Lucio Aeciano

 

domingo, 1 de noviembre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. El oso, la cantora y los pergaminos imposibles

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La inteligencia artificial continuaba hablando en el interior de la mente de Marco mientras este examinaba los pequeños recipientes preparados sobre la mesa. El ungüento contenía dos principios antibióticos de origen diferente: uno procedente de cultivos asociados a la fermentación de cerveza, identificado como un compuesto betalactámico, y otro obtenido de determinados mohos del pan, perteneciente a la familia de las penicilinas. La interfaz desplegaba las concentraciones calculadas, los márgenes de estabilidad, las posibles reacciones adversas y una estimación de la evolución de los tejidos lesionados. Aquella combinación prometía reducir considerablemente el riesgo de infección y favorecer una cicatrización más limpia, aunque el sistema advertía que ninguna intervención podía garantizar la desaparición completa de las marcas. «Concentraciones dentro de los parámetros establecidos. Riesgo de infección bacteriana reducido. Pronóstico de regeneración favorable. Se recomienda vigilancia de la respuesta inflamatoria». Marco asintió imperceptiblemente. La precisión de aquellos cálculos contrastaba con los procedimientos habituales de la medicina romana, donde todavía abundaban los tratamientos basados en sangrías, cauterizaciones y preparados minerales de dudosa eficacia. Sin embargo, el muchacho sabía que una cosa era disponer del conocimiento necesario y otra muy distinta conseguir que los instrumentos y materiales del siglo V reprodujeran fielmente aquello que la inteligencia artificial describía.

Albia permanecía recostada boca abajo sobre un pequeño lecho, con el cabello rojizo recogido cuidadosamente para evitar que rozara las heridas. Habían dejado descubierta únicamente la espalda, cuya superficie mostraba una combinación desoladora de lesiones recientes y cicatrices antiguas. Algunas eran líneas delgadas y blanquecinas que habían cicatrizado años atrás; otras formaban pequeños relieves irregulares donde la piel había sanado de manera imperfecta. Las marcas más recientes, provocadas por Damaris la noche anterior, atravesaban aquellas señales antiguas y presentaban regiones inflamadas que preocupaban especialmente a Menas. Marco las examinó en silencio. Conocía suficientemente bien la anatomía humana para distinguir los diferentes estados de cicatrización y comprender que algunas de aquellas lesiones no podían atribuirse a un único castigo. La muchacha había sido azotada repetidamente durante su vida, y ciertas marcas pertenecían evidentemente a una época anterior a su llegada al servicio personal de Marco. La inteligencia artificial comenzó a señalar las zonas de mayor riesgo, diferenciando los tejidos inflamados de las cicatrices consolidadas. Aquella información resultaba útil, pero también desagradable. El muchacho había dedicado meses a estudiar la resistencia del acero, las propiedades de los minerales y la anatomía de innumerables animales, mientras una persona que vivía prácticamente a su lado conservaba sobre la espalda pruebas de sufrimientos a los que él apenas había prestado atención.

—Tu madre ha sido muy clara —comentó Menas, entregándole el recipiente—. «Deja que el niño la toque, Menas. Después de todo, la muchacha le pertenece». ¡Por Asclepio! Esa mujer posee una imaginación que terminará por arruinarnos a todos. —El alejandrino rio discretamente al recordar la expresión maliciosa de Valeria, que parecía encontrar una satisfacción particular en interpretar cualquier atención de su hijo hacia Albia como el comienzo de alguna complicación doméstica futura. Sin embargo, su diversión desapareció cuando Marco comenzó a trabajar. El muchacho se lavó cuidadosamente las manos, preparó las vendas y dispuso los instrumentos con una precisión que no tenía nada de infantil. Examinó las heridas antes de aplicar el preparado, evitó las regiones más sensibles y preguntó a Albia si experimentaba dolor, ardor o alguna sensación diferente de las que había sentido durante la noche. Menas observaba con creciente interés. Había conocido médicos de Constantinopla, Alejandría y Roma que poseían una formación considerablemente más extensa que la de su discípulo, pero pocos demostraban semejante disciplina en los procedimientos. Marco no parecía interesado en impresionar a nadie. Actuaba con la concentración de quien sabe exactamente qué está buscando y no desea distraerse hasta haber terminado.

—¿Te duele aquí? —preguntó Marco, examinando una de las regiones próximas al hombro. —Un poco, mi señor —respondió Albia, apretando los dedos contra la almohada—. Pero menos que anoche. —Bien. Dímelo si empieza a arder o notas algo extraño. No necesitas soportarlo en silencio. —Menas levantó ligeramente las cejas. Aquel muchacho, que en ocasiones parecía considerar las emociones humanas una molestia secundaria frente a los problemas matemáticos, demostraba ahora una delicadeza notable. Sus manos eran firmes, sus movimientos económicos y su atención permanecía concentrada en las reacciones de la paciente. El alejandrino había visto a Marco regresar de la herrería con quemaduras que describía mediante cálculos sobre el tiempo de recuperación, pero jamás lo había observado tan cuidadoso al tratar una lesión ajena. Si decidiera dedicarse verdaderamente a la medicina, pensó Menas, no cabía duda de que podría convertirse en uno de los médicos más solicitados del Imperio antes de alcanzar la edad adulta. Con sus conocimientos y el respaldo de los Aecianos, quizá terminaría atendiendo al propio emperador. Aunque, conociendo las ambiciones de la familia, probablemente habría que convencerlo de que curar a un soberano resultaba preferible a reemplazarlo.

Pero había algo que inquietaba al alejandrino mucho más que las propiedades del ungüento. Marco examinaba las heridas con una serenidad extraordinaria, identificando sus características, consultando mentalmente conocimientos que Menas desconocía y realizando observaciones cuya precisión parecía impropia de su edad. En ocasiones, aquella inteligencia resultaba maravillosa; en otras, producía una impresión casi perturbadora. El muchacho podía contemplar una lesión terrible y comenzar inmediatamente a calcular probabilidades, tiempos de recuperación y consecuencias fisiológicas, como si el sufrimiento fuese un problema geométrico que necesitara solución. Menas comprendía perfectamente el valor de semejante capacidad. La medicina exigía conservar la razón incluso cuando el paciente gritaba, sangraba o estaba a punto de morir. Pero también sabía que un buen médico debía reconocer algo más que tejidos, órganos y enfermedades. Las cicatrices de Albia no eran solamente alteraciones anatómicas. Eran el resultado de decisiones humanas, de abusos cometidos por personas que habían considerado aceptable causar aquel dolor. Y ninguna preparación medicinal, por extraordinaria que fuese, podía corregir por sí sola la causa que había producido aquellas heridas.

—Hay cicatrices muy antiguas —comentó finalmente Menas, inclinándose para observar una de las marcas que cruzaban la región inferior de la espalda—. Algunas parecen tener varios años. —Lo sé —respondió Marco sin interrumpir su trabajo—. Estas ya han terminado de cicatrizar. El ungüento no conseguirá eliminarlas. —No estaba preguntando por el tratamiento, muchacho. —Marco levantó entonces la mirada. Menas señaló suavemente una de las marcas blanquecinas y después contempló a Albia, que había permanecido callada durante toda la conversación—. Me pregunto cuántas veces habrá tenido que soportar algo semejante antes de que nosotros comenzáramos a preocuparnos por ello. —La muchacha bajó los ojos, incómoda por convertirse repentinamente en el centro de aquella reflexión. Marco permaneció inmóvil unos instantes, sosteniendo todavía el pequeño instrumento con el que distribuía el preparado. La inteligencia artificial continuaba mostrando sus cálculos, indiferente a cuanto acababa de decir el alejandrino. Por primera vez aquella mañana, el muchacho apartó deliberadamente la atención de las cifras y contempló a Albia, no como una paciente cuyo proceso de recuperación debía optimizarse, sino como una persona cuya historia apenas conocía.

—Albia —preguntó finalmente, con una suavidad que hizo levantar los ojos a la muchacha—, ¿quién te hizo esas cicatrices antiguas?

—La señora Damaris, mi señor —respondió Albia, bajando la mirada mientras Menas terminaba de acomodarle las vendas sobre los hombros. Marco contempló durante unos instantes las cicatrices antiguas, algunas tan profundas que habían dejado pequeños relieves sobre la piel, y luego retiró cuidadosamente los instrumentos de la mesa. No parecía sorprendido, aunque su expresión se había endurecido ligeramente. —Bien, tendrás que recomponerte. Nos espera un viaje largo y deberás soportar el dolor durante varios días. No podemos detener toda la caravana cada vez que necesites descansar. —Albia asintió, pero cuando Marco comenzó a explicarle que debía mantener las heridas limpias, evitar determinados movimientos y avisar si aparecía fiebre, la muchacha se incorporó con dificultad y lo abrazó repentinamente, enterrando el rostro contra su pecho. —Si me quedo aquí, moriré, mi señor —susurró entre lágrimas. Marco permaneció inmóvil, sorprendido por aquel arrebato de afecto, y después respondió con su habitual franqueza—. Sí. —Menas estuvo a punto de soltar una carcajada. No porque encontrara divertida la desgracia de Albia, sino porque aquella respuesta resumía perfectamente la desconcertante personalidad de su discípulo. Cualquier otro muchacho habría prometido protegerla, le habría dicho que no debía preocuparse o habría pronunciado alguna de esas frases tranquilizadoras que rara vez significaban algo. Marco, en cambio, había considerado la afirmación, evaluado sus probabilidades y confirmado su conclusión con la misma naturalidad con que habría respondido a una pregunta sobre la temperatura del agua. —¡Por Asclepio, muchacho! —murmuró el alejandrino, sacudiendo la cabeza—. Algún día tendrás que aprender que ciertas verdades pueden acompañarse de unas cuantas palabras amables. —¿Para qué? —repuso Marco—. Ya viene con nosotros. No tiene nada que temer mientras permanezca a mi lado. —Menas abrió la boca para responder, pero decidió que aquella última frase era, a su manera, una declaración de afecto bastante más sincera de lo que parecía.

Todavía era de noche cuando abandonaron la estancia. Las primeras luces del amanecer apenas comenzaban a perfilar las montañas, y los corredores de Ferrata permanecían iluminados por lámparas cuyo aceite estaba a punto de consumirse. En los patios inferiores ya se escuchaba la actividad de los servidores encargados de preparar los animales de tiro, revisar los equipajes y disponer las provisiones para el descenso. Marco caminaba junto a Albia, procurando adaptar sus pasos a los de la muchacha, mientras Menas los acompañaba cargando una pequeña bolsa con medicamentos y vendas limpias. —Recuerda que deberás descansar siempre que sea posible —le advirtió el alejandrino—. Y nada de cargar equipajes, ayudar con los animales ni realizar esas tareas que tus compañeras consideran indispensables. Si alguien te ordena trabajar, dile que Menas Diodoro lo ha prohibido expresamente. —¿Y si no me creen, maestro? —preguntó Albia con timidez. —Entonces envíalos a discutir conmigo. Disfruto extraordinariamente explicando a los ignorantes por qué sus opiniones son estúpidas. —Marco sonrió ante aquella respuesta, pero su diversión desapareció cuando, al doblar una esquina, encontraron a Damaris avanzando desde las dependencias domésticas.

La anciana se detuvo inmediatamente al descubrir a Albia. Durante un instante, sus ojos se endurecieron con una expresión tan desagradable que la muchacha retrocedió instintivamente hacia Marco. Damaris había pasado buena parte de la noche reflexionando sobre la humillación sufrida ante Valeria, y todavía sentía como una herida abierta la amenaza de recibir diez latigazos por cada golpe que volviera a descargar sobre la pelirroja. Verla caminando junto al joven dominus, protegida por el médico y aparentemente libre de cualquier obligación doméstica, le provocó una nueva oleada de resentimiento. Estuvo a punto de reprenderla por abandonar sus tareas antes del amanecer, pero la presencia de Menas le recordó que cualquier intervención contra la muchacha podía convertirse en otro desastre. Buscó entonces un destinatario diferente para su irritación. —¡Ah, el griego! —exclamó, frunciendo los labios—. Ya veo que continúas llenando la cabeza de nuestro joven señor con tus costumbres perturbadoras. Desde que llegaste a esta casa no haces más que enseñarle a abrir cadáveres, mezclar sustancias inmundas y cuestionar cuanto los buenos cristianos sabemos por la gracia de Dios. ¿Acaso no tienes suficiente con tus libros paganos? ¿También necesitas convertir las habitaciones de los niños en talleres de nigromancia? —Menas la contempló con una expresión de paciente incredulidad. —Buenos días también para ti, mater Damaris. Confío en que hayas descansado satisfactoriamente. —¡No te burles de mí, alejandrino! —replicó ella—. Conozco a los hombres de tu especie. Hablan de filosofía, de razón y de naturaleza, pero nunca los vemos arrodillados en la iglesia. Enseñas al muchacho a confiar más en tus hierbas y en tus experimentos que en las oraciones. ¡Y luego nos sorprendemos de que los niños pierdan el respeto por sus mayores!

Menas levantó ligeramente las cejas, dispuesto a responder, pero Marco se adelantó con una tranquilidad que resultó mucho más irritante que cualquier exclamación. —Lanzas demasiadas piedras, nutrix. ¿Acaso ya te confesaste tan temprano? —La pregunta fue acompañada de una sonrisa perfectamente inocente, aunque sus ojos revelaban una intención muy distinta. Damaris abrió la boca, pero ninguna palabra consiguió salir de ella. Por un momento creyó que el muchacho conocía algo acerca de sus encuentros privados con Cateuncio, y aquel pensamiento la hizo enrojecer violentamente. Menas, que ignoraba buena parte de aquellas circunstancias, comprendió al menos que la observación había encontrado un punto extraordinariamente sensible. Se acarició la barba para ocultar una sonrisa y decidió guardar silencio. Marco aprovechó la confusión para tomar nuevamente la mano de Albia. —Vamos, pelirroja. Tenemos una montaña que bajar y una ciudad que conquistar. —Y sin conceder a su antigua nodriza oportunidad de recomponerse, echó a correr hacia el corredor que comunicaba con el patio principal.

—¡Marco! ¡Por todos los santos, no hagas correr a la muchacha! —protestó Menas, siguiéndolos con una mezcla de indignación y diversión. El muchacho apenas había dado unos pasos apresurados cuando sintió que Albia no podía mantener su ritmo. La muchacha soltó una pequeña exclamación al sentir cómo las heridas tiraban de la piel de su espalda, y Marco redujo inmediatamente la velocidad, aunque procuró disimularlo fingiendo que solamente deseaba examinar los carros que aguardaban junto a la entrada. Albia lo siguió con una sonrisa dolorida, agradecida de haber escapado nuevamente de la presencia de Damaris. Detrás de ellos, el alejandrino todavía reía entre dientes, maravillado por aquella extraordinaria capacidad de su discípulo para encontrar las palabras precisas con que desarmar a sus adversarios. La anciana permaneció sola bajo las lámparas agonizantes del corredor, contemplando el lugar por donde habían desaparecido. Había criado a Marco, lo había sostenido en sus brazos cuando apenas sabía caminar y todavía recordaba sus primeras palabras. Sin embargo, aquel niño al que llamaba cariñosamente su pequeño señorito comenzaba a convertirse en un desconocido, alguien capaz de mirarla con afecto un día y herirla con una sola frase al siguiente. Y lo que más la perturbaba no era su insolencia, sino la sospecha de que Marco sabía mucho más de cuanto estaba dispuesto a decir.

Al llegar al patio principal encontraron a Valeria Crispiana Severina supervisando los últimos preparativos del viaje, mientras Flavia permanecía a su lado, entretenida en dar instrucciones a unos servidores que, por supuesto, no tenían obligación alguna de obedecerla. La matrona vestía una túnica de viaje color marfil, protegida por un manto de lana fina, y llevaba el cabello cuidadosamente recogido bajo un velo que no conseguía ocultar del todo su satisfacción por abandonar las montañas. Junto a ellas se encontraba Armin, a quien los trabajadores de Ferrata habían comenzado a llamar el Oso. Apenas era un par de años mayor que Marco, pero ya alcanzaba la estatura de Valeria y poseía una constitución extraordinariamente robusta, con hombros anchos, brazos poderosos y unas manos que parecían haber sido fabricadas para levantar piedras de molino. Su rostro conservaba todavía la redondez de la juventud, circunstancia que contrastaba con un cuerpo cuyo crecimiento parecía adelantarse varios años al de sus compañeros. No era particularmente hablador, pero poseía dos cualidades que la matrona había comenzado a apreciar: una lealtad casi inquebrantable y una capacidad singular para comprender las órdenes antes de que terminaran de pronunciárselas. Si Valeria señalaba un cofre, Armin sabía si debía cargarlo, abrirlo o trasladarlo al carro correspondiente; si una rueda comenzaba a atascarse, el muchacho acudía sin esperar instrucciones, y si Flavia se aproximaba demasiado a los animales de tiro, se interponía discretamente entre ella y cualquier peligro. Aquella combinación de fuerza, discreción y buen juicio resultaba especialmente atractiva para una mujer que llevaba toda su vida tratando con servidores capaces de discutir durante media hora acerca de una tarea que habría requerido apenas unos instantes.

—¡Ah, aquí está mi pequeño filósofo! —exclamó Valeria al descubrir a Marco, aunque su sonrisa se atenuó al advertir que Albia caminaba a su lado con cierta dificultad—. Confío en que Menas haya terminado sus experimentos médicos antes de que nos alcance el invierno. —No son experimentos, domina, sino tratamientos —repuso el alejandrino, que acababa de llegar detrás de ambos—. Aunque comprendo que para ciertas personas cualquier procedimiento que no incluya invocar a Galeno y rezar tres oraciones resulte sospechoso. —Valeria rio y agitó ligeramente su abanico, pero pronto regresó su atención a Armin, que acababa de levantar sin aparente esfuerzo uno de los pesados cofres de viaje. —Ven aquí, muchacho. Déjame verte. —El joven obedeció inmediatamente, dejó el equipaje donde correspondía y se presentó ante ella con la espalda recta y las manos a los costados. Valeria lo contempló con manifiesta satisfacción, palpándole los hombros y después los brazos con el interés práctico de quien examina un toro joven, manso y extraordinariamente poderoso. No había en aquel reconocimiento físico ninguna intención galante, sino una apreciación casi ganadera de la robustez, la buena salud y las posibilidades futuras de un servidor particularmente prometedor. —¡Por todos los santos, cómo estás creciendo! Apenas hace unos meses llegabas a mi hombro y ahora tendré que levantar la cabeza para regañarte. Tienes buena espalda, brazos fuertes y, por fortuna, bastante más juicio que algunos hombres que te doblan la edad. ¿Cuántos años tienes ya, Armin? —El muchacho respondió con su habitual brevedad, y Valeria asintió complacida—. Magnífico. Creo que ha llegado el momento de que comiences a ejercitarte seriamente con las armas.

Flavia levantó inmediatamente la cabeza, interesada por aquella decisión. —¿Armin va a convertirse en soldado, mamá? —Todavía no, mi amor. Pero tu hermano necesita hombres de confianza, y prefiero tener junto a él a alguien que haya crecido en nuestra casa antes que contratar a un desconocido que solamente sepa contar sus monedas. —La matrona volvió hacia Armin una mirada mucho más seria—. Escúchame bien, muchacho. Hablaré con el herrero para que te instruya en el manejo de las armas y compruebe tus aptitudes. Quiero que aprendas a utilizar la espada, la lanza y el escudo, pero también que sepas proteger a otra persona sin dejarte arrastrar por la ira. Ser fuerte es una virtud; ser fuerte y estúpido constituye una calamidad. Si el herrero considera que sirves para el oficio y demuestras que eres digno de nuestra confianza, te concederé la libertad. Tendrás un estipendio, podrás formar una familia y recibirás un nombre romano como corresponde a un liberto de una casa respetable. ¡Todo el asunto! Hasta podrás quejarte de los impuestos como cualquier ciudadano honrado. —Armin abrió ligeramente los ojos. Su expresión habitualmente imperturbable se quebró durante un instante y pareció que iba a pronunciar un discurso, pero finalmente se limitó a inclinar profundamente la cabeza—. Os serviré fielmente, domina. —Eso espero, muchacho. Y no quiero que sirvas solamente por agradecimiento. Quiero que aprendas a cumplir tu deber porque comprendes su importancia. Un guardaespaldas que únicamente sabe obedecer órdenes puede resultar inútil precisamente cuando más se lo necesita.

Marco observó aquella conversación con interés, mientras Albia permanecía discretamente a su lado. La promesa de manumisión había producido en Armin una reacción mucho más profunda que cualquier elogio de su fuerza. El joven había permanecido prácticamente inmóvil, pero sus manos se habían cerrado durante unos segundos y había necesitado respirar antes de responder. Flavia, entretanto, examinaba los brazos del muchacho con una curiosidad semejante a la de su madre. —¿Y podrá levantar a Marco con una sola mano? —preguntó. —Flavia —repuso Valeria con fingida severidad—, no estamos comprando un oso para entretenernos durante las Saturnales. —¡Pero todos lo llaman el Oso! —Precisamente, y si sigues molestándolo terminará creyendo que tiene derecho a comerse a las pequeñas serpientes que no dejan de hacer preguntas. —La niña se refugió inmediatamente detrás de la matrona, riendo, mientras Armin permanecía tan serio que resultaba imposible determinar si había comprendido la broma. Marco, por su parte, contempló al muchacho y después a Albia. Ambos pertenecían a la misma condición servil, pero sus perspectivas comenzaban a separarse por razones que nada tenían que ver con sus deseos: Armin poseía una fuerza que Valeria consideraba útil para proteger a su hijo, mientras que Albia había necesitado demostrar un talento extraordinario y sobrevivir a una paliza para obtener una posición menos vulnerable. Aquella diferencia no pasó inadvertida para el joven Aeciano.

Valeria dio por concluida la inspección con una palmada afectuosa sobre el hombro de Armin y señaló uno de los carros. —Ahora ve y comprueba que los equipajes de los niños estén bien sujetos. Y procura que Albia tenga un lugar cómodo, porque Menas me ha repetido tantas veces que no debe esforzarse que comienzo a sospechar que desea convertirla en una princesa. —El Oso obedeció de inmediato. Antes de retirarse, sin embargo, dirigió a Marco una mirada breve, casi interrogativa, como si quisiera asegurarse de que había comprendido correctamente sus futuras obligaciones. El muchacho respondió con un pequeño asentimiento, y Armin se alejó hacia los vehículos sin pronunciar otra palabra. Valeria lo siguió con los ojos y sonrió, satisfecha. —Ese joven me agrada. No habla más de lo necesario, comprende lo que se le pide y tiene la fuerza de tres hombres. Con un poco de educación militar podría convertirse en un servidor verdaderamente formidable. —Menas, que había presenciado todo el intercambio, se acarició la barba—. Una combinación admirable, domina. Aunque personalmente añadiría que también convendría enseñarle a pensar por sí mismo. —¡Naturalmente, griego! —replicó Valeria, abriendo su abanico—. Pero procura no convertirlo en otro Marco. Necesito un guardaespaldas, no un segundo abogado que encuentre argumentos para desobedecerme.

—¡Ah, casi lo olvidaba! —exclamó Valeria, cuando Marco comenzaba a dirigirse hacia los carros, satisfecho de que los preparativos estuvieran llegando a su fin—. Todavía tenemos pendiente tu castigo, pequeño abogado de tres dracmas. He pensado detenidamente en lo sucedido anoche y he decidido que, durante todo el viaje, serás personalmente responsable de Júpiter. Lo llevarás contigo, lo alimentarás, procurarás que no se escape y te encargarás de limpiar cualquier desastre que provoque. Nada de entregárselo a los esclavos cuando te aburras, ni de abandonarlo en algún carro porque prefieras estudiar tus libros. Es tu castigo y lo cumplirás como corresponde a un caballero romano. —Marco levantó las cejas, bastante sorprendido por aquella sentencia. Había esperado alguna prohibición relacionada con sus experimentos, quizá una reducción de sus privilegios o, en el peor de los casos, la obligación de acompañar a su madre durante interminables visitas de cortesía. Cuidar de un gato le parecía una penalidad extraordinariamente benigna, especialmente cuando el animal ya acostumbraba seguirlo por toda la propiedad. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Flavia dejó escapar una protesta indignada.

—¡Pero mamá! ¡Júpiter iba a viajar conmigo! ¡Me lo prometiste! —La pequeña Aeciana frunció el ceño y cruzó los brazos con una expresión que recordaba demasiado a su madre cuando alguna disposición doméstica no coincidía con sus deseos. Valeria la contempló por encima del abanico con una paciencia que comenzaba a agotarse—. Mi querida serpiente, ayer terminaste con los brazos arañados por intentar abrazar a ese animal como si fuera una muñeca de trapo. No pienso presentarte ante Eldrunna, la esposa del prefecto, con las manos y los antebrazos llenos de marcas. La señora es una mujer distinguida, muy atenta a los detalles, y quiero que vea en ti a una pequeña dama de buena educación, no a una campesina que acaba de perder una disputa con un gato montés. —¡Pero Júpiter me quiere! —Naturalmente, cariño. También estoy convencida de que los leones sienten un profundo afecto por los cristianos antes de devorarlos. Eso no significa que debamos permitirles dormir en nuestras camas. —Flavia abrió la boca para presentar una nueva objeción, pero Valeria cerró el abanico con un golpe seco—. ¡Y san se acabó! El gato viajará con Marco. Cuando lleguemos a Mediolanum podrás visitarlo, siempre que aprendas a sostenerlo sin terminar ensangrentada.

La decisión pareció recibir la aprobación inmediata del único interesado que todavía no había expresado su opinión. Júpiter, que hasta entonces permanecía sentado sobre uno de los cofres de viaje, observando los movimientos de los servidores con la indiferencia majestuosa de un pequeño emperador, levantó las orejas al escuchar la voz de Marco. El muchacho apenas tuvo tiempo de extender los brazos antes de que el animal saltara hacia él, trepara por su túnica y terminara instalado sobre su hombro, acomodándose con tal naturalidad que parecía haber ocupado aquel puesto durante toda su vida. Un ronroneo satisfecho comenzó a surgir de su garganta mientras restregaba la cabeza contra el cuello de su dueño. Valeria contempló aquella demostración con una satisfacción casi triunfal. —¡Oh, pero mirad qué maravilla! ¡Ni siquiera ha sido necesario repetirle la orden! —exclamó, señalando al gato con el abanico—. Deberías aprender de tu mascota, mi querida serpiente. Una criatura tan adorable, tan obediente y tan agradecida por las atenciones que recibe. —Flavia contempló a Júpiter con una mezcla de indignación y traición personal, incapaz de comprender por qué aquel miserable animal que acababa de clavarle las uñas la noche anterior se comportaba ahora como un querubín sobre el hombro de su hermano. —¡Es un hipócrita! —declaró finalmente. —Entonces posee una cualidad indispensable para desenvolverse entre los aristócratas —repuso Valeria con una sonrisa radiante—. Quizá debamos llevarlo también a las recepciones.

Marco acarició distraídamente la cabeza del felino, que respondió cerrando los ojos y hundiendo las uñas, esta vez con moderación, en la tela de su túnica. —No te hagas ilusiones, mugroso. No pienso permitirte cazar pájaros durante el camino. Las ratas sí; los gorriones, no. —Júpiter abrió un ojo, emitió un maullido breve y volvió a acomodarse, aparentemente dispuesto a ignorar cualquier disposición que contradijera sus intereses. Menas, que había presenciado toda la escena, soltó una carcajada y se inclinó hacia Albia para murmurar que la domina acababa de descubrir la forma más elegante de castigar a su hijo: imponerle como obligación aquello que probablemente habría hecho por voluntad propia. La muchacha sonrió débilmente, todavía dolorida, mientras Armin terminaba de asegurar los equipajes del carro donde debía viajar. Flavia, entretanto, continuaba mirando al gato con un resentimiento que prometía durar bastante más que sus arañazos, aunque su madre ya había comenzado a enumerar las virtudes de Eldrunna y la importancia de causar una impresión favorable en una mujer tan influyente.

Valeria contempló finalmente a sus hijos, al enorme Armin y a la pequeña Albia, cuya presencia en la comitiva todavía le provocaba ciertas reflexiones acerca de las complicaciones que Marco parecía atraer con una facilidad extraordinaria. Después volvió a mirar a Júpiter, que ronroneaba satisfecho sobre el hombro del muchacho, y sintió que al menos una de sus decisiones había resultado impecable. —¡Qué criatura tan adorable! —repitió, absolutamente convencida de que acababa de impartir una lección magistral sobre obediencia, disciplina y responsabilidad. Marco, sin embargo, había comenzado a sospechar que el verdadero castigado no sería él, sino cualquiera que pretendiera convencer al gato de permanecer encerrado durante las largas jornadas del viaje. Lo observó de reojo y recibió a cambio un parpadeo lento, casi afectuoso. «Magnífico —pensó—. Mi madre cree que me ha castigado, Flavia cree que le he robado su gato y este bandido acaba de conseguir transporte, alimentación y protección personal hasta Mediolanum. De todos nosotros, el único que parece haber negociado inteligentemente es Júpiter».

Albia tuvo el privilegio inesperado de viajar en el carruaje de Valeria Crispiana Severina, junto con Marco, Flavia y Júpiter, una disposición que provocó no pocas miradas de curiosidad entre los servidores encargados de organizar la comitiva. La muchacha había sido bañada, perfumada y vestida con una túnica de lino fino, de un color azul pálido que armonizaba admirablemente con su cabello rojizo. Menas había dispuesto almohadones para protegerle la espalda y advertido expresamente que debía evitar los movimientos bruscos durante el descenso. Sin embargo, ninguna de aquellas comodidades conseguía tranquilizarla por completo. Permanecía sentada muy derecha, con las manos juntas sobre el regazo y los ojos discretamente bajos, temerosa de cometer alguna falta delante de la domina. Valeria observó aquella rigidez durante unos minutos antes de cerrar el pequeño códice que llevaba entre las manos. —¡Por todos los santos, niña! Vas a terminar fatigándome solamente de verte tan tiesa. Recuéstate un poco, que pareces una estatua funeraria. —Albia obedeció inmediatamente, aunque con una cautela que hizo suspirar a la matrona—. Mucho mejor. Ahora, si no te causa dolor, ¿podrías cantarnos algo breve? Un salmo, quizá. Quisiera comprobar si aquella maravilla de anoche fue verdadera o si el vino consiguió embellecer mis recuerdos. —Marco levantó inmediatamente la mirada, dispuesto a recordar las recomendaciones de Menas, pero Albia se adelantó—. Puedo hacerlo, domina. Solamente un poco. —La muchacha respiró con cuidado y comenzó una interpretación breve y delicadísima, sin forzar la voz, de un salmo que había aprendido durante sus lecciones. La melodía surgió con tal pureza que incluso el traqueteo de las ruedas pareció desvanecerse bajo las notas sostenidas. Valeria permaneció inmóvil, escuchando con los ojos entrecerrados, y cuando la última sílaba se extinguió, dejó escapar un suspiro profundamente satisfecho. —¡Magnífico! Absolutamente magnífico. Cultiva esa voz, niña, y te prometo que en toda tu vida no tendrás que levantar nada más pesado que una copa de vino. Una cantora semejante merece almohadones, buenos maestros y una alimentación excelente. —Después miró a Marco con una sonrisa intencionada—. Aunque tendremos que enseñarle algo de música verdaderamente refinada. No pienso permitir que mi hijo monopolice semejante tesoro con sus extraños ejercicios.

—Madre, la estás convirtiendo en una ociosa —observó Marco, mientras acomodaba a Júpiter sobre sus rodillas. —¡Bah! Hablas como tu abuelo cuando pretende convencerme de que los perfumes son un gasto innecesario. Hay trabajos que se hacen con las manos y otros que se hacen con la voz, cariño. No confundas la delicadeza con la inutilidad. —Flavia, que había escuchado aquella conversación con creciente curiosidad, se inclinó hacia Albia para examinarla más de cerca. Hasta entonces la había considerado simplemente otra esclava de la casa, quizá algo más favorecida que las demás por su cercanía con Marco, pero no esencialmente diferente de las muchachas que preparaban sus vestidos o llevaban agua a sus aposentos. Ahora descubría en ella dos cualidades que apreciaba extraordinariamente: una voz hermosa y una belleza delicada, realzada por los cabellos rojizos que contrastaban con sus propios rasgos aristocráticos. —¿Puedes enseñarme a cantar así? —preguntó sin demasiados preámbulos. —Si vuestra madre lo permite, pequeña domina —respondió Albia. —¡Por supuesto que lo permite! ¿Verdad, mamá? —Valeria soltó una risita—. Si prometes no convertir las lecciones en otra ocasión para dar órdenes, mi pequeña serpiente, no encuentro inconveniente. —Flavia pareció considerar injusta aquella condición, pero decidió ignorarla y comenzó a preguntar a Albia cuánto tiempo llevaba practicando, si sabía cantar en griego y si era cierto que podía sostener una nota durante tanto tiempo como para apagar una lámpara antes de terminarla. La muchacha respondió con creciente confianza, sorprendida de encontrarse conversando con una hija de los Aecianos sobre asuntos que no tenían relación alguna con sus obligaciones domésticas.

Marco, entretanto, permitió que Albia jugara con Júpiter. El gato había pasado buena parte de la mañana instalado sobre sus piernas, observando por las ventanas las ramas que parecían desplazarse junto al carruaje, pero la muchacha consiguió atraer su atención moviendo suavemente una pequeña cinta de tela. Júpiter comenzó a perseguirla con las patas delanteras, primero con una dignidad bastante aceptable y después con el entusiasmo ridículo de un animal que olvidaba su pretendida majestad en cuanto aparecía algo que podía cazar. Albia rio por primera vez desde la paliza, aunque tuvo que interrumpir la risa cuando sintió una punzada en la espalda. Marco la ayudó a acomodarse y colocó al felino junto a ella. El animal, aparentemente satisfecho de sus conquistas, se acurrucó contra su costado y comenzó a ronronear con una intensidad sorprendente. Aquella vibración continua, acompañada del calor de su pequeño cuerpo, terminó por tranquilizar a Albia, que apoyó cuidadosamente una mano sobre su lomo y cerró los ojos durante unos instantes. Flavia contempló la escena con manifiesta indignación. —¡Pero si ayer me arañó por intentar hacer exactamente eso! —Porque lo sujetaste como si fuera un saco de harina —repuso Marco—. Los gatos no son muñecas. Si quieres que se acerque, debes permitirle decidirlo. —¡Qué disparate! ¡Es un animal! —Precisamente. No conoce las reglas de cortesía de nuestra familia. —Valeria rio ante aquella observación y miró a su hija con satisfacción—. Escucha a tu hermano, querida. Hasta las criaturas más pequeñas tienen preferencias, y una dama inteligente aprende a reconocerlas antes de intentar imponer las suyas. —Flavia frunció el ceño, pero terminó por sentarse junto a Albia y acariciar prudentemente la cabeza del felino. Júpiter aceptó aquella segunda aproximación sin protestar, circunstancia que la niña interpretó inmediatamente como una reconciliación definitiva.

El viaje por las montañas se convirtió así en una sucesión de pequeñas conversaciones, paisajes y descubrimientos que Valeria no había previsto. Los caminos descendían entre bosques de hayas, castaños y coníferas, bordeaban laderas cubiertas de pastos y atravesaban pequeños asentamientos donde los campesinos interrumpían sus trabajos para contemplar el paso de una comitiva aristocrática. En ocasiones, el carruaje avanzaba tan lentamente que podían distinguir los pájaros entre las ramas y escuchar el rumor de los arroyos que descendían de las alturas. Flavia encontraba particularmente entretenido preguntar a Marco por cualquier criatura que apareciera junto al camino, aunque no tardó en descubrir que aquello podía provocar explicaciones interminables. Cuando un búho de grandes dimensiones levantó el vuelo desde una zona sombría del bosque y pasó cerca del carruaje, las tres mujeres se sobresaltaron. Valeria llevó instintivamente una mano al pecho, Albia se encogió contra sus almohadones y Flavia soltó una exclamación al contemplar los enormes ojos amarillos del animal. —¡Qué criatura tan desagradable! —protestó la niña—. ¡Parecía un demonio con plumas! —Un bubo, hermana —corrigió Marco, inclinándose para observarlo mientras desaparecía entre los árboles—. Los griegos lo llaman býas. Es una rapaz nocturna, aunque también puede cazar durante el crepúsculo. Sus plumas le permiten volar con muy poco ruido y sus garras son extraordinariamente fuertes. —¡Pues debería aprender a no asustar a las personas decentes! —replicó Flavia. —Las personas decentes no suelen formar parte de su alimentación, afortunadamente. Prefiere pequeños mamíferos, aves y otros animales que consigue capturar. Incluso puede matar ratas bastante grandes. —Valeria arqueó una ceja—. ¿Y pretendes decirme que ese espantoso pajarraco resulta útil? —Muchísimo, madre. Controla las poblaciones de roedores y otras alimañas que destruyen las cosechas o consumen nuestros graneros. Sin él y otros depredadores, tendríamos muchas más dificultades para conservar los alimentos. Además, algunas especies comienzan a anidar cuando todavía hace frío, aprovechando cavidades, riscos y lugares protegidos. No necesitan construir siempre un nido como hacen otras aves.

Aquello dio pie a una larga explicación sobre las costumbres de las rapaces nocturnas, la forma en que localizaban sus presas y las diferencias entre los búhos y las lechuzas. Marco utilizaba con absoluta naturalidad denominaciones griegas y latinas, algunas procedentes de las clasificaciones antiguas y otras adaptadas a conceptos que solamente existían en sus conocimientos del futuro. Describía la estructura de las plumas, la utilidad de los ojos orientados hacia adelante, la extraordinaria sensibilidad de su oído y la manera en que ciertas especies regurgitaban pequeñas masas de huesos y pelo después de alimentarse. Flavia escuchaba fascinada, aunque Valeria comenzó a sospechar que su hijo estaba inventando al menos la mitad de aquellas particularidades. —Marco, cariño, ¿de dónde sacas todas esas cosas? He conocido hombres que pasan su vida estudiando animales y jamás los he escuchado hablar con semejante precisión. —Antes de que el muchacho pudiera elaborar una respuesta, Flavia intervino con la seguridad absoluta de quien acaba de resolver un misterio—. ¡De sus pergaminos mágicos, mamá! Esos que se destruyen después de que él los lee. Siempre encuentra uno cuando necesita saber algo y después desaparece. —Valeria volvió lentamente los ojos hacia Marco, cuya expresión permaneció sospechosamente inocente—. ¿Pergaminos que se destruyen después de ser leídos? —¡Sí! —continuó Flavia, encantada de poder demostrar sus conocimientos—. Son secretos. Marco dice que algunas cosas solamente pueden escribirse una vez y que después deben desaparecer para que nadie las copie. —La matrona contempló a su hijo durante varios segundos antes de dejar escapar una carcajada—. ¡Por todos los santos! ¡Qué magnífica excusa para no mostrarle los deberes a tu maestro! Tendré que preguntarle a Menas cuántos pergaminos milagrosos han desaparecido durante tus lecciones. —Marco sonrió débilmente, mientras en su interior comenzaba a considerar que había utilizado aquella explicación demasiadas veces. Su hermana la repetía ahora con una convicción tan absoluta que cualquier día terminaría mencionándola delante de un obispo, un funcionario imperial o, peor todavía, de alguien suficientemente inteligente para exigirle una demostración.

El sol avanzaba lentamente sobre las montañas cuando Albia, todavía acariciando a Júpiter, comenzó a sentirse verdaderamente cómoda entre los ocupantes del carruaje. Flavia había terminado por aceptar su presencia como algo más que una obligación doméstica y ahora le mostraba pequeños adornos de sus vestidos, le preguntaba por los nombres de las flores silvestres y le prometía que en Mediolanum podría escuchar a los mejores cantores de las iglesias. Valeria intervenía ocasionalmente para corregir algún modismo, explicar una costumbre aristocrática o recordar a su hija que no debía confundir la familiaridad con la pérdida de las buenas maneras. Pero sus observaciones carecían de verdadera severidad. La matrona disfrutaba viendo a los niños entretenidos, escuchando sus conversaciones y descubriendo que la pequeña cantora podía convertirse también en una compañía agradable durante las largas jornadas. Albia, por su parte, experimentaba una felicidad tímida, casi desconfiada, que no se atrevía a disfrutar por completo. Había pasado de los dormitorios inferiores de Ferrata a compartir el carruaje de una de las mujeres más distinguidas de Italia, y todavía sentía el dolor de los latigazos bajo las vendas. Sabía que continuaba siendo una esclava, que aquella comodidad dependía de la voluntad de sus señores y que ninguna promesa de protección equivalía a la libertad. Sin embargo, cuando Flavia volvió a pedirle que le enseñara una melodía sencilla y Júpiter comenzó nuevamente a ronronear contra su costado, permitió que una sonrisa iluminara su rostro. Marco la observó unos instantes y regresó después la mirada hacia los bosques que cubrían las laderas. Había pasado buena parte de su existencia intentando comprender las leyes de la naturaleza y calcular los acontecimientos futuros, pero aquella tarde descubrió que, por una vez, no necesitaba explicar absolutamente nada. Era suficiente con escuchar las risas de su hermana, las observaciones de su madre y el ronroneo de un gato mugroso que, a juzgar por su expresión satisfecha, seguía considerándose el verdadero señor de toda la comitiva.

 

 

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El precio del Manto Dorado

  [ Índice ] —¿Y cómo pretende saber eso, señorita? —preguntó Seiya. Su voz goteaba condescendencia. Alzó una ceja, cruzó los brazos y o...