viernes, 9 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los lobos de Aquitania: Las garras del león y la cólera del rey

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 La tarde transcurría apaciblemente en los aposentos privados del palacio de Tolosa, donde Teodorico II Balti, rey de los visigodos y señor de una parte considerable de la Galia, se encontraba librando una batalla que ningún guerrero de su hueste habría reconocido como digna de su rango. Frente a él permanecía sentado un maestro de retórica llegado de Italia, un hombre enjuto, de barba cuidadosamente recortada y manos delicadas, que llevaba casi una hora intentando perfeccionar la pronunciación latina del monarca. La reina Gisila Valamerica supervisaba la lección desde un diván cubierto de almohadones orientales, ocupada aparentemente en examinar unas muestras de seda, aunque sus ojos gris verdosos seguían cada equivocación con una atención implacable. La iniciativa había sido suya: deseaba viajar a Roma durante la próxima Semana Santa, asistir a las solemnes celebraciones pascuales y escuchar personalmente la misa del obispo de Roma. Teodorico, que podía dirigir una carga de caballería, negociar con generales imperiales y recitar de memoria versos latinos, consideraba profundamente humillante que un hombre incapaz de levantar una espada pretendiera enseñarle a colocar la lengua para pronunciar correctamente ciertas consonantes.

—Majestad, nuevamente, os lo suplico —insistió el retórico con la resignación de quien sospechaba haber aceptado un encargo suicida—. Romanorum, no Rومانorum con esa vibración tan marcada. La dignidad de la lengua exige cierta suavidad.

—La dignidad de mi lengua exige que nadie la toque —replicó Teodorico, provocando que Gisila ocultara una sonrisa detrás de su copa—. He negociado con senadores, he recibido embajadores de Constantinopla y he discutido con obispos en un latín que todos comprendieron perfectamente.

—Sin duda, esposo mío —intervino la reina, dejando finalmente las sedas a un lado—. Pero comprenderos no siempre significa admiraros. En Roma habrá hombres capaces de perdonaros una derrota militar antes que una declinación desafortunada. Y no pienso viajar durante semanas para escuchar cómo mi augusto marido convierte una audiencia pontificia en una discusión de establo.

El rey se volvió hacia ella con una expresión de fingida indignación. —Soy el rey de los godos, Gisila.

—Y nadie lo ha olvidado, querido. Precisamente por eso nos esforzamos tanto en que también parezcáis el rey de los godos cuando habléis ante los romanos.

Aquella conversación revelaba una particularidad del poder en Tolosa que resultaba difícil de comprender para quienes imaginaban la autoridad patriarcal como una potestad absoluta y uniforme. Teodorico era indiscutiblemente el señor de su casa en términos jurídicos y políticos, pero su autoridad doméstica no significaba que pudiera gobernar eficazmente sin negociar con quienes sostenían su prestigio. En la aristocracia goda, donde las grandes familias conservaban guerreros, tierras y clientelas propias, el matrimonio regio constituía también una alianza entre linajes poderosos. Gisila aportaba parentescos, fidelidades, patrimonio y relaciones que no desaparecían por convertirse en esposa. A ello se sumaba la influencia de las costumbres aristocráticas romanas, donde las grandes matronas administraban bienes, patrocinaban instituciones religiosas, intervenían en matrimonios y podían adquirir una considerable autonomía mediante sus redes familiares. La autoridad masculina seguía siendo la norma proclamada, pero su ejercicio cotidiano se distribuía entre numerosas personas cuya cooperación era indispensable. Gisila jamás necesitaba contradecir públicamente a su marido para imponer su parecer: podía conseguir que un obispo recomendara cierta conducta, que un consejero sugiriera determinada visita o que los nobles terminaran considerando prudente una decisión que ella había promovido semanas antes. El patriarcado no desaparecía; dejaba de funcionar como una cadena de órdenes indiscutibles y se convertía, en determinados círculos aristocráticos, en una negociación permanente de autoridad, reputación y dependencia mutua.

—Vuestra Majestad debe comprender —prosiguió el maestro, algo más animado al descubrir que la reina respaldaba sus esfuerzos— que una buena pronunciación no solo embellece el discurso: manifiesta disciplina intelectual, educación y respeto por quien escucha.

—Mi maestro de armas decía exactamente lo mismo sobre la manera de sostener una lanza —respondió Teodorico—. La diferencia es que él podía demostrar sus argumentos sin recurrir a tantos adverbios.

Gisila soltó una carcajada franca, poco habitual en ella, y se incorporó para acercarse a su esposo. —Teodorico, querido, nadie pretende convertiros en senador. Roma ya tiene demasiados. Deseo que cuando entremos en la ciudad, los grandes señores no contemplen a un príncipe extranjero que necesita intérpretes para hablar de religión, sino a un rey cristiano capaz de conversar con sus obispos y discutir con sus aristócratas como un igual.

El monarca dejó de sonreír. Comprendía perfectamente la dimensión política del viaje: acudir a las celebraciones romanas no significaba únicamente realizar una peregrinación devota, sino presentarse ante una de las instituciones más prestigiosas del mundo occidental, precisamente en una época en que la relación entre las comunidades nicenas y homoianas continuaba cargada de diferencias doctrinales. Para Gisila, aquella visita podía convertirse en una extraordinaria demostración de legitimidad; para Teodorico, también entrañaba el riesgo de que algún prelado decidiera examinar la ortodoxia del rey con más entusiasmo del conveniente.

—Muy bien —concedió finalmente, tomando asiento con la solemnidad de quien acepta las condiciones de una rendición honorable—. Continuemos. Pero quiero que conste que jamás he permitido que un enemigo me haga repetir veinte veces una misma palabra.

—Entonces podéis consideraros afortunado de estar entre amigos, majestad —respondió el maestro.

Gisila depositó una mano sobre el hombro de su esposo y le dedicó una sonrisa de satisfacción que el rey conocía demasiado bien: era la expresión que adoptaba cuando acababa de obtener exactamente lo que quería sin haber pronunciado una sola orden. En aquel preciso instante, desde el patio exterior comenzaron a escucharse los cascos apresurados de varios caballos y la voz de un oficial que exigía audiencia inmediata. Teodorico levantó la mirada con visible alivio, casi agradecido de que alguna desgracia del reino viniera a rescatarlo de la gramática, mientras Gisila observaba la puerta con una inquietud que aumentó al escuchar las palabras «los jóvenes nobles» y «una criatura monstruosa».

Victorius de Burdigala tenía la desagradable costumbre de aparecer en los aposentos reales con el aspecto de uno de aquellos monstruos chupadores de sangre que, según ciertas historias campesinas, abandonaban sus catacumbas durante la noche para atormentar a los vivos. Al menos, eso pensaba Teodorico II cada vez que su alto secretario cruzaba una puerta. Era un hombre delgado, de rostro estrecho, pómulos marcados y manos largas que parecían haber sido fabricadas exclusivamente para sostener cálamos, sellar documentos y señalar errores ajenos. Su espalda conservaba una rectitud tan perfecta que el rey sospechaba que algún artesano había sustituido su columna vertebral por una pieza de roble. Jamás entraba apresuradamente, jamás elevaba la voz y jamás anunciaba nada agradable. Su presencia significaba invariablemente una guerra que financiar, otro muchachuelo aristocrático que alojar y alimentar, alguna disputa entre obispos o un nuevo dictamen procedente del papa o del emperador, redactado con la extensión suficiente para arruinar una mañana entera.

Aquella tarde, sin embargo, Teodorico recibió su aparición como una intervención providencial. El maestro italiano acababa de solicitarle por séptima vez que suavizara una consonante durante la declinación de cierta palabra latina, y el rey se encontraba considerando seriamente la posibilidad de declarar que todos los habitantes de Aquitania podrían utilizar el nominativo para cualquier circunstancia de la vida. Al descubrir a Victorius en el umbral, su rostro se iluminó con un entusiasmo que desconcertó al secretario. —¡Victorius! ¡Mi estimado y siempre oportuno Victorius! ¡Entrad inmediatamente! ¿Qué desgracia nos traéis? ¿Una invasión franca? ¿Una sublevación? ¿Ha decidido el emperador volver a exigirnos soldados que no piensa pagar? —El galorromano inclinó la cabeza con su cortesía habitual, sorprendido por aquella recepción insólitamente cordial.

—Majestad, lamento interrumpir vuestra instrucción. —¡Yo no! —respondió Teodorico con una sinceridad tan rotunda que Gisila cerró los ojos, resignada—. Hablad, hombre. Si se trata de una guerra, os prometo que la escucharemos con toda la atención que merece.

Victorius observó fugazmente al maestro de retórica, después a la reina y finalmente al soberano, comprendiendo con aquella rapidez venenosa que constituía su principal talento que acababa de convertirse involuntariamente en el salvador de su señor. No permitió que la satisfacción se reflejara en su semblante.

—Me temo que no se trata de una guerra, majestad, aunque los acontecimientos poseen suficientes elementos militares, religiosos y diplomáticos para exigir vuestra atención inmediata. Una comitiva de campesinos se aproxima desde las propiedades situadas al sur de Tolosa. La encabezan varios jóvenes nobles de vuestra corte, acompañados por sacerdotes y servidores de las casas Amalrica y Vidimera. Transportan a un herido de consideración y arrastran el cadáver de una criatura extraordinaria, cuya naturaleza todavía no ha podido establecerse.

—Teodorico levantó una mano. —¿Un cadáver extraordinario?

—Así lo aseguran los primeros mensajeros, señor. —¿Y los jóvenes? —El conde Walia Amalrico, Gundemaro Vidimero y Juliano Aeciano. El último habría recibido heridas graves durante el enfrentamiento.

La expresión del rey cambió inmediatamente. Desapareció el humor de su rostro y, durante unos instantes, volvió a parecer el monarca que había conseguido mantener unidos a señores mucho más orgullosos y peligrosos que cualquier maestro de gramática.

—¿Juliano? —preguntó, incorporándose—. ¿Qué tan graves son sus heridas?

—No dispongo todavía de un informe médico, majestad. Los mensajeros aseguran que perdió el conocimiento y que su respiración quedó interrumpida durante un breve periodo. Una muchacha encontrada en las ruinas habría logrado reanimarlo mediante procedimientos que los testigos no supieron describir.

—Gisila dejó las sedas sobre el diván y se levantó con una serenidad que no ocultaba completamente su preocupación. Conocía demasiado bien al joven Aeciano, su inclinación por los peligros innecesarios y el afecto que su esposo le profesaba.

—Habrá que avisar a Lidia —dijo—. Y preparar los aposentos donde puedan atenderlo sin que medio palacio intente verlo. Victorius, enviad por los mejores médicos disponibles. Teodorico, haced que la guardia despeje el acceso occidental.

—El rey volvió la cabeza hacia su esposa y estuvo a punto de recordarle que era él quien impartía las órdenes en aquel palacio, pero comprendió que todas eran sensatas y que discutirlas únicamente retrasaría lo necesario.

—Habéis oído a vuestra reina —declaró finalmente—. Cumplidlo.

Victorius inclinó nuevamente la cabeza, aunque en sus ojos apareció un destello de inquietud al recordar el detalle que todavía no había comunicado.

—Hay algo más, majestad. Los sacerdotes que acompañan la comitiva afirman que el cadáver de la criatura cambió de color al recibir agua bendita. Los campesinos hablan ya de demonios, y algunos sostienen que otras bestias continúan merodeando por los bosques.

Teodorico permaneció inmóvil, con una mano apoyada sobre el respaldo de su asiento. Gisila observó a Victorius con atención, consciente de que aquel hombre jamás habría utilizado semejantes palabras delante del rey sin haber considerado cuidadosamente sus consecuencias. El soberano, por su parte, volvió a pensar en Juliano, en su costumbre de perseguir cualquier peligro que prometiera una historia digna de contarse y en la posibilidad de que aquella imprudencia terminara costándole la vida. Después miró hacia el maestro italiano, que había permanecido discretamente apartado durante toda la conversación.

—La lección ha terminado —anunció.

—Desde luego, majestad —respondió el retórico, inclinándose—. Podremos continuar mañana.

Teodorico lo contempló con una expresión sombría y añadió, mientras se dirigía hacia la puerta—: Si el muchacho sobrevive, maestro, prometo declinar todas las palabras que deseéis. Si no sobrevive, temo que el latín perderá para siempre a uno de sus estudiantes menos agradecidos.

Teodorico atravesó las puertas de sus aposentos con una energía que obligó a los dos guardias del corredor a apartarse precipitadamente. Victorius lo siguió a una distancia respetuosa, sosteniendo un pequeño rollo de correspondencia contra el pecho, mientras Gisila avanzaba varios pasos detrás de ambos, con la serenidad de una reina que conocía demasiado bien las tormentas de su esposo.

—¡¿Dónde está ese hijo de puta del Tuerto?! —rugió el monarca, provocando que un sirviente dejara caer una bandeja de copas.

—Si Vuestra Majestad se refiere a Athanarico —respondió Victorius con su acostumbrada suavidad—, se encuentra al norte, dirigiendo una incursión contra cierto reyezuelo fronterizo cuya insolencia había alcanzado proporciones intolerables.

—¡¿Y quién demonios le ordenó semejante estupidez?!

—Vos, majestad. El martes pasado. Después de la cena.

Teodorico se detuvo en seco. Victorius permaneció perfectamente inmóvil, con aquel semblante de hombre momificado en vida que tanto irritaba al soberano. Su expresión parecía expresar una conclusión insoportable: el rey puede ser un imbécil, pero sigue siendo el rey, y mi deber consiste en recordarle discretamente las consecuencias de sus propias órdenes.

—¡Maldito sea el martes! —masculló Teodorico, reanudando la marcha y descargando una patada contra el escudo de un guardia que había cometido la imprudencia de permanecer demasiado cerca. El hombre dio un salto hacia atrás, y los demás comprendieron inmediatamente que aquella tarde convenía dejar al menos tres pasos libres alrededor de Su Majestad.

Al doblar hacia la galería de las audiencias menores, el rey encontró a varios emisarios de las familias senatoriales galorromanas que conversaban apresuradamente con dos funcionarios palatinos. En cuanto lo reconocieron, inclinaron las cabezas y guardaron silencio, pero Teodorico alcanzó a distinguir en sus rostros aquella expresión cuidadosamente compungida que los aristócratas romanos adoptaban cuando una desgracia ajena prometía convertirse en una cuestión diplomática. Sintió que se le helaba la sangre. Las cartas. Por supuesto, las malditas cartas. A aquellas alturas algún escriba debía de estar preparando ya un informe para los parientes italianos de Juliano, otro para los contactos de los Anicios, quizá un tercero destinado a los círculos militares de Rávena. Los romanos podían perder una provincia y discutir durante semanas sobre qué funcionario tenía competencia para certificarlo, pero cuando el nieto de Flavio Aecio resultaba herido bajo la hospitalidad de un rey extranjero, encontraban milagrosamente la capacidad de escribir, sellar y despachar correspondencia antes de que terminara la tarde.

—Mierda… —susurró Teodorico, palideciendo—. Esto no va a gustarles a los romanos. Ni una maldita mierda. —Victorius inclinó ligeramente la cabeza. —Una apreciación extraordinariamente precisa, majestad. Permítaseme añadir que vuestra posición sería más favorable si pudiéramos proporcionarles noticias médicas tranquilizadoras antes de que los rumores alcancen Italia.

Pero Teodorico apenas lo escuchaba, porque un nombre había comenzado a adquirir dimensiones aterradoras en su imaginación: Aecio. El anciano Flavio Aecio, el León de Occidente, aquel hombre que había compartido campañas, rivalidades y alianzas con su padre, seguía vivo en Italia, rodeado por sus nietos, sus veteranos y una red de fidelidades cuya extensión ningún funcionario imperial había conseguido determinar por completo. El rey intentó tranquilizarse recordando su edad. Es un león sin colmillos, pensó, apretando los dientes. Un viejo retirado, vigilado por otros viejos, demasiado cansado para levantar personalmente una espada. Aquella idea le concedió apenas un instante de alivio antes de que una risa amarga escapara de su garganta. Casi pudo escuchar entonces la voz de Teodorico I, su padre muerto en los Campos Cataláunicos, pronunciando una de aquellas reprimendas brutales que jamás necesitaban repetirse: «Eres un pendejo indigno de la corona si crees que un león sin colmillos carece de garras. Y más indigno todavía si olvidas que los leones tienen manada». La evocación lo hizo estremecerse, porque conocía demasiado bien a los hombres de Aecio para consolarse con la idea de que su patriarca estuviera envejecido. Una orden del viejo romano podía movilizar clientes desde las villas italianas hasta las fronteras del Rin, y ninguno de ellos necesitaría que su señor abandonara el lecho para comprender que los Balti habían cometido una ofensa imperdonable si Juliano moría en Aquitania.

Los sollozos de Eudocia Severina lo devolvieron bruscamente al presente. La joven galorromana había salido de una estancia próxima acompañada por dos damas y una criada, llevando un pañuelo contra los ojos y mostrando aquella desesperación aristocrática que mezclaba sentimientos sinceros con una absoluta incapacidad para sufrir discretamente.

—¡Majestad! ¡Dicen que Juliano está muriendo! ¡Que una bestia lo ha destrozado! ¡Decidme que no es cierto! —Teodorico contempló por un momento a aquella muchacha de quince años, profundamente enamorada de un joven que probablemente había dedicado más tiempo a burlarse de sus modales que a corresponder sus afectos. Detrás de ella aguardaban funcionarios, servidores y nobles cuyas miradas parecían exigir que el rey tuviera respuestas para todo, desde el destino de un muchacho herido hasta la naturaleza de un monstruo que nadie había visto antes. Comprendió que no podía permitirse mostrar miedo. Un soberano podía experimentar angustia en su cámara, arrepentimiento durante la oración o incluso desesperación ante su esposa, pero frente a la corte debía representar una autoridad capaz de dominar circunstancias que todavía no comprendía. Y Teodorico, incapaz de adoptar la frialdad venenosa de Victorius o la elegante serenidad de Gisila, conocía una sola postura verdaderamente regia cuando el mundo amenazaba con desmoronarse: la ira.

—¡BASTA! —Su voz retumbó por toda la galería, haciendo callar incluso a Eudocia—. ¡Quiero médicos en la puerta occidental, caballos preparados y una escolta que despeje el camino! ¡Que nadie moleste al herido con preguntas estúpidas! ¡Que nadie escriba una sola palabra a Italia hasta que sepamos qué ha sucedido realmente! ¡Y por Dios, que alguien encuentre a un oficial capaz de obedecer sin necesitar que le expliquen dónde tiene la cabeza!

Victorius aguardó hasta que terminó aquel torrente de órdenes y entonces intervino con una inclinación impecable. —Si Vuestra Majestad me permite una precisión, prohibir toda correspondencia quizá resulte contraproducente. Los aristócratas romanos suelen interpretar el silencio como una confesión.

—¡Entonces escribid vos, maldita sea! ¡Escribid algo que diga que el muchacho vive, que estamos haciendo todo lo posible y que cualquier idiota que difunda rumores será responsable ante mi corona! —Gisila alcanzó finalmente a su esposo y depositó una mano firme sobre su antebrazo.

—Teodorico —dijo con aquella voz tranquila que utilizaba cuando necesitaba recordarle que su furia también formaba parte de los problemas del reino—, vuestro sobrino necesita un rey, no otro hombre gritando en los corredores. El monarca respiró profundamente, miró los ojos de su esposa y asintió una sola vez, aunque la rabia continuaba ardiéndole en el pecho. Después avanzó hacia las escaleras principales, seguido por Victorius, mientras detrás de ellos la corte entera comenzaba a movilizarse bajo el peso de una noticia que transformaría una cacería juvenil en un asunto de Estado.

Victorius de Burdigala contempló durante unos instantes la galería que el rey acababa de abandonar con la expresión de un hombre que inspecciona los daños causados por un incendio particularmente maleducado. Los emisarios senatoriales cuchicheaban junto a las columnas, varios funcionarios corrían sin saber exactamente adónde dirigirse, Eudocia continuaba llorando y dos damas discutían sobre la conveniencia de enviar inmediatamente un mensajero a Italia. El alto secretario acomodó los pliegues de su túnica, entregó el rollo de correspondencia a un escribiente y comenzó a impartir instrucciones con aquella voz serena, perfectamente modulada, que parecía incapaz de expresar alarma.

—Que comparezca inmediatamente el presbítero Marcelo Medolini, preceptor del joven Juliano Aeciano. Lo quiero aquí antes de que Su Majestad alcance las caballerizas. A los señores emisarios, transmitidles que la Corona proporcionará un informe médico certificado y que cualquier correspondencia enviada antes de recibirlo podría contener falsedades perjudiciales para sus propios patronos. No les prohibáis escribir, naturalmente; sería una descortesía. Ofrecedles, en cambio, los servicios de nuestros mejores escribanos para que puedan hacerlo con información completa. —Los aristócratas romanos aceptaron aquella propuesta con expresiones satisfechas, convencidos de haber obtenido un privilegio diplomático, sin advertir que acababan de entregar al secretario el control del contenido y del momento de sus comunicaciones.

—En cuanto a las damas —continuó Victorius, sin necesidad de levantar la voz—, solicitad a las religiosas de Santa María que preparen una estancia de recogimiento donde puedan ofrecer consuelo y oraciones a quienes se encuentren demasiado afligidas para permanecer en las galerías. Incluid a los caballeros que padezcan la misma indisposición.

Uno de los ujieres parpadeó, desconcertado. —¿También a los hombres, excelencia? —Especialmente a los hombres que todavía no han descubierto que están histéricos, querido. Suelen causar mayores inconvenientes.

—Eudocia fue conducida con delicadeza hacia las dependencias religiosas, acompañada por otras jóvenes que encontraron cierto alivio en la promesa de rezar por Juliano; poco después, dos nobles especialmente alarmistas recibieron idéntica invitación, aunque uno de ellos protestó hasta que Victorius le recordó que participar en una vigilia por el nieto de Aecio constituía una demostración pública de lealtad. Entretanto, el secretario dispuso que una pequeña unidad de caballería despejara el camino meridional, que los guardias palatinos aseguraran las puertas sin impedir el paso de los médicos y que ningún curioso se aproximara al cadáver de la criatura antes de que los sacerdotes hubieran examinado su naturaleza. Ordenó preparar camillas, agua caliente, vendas limpias y aposentos suficientemente amplios para atender al herido, cuidándose de no convertir el palacio en una aglomeración de aristócratas ansiosos por presenciar una tragedia.

Marcelo Medolini apareció poco después, todavía con una tablilla encerada bajo el brazo y la expresión irritada de quien había sido arrancado de sus ocupaciones sin explicación satisfactoria. Victorius lo recibió personalmente y le comunicó cuanto se sabía sobre el estado de su pupilo, evitando tanto las exageraciones campesinas como cualquier intento prematuro de tranquilizarlo.

—Presbítero, Juliano vive, pero sus heridas son graves. Vuestra presencia será indispensable para identificar sus necesidades y contener la preocupación de quienes lo conocen. Os ruego que acompañéis a los médicos cuando llegue la comitiva y que preparéis una relación precisa de sus familiares más próximos. —Marcelo palideció al escuchar aquello, murmuró una oración y preguntó quién había permitido que los jóvenes abandonaran los caminos seguros para enfrentarse a semejante monstruosidad.

—Una cuestión que sin duda interesará extraordinariamente a Su Majestad cuando dispongamos de tiempo para repartir responsabilidades —respondió Victorius—. Por ahora, os agradeceré que os concentréis en mantener vivo a vuestro discípulo. Es considerablemente más útil que determinar quién merece ser azotado.

Cuando Teodorico reapareció en el patio principal, vestido con una túnica militar reforzada, cinturón de armas y un pesado manto sujeto por un broche de oro, encontró a sus oficiales formados, la escolta preparada y varios caballos ensillados junto a las columnas. El monarca avanzaba con el ceño fruncido, dispuesto a descargar sobre alguien la irritación que le producía cada instante perdido.

—¡Victorius! ¡Por todos los demonios, espero que esos malditos caballos estén...!

—Preparados, majestad —interrumpió suavemente el secretario—. Vuestra montura ha sido revisada por el jefe de las caballerizas, la escolta conoce el itinerario y dos jinetes han salido por delante para confirmar la posición de la comitiva. También se ha dispuesto un relevo en el cruce del camino meridional.

—Teodorico abrió la boca, la cerró y contempló a aquel hombre insoportablemente eficiente con una expresión que mezclaba alivio y profundo resentimiento.

—¡Maldita sea vuestra costumbre de responder antes de que termine de preguntar! ¡Algún día conseguiréis que parezca que no tengo nada que ordenar en mi propio reino! —Victorius inclinó la cabeza con una humildad tan perfecta que resultaba casi ofensiva.

—Jamás permitiría semejante cosa, majestad. Mi obligación consiste únicamente en que vuestras órdenes se cumplan, incluso cuando las pronunciáis con posterioridad a su ejecución.

El rey lo observó durante unos segundos, buscando alguna réplica suficientemente venenosa, pero terminó soltando una carcajada breve. —Sois un bastardo insufrible, Victorius.

—A vuestro servicio, majestad.

—Y demasiado bueno en vuestro trabajo.

—Procuraré que no vuelva a suceder.

—No os atreváis. —Teodorico montó con la soltura de un guerrero acostumbrado a pasar buena parte de su vida a caballo, recogió las riendas y contempló por última vez al secretario, que permanecía inmóvil junto a las columnas con las manos cruzadas ante el vientre. La ira desapareció momentáneamente de su rostro.

 —Gracias, viejo amigo. —Victorius inclinó apenas la cabeza, sin permitir que aquella familiaridad alterara su compostura.

—Traed al muchacho vivo, señor. Nosotros nos ocuparemos de que tenga un reino al cual regresar. El monarca espoleó su caballo y atravesó las puertas acompañado por su escolta, dejando tras de sí una nube de polvo, el resonar de los cascos y un palacio que, contra toda expectativa, había recuperado su orden habitual. Victorius esperó hasta que el último jinete desapareció por el camino, después se volvió hacia los funcionarios que aguardaban instrucciones y solicitó, con su serenidad acostumbrada, los informes pendientes de aquella mañana. Todavía tenía que resolver una disputa fiscal, revisar tres nombramientos y decidir qué explicación oficial resultaría menos desastrosa si el monstruo acababa siendo exhibido públicamente ante toda Tolosa.

Teodorico II había salido de Tolosa dispuesto a encontrar a Juliano, pero el camino parecía empeñado en ofrecerle todos los habitantes de Aquitania antes que al muchacho. Un soldado quiso informarle de la disposición de las escoltas, un campesino se arrodilló para explicarle dónde habían encontrado las huellas y un sacerdote intentó solicitar audiencia para comunicarle ciertos acontecimientos extraordinarios. El rey los despachó a todos con una sucesión de improperios que hicieron palidecer incluso a sus guardias más veteranos.

—¡Apartaos, maldita sea! ¡No he venido a escuchar discursos! ¡Quiero ver al muchacho! —Su caballo avanzaba entre la multitud mientras los oficiales procuraban abrirle paso, pero cuanto más se aproximaban a la comitiva, mayor parecía la aglomeración. Había mujeres con cántaros, hombres cargando sogas, niños encaramados a los cercados y campesinos que discutían acaloradamente sobre el tamaño de un supuesto jabalí. Teodorico maldijo otra vez, convencido de que aquellos idiotas habían convertido una emergencia médica en una feria rural.

Entonces escuchó claramente la palabra jabalí, seguida de una descripción sobre unos colmillos enormes, y sintió que algo se le quebraba por dentro. Durante un instante dejó de ver el camino de Aquitania y recordó una jornada de caza de su juventud, cuando uno de sus hermanos menores, a quien había querido con un afecto casi paternal, murió atravesado por el colmillo de un gran verraco. Recordó la sangre, los gritos y la desesperación de los hombres que intentaban contener las entrañas del muchacho mientras él permanecía arrodillado a su lado, demasiado joven para aceptar que una criatura del bosque pudiera arrebatarle a alguien de su propia sangre. La imagen de Juliano apareció entonces superpuesta a aquel recuerdo: el rostro juvenil, la sonrisa insolente, las bromas que dirigía a los señores romanos y, finalmente, un colmillo atravesándole la garganta. Teodorico aflojó involuntariamente las riendas. No otra vez, pensó, y aquella súplica silenciosa estuvo tan cerca de convertirse en llanto que tuvo que apretar la mandíbula hasta sentir dolor. No podía soportar la idea de volver a encontrar a un muchacho amado desangrándose después de una cacería.

Pero enseguida comprendió que algo no encajaba. Había demasiados hombres, demasiadas sogas y demasiados animales de tiro para transportar un simple cerdo salvaje, por formidable que fuese. Los campesinos ocupaban prácticamente toda la anchura del camino y avanzaban con una lentitud agotadora, tirando de una estructura de troncos sobre la cual descansaba una masa rojiza cuyo tamaño resultaba difícil de juzgar entre tantos cuerpos. —¡Apartaos! —ordenó Teodorico, espoleando su caballo hacia un pequeño terreno elevado desde donde pudiera observar mejor. Los hombres obedecieron y, al abrirse la multitud, dejaron al descubierto aquello que habían sacado de las ruinas. El rey se quedó inmóvil. La criatura poseía un cuerpo gigantesco, desproporcionadamente musculoso, con un lomo tan ancho que parecía pertenecer a algún animal de los tiempos anteriores al Diluvio. Su piel, ahora rojiza y casi desprovista de pelo, recordaba la carne de una bestia abrasada por el fuego, aunque no mostraba las lesiones habituales de una quemadura. Varias flechas sobresalían de aquella montaña de músculos, algunas partidas y otras hundidas apenas hasta la mitad del asta. La cabeza resultaba todavía más espantosa: unas fauces desmesuradas, dientes gruesos y colmillos capaces de destrozar el muslo de un caballo.

Un escalofrío recorrió la espalda del monarca y le erizó el vello de los brazos. Había visto elefantes descritos por viajeros, bisontes de las regiones septentrionales, osos enormes y animales extraordinarios traídos por comerciantes orientales, pero jamás una criatura semejante. Ni siquiera el tamaño explicaba por completo su espanto. Aquella cabeza parecía concebida para triturar todo cuanto pudiera alcanzar, y las flechas clavadas en el lomo demostraban que alguien había conseguido herirla repetidamente sin detener su avance. Teodorico descendió del caballo, apartó a un campesino que intentaba contarle cómo habían cambiado los colores de la piel y se aproximó hasta quedar frente a las mandíbulas abiertas. Durante varios segundos no habló. Después observó una herida profunda situada en la parte posterior del cráneo, precisamente donde la musculatura del cuello dejaba una abertura vulnerable entre los huesos. Reconoció inmediatamente la naturaleza del golpe: alguien había tenido que acercarse hasta una distancia suicida para introducir una espada allí. —¿Quién ha hecho esto? —preguntó con voz baja, señalando la herida. Un campesino comenzó a responder, pero el rey lo interrumpió antes de escuchar el nombre—. No. Decidme primero quién ha tenido los cojones de acercarse tanto a semejante monstruosidad.

Fue entonces cuando distinguió, más allá de la multitud que arrastraba el cadáver, una litera rodeada por jóvenes nobles, sacerdotes y varias mujeres. Sobre ella descansaba Juliano, inmóvil bajo las mantas, mientras Walia Amalrico caminaba junto a los portadores con una expresión sombría y Gundemaro Vidimero mantenía la mirada fija en el suelo. Teodorico comprendió la respuesta sin necesidad de escucharla. La enormidad del monstruo, la herida de espada y el estado del muchacho componían una historia cuya conclusión le resultaba insoportable. Durante un instante quiso regresar junto al cadáver, levantarlo a patadas y despedazarlo nuevamente por haberse atrevido a tocar a uno de los suyos, pero se contuvo y avanzó hacia la litera, dejando atrás a sus guardias y a los campesinos que comenzaban a arrodillarse a su paso. Ya no tenía interés alguno en el prodigio que acababan de traer de los bosques. Solo deseaba comprobar que Juliano todavía respiraba.

Teodorico había llegado dispuesto a encontrar culpables, pero toda intención de castigo desapareció cuando vio que Juliano respiraba. El muchacho yacía sobre la litera, con el rostro descolorido, el cabello oscuro apelmazado por la sangre y el pecho cuidadosamente inmovilizado entre mantas enrolladas. Cada inspiración le producía una contracción dolorosa, aunque los movimientos eran ahora más regulares y profundos que cuando lo habían recogido de las ruinas. El rey se acercó sin anunciarse, apartó a uno de los portadores y permaneció contemplándolo durante unos instantes. Había conocido a Juliano cuando todavía era un niño orgulloso que se negaba a admitir que los muchachos godos montaban mejor que él, y aquella familiaridad de años hizo que le resultara insoportable verlo reducido a semejante fragilidad. Un sacerdote anciano se aproximó con las manos juntas y, después de inclinarse, declaró que ignoraba por qué el joven continuaba con vida.

—Majestad, cuando lo encontraron parecía haber exhalado su último aliento. Fue esta niña quien consiguió devolverle la respiración. Algunos de los presentes sospechan que podría ser una de las féeræ, criaturas de linajes antiguos que las gentes de estas tierras relacionan con los seres de las viejas religiones. No afirmo que sea tal cosa, señor, pero tampoco podemos descartar que ciertos portentos de origen desconocido obren con permiso de Nuestro Señor. No hemos observado en ella invocaciones impías ni señales de maleficio; antes bien, cuanto ha hecho parece inspirado por una voluntad de salvar. El conde Amalrico asegura que el muchacho había dejado de respirar y que ella lo recuperó en pocos instantes, mediante procedimientos que ninguno de nosotros reconoce. No juzgamos prudente separarla de él.

Teodorico volvió lentamente la cabeza hacia el sacerdote, cuya explicación había escuchado con una expresión cada vez más sombría. —Escuchadme bien, padre. Si alguien pronuncia la palabra bruja delante de esta niña, le arranco los cojones, lleve sotana, espada o los dos.

—El anciano abrió los ojos con sobresalto, mientras varios campesinos bajaban inmediatamente la mirada.

—Majestad, nadie ha pronunciado semejante acusación.

—Magnífico. Entonces no habrá necesidad de cumplir mi promesa. La niña se queda.

—El rey dirigió finalmente su atención a aquella pequeña figura de cabellos revueltos, vestido desgarrado y restos de cadenas alrededor de los tobillos. Estaba sentada junto a la litera, sosteniendo una mano de Juliano entre las suyas con una delicadeza que contrastaba con las manchas de sangre seca sobre sus dedos. Tenía unas facciones tan finas y una expresión tan singularmente serena que Teodorico comprendió por qué los campesinos hablaban de criaturas feéricas; sin embargo, lo que más le llamó la atención fue que no parecía interesada en recibir gratitud, reconocimiento ni protección. Vigilaba la respiración del herido como si aquella tarea constituyera la única razón por la cual continuaba allí, rodeada por hombres armados y desconocidos.

Entonces el rey reparó en Walia Amalrico, que aguardaba de pie junto a los portadores, cubierto de polvo y con la ropa marcada por la sangre del combate. Teodorico se acercó hasta quedar frente a él y, sin pronunciar advertencia alguna, le descargó una bofetada tan sonora que varios campesinos se estremecieron. El joven conde recibió el golpe sin retroceder ni intentar defenderse, aunque el enrojecimiento inmediato de su mejilla reveló su violencia. —Supongo que fue idea vuestra —dijo el rey con una calma mucho más peligrosa que sus gritos anteriores—. Una excursión magnífica. Una cacería digna de tres jóvenes imbéciles convencidos de que las bestias de los poemas son animales que uno puede matar antes del almuerzo. Walia apretó los dientes, pero antes de que pudiera responder intervino Amalasunta, que había permanecido a poca distancia.

—Fue idea mía, mi rey. Yo propuse que saliéramos y... —Las mujeres no opinan sobre cuestiones de caza, mujer —la interrumpió Teodorico, sin apartar los ojos del conde. La muchacha enrojeció de indignación, pero tuvo suficiente prudencia para callar ante la evidencia de que el monarca no buscaba establecer responsabilidades con justicia, sino encontrar alguna forma de descargar el miedo que acababa de sufrir. Walia, por su parte, no aprovechó aquella interrupción para disculparse. Permaneció inmóvil, aceptando una responsabilidad que su rango y su afecto por Juliano le impedían abandonar.

La cólera del rey empezó a disiparse cuando volvió a contemplar la litera. El muchacho seguía respirando, y aquella sencilla circunstancia comenzaba a adquirir para Teodorico una importancia superior a cualquier falta cometida. Observó otra vez a la niña, las argollas que llevaba en los tobillos y su extraña compostura, antes de dejar escapar un suspiro. —Bien. Supongo que ahora tenemos otra cachorra aristocrática a la que alimentar. —Gundemaro, que había permanecido prudentemente alejado desde la bofetada, levantó los ojos con cierta sorpresa. Teodorico añadió, encogiéndose de hombros—: Soy rico. ¿Qué más da? Ya alimento a media descendencia de los grandes señores de Aquitania, y ninguno de esos condenados muchachos parece dispuesto a aprender prudencia. Una boca más no arruinará mi tesoro. —La niña lo contempló sin comprender del todo si aquellas palabras significaban que podía acompañarlos, pero Gisila no estaba allí para explicar las costumbres del rey y ninguno de los nobles se atrevió a traducir su generosidad envuelta en insultos. Teodorico terminó arrodillándose junto a Juliano y apoyó cuidadosamente una mano sobre su cabello. La respiración era más fuerte que antes, aunque la fiebre le humedecía la frente y lo mantenía en una confusión profunda. Sus labios se movieron sin abrir los ojos, y de ellos escapó una palabra casi inaudible. —Pezuña...

—¿Pezuña? —repitió el rey, inclinándose para escuchar mejor. Juliano volvió a murmurar lo mismo, sin conseguir formar ninguna otra frase. Teodorico levantó la mirada hacia Walia. —¿A qué demonios se refiere? —El conde abrió la boca, pero por primera vez en mucho tiempo las palabras se le enredaron de tal manera que apenas consiguió pronunciar una explicación inconexa sobre huellas, árboles y el animal muerto. Fue Gundemaro quien intervino finalmente, con el rostro todavía pálido y la voz desprovista de su habitual arrogancia.

—Mi rey, nosotros no estábamos persiguiendo a ese monstruo. Seguíamos unas huellas enormes, huellas de lobo, y las seguimos durante buena parte del camino. Pero la criatura que mató Juler tenía pezuñas. Pezuñas, señor. No patas de lobo. —Teodorico permaneció inmóvil, asimilando lentamente aquella distinción.

—Entonces habéis encontrado una bestia diferente de la que buscabais.

—Sí, majestad. Y no sabemos dónde está la otra. Ni siquiera sabemos si hay una sola. —Gundemaro volvió la cabeza hacia las montañas, donde los últimos rayos del sol iluminaban las copas de un bosque aparentemente interminable. —Hay algo maldito en esas tierras, mi rey. Os lo juro por Cristo. Ese bosque está maldito.

Por primera vez desde su llegada, Teodorico no insultó a nadie. Miró hacia la criatura rojiza que los campesinos continuaban arrastrando, después hacia el bosque y finalmente hacia su sobrino herido. Había heredado un reino de grandes guerreros, nobles belicosos y fronteras difíciles, pero aquella noche empezaba a comprender que quizá existían enemigos contra los cuales ni los juramentos de sus señores ni las lanzas de sus mejores hombres serían suficientes. Se incorporó despacio y ordenó que reanudaran la marcha hacia Tolosa sin perder otro instante, mientras sus guardias formaban un círculo alrededor de la litera. Antes de montar se volvió hacia Walia, cuya mejilla todavía conservaba la marca de la bofetada, y le habló con una gravedad que no necesitaba elevar la voz. —Cuando ese muchacho esté a salvo, me contaréis absolutamente todo cuanto sucedió en esas ruinas. Y si de verdad hay otra criatura en mis bosques, por Dios que averiguaremos qué es antes de enviar a otro puñado de jóvenes a morir buscándola.

 

 

Crónicas del renacer de occidente. Los lobos de Aquitania: El ocaso de los héroes

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 La muchacha de las cadenas rotas descendió los últimos escalones de la villa con una determinación que contrastaba con el terror que había mostrado hasta entonces. Sus pies descalzos dejaron pequeñas huellas ensangrentadas sobre el mosaico mientras atravesaba el jardín, sin detenerse ante el cadáver monstruoso que todavía desprendía aquel hedor nauseabundo. Walia apenas reparó en su llegada, ocupado como estaba en comprobar la respiración de Juliano, cuyo pecho había dejado de moverse. La niña se arrodilló junto al joven patricio y comenzó a llorar silenciosamente, o eso creyó el conde, hasta que advirtió que acercaba el oído al pecho del muchacho, escuchaba durante unos instantes y después examinaba cuidadosamente su cabeza. Separó el cabello ensangrentado, palpó con delicadeza los huesos del cráneo y recorrió con los dedos la parte posterior del cuello. Había una herida que sangraba abundantemente, pero no encontró ninguna deformidad evidente que indicara un aplastamiento craneal. Lo verdaderamente terrible estaba en el pecho: el impacto parecía haber interrumpido los latidos de su corazón.

—Muchacha, apártate. Necesita un médico, no tus lamentaciones —murmuró Walia, aunque su voz carecía ya de la autoridad habitual. La niña no obedeció. Se inclinó sobre el rostro de Juliano, le levantó cuidadosamente el mentón y comenzó a insuflarle aire por la boca, para después colocar ambas manos sobre el centro de su pecho y presionar repetidamente con el peso de su pequeño cuerpo. El conde contempló aquellas maniobras con una mezcla de desconcierto y horror. No reconocía ninguna práctica médica semejante entre las enseñanzas de los cirujanos militares ni entre los remedios empleados por los sacerdotes. Por un instante pensó que estaba presenciando algún ritual campesino, una superstición aprendida entre mujeres que atendían partos y moribundos; sin embargo, la muchacha no pronunciaba plegarias, no trazaba signos sagrados ni invocaba a ningún espíritu. Contaba en voz baja, con una concentración feroz, alternando las presiones con nuevas insuflaciones mientras las lágrimas continuaban deslizándose por sus mejillas.

Walia estuvo a punto de apartarla cuando un movimiento repentino sacudió el cuerpo de Juliano. El joven arqueó ligeramente la espalda, expulsó una bocanada de aire mezclada con sangre y comenzó a toser con una violencia que hizo estremecer a la muchacha. Su respiración regresó entre jadeos desordenados, dolorosos, acompañados por un silbido húmedo que revelaba la gravedad de las lesiones torácicas. La niña se retiró apenas lo suficiente para permitirle respirar, mientras Walia se inclinaba hacia su amigo con una expresión de incredulidad absoluta. —¡Juler! ¡Por Cristo, muchacho, estás vivo! —exclamó, antes de comprender que debía contener el impulso de abrazarlo. El romano había recuperado la conciencia, aunque la confusión de su mirada y el dolor que le contraía el rostro evidenciaban que estaba muy lejos de encontrarse fuera de peligro. La sangre continuaba manando de la herida de la cabeza y cada inspiración parecía exigirle un esfuerzo insoportable.

La muchacha examinó nuevamente el tórax, palpando con extraordinaria delicadeza los espacios entre las costillas hasta identificar varias zonas dolorosamente inestables. Había fracturas costales y probablemente lesiones de los cartílagos intercostales, consecuencias previsibles de una coz capaz de lanzar a un hombre contra un muro de ladrillo. Walia observó que la niña evitaba mover al herido y mantenía una mano próxima a su hombro para impedir que intentara incorporarse. —No debe levantarse, señor —dijo finalmente, con una voz pequeña y ronca por el llanto—. Tiene huesos rotos en el pecho. Si se mueve demasiado, puede lastimarse por dentro. El conde levantó la cabeza y la contempló por primera vez con verdadera atención. Aquella criatura campesina, descalza, encadenada y cubierta de heridas, acababa de realizar algo que él habría considerado imposible. —¿Quién eres? —preguntó lentamente—. ¿Dónde aprendiste a hacer eso? La niña bajó los ojos hacia las argollas que todavía rodeaban sus tobillos y, durante unos momentos, pareció debatirse entre responder y volver a huir.

—Me enseñaron aquí, señor —susurró al fin—. Los hombres de la casa. Decían que algunos debían aprender a devolver el aliento cuando el corazón dejaba de obedecer. Walia sintió que la sangre se le enfriaba nuevamente, aunque la presencia opresiva del monstruo había desaparecido. Miró hacia las galerías oscuras, hacia las pinturas de bestias sin héroes y hacia aquella escalera que descendía bajo la villa. Comprendió entonces que el animal al que habían dado muerte podía ser apenas una pequeña parte del horror que se ocultaba en aquel lugar. Desde el camino comenzaron a llegar los primeros gritos de los campesinos convocados por Amalasunta, acompañados por el ruido de herramientas y pasos apresurados, mientras Juliano permanecía tendido sobre el mosaico, vivo por una intervención que nadie allí sabía explicar y demasiado herido para abandonar las ruinas por sus propios medios.

Gundemaro permanecía sentado entre los fragmentos del mosaico, exactamente donde había caído después del combate, con la lanza abandonada a su lado y una expresión de estupor que ninguna de sus habituales insolencias conseguía disimular. Había visto a Juliano atravesar la nuca del monstruo, recibir aquella coz espantosa y estrellarse contra el muro; después había contemplado cómo su compañero dejaba de respirar y cómo una muchacha encadenada, salida de las profundidades de la villa, conseguía devolverlo a la vida mediante unas maniobras incomprensibles. Fue entonces cuando reparó verdaderamente en ella. A pesar de la suciedad, las lágrimas y la ropa desgarrada, poseía una belleza extraordinaria, de facciones delicadas y una armonía casi principesca, acompañada por una compostura que difícilmente podía atribuirse a la educación habitual de una aldeana.

—Walli… —murmuró Gundemaro desde el suelo, todavía aturdido—. Esa no es una campesina.

El conde, arrodillado junto a Juliano, levantó la mirada hacia la muchacha y observó con mayor atención sus manos, sus facciones y la serenidad con que vigilaba la respiración del herido. Había algo inequívocamente refinado en aquella niña, no solo por su hermosura, sino por la manera de hablar y por unos conocimientos médicos que ni siquiera muchos hombres instruidos poseían.

—Sí, es obvio. Deben de haberla educado muy bien —respondió Walia, antes de dirigirse a ella con una gravedad que hizo desaparecer cualquier rastro de su anterior ligereza—. Niña, no te preguntaré por tu noble padre, ni por tu familia, ni por las circunstancias que te han traído hasta aquí. Ya habrá ocasión de averiguarlo. Pero escúchame bien: desde este momento estás bajo mi protección. Si alguien te ha esclavizado, tu dueño encontrará mi oro o mi acero, según lo que prefiera. Has salvado a mi amigo amado, a Gundemaro y al único romano que conozco que no es un sodomita rastrero.

Walia sostuvo la mirada de la muchacha mientras pronunciaba aquellas últimas palabras, consciente de que acababa de comprometer su honor ante testigos. La niña, que hasta entonces había permanecido concentrada en las heridas de Juliano, levantó lentamente los ojos hacia él. Sus labios temblaron, pero no consiguió responder. Durante unos instantes pareció debatirse entre la gratitud y una desconfianza nacida de experiencias demasiado terribles para su edad. Finalmente inclinó la cabeza, mientras una lágrima descendía por su mejilla y caía sobre las manos ensangrentadas que todavía mantenía junto al pecho del joven romano.

Solo entonces Gundemaro pareció recuperar por completo la conciencia de cuanto lo rodeaba. Se incorporó trabajosamente, apoyándose primero sobre una rodilla y después en el asta de su lanza, con el orgullo maltrecho y la túnica cubierta de polvo. —Un momento, Walli —protestó, recuperando una sombra de su acostumbrada insolencia—. ¿Acabas de decir que ella me ha salvado a mí? Porque, hasta donde recuerdo, fui yo quien mantuvo ocupada a esa monstruosidad mientras Juler encontraba la ocasión de matarla. El conde volvió la cabeza hacia él con una expresión de absoluta incredulidad. —Gunder, si vuelves a llamar estrategia a lo que acabas de hacer, te juro que contaré personalmente en todos los banquetes de Tolosa cómo una bestia consiguió derrotarte mientras tú intentabas pronunciar una frase heroica.

La réplica provocó en Gundemaro una sonrisa avergonzada que desapareció cuando volvió a contemplar a Juliano, todavía tendido sobre el pavimento y respirando con dificultad. Por primera vez desde que habían comenzado aquella jornada, no encontró ninguna respuesta ingeniosa. En lugar de ello, recuperó su lanza y se colocó junto a la entrada de las ruinas para vigilar el camino por donde debían llegar los hombres convocados por Amalasunta, mientras Walia permanecía al lado del herido y la muchacha continuaba observando atentamente cada movimiento de su pecho.

—Pezuña…

El susurro apenas consiguió atravesar los labios ensangrentados de Juliano. Walia, arrodillado junto a él, inclinó la cabeza sin comprender aquellas sílabas que parecían perderse entre sus respiraciones dolorosas. —¿Qué has dicho, Juler? —preguntó, acercándose un poco más, pero el muchacho solo consiguió repetir aquel sonido con una voz tan débil que ni siquiera el conde, situado a su lado, pudo distinguirlo. La niña de las cadenas rotas se inclinó entonces sobre el herido y acercó cuidadosamente el oído a su boca. Permaneció inmóvil durante varios segundos, escuchando con una concentración extraordinaria, antes de levantar hacia Walia sus enormes ojos. —Pezuña, mi señor. El noble héroe dice «pezuña». —

El conde tardó un instante en comprender. Después su expresión cambió de manera espantosa. La sangre desapareció de sus mejillas y sus dedos se cerraron lentamente sobre el puño de la espada, hasta que los nudillos adquirieron una blancura cadavérica. Gundemaro, que había recuperado parte de su insolencia habitual, observó aquel cambio con creciente inquietud.

—Walli, ¿qué demonios te sucede? ¿Qué importancia tiene una pezuña? —

El conde levantó los ojos hacia el cadáver monstruoso, cuyas cuatro extremidades terminaban en pezuñas gruesas y hendidas, y respondió con una lentitud terrible—: Las huellas, Gunder. Las que nos trajeron hasta aquí. Eran huellas de un lobo gigantesco. De un lobo. Y esta maldita cosa tiene pezuñas.

Gundemaro volvió la cabeza hacia el animal muerto. Contempló su hocico desmesurado, sus mandíbulas abiertas y aquellas extremidades que ya no podían confundirse con las patas de un cánido. Por primera vez desde que abandonaron Tolosa, toda la ligereza de su carácter pareció abandonarlo de golpe. —¿Me estás diciendo que hay otra cosa ahí fuera? —preguntó, mirando hacia la arboleda—. ¿Otro monstruo? —Walia no respondió, y aquel silencio fue peor que cualquier confirmación. —¿O varias? —añadió Gundemaro, ahora con una voz que apenas reconocía como propia. Los dos jóvenes contemplaron entonces el bosque que rodeaba la villa y descubrieron que nunca les había parecido tan grande. Sus árboles se prolongaban sobre las colinas hasta fundirse con las montañas distantes, y más allá de aquellas montañas se extendían otros bosques, otros valles y regiones enteras que ningún cazador de Tolosa había recorrido por completo. Aquitania, que pocas horas antes les parecía un territorio familiar, gobernado por condes conocidos y atravesado por caminos seguros, se convirtió repentinamente en una extensión inmensa y desconocida, donde quizá habitaban criaturas que ningún romano había descrito y que ningún guerrero godo había aprendido a combatir.

¿Acaso había regresado la edad de los héroes? La pregunta, absurda en cualquier banquete aristocrático, adquiría entre aquellas ruinas una seriedad insoportable. Gundemaro recordó las historias de Heracles, de Belerofonte enfrentándose a la Quimera y de los cazadores legendarios cuyas hazañas llenaban los poemas antiguos. También recordó a Telémaco, aquel joven noble que había debido aprender a convertirse en hombre bajo la sombra de un padre incomparable. Pero las leyendas omitían convenientemente el temblor de las manos, la posibilidad de morir aplastado contra una pared y la vergüenza de descubrir que todo el entrenamiento recibido desde la infancia apenas bastaba para mantenerse vivo unos instantes frente a una bestia extraordinaria. Ninguno de ellos alcanzaba la estatura de aquellos héroes. El único que había conseguido matar al monstruo yacía ahora sobre un pavimento ensangrentado, con varias costillas fracturadas y una respiración tan dolorosa que cada movimiento de su pecho parecía arrancarle una nueva porción de vida. Walia comprendió entonces que las grandes gestas podían terminar de aquel modo: sin coronas, sin canciones y sin victoria verdadera, con un muchacho moribundo y dos nobles incapaces de protegerlo.

El miedo terminó de apoderarse de ambos cuando una ráfaga de viento atravesó las ramas de los sauces. Gundemaro giró sobre sus talones y levantó la lanza, convencido durante un instante de haber escuchado un aullido. Una ramita cayó desde un árbol próximo y golpeó las losas, provocando que Walia desenvainara nuevamente la espada con una rapidez desesperada. El crujido de una raíz bajo tierra les pareció la pisada de un gigante; el roce de las hojas contra los muros recordó el arrastre de las cadenas, y cada sombra entre los troncos adquirió la forma de una criatura que aguardaba pacientemente a que abandonaran su refugio. Era un terror distinto del que habían sentido durante el combate, porque entonces existía un enemigo visible contra el cual podían emplear sus armas, mientras que ahora el peligro podía encontrarse en cualquier dirección. Walia no se atrevía a alejarse de Juliano; Gundemaro miraba constantemente hacia los árboles, incapaz de decidir si debía vigilar el camino, las ruinas o las galerías subterráneas. La niña, por el contrario, permanecía junto al herido, observándolos con una tristeza silenciosa que parecía demasiado antigua para sus doce años.

Fue ella quien devolvió a los jóvenes al mundo de los hombres. Tiró suavemente del manto de Walia y señaló hacia el camino que descendía entre los campos. Allí, más allá de los primeros árboles, aparecieron pequeñas luces anaranjadas que se multiplicaban conforme avanzaban por la pendiente. Eran antorchas. Poco después comenzaron a escucharse voces masculinas, el golpeteo de herramientas contra astas de madera y las órdenes que alguien impartía para mantener reunida a aquella improvisada hueste. Sobre todos aquellos sonidos se elevaba una oración pronunciada por numerosas gargantas, primero confusa y después perfectamente reconocible: «Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…». Gundemaro contempló las luces durante unos instantes, dejó caer la lanza sobre el mosaico y se arrodilló lentamente. Hasta aquel día había repetido plegarias en las ceremonias de su familia, durante los oficios religiosos y antes de los banquetes, casi siempre por costumbre, por obediencia o por respeto a las apariencias. Ahora juntó las manos, inclinó la cabeza y comenzó a recitar el padrenuestro con una devoción que jamás había conocido, porque por primera vez comprendía que podía necesitar verdaderamente la misericordia de Dios.

Walia permaneció junto a Juliano, escuchando cómo la oración se aproximaba entre los árboles. Las antorchas revelaron finalmente las primeras figuras de los campesinos, encabezados por hombres que llevaban horcas, azadas y lanzas improvisadas. Tras ellos avanzaban varios sacerdotes con cruces levantadas, y entre las voces que organizaban la marcha comenzó a distinguirse la de Amalasunta, firme y autoritaria. El conde sintió un alivio tan profundo que estuvo a punto de derrumbarse sobre las rodillas, pero logró mantenerse erguido mientras una última mirada hacia el bosque le recordaba que la llegada de aquellos hombres no resolvía el misterio. Habían muerto muchas criaturas terribles desde los tiempos de Heracles, y tal vez otras aguardaban todavía en las regiones olvidadas del mundo. Lo único que Walia sabía con certeza era que aquella mañana habían salido a cazar conejos y que, antes de ponerse el sol, habían descubierto que su reino contenía horrores para los cuales ninguno de sus maestros los había preparado.

Los primeros en alcanzar las ruinas fueron dos hermanos de doce y trece años, hijos de un campesino que cultivaba tierras pertenecientes a los dominios de los Amalricos. Habían corrido por delante de los hombres armados, atravesando los sembrados y siguiendo las voces que llegaban desde la villa, hasta que el mayor reconoció entre las columnas derruidas al joven conde Walia y a Gundemaro Vidimero. La presencia de aquellos señores bastó para que olvidara momentáneamente el cansancio, pero cuando sus ojos descendieron hacia el monstruoso cadáver tendido sobre el mosaico, se detuvo con tanta brusquedad que su hermano estuvo a punto de atropellarlo. La criatura parecía todavía más espantosa ahora que permanecía inmóvil, con las enormes mandíbulas abiertas, las pezuñas hundidas entre los escombros y varias flechas sobresaliendo de aquella espalda desmesurada. El mayor extendió inmediatamente un brazo para impedir que el pequeño avanzara.

—¡Mi señor! ¡Mi señor conde! —exclamó, inclinándose torpemente ante Walia antes de volverse hacia su hermano—. ¡Ve con la señora del caballo! ¡Dile que los hemos encontrado, que están aquí, en la villa antigua! ¡Corre y no te detengas! El menor intentó asomarse por debajo del brazo que le cerraba el paso, intrigado por el olor extraño y las manchas oscuras del pavimento, pero su hermano lo empujó suavemente hacia el camino. —¡He dicho que vayas! ¡Y no mires ahí dentro! —insistió con una autoridad prestada de su padre. El pequeño obedeció de mala gana y desapareció entre los árboles, gritando que había encontrado a los nobles. El mayor permaneció donde estaba, contemplando aquella escena con una expresión que comenzó siendo de horror y acabó transformándose, poco a poco, en un asombro casi reverencial.

Ante sus ojos se encontraba algo digno de ser cantado durante generaciones. Había escuchado historias de Heracles y de los grandes cazadores de la Antigüedad, relatos que los ancianos repetían junto al fuego y que los músicos ambulantes convertían en canciones durante las ferias. Desde niño soñaba con abandonar los campos y convertirse en cantor de las grandes casas, quizá aprender a tocar la lira, memorizar versos antiguos y recorrer los salones donde los nobles recompensaban con monedas de plata las composiciones capaces de engrandecer sus nombres. Pero nunca había imaginado encontrar una hazaña verdadera tan cerca de su aldea. Allí estaban dos jóvenes señores con las armas ensangrentadas, un monstruo que parecía nacido de los relatos de los antiguos y, junto a una columna, un muchacho romano tan gravemente herido que apenas podía respirar. El campesino comprendió que aquella historia no podía perderse entre rumores confusos. Necesitaba conocer los nombres, los hechos y hasta las palabras pronunciadas antes del combate, porque algún día, si Dios le concedía talento y fortuna, sería él quien los cantaría.

—Mi señor conde —preguntó finalmente, acercándose con una mezcla de timidez y entusiasmo—, ¿qué bestia es esa? ¿Tiene nombre? Mi abuelo conoce todas las criaturas de estos bosques, pero jamás habló de una semejante. ¿La matasteis vos? —Sus ojos se desviaron hacia Gundemaro, cuya lanza permanecía apoyada contra una columna, y después hacia Juliano—. ¿O fue aquel señor? ¿Es verdad que la enfrentasteis los tres? Walia contempló al muchacho con incredulidad, incapaz de comprender cómo alguien podía interesarse por la gloria cuando todavía ignoraban si su amigo sobreviviría. Gundemaro, en cambio, levantó lentamente la cabeza. Por primera vez desde que se arrodillara para rezar, encontró en aquella curiosidad una oportunidad de recuperar algo de su orgullo maltrecho.

 —La enfrentamos los tres, muchacho —respondió con voz grave—. Pero fue Juler quien la derribó. Juliano Aeciano, nieto de Flavio Aecio, el León de Occidente. Acuérdate bien de ese nombre.

El muchacho lo repitió en voz baja, como quien aprende una fórmula destinada a no olvidarse jamás, y observó nuevamente al joven romano. La visión de aquel héroe tendido entre las piedras le produjo una tristeza inesperada, porque comprendió que las canciones rara vez explicaban cuánto dolor podía esconderse detrás de una victoria. Quiso preguntar si sobreviviría, pero no se atrevió. En su lugar se aproximó unos pasos al cadáver y examinó su cabeza monstruosa, los colmillos desmesurados y las extrañas protuberancias óseas que sobresalían de las mandíbulas. —Tiene hocico de jabalí, pero parece más grande que los toros de mi padre —murmuró—. Si no tiene nombre, necesitará uno. Nadie recordará una canción sobre una bestia a la que solamente llamaban bestia. Gundemaro estuvo a punto de sugerir alguno de sus habituales disparates, pero Walia lo interrumpió con una mirada severa. —Primero salvaremos al muchacho que la mató. Después podrás componer todos los versos que quieras, pequeño.

Las voces de los campesinos aumentaron al otro lado de los muros, acompañadas por el crepitar de las antorchas y las oraciones de los sacerdotes. El futuro cantor permaneció junto a la entrada, deseoso de observar cuanto ocurriera y decidido a conservar cada detalle en su memoria. Entretanto, Walia volvió a arrodillarse junto a Juliano, y Gundemaro se adelantó para recibir a los primeros hombres de la improvisada hueste. Nadie reparó en que el muchacho, antes de apartarse, había observado también a la niña de las cadenas rotas, cuya presencia junto al héroe moribundo parecía pertenecer a otra clase de relato, más extraño y menos comprensible. Años después, si llegaba a convertirse en poeta, quizá recordaría que su primera gran historia había comenzado con una pregunta sencilla: quién había matado a aquel monstruo y cómo debía llamarse una criatura semejante.

—¡Licas, pequeño zoquete, sal de ahí! —tronó una voz desde el camino. Un campesino corpulento, de barba espesa y hombros acostumbrados a cargar sacos de grano, apareció entre las columnas acompañado por media docena de vecinos. El muchacho se apartó precipitadamente del cadáver, aunque no sin dedicarle una última mirada de admiración. Los hombres traían dos varas resistentes, mantas, correas de cuero y una puerta ligera desmontada de alguna dependencia agrícola, materiales suficientes para improvisar una litera. Mientras el padre de Licas distribuía órdenes y examinaba el terreno, Gundemaro llamó al pequeño y depositó una moneda en su palma.

—Cuando seas cantor, muchacho, recuerda que fuiste testigo de una hazaña extraordinaria. Llámalo el Jabalí de Tolosa.

—Walia, que ayudaba a preparar el traslado de Juliano, soltó una carcajada inesperada. —¡El Jabalí de Tolosa! ¡Todos pensarán que tres idiotas se hicieron despedazar por un cerdo especialmente gordo! —Gundemaro frunció el ceño, ofendido en su sensibilidad poética.

—Entonces, ¿cómo demonios lo llamamos? —Licas apretó la moneda contra el pecho sin atreverse a intervenir. Todavía no sabía encontrar nombres dignos de las grandes gestas, pero estaba convencido de que aquella disputa merecería figurar en la canción.

Cada vez llegaban más campesinos, convocados por las antorchas, las voces y el cuerno del conde. Algunos se detenían horrorizados ante la criatura; otros se aproximaban con la curiosidad cautelosa de quienes jamás habían visto un animal semejante. Un sacerdote joven se persignó al descubrir el enorme hocico y las flechas incrustadas en la musculatura, y retrocedió instintivamente cuando uno de los hombres intentó levantar una de sus patas. Poco después, el sonido de unos cascos anunció la llegada de Amalasunta Vidimerica, montada sobre una yegua que avanzaba con paso firme entre los trabajadores. La joven llevaba el manto recogido para facilitar la marcha y sostenía las riendas con una elegancia tan natural que, rodeada de aquella improvisada escolta campesina, parecía la reina de aquellas gentes.

—¡Así que aquí están nuestros nobles héroes! —exclamó al distinguir a su hermano y al conde—. ¡Por todos los santos, Gunder, espero que al menos hayas tenido la cortesía de no morir antes de que llegara! ¿Dónde estás, Juler? —Su sonrisa desapareció cuando descubrió al romano tendido sobre las mantas, con la cabeza apoyada en el regazo de una niña extraordinariamente hermosa que sostenía un paño ensangrentado contra su herida. Amalasunta desmontó sin esperar que nadie acudiera a sujetarle la yegua. —Señor conde —preguntó, aproximándose con el rostro repentinamente pálido—, ¿qué le ha sucedido?

Walia explicó lo indispensable mientras los hombres terminaban de asegurar la litera y la muchacha indicaba cómo debían evitar movimientos bruscos sobre el tórax de Juliano. Amalasunta escuchó sin interrumpir, aunque la noticia de que su hermano había estado a punto de morir y de que el romano había recibido aquella herida por salvarlo hizo que dirigiera a Gundemaro una mirada cuya severidad prometía una conversación mucho menos agradable cuando estuvieran a salvo. Entretanto llegó un sacerdote de edad avanzada, hombre de manos gruesas y cabellos completamente blancos, que llevaba una pequeña ampolla de agua bendita. Se aproximó al cadáver, murmuró una oración y trazó sobre él la señal de la cruz antes de rociarlo. Allí donde las gotas tocaron la piel negruzca ocurrió algo tan inesperado que los campesinos retrocedieron entre exclamaciones: la superficie comenzó a perder su color oscuro y reveló gradualmente una tonalidad rojiza, semejante al pelaje de un animal de carne y sangre. El fenómeno se extendió por el lomo y los flancos, dejando a la vista manchas pardas y zonas cubiertas por cerdas rojizas. El sacerdote continuó rezando sin apartarse, mientras la niña de las cadenas rotas observaba aquella transformación con una atención extraordinaria, como si acabara de reconocer un detalle de importancia que los demás todavía no podían comprender.

—Esto no es obra de una enfermedad ordinaria —murmuró el anciano, examinando la superficie transformada sin atreverse a tocarla directamente—. Sea cual sea la naturaleza de esta criatura, convendrá llevarla ante quienes puedan estudiarla. —Los campesinos intercambiaron miradas inquietas, pero la curiosidad terminó imponiéndose al miedo cuando Walia autorizó que recuperaran el cadáver. Con sogas gruesas, palancas de madera y la ayuda de varios animales de tiro, consiguieron arrastrar aquella masa monstruosa sobre una estructura improvisada. El contraste resultaba casi grotesco: delante marchaba la litera de Juliano, conducida con extremo cuidado y acompañada por la niña que le había salvado la vida; detrás avanzaba una multitud de campesinos que tiraban del enorme cerdo rojizo, mientras Licas caminaba junto a ellos repitiendo mentalmente los nombres de los nobles, decidido a no olvidar ninguno. Amalasunta organizó la marcha, distribuyó hombres entre la vanguardia y la retaguardia y ordenó mantener las antorchas encendidas incluso cuando abandonaron el bosque. Nadie volvió a burlarse de los rumores sobre lobos gigantes, y los sacerdotes continuaron sus plegarias durante todo el descenso hacia la aldea.

Al llegar al poblado, la noticia se propagó antes que la propia comitiva. Las mujeres abandonaron los patios, los niños se asomaron a las puertas y los ancianos salieron apoyados en bastones para contemplar aquella extraordinaria procesión. El monstruo, ahora rojizo, fue recibido con una mezcla de espanto y fascinación; algunos aseguraron reconocer en él al jabalí de las antiguas leyendas, mientras otros afirmaron que ninguna criatura de Dios podía alcanzar semejante tamaño. Juliano recibió los primeros cuidados que pudieron proporcionarle, aunque su estado obligaba a continuar cuanto antes hacia Tolosa, donde encontrarían médicos más experimentados. Walia dispuso el relevo de los portadores, Gundemaro permaneció junto a la litera y Amalasunta ordenó que enviaran jinetes por delante para preparar su llegada a la ciudad. Cuando finalmente emprendieron el camino hacia la capital visigoda, los campesinos insistieron en transportar también el cadáver, convencidos de que aquella bestia merecía ser mostrada ante el rey y los grandes señores de la corte. Así avanzaron hacia Tolosa, entre oraciones, rumores y canciones todavía inconclusas, llevando consigo a un héroe gravemente herido, una niña cuya identidad nadie conocía y el cuerpo de un monstruo que había cambiado de color al recibir agua bendita.

 

Crónicas del renacer de occidente. Biografía de Lucio Aeciano — desde su nacimiento hasta 464 d. C.

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Lucio Aeciano nació el 3 Idus Quintilis de 1202 AUC / 446 d. C., en Rávena, cuando la corte imperial de Occidente conservaba todavía toda la solemnidad de sus ceremonias aunque, detrás de los mosaicos, las púrpuras y los funcionarios, comenzaban a percibirse las fracturas de un mundo cada vez más difícil de gobernar. Fue el primogénito de Flavio Crispino Aeciano y Valeria Crispiana Severina, y desde el instante mismo de su nacimiento dejó de pertenecer enteramente a sí mismo. Por línea paterna era heredero de la Casa Aecia y descendiente directo de Flavio Aecio; por su madre llevaba además sangre de la más alta aristocracia imperial. Su nacimiento fue interpretado dentro de la familia como una garantía de continuidad: aquel niño debía conservar el nombre, las clientelas, la tradición militar y la autoridad de una casa cuya posición se había construido alrededor de uno de los hombres más formidables de Occidente.

Sus primeros años estuvieron marcados por el alejamiento de Rávena. Las circunstancias que rodearon el matrimonio de sus padres y el retiro de Valeria de la corte acabaron llevando a la familia hacia sus dominios de los Alpes Ligures, de modo que Lucio pasó buena parte de su primera infancia lejos de los grandes palacios que teóricamente correspondían a su rango. Aquello tuvo una consecuencia decisiva. Mientras su madre conservaba en la memoria la escala monumental de Mediolanum y Rávena, y mantenía dentro de la residencia familiar una etiqueta casi cortesana, Lucio creció contemplando fortalezas, caminos de montaña, establos, puestos de guardia y hombres armados. Su mundo infantil no estuvo formado únicamente por pedagogos, esclavos domésticos y sacerdotes, sino también por veteranos, administradores de propiedades, exploradores, mensajeros y soldados que hablaban de pasos nevados, patrullas, emboscadas y movimientos de pueblos al otro lado de las fronteras.

Fue un niño extraordinariamente grande. Antes de alcanzar los diez años ya superaba en altura a muchos muchachos mayores, y durante la adolescencia su crecimiento se volvió todavía más pronunciado. Su cuerpo parecía responder de manera casi excesiva al entrenamiento: hombros que se ensanchaban con rapidez, piernas poderosas de jinete, brazos largos y una resistencia física que hacía difícil agotarlo. Sin embargo, su constitución nunca fue torpe. Los instructores descubrieron pronto que bajo aquella masa creciente había buenos reflejos, coordinación y una sorprendente facilidad para controlar un caballo. Lucio comenzó a desarrollar desde muy temprano aquello que después convertiría en una de sus mayores virtudes: la capacidad de imponer físicamente su presencia sin necesidad de recurrir inmediatamente a la violencia. Incluso adolescente resultaba difícil ignorarlo cuando entraba en una estancia.

Su aspecto provocaba comentarios que él aprendió a detestar. El cabello rubio, los ojos azules, la gran estatura y una robustez que se acentuaba conforme crecía hacían que algunos aristócratas romanos bromearan acerca de una supuesta apariencia germánica. Otros lo elogiaban precisamente por aquello, comparándolo con los héroes septentrionales o con los guerreros de antiguas epopeyas. Lucio recibió ambos comentarios con creciente incomodidad. Para él no existía ambigüedad alguna: era romano, Aeciano y cristiano. Cuando algún visitante insinuaba que parecía más un joven godo o franco que un muchacho de familia senatorial, podía permanecer cortés, pero lo recordaba durante mucho tiempo. Esa sensibilidad contribuiría posteriormente a una preocupación casi obsesiva por demostrar mediante disciplina, lengua, religión y conducta que ninguna apariencia física podía cuestionar su romanidad.

Su educación fue organizada alrededor de una idea sencilla y terrible: Lucio debía estar preparado para heredar. Mientras otros jóvenes podían permitirse periodos de frivolidad, a él se le recordaba constantemente que algún día hombres adultos mirarían hacia él esperando órdenes. Estudió latín, historia militar, administración de propiedades, genealogía, doctrina cristiana, derecho elemental, logística y geografía; recibió además entrenamiento intensivo en equitación, lanza, espada, escudo y mando de pequeños grupos. Nunca fue el estudiante más brillante de manera espontánea, pero compensaba cualquier dificultad mediante constancia. Allí donde otro muchacho abandonaba después de comprender suficientemente una lección, Lucio insistía hasta dominarla. Consideraba el esfuerzo una virtud moral. Fallar podía perdonarse; dejar de intentarlo le parecía mucho más difícil de justificar.

Esa manera de comprender el mundo procedía en gran medida de la figura de Flavio Aecio. Para Lucio, su abuelo no era simplemente un pariente ilustre. Era la medida contra la cual evaluaba a todos los hombres y, sobre todo, a sí mismo. Las historias sobre campañas, negociaciones, reyes federados, hunos, emperadores y ejércitos formaron parte de su infancia hasta tal punto que Aecio terminó convirtiéndose simultáneamente en ejemplo y tormento. Lucio quería parecerse a él, pero comprendió muy pronto que parecerse nunca sería suficiente. Ser «el nieto de Aecio» significaba que cualquier éxito podía atribuirse a su apellido mientras que cada fracaso sería considerado indigno de él.

Frente a su abuelo, el muchacho que podía mostrarse autoritario con criados, orgulloso ante otros jóvenes y absolutamente seguro durante un entrenamiento perdía buena parte de aquella facilidad. Preparaba cuidadosamente sus palabras. Enderezaba la espalda más de lo necesario. Respondía con brevedad incluso cuando deseaba explicar algo. Una aprobación sencilla podía sostener su ánimo durante semanas; una corrección pronunciada sin crueldad podía perseguirlo durante meses. De allí nació una de las contradicciones centrales de su personalidad: Lucio deseaba mandar porque necesitaba demostrar que era digno de obediencia, y necesitaba demostrarlo porque, en algún rincón de sí mismo, temía profundamente no alcanzar nunca la estatura del hombre cuyo nombre había heredado.

Su madre comprendió aquel problema antes que él. Valeria fomentaba su orgullo familiar, pero también intentaba impedir que la sombra de Aecio devorara completamente al niño. Con Lucio podía ser extremadamente afectuosa y, precisamente por ello, profundamente exigente. Lo llamaba a veces su pequeño león incluso después de que comenzara a superar físicamente a casi todos los hombres de la casa. Le enseñó a moverse entre nobles, a reconocer cuándo un elogio escondía una petición y a comprender que una mesa de banquete podía ser tan peligrosa como un campo de batalla. Lucio absorbió las reglas, aunque nunca heredó la sutileza de su madre. Donde Valeria insinuaba, él prefería afirmar; donde ella toleraba una ofensa durante meses esperando el momento adecuado, él debía esforzarse conscientemente para no responder de inmediato.

Su cristianismo niceno adquirió durante esos años un lugar central en su identidad. Lo que en la infancia había sido enseñanza religiosa terminó convirtiéndose en una estructura mediante la cual interpretaba el deber, el autocontrol y la autoridad. Lucio encontraba tranquilidad en una fe que dividía con aparente claridad lo correcto de lo incorrecto. Rezaba antes de entrenamientos particularmente difíciles, conocía bien las oraciones fundamentales y escuchaba con atención a sacerdotes cuya conducta consideraba austera. La idea del dominio sobre las pasiones lo fascinaba porque coincidía perfectamente con su concepción de la disciplina. Un hombre debía gobernarse a sí mismo antes de pretender gobernar a otros.

Aquella misma convicción comenzó, sin embargo, a endurecerlo. La educación religiosa y aristocrática de su entorno le transmitió numerosos prejuicios que Lucio asumió durante la adolescencia con escaso cuestionamiento. Desconfiaba de paganos obstinados, judíos, extranjeros itinerantes y personas cuyas conductas sexuales o costumbres le habían sido descritas como contrarias al orden cristiano. No se consideraba cruel por ello; precisamente ahí residía la dificultad. A sus ojos adolescentes, sus juicios eran sencillamente correctos. Podía proteger con enorme determinación a alguien a quien reconociera como miembro legítimo de su comunidad y, al mismo tiempo, contemplar con sospecha a quien situara fuera de ella. Su formación moral había producido una conciencia fuerte, pero todavía demasiado rígida para distinguir siempre entre pecado, diferencia, delito y amenaza.

A medida que entraba en la adolescencia, comenzó a manifestarse otra contradicción. Lucio defendía públicamente una disciplina sexual rigurosa y juzgaba con severidad la falta de continencia ajena, pero era también un joven extraordinariamente atractivo, consciente del efecto de su apariencia y lejos de ser inmune al deseo. Su madre percibió rápidamente el peligro de aquella combinación. Lucio podía construir argumentos muy elaborados para explicar por qué una debilidad ocasional propia no cuestionaba los principios generales que exigía a otros. Esa capacidad de racionalización no lo convertía en un hipócrita deliberado; más bien mostraba cuánto necesitaba conservar una imagen coherente de sí mismo. Admitir que podía contradecir aquello que predicaba le resultaba mucho más difícil que cometer la contradicción.

Su entrenamiento militar se intensificó aproximadamente desde los doce años. Los veteranos vinculados a la Casa Aecia comenzaron a tratarlo menos como un niño y más como un futuro oficial. Se acostumbró a despertar antes del amanecer, revisar monturas, recorrer caminos de montaña, soportar lluvia y frío, calcular distancias y aprender que mantener alimentados a veinte hombres podía resultar más importante que vencer elegantemente a uno. Aquello le gustaba. La administración doméstica lo aburría; la logística militar, en cambio, le parecía una ciencia digna porque desembocaba directamente en acción. Aprendió muy pronto que un caballo mal herrado podía destruir un mensaje, que una patrulla demasiado cansada dejaba de observar correctamente y que el soldado que no confiaba en su comandante comenzaba a obedecer únicamente cuando era vigilado.

También comenzó a experimentar pequeñas responsabilidades de mando. Al principio eran ejercicios: dirigir a otros muchachos, organizar una patrulla simulada, escoger posiciones o mantener una formación. Después llegaron encargos reales aunque limitados, normalmente bajo la supervisión discreta de veteranos. Lucio descubrió que mandar le resultaba natural. Su voz era fuerte, su aspecto imponía obediencia y raramente pedía a otros soportar algo que él mismo no estuviera dispuesto a soportar. Podía ser duro, pero la dureza acompañada de ejemplo generaba una forma temprana de lealtad. Los soldados de la casa comenzaron a llamarlo ocasionalmente «Gigante de Hierro», primero medio en broma y después con un respeto creciente que Lucio fingía considerar excesivo mientras disfrutaba profundamente de él.

El caballo terminó siendo el lugar donde su enorme físico encontraba mayor armonía. A pie podía parecer demasiado grande para su edad; montado, todo encajaba. Aprendió a cargar con lanza, controlar un animal mediante presión de piernas, girar dentro de formaciones y conservar el equilibrio durante impactos. Los instructores comprendieron que su futuro natural se encontraba en la caballería pesada. Allí su estatura, alcance, fuerza y disciplina podían combinarse de manera devastadora. Lucio comenzó a imaginarse a sí mismo no como cortesano ni terrateniente, sino como comandante de hombres a caballo, defendiendo pasos, cruzando fronteras y recuperando para su apellido algo de la gloria militar asociada con Aecio.

Entre 463 y 464 d. C., con diesisiete y luego diesiocho años, aquella vocación adquirió una forma mucho más seria. Ya no era posible considerarlo simplemente un muchacho grande jugando a la guerra. Medía cerca de lo que alcanzarían muchos hombres adultos y podía imponerse físicamente a combatientes mayores durante algunos ejercicios. Su fuerza comenzaba a mostrar características que incluso sus entrenadores encontraban difíciles de explicar: capacidad de recuperación extraordinaria, reflejos impropios de alguien de su tamaño y momentos en que parecía capaz de realizar esfuerzos que habrían agotado a hombres experimentados. En la familia se hablaba poco de ello. Los Aecianos empezaban a comprender que ciertas capacidades excepcionales aparecían en varios descendientes del linaje, aunque en Lucio aquellas peculiaridades parecían expresarse principalmente mediante el cuerpo.

En 464 d. C., Lucio Aeciano tenía aproximadamente dieciocho años y todavía no era el oficial de frontera que llegaría a ser posteriormente, pero casi todo aquello que definiría al adulto se encontraba ya presente. Era alto, poderoso, disciplinado y ferozmente orgulloso de su apellido; devoto hasta la rigidez, valiente hasta aproximarse ocasionalmente a la temeridad y extraordinariamente sensible a cualquier insinuación de que no estaba preparado para cumplir con las expectativas depositadas sobre él. Deseaba servir a Roma, pero Roma para él todavía significaba menos una administración concreta que una idea de orden: ejército disciplinado, fe correcta, jerarquía, ley y hombres capaces de cumplir con su deber.

Todavía no comprendía cuánto iba a cambiar aquel mundo. Creía que la decadencia podía contenerse si suficientes hombres se mantenían firmes, que una frontera podía conservarse mediante disciplina y que los enemigos de Roma podían distinguirse con claridad de aquellos que pertenecían a ella. Su juventud estaba construida sobre certezas. Las campañas posteriores habrían de demostrarle que las fronteras podían desaparecer, que un enemigo podía convertirse en aliado, que un cristiano podía traicionar mientras un extranjero mantenía su palabra y que incluso un Aeciano podía actuar indignamente.

Pero en 464 nada de aquello había ocurrido todavía. Lucio seguía siendo el primogénito, el muchacho al que todos habían enseñado desde la cuna que algún día otros dependerían de él. Y mientras Juliano comenzaba a preguntarse qué debía reemplazar a la vieja Roma, Lucio todavía formulaba una pregunta mucho más sencilla y, para él, mucho más urgente: qué clase de hombre tendría que convertirse para ser digno de sostenerla.

Crónicas del renacer de occidente. Juliano Aeciano — Biografía hasta 464 d. C.

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Juliano Aeciano nació hacia 1203 AUC / 450 d. C., dentro de una familia para la cual el apellido comenzaba a pesar casi tanto como las antiguas dignidades de Roma. Nieto de Flavio Aecio, creció escuchando desde antes de comprenderlas palabras como deber, frontera, fidelidad y continuidad del Imperio. Su primera educación fue inequívocamente romana: tutores, gramáticos, doctrina cristiana, genealogías familiares, historia, equitación y las formas que correspondían a un joven patricio. Sin embargo, desde los primeros años resultó evidente que Juliano aceptaba mal cualquier disciplina cuya finalidad no comprendiese. Era difícil mantenerlo sentado, difícil convencerlo de que una orden era sabia solamente porque procedía de un adulto y casi imposible lograr que fingiera obediencia cuando consideraba absurda una prohibición. Su memoria era excelente y aprendía con desconcertante rapidez cuando algo despertaba su interés, circunstancia que no hizo sino volverlo aún más hostil hacia los métodos repetitivos de sus preceptores. Markdown pegado

No creció como un muchacho corpulento en el sentido de los grandes guerreros germanos que conocería después, pero sí desarrolló un físico compacto, fibroso y sorprendentemente poderoso, construido alrededor de unas piernas fuertes de jinete, gran coordinación y una energía que parecía no agotarse. Antes de alcanzar la adolescencia ya prefería un caballo, un arco o una lucha amistosa a cualquier estancia prolongada frente a un códice. Había en él además una galantería precoz que divertía y exasperaba a partes iguales: sabía sonreír cuando era reprendido, improvisaba cumplidos con una naturalidad peligrosa y muy pronto descubrió que podía salir de algunas dificultades mediante encanto allí donde no podía hacerlo mediante desafío. Brioso, competitivo y orgulloso, tenía la desagradable costumbre de enfrentarse con mayor entusiasmo precisamente a quien parecía capaz de derrotarlo.

Cuando todavía era niño fue enviado a Tolosa como pupilo de la corte visigoda y, aunque nadie empleaba aquella expresión delante de él, también como una forma de rehén de honor. Su presencia garantizaba confianza entre la Casa Aecia y los grandes poderes godos del sur de la Galia: un Aeciano educado entre los Balti constituía al mismo tiempo un gesto de amistad, una promesa política y una garantía viviente de que ninguno de los dos mundos pretendía romper fácilmente sus compromisos. Juliano comprendió esta realidad mucho antes de que los adultos estuvieran dispuestos a explicársela. Lejos de resentirse por ello, terminó encontrando en Tolosa una libertad que Italia difícilmente le habría concedido. Allí podía acompañar a nobles jóvenes en largas jornadas a caballo, aprender de cazadores, disparar con arco, internarse en bosques y descubrir una sociedad aristocrática donde la relación entre señor y guerrero le parecía mucho más inmediata que la maraña de funcionarios, títulos y precedencias que recordaba de los círculos romanos. Markdown pegado

Su vida quedó desde entonces dividida entre Tolosa y Aquitania. Cuando la corte comenzaba a resultarle asfixiante, cuando una discusión con un tutor amenazaba con terminar en castigo o simplemente cuando necesitaba un espacio donde ser menos rehén y más sobrino, buscaba la casa de su tía Lidia Teodoricana Aeciana. Con ella mantenía una relación que ningún maestro de ceremonias conseguía formalizar del todo. Lidia podía reprenderlo con una severidad que Juliano no toleraba en otras personas, precisamente porque él sabía que sus reprimendas no nacían del deseo de dominarlo. La casa de su tía en Aquitania se convirtió así en una especie de segundo hogar: allí podía escuchar noticias de Italia, discutir sobre política, mezclarse con nobles romanos y godos y descubrir poco a poco que las categorías que los viejos senadores presentaban como incompatibles eran mucho más permeables de lo que pretendían. Para Juliano, admirar a los godos jamás significó dejar de sentirse romano. Al contrario: comenzó a imaginar que Roma solo sobreviviría si aprendía a incorporar aquello que todavía tenía vigor fuera de ella. Markdown pegado

Su relación con Flavio Aecio fue mucho más difícil. Juliano admiraba a su abuelo casi con la intensidad con que se rebelaba contra él. Para el muchacho, Aecio era la última columna verdaderamente sólida de un edificio que se inclinaba: el hombre capaz de mantener ejércitos, reyes federados, aristócratas, provincias y generales unidos mediante una mezcla de reputación, temor, diplomacia y pura voluntad. Precisamente por eso le irritaba. Juliano no podía comprender por qué un hombre semejante empleaba su grandeza en sostener estructuras que, a sus ojos adolescentes, parecían agotadas. En ocasiones veía a su abuelo como el único romano que comprendía realmente el mundo; en otras, como el último gran hombre encadenado voluntariamente a una Roma incapaz de reformarse. Deseaba su aprobación y, al mismo tiempo, sentía una necesidad casi visceral de demostrarle que su generación tendría que hacer algo distinto. Su rebeldía hacia Aecio escondía una contradicción que todavía no sabía expresar: quería superar al hombre cuya estatura hacía que casi todos los demás adultos le parecieran menores.

De esas discusiones surgió una de sus convicciones más tempranas. Juliano comenzó a sostener que el Imperio necesitaba una nueva nobleza, menos preocupada por la pureza del apellido que por la capacidad de gobernar, combatir y mantener la fidelidad de hombres reales. No proponía destruir la aristocracia; siendo Aeciano, semejante idea le habría parecido absurda. Quería reemplazar una aristocracia que consideraba envejecida por otra formada por romanos, godos y familias militares capaces de crear un orden nuevo. Tampoco le parecía sagrado que la dirección política occidental permaneciera ligada eternamente a las viejas ciudades italianas. Milán había cedido protagonismo a Rávena; ¿por qué no podía ocurrir otra vez?

Fue entonces cuando comenzó a hablar de Tolosa como posible capital de un Occidente renovado. La ciudad le parecía viva: llena de caballos, embajadas, guerreros, jóvenes nobles y una corte que todavía esperaba crecer en lugar de limitarse a recordar lo que había sido. Lidia solía escucharlo desarrollar aquella teoría con creciente solemnidad antes de comenzar a reír. Ella había conocido Roma. No la Roma de las historias ni la Roma convertida en argumento político, sino la ciudad misma: sus murallas, basílicas, foros, iglesias, palacios, multitudes, colinas y la acumulación casi insoportable de siglos de poder. Cada vez que Juliano proclamaba que Tolosa podía convertirse en la nueva cabeza del mundo occidental, su tía le recordaba, divertida, que Tolosa era pequeña. Cuando él protestaba, Lidia repetía que era todavía más pequeña de lo que él imaginaba porque nunca había visto Roma con sus propios ojos. Para Juliano aquello no refutaba nada. Si una ciudad pequeña estaba llena de futuro y una inmensa de pasado, respondía, quizá el tamaño no fuese el criterio que debía decidir dónde gobernar.

Hacia 464 d. C., con apenas catorce años, Juliano ya se había convertido en una criatura incómoda para cualquier clasificación sencilla. Seguía pareciendo inconfundiblemente romano, continuaba orgulloso de los Aecianos y hablaba de su abuelo con una reverencia que podía transformarse en discusión en cuestión de segundos; pero montaba, cazaba, disparaba y se relacionaba con los jóvenes nobles de Tolosa como alguien criado entre ellos. Era coqueto, galante, irritable, impaciente y peligrosamente seguro de sus propias conclusiones. Todavía no poseía un proyecto político coherente y buena parte de sus ideas contenían la arrogancia propia de quien no había tenido que gobernar nada verdaderamente grande. Pero ya estaba convencido de tres cosas que marcarían su vida: Roma podía caer, Aecio no viviría eternamente y el mundo que viniera después no tenía por qué pertenecer exclusivamente ni a romanos ni a godos. Juliano quería pertenecer a ambos y, algún día, obligarlos a pertenecer a algo nuevo.

jueves, 8 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los lobos de Aquitania: La bestia de las ruinas olvidadas

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 La flecha de Juliano atravesó la espesura con un silbido agudo, arrancando hojas de las ramas bajas antes de clavarse violentamente en el tronco de un fresno. Durante una fracción de segundo, el joven había distinguido una silueta negra entre los matorrales, una masa de pelo erizado y músculos extraordinarios que parecía llenar por completo el espacio entre dos árboles; sin embargo, aquella criatura se apartó con una rapidez desconcertante, como si hubiese anticipado el disparo. Walia desenvainó inmediatamente su espada y volvió la montura hacia la dirección del movimiento, pero no encontró nada salvo las ramas todavía agitadas. Lo verdaderamente inquietante era la sensación que acompañaba aquella presencia: una opresión fría, casi física, que se extendía desde la nuca hasta el pecho y hacía que respirar exigiera un esfuerzo consciente. El conde había conocido el miedo durante sus primeras experiencias militares, pero aquello era diferente, pues no nacía de la perspectiva de recibir una herida, sino de una repugnancia instintiva hacia algo cuya existencia parecía contradecir el orden natural. Juliano experimentaba una impresión semejante, agravada por la certeza de que la criatura no estaba huyendo; había cambiado de posición y continuaba desplazándose entre los árboles, describiendo un círculo cada vez más amplio alrededor de la hondonada donde Gundemaro seguía gritando.

Las ruinas aparecieron detrás de un espeso grupo de robles, medio hundidas en una depresión del terreno que alguna vez debió de albergar los jardines de una villa romana. Subsistían dos paredes de piedra revestidas de ladrillo, varias columnas caídas y un pequeño pavimento de mosaico que las raíces habían levantado hasta fracturarlo en numerosos fragmentos. Una escalera descendía hacia lo que parecía haber sido una dependencia subterránea, cuya entrada permanecía parcialmente obstruida por tierra y vegetación. Allí se encontraba Gundemaro Vidimero, desmontado junto a una columna rota, examinando con enorme entusiasmo un relieve de mármol cubierto de musgo. Había abandonado su lanza contra una pared y parecía completamente ajeno al peligro, aunque su caballo, sujeto por las riendas a un arbusto, mantenía las orejas echadas hacia atrás y tiraba repetidamente de la cuerda para alejarse de las ruinas. Walia sintió que aquella presión desagradable aumentaba conforme se aproximaban, hasta el punto de que tuvo que apretar los dientes para dominar una necesidad absurda de dar media vuelta. Juliano, por su parte, descubrió que la sensación no procedía únicamente del bosque: algo en las propias ruinas despertaba una alarma igualmente intensa, aunque más antigua y difícil de identificar.

—¡Gundemaro! ¿Qué demonios estás haciendo? —exigió Walia, descendiendo de su caballo con la espada todavía desnuda—. ¡Te ordené que no te alejaras! ¡Hay una bestia enorme merodeando por estos árboles y tú decides venir a contemplar piedras! El joven Vidimero volvió la cabeza con una expresión de absoluta perplejidad, como si las palabras del conde hubiesen interrumpido una ocupación mucho más urgente que cualquier asunto relacionado con animales salvajes.

—¿Qué hago? ¡Mirad esto, Walli! —exclamó, señalando el relieve—. ¡Una villa romana abandonada, con sus mosaicos todavía visibles! Aquí hay inscripciones, una entrada subterránea y probablemente habitaciones que nadie ha pisado en décadas. Esto es mucho más importante que un tonto lobo. Podemos cazarlo más tarde, cuando terminemos de explorar. Incluso podríamos traer a Juler para que nos traduzca las inscripciones, si conseguimos convencerlo de que leer tres palabras no constituye una tortura.

Walia lo contempló con una incredulidad creciente, mientras Juliano advertía un nuevo movimiento entre los árboles situados detrás de la villa. No distinguió a la criatura, pero sí observó cómo una rama gruesa se doblaba lentamente y recuperaba su posición sin producir el ruido que habría esperado de un animal de semejantes dimensiones. La bestia estaba rodeando las ruinas y utilizaba la vegetación para mantenerse fuera del alcance de los arcos, una conducta demasiado deliberada para atribuirla a un depredador ordinario. Gundemaro, entretanto, continuaba hablando con la despreocupación de quien había encontrado un entretenimiento inesperado, e incluso se arrodilló para retirar tierra de una inscripción casi borrada. Lo extraordinario era que no parecía experimentar ninguna de las sensaciones que atormentaban a sus compañeros: no había rigidez en sus movimientos, ni inquietud en sus ojos, ni siquiera aquella vacilación involuntaria que dominaba al conde cada vez que miraba hacia la escalera. Su tranquilidad resultaba tan completa que comenzaba a parecer tan anormal como el miedo de los otros dos.

—¡Por la sangre de nuestros antepasados, Gundemaro, levántate de una vez! —ordenó Walia, aproximándose hasta sujetarlo por el hombro—. No pienso explicarle a tu hermana que te encontraron dentro del vientre de un monstruo porque decidiste dedicar tus últimos momentos a estudiar las piedras de unos romanos muertos.

Gundemaro se incorporó con una carcajada y apartó suavemente la mano del conde, más divertido que ofendido por aquella reprimenda. —Si el monstruo desea devorarme, tendrá que esperar a que termine. Además, ¿desde cuándo un Amalrico necesita tantos hombres para matar a un lobo? —replicó, recuperando finalmente su lanza—. Parece que nuestra pequeña expedición ha convertido a los cazadores más valientes de Tolosa en una pareja de ancianas supersticiosas.

Pero Walia no respondió a la provocación. Había visto cómo Juliano mantenía el arco dirigido hacia la arboleda y cómo el caballo de Gundemaro comenzaba a agitarse con una violencia cada vez mayor; entonces, por primera vez, escuchó algo que consiguió helarle la sangre incluso más que aquella presencia invisible: el roce lento y pesado de unas garras contra la piedra, procedente de algún lugar situado al otro lado de los muros derruidos.

La luz del mediodía continuaba iluminando las columnas caídas, los mosaicos y las hierbas crecidas entre las piedras, pero el lugar parecía haber quedado separado del resto de Aquitania por una frontera que ninguno de ellos podía ver. Juliano distinguía las respiraciones de los caballos, las hojas agitadas por el viento y el roce de su propia cuerda contra el protector de cuero del brazo; bajo todos aquellos sonidos persistía otro, más profundo y acompasado, que cambiaba de posición cada vez que intentaba localizarlo. La presión sobre su pecho aumentó de nuevo, acompañada por una impresión fugaz de peligro inminente. Walia levantó lentamente la espada y retrocedió hasta situarse junto a los otros dos, comprendiendo que cualquier intento de regresar a campo abierto exigiría atravesar parte del terreno que la bestia estaba vigilando. Gundemaro, sin embargo, se limitó a fruncir el ceño ante la gravedad de sus compañeros, todavía incapaz de comprender por qué un lobo, por grande que fuese, merecía semejante preocupación. Y desde el interior de las ruinas, donde la vieja escalera desaparecía bajo tierra, llegó un sonido tenue, semejante al roce de una cadena arrastrada sobre el pavimento.

Juliano observó las ruinas con atención, reconociendo bajo la vegetación la disposición característica de una villa romana construida sobre una pendiente. La escalinata exterior, parcialmente oculta por las raíces, comunicaba con una terraza superior sostenida por gruesos muros de mampostería, desde la cual debían de haberse contemplado antiguamente los jardines y las tierras cultivadas de la propiedad. Aunque parte de la balaustrada se había derrumbado, la rampa de acceso conservaba una anchura considerable, suficiente para permitir el paso de las monturas. El joven señaló aquella elevación con el arco y explicó que podían subir al segundo nivel, donde disfrutarían de una posición dominante sobre los alrededores. Si la criatura intentaba emboscarlos, podrían desmontar, formar una línea cerrada con las lanzas y aprovechar el estrechamiento de la entrada para impedir que los atacase por separado. Por grande que fuese aquel animal, difícilmente podría enfrentarse a tres hombres armados al mismo tiempo sin exponerse a recibir varias heridas mortales.

Walia escuchó la propuesta con una expresión que pasó gradualmente de la preocupación a la aprobación. Había algo tranquilizador en convertir aquel peligro incomprensible en un problema de terreno, accesos y posiciones defensivas, materias mucho más familiares para un noble educado en las artes militares. Sin embargo, no compartía enteramente la confianza de su compañero. —La posición es buena, Juler, y el estrechamiento nos favorecerá si tenemos que defendernos —admitió, examinando la terraza—. Pero una falange de tres hombres no es una falange, y combatir desde una escalera derruida puede resultar tan peligroso como enfrentarse al animal. Además, nuestras lanzas son de caza, no armas destinadas a detener una carga pesada. Si esa cosa es tan grande como sugieren las huellas, bastará un golpe para arrojar a uno de nosotros contra los otros dos. Pese a sus objeciones, volvió a mirar la rampa y terminó asintiendo—. Subiremos, pero nadie se separará y no entraremos en ninguna habitación. Nuestra intención es mantenernos vivos hasta que lleguen los hombres de Amalasunta.

Gundemaro recibió aquellas palabras con una sonrisa amplia, manifiestamente complacido por la perspectiva de explorar las ruinas sin tener que abandonar la cacería. —¡Por fin una idea digna de un romano! —exclamó, golpeando amistosamente el hombro de Juliano—. Una fortaleza, tres lanzas y un monstruo al que enseñaremos por qué nuestros antepasados conquistaron estas tierras. Aunque debo señalar que vuestro glorioso plan presenta un inconveniente: si la bestia tiene la cortesía de atacarnos en la terraza, tendremos que decidir quién se queda con la piel. Yo la vi primero, naturalmente. Walia lo miró con una mezcla de cansancio e incredulidad. —Tú viste primero las piedras, Gunder. Es completamente distinto. —Entonces reclamo las piedras también —replicó el Vidimero, divertido—. Algún día tendré una villa donde colocarlas, y recordaré que dos de mis mejores amigos estuvieron a punto de morir de preocupación mientras yo examinaba una propiedad abandonada.

La discusión se interrumpió cuando el caballo de Gundemaro volvió a encabritarse, tirando violentamente de las riendas y golpeando con los cascos las piedras del antiguo patio. La presión que atenazaba el pecho de Walia se intensificó hasta producirle una desagradable sensación de ahogo, mientras Juliano percibía aquella presencia maligna con una claridad casi dolorosa. Gundemaro, en cambio, parecía preocupado exclusivamente por impedir que su montura se lesionara entre los escombros. Los tres condujeron sus caballos hacia la rampa, cuyas losas estaban cubiertas de musgo y tierra acumulada durante décadas. Desde la terraza podían distinguirse varios caminos rurales, las copas de los árboles y, a lo lejos, las primeras figuras de los campesinos convocados por el cuerno del conde. También se advertía que el edificio conservaba un ala oriental relativamente intacta, con una galería de columnas que proyectaba sombras profundas sobre el pavimento. Walia observó aquel sector con desconfianza: cualquier cosa escondida allí podría acercarse sin ser vista desde el patio inferior.

—Aquí esperaremos —decidió el conde, examinando la resistencia del muro exterior antes de volver hacia Juliano—. Tu propuesta nos ha dado una posición defendible, pero quiero que recuerdes algo: un enemigo que conoce el terreno puede convertir una buena fortificación en una trampa. Gundemaro, asegura los caballos. Juler, vigila la galería oriental. Yo observaré la rampa. Y por una vez en tu vida, Gunder, intenta comprender que el hecho de que todavía no hayas visto al monstruo no significa que el monstruo no te haya visto a ti. El joven Vidimero levantó las manos en un gesto de inocencia exagerada, aunque obedeció sin mayores protestas. Bajo sus pies, entre las grietas del mosaico, crecían pequeñas plantas silvestres, y en uno de los muros sobrevivía una pintura casi borrada que representaba una escena de caza. Juliano distinguió allí un detalle singular: varios perros perseguían a un animal oscuro cuyo cuerpo había sido deliberadamente raspado de la pared. La pintura era antigua, pero las marcas que la habían destruido parecían mucho más recientes.

La subida al segundo nivel confirmó que aquella villa había sido extraña incluso antes de arruinarse. Juliano lo advirtió mientras guiaba su montura por la rampa resquebrajada y alzaba la vista hacia los muros interiores, todavía cubiertos por restos de estuco pintado. Allí estaba casi todo el bestiario clásico que un romano educado habría esperado encontrar en una residencia antigua: leones de melena espesa, jabalíes monstruosos, ciervos perseguidos por perros, grifos, serpientes marinas, aves de presa de ojos crueles y criaturas híbridas medio borradas por el tiempo; sin embargo, faltaba algo esencial, algo que su memoria detectó antes que su razón. No había héroes. Ningún cazador, ningún Hércules, ningún Belerofonte, ningún emperador victorioso dominando el caos. Tampoco había dioses paganos, ni símbolos cristianos añadidos después, ni cruces, ni peces, ni santos, ni mártires, como si el dueño de aquella casa hubiese querido conservar a las bestias y expulsar de las paredes toda presencia capaz de someterlas o juzgarlas. A espaldas de los jóvenes volvió a oírse aquel roce de cadenas sobre piedra, tenue, intermitente, como si alguien arrastrara un hierro largo por una galería inferior; pero el momento, la tensión y la necesidad de asegurar la posición hicieron que ninguno se detuviera de verdad en ello.

El segundo nivel se abría bajo un techo en gran parte derrumbado, de modo que la terraza y las salas contiguas formaban un espacio irregular pero útil. Varias vigas podridas yacían vencidas sobre el mosaico roto, aunque quedaba sitio de sobra para mantener los caballos bajo relativo control y para observar los alrededores desde los vanos abiertos hacia el bosque. Desde allí el aire corría mejor y el campo se extendía con una claridad cruel: podían verse la linde de los árboles, la curva del arroyo, las ruinas inferiores, los postes torcidos del cercado y, a lo lejos, algunas figuras campesinas moviéndose todavía hacia la posición de Amalasunta. La ventaja táctica era evidente, y precisamente por eso la presión que oprimía el pecho de Walia no disminuyó, sino que se volvió más aguda, más insoportable, como si elevarse sobre el terreno no hubiera hecho sino ofrecerles una vista más limpia del peligro. Juliano apoyó una mano en el pretil roto, respiró hondo y se obligó a estudiar el perímetro con método, mientras Gundemaro, muy al contrario, parecía animado por la altura y por la promesa de una caza más interesante de lo habitual, tan poco tocado por la opresión del lugar que casi resultaba ofensivo mirarlo.

Fue Gundemaro quien señaló primero un movimiento entre las hierbas altas, pero fue Juliano quien comprendió qué estaba viendo, y el reconocimiento le produjo un estremecimiento frío. La criatura no tenía la forma alargada y noble de un gran lobo, sino algo peor: avanzaba con el peso brutal y la silueta monstruosa de un entelodonte escapado de una pesadilla antigua, alto como un caballo bajo, de cuello poderoso, lomo descendente, cabeza desproporcionada y mandíbulas capaces de partir huesos mayores que los de una oveja. Su piel oscura aparecía surcada por mechones duros y zonas donde el pelo se apelmazaba con barro o sangre seca; los colmillos sobresalían con una blancura sucia, y bajo el hocico colgaban jirones rojizos que podían ser restos de presa reciente o simple corrupción de la carne. No corría: rodeaba. Se desplazaba en amplios semicírculos alrededor de la villa, deteniéndose a veces para alzar la cabeza y olfatear el aire con una paciencia que no pertenecía a la ferocidad ciega, sino a una inteligencia hambrienta y metódica. En dos ocasiones volvió el perfil hacia las ruinas, y aun a esa distancia Juliano sintió, más que vio, que el animal sabía exactamente dónde estaban.

—Eso no es un lobo —dijo Walia al fin, y la frase le salió tan baja y tan seca que sonó más a diagnóstico que a exclamación. La mano con que sujetaba la espada estaba firme, pero el conde sentía en la nuca aquella repulsión helada que no se experimenta ante un simple depredador, sino ante una anomalía del mundo, algo que no debería existir bajo el mismo cielo que las cosechas, los rebaños y las casas de los hombres. Juliano asintió sin apartar los ojos de la criatura y tanteó la distancia de tiro, aunque advirtió enseguida que una flecha mal elegida solo serviría para revelarles su exacta posición y provocar una carga antes de tiempo. Gundemaro, por el contrario, apoyó los codos en el borde roto de una columna caída y soltó una risa breve, casi admirativa. Aquello, a sus ojos, seguía siendo un animal enorme y formidable, un trofeo futuro, una historia magnífica para cualquier banquete, no una manifestación torcida de algo más hondo y más impuro. Su ligereza irritaba a Walia y desconcertaba a Juliano, porque el conde y el romano se sentían perseguidos por una presencia opresiva que parecía deslizarse por los muros, por las ruinas y por la sangre misma del lugar, mientras Gundemaro se mantenía extrañamente libre de ella, como si la villa y la bestia no hubiesen decidido todavía reconocerlo como verdadero participante de aquella escena.

Abajo, la criatura siguió rodeando los alrededores de la villa, lenta, pesada y deliberada, hasta detenerse cerca de un antiguo jardín hundido donde sobresalían estatuas sin cabeza y trozos de columnas cubiertos de hiedra. Allí levantó el hocico hacia el segundo nivel y emitió un sonido ambiguo, no exactamente un gruñido ni un chillido, sino una especie de resoplido cavernoso que parecía mezclar ira y apetito con algo casi humano en su forma de medir el silencio posterior. En ese mismo instante volvió a oírse desde el interior de la casa el ruido de cadenas arrastradas, esta vez un poco más claro, un poco más próximo, como si bajo sus pies —o detrás de algún muro cegado— otra presencia hubiese respondido a la llegada del monstruo exterior. Los caballos se agitaron de inmediato; Walia giró la cabeza hacia la sombra de una estancia derruida; Juliano apretó el arco con más fuerza; Gundemaro, al fin, dejó de sonreír del todo, aunque todavía no parecía comprender que quizá la cacería se había vuelto demasiado grande incluso para su gusto.

El ruido de las cadenas comenzó a imponerse sobre los resoplidos de los caballos, primero como un roce irregular procedente de las habitaciones interiores y después como un arrastre metálico, acompañado por pequeños golpes contra las losas del pavimento. De la oscuridad de una galería surgió una figura humana, tan menuda y maltrecha que los tres jóvenes tardaron un instante en reconocerla como una niña. Tendría unos doce años, vestía una túnica campesina desgarrada, caminaba descalza y llevaba alrededor de los tobillos dos argollas de hierro unidas a fragmentos de cadenas rotas. Su rostro estaba cubierto de lágrimas y suciedad; tenía las muñecas en carne viva y avanzaba tropezando, con la desesperación de quien había conseguido escapar de un encierro sin saber todavía si había alcanzado la libertad. Al descubrir a los nobles, levantó los brazos y trató de pronunciar alguna súplica, pero apenas consiguió emitir un sollozo. Abajo, entre las estatuas mutiladas del antiguo jardín, la bestia se detuvo bruscamente y volvió su enorme cabeza hacia la terraza. La opresión que atenazaba a Walia y Juliano adquirió entonces una violencia casi insoportable, como si aquella criatura hubiera reconocido algo que le pertenecía y acabara de descubrir que estaba a punto de perderlo.

Juliano reaccionó con una velocidad que sorprendió incluso a sus compañeros, habituados a verlo ejecutar disparos extraordinarios durante las cacerías. La primera flecha salió antes de que Gundemaro terminara de apartarse del pretil y alcanzó el costado de la criatura; una segunda se hundió cerca del hombro, y después llegaron otras, tan rápidamente que el muchacho parecía haber convertido el arco en una máquina de guerra. Todas encontraron su objetivo. Sin embargo, el efecto estuvo muy lejos de lo esperado: bajo la piel oscura, el animal poseía una mole de músculos extraordinariamente compactos, especialmente desarrollados sobre la espalda y el cuello, donde las flechas apenas conseguían penetrar más allá de las capas superficiales. Una de ellas quedó atrapada entre los pliegues de carne que protegían la cruz; otra se partió cuando el monstruo giró violentamente el cuerpo. La criatura emitió un bramido ronco, semejante al gruñido de un cerdo gigantesco mezclado con el rugido de un depredador, y abrió unas mandíbulas cuya amplitud resultaba espantosa. Walia sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas, no tanto por el tamaño del enemigo como por aquella presencia invisible que parecía derramarse desde él y convertir cada respiración en una lucha contra el terror.

La niña lanzó un grito al escuchar al monstruo y retrocedió hasta golpearse contra una columna, mientras Juliano abandonaba el arco, desenvainaba su gladius y corría hacia la abertura del muro derruido. Desde allí saltó al nivel inferior, aprovechando una acumulación de escombros para acortar la caída, y aterrizó entre fragmentos de ladrillo que se desprendieron bajo sus botas. Walia comprendió inmediatamente la intención de su compañero: impedir que la bestia alcanzara el acceso a la terraza antes de que la muchacha pudiera ponerse a salvo. El conde tomó una de las lanzas de caza, comprobó instintivamente su equilibrio y se lanzó tras él, descendiendo por el mismo sector con una agilidad que desmentía la rigidez de su postura anterior. Durante el salto, la sensación opresiva volvió a cerrarse sobre su pecho, acompañada de una certeza aterradora: aquello no era simplemente un animal extraordinario, sino una presencia que despertaba en su espíritu una repugnancia desconocida. Aun así, consiguió aterrizar de pie, adelantó la lanza y buscó situarse junto al romano antes de que la criatura pudiera cargar contra cualquiera de los dos.

—¡Eh! ¡Un momento, malditos bastardos! —protestó Gundemaro desde lo alto, contemplando con indignación cómo sus compañeros iniciaban el combate sin concederle siquiera la oportunidad de participar en la escena como había imaginado—. ¡Primero teníais que escuchar mi gallarda frase! ¡Llevo toda la mañana preparándola! Sin esperar respuesta, recuperó su propia lanza, calculó la distancia y saltó detrás de ellos con un entusiasmo tan imprudente como auténtico. A diferencia de Walia y Juliano, no experimentaba aquel miedo sobrenatural que parecía impregnar el lugar; para Gundemaro, la situación se había convertido por fin en la aventura gloriosa que llevaba deseando desde que abandonaron Tolosa. Su aterrizaje levantó una pequeña nube de polvo y provocó el desprendimiento de varias piedras. Al incorporarse, descubrió que la bestia había dejado de observar la terraza y giraba ahora lentamente hacia los tres jóvenes, con las flechas clavadas en el lomo como espinas ridículas sobre una montaña viviente.

El monstruo avanzó algunos pasos, hundiendo las pezuñas en la tierra húmeda del jardín abandonado. Su cabeza parecía casi demasiado grande para el cuerpo, con protuberancias óseas a ambos lados de las mandíbulas, pequeños ojos hundidos bajo gruesos rebordes y colmillos que sobresalían incluso cuando cerraba la boca. Los músculos de los hombros se contrajeron bajo la piel ennegrecida, moviendo las flechas incrustadas sin que el animal mostrara señales de debilitamiento. Juliano se encontraba ligeramente adelantado, armado con su espada corta; Walia ocupaba su derecha con la lanza dispuesta para detener una embestida, mientras Gundemaro descendía hacia el otro flanco, todavía convencido de que aquella criatura terminaría convertida en el trofeo más célebre de Aquitania. Desde la terraza superior llegó otro sollozo de la niña, seguido por un nuevo tintineo de sus cadenas, y la bestia levantó súbitamente la cabeza hacia aquel sonido. Entonces bajó el hocico, abrió las mandíbulas y comenzó a cargar, haciendo temblar las pequeñas losas sueltas del pavimento mientras los tres jóvenes descubrían, en un mismo instante, que habían abandonado la seguridad de la altura para enfrentarse a un enemigo cuya fuerza todavía no conocían.

—¿Creéis que esto fue lo que enfrentó Heracles cuando cazó al jabalí de Erimanto? —preguntó Juliano, avanzando con una confianza que contrastaba violentamente con la presión sobrenatural que sentía sobre el pecho. Mantenía el gladius adelantado y los ojos fijos en la criatura, procurando conservar su atención mientras sus compañeros buscaban posiciones favorables. El monstruo respondió con un resoplido gutural, semejante al chillido de un cerdo llevado hasta una profundidad imposible, y entreabrió las mandíbulas para mostrar unos colmillos amarillentos, largos como puñales. La comparación mitológica no resultaba enteramente desacertada: aquel cuerpo desmesurado poseía algo de jabalí, algo de lobo y mucho de una criatura que ninguna persona sensata habría querido encontrar fuera de las historias antiguas. Cada movimiento de sus poderosos hombros hacía oscilar las flechas clavadas en la carne, mientras las pezuñas removían el polvo del antiguo jardín.

—Si es así, el Heracles que recuerdo debía de ser dos veces más formidable —respondió Walia, procurando que su voz no revelara la angustia que le comprimía las entrañas—. Y habría agradecido que Euristeo le hubiese proporcionado una lanza algo más larga. El conde retrocedió medio paso para conservar distancia, acomodando el arma contra su costado mientras buscaba una abertura entre las protuberancias óseas de la cabeza monstruosa. Juliano recibió la observación con una sonrisa fugaz. Ninguno de los dos podía explicarse por qué aquella bestia les producía un miedo tan distinto del que habría despertado cualquier otro animal peligroso; sin embargo, ambos estaban consiguiendo dominarlo mediante la disciplina del combate. Gundemaro, en cambio, parecía impermeable a semejante influencia, y aquella inmunidad lo hacía todavía más imprudente de lo habitual.

—¡Entonces dejad que os muestre cómo habría terminado la historia si Heracles hubiese nacido entre los godos! —bramó Gunder, adelantándose sin esperar ninguna señal de sus compañeros. Su intención era evidente: acometer el costado de la criatura con una estocada de lanza antes de que pudiera girarse para defenderse. Pero el joven Vidimero calculó mal tanto la distancia como la velocidad de su adversario. La bestia dejó de prestar atención a Juliano y realizó un giro súbito, extraordinariamente rápido para su tamaño, desplazando aquella cabeza monstruosa hacia el atacante. Gundemaro alcanzó a lanzar la estocada, pero la punta resbaló sobre la musculatura del hombro y apenas consiguió abrir un surco superficial. Un instante después, el hocico de la criatura golpeó el asta de la lanza, desviándola con una violencia que estuvo a punto de arrancársela de las manos.

Gundemaro trastabilló sobre las losas desniveladas, intentando recuperar el equilibrio mientras el monstruo avanzaba sobre él. La criatura abrió las mandíbulas y lanzó un chillido ensordecedor, acompañado por un olor nauseabundo a carne podrida que alcanzó incluso a Walia. El conde vio con espanto cómo su compañero quedaba momentáneamente fuera de posición y comprendió que disponían de apenas unos instantes antes de que aquellos colmillos alcanzaran su cuerpo. —¡Gunder, retrocede! ¡Maldito imbécil, retrocede! —rugió, adelantando la lanza para amenazar el cuello de la bestia. Juliano, situado al otro flanco, percibió una de sus breves anticipaciones de peligro: una imagen fugaz de las enormes mandíbulas cerrándose sobre la pierna del joven godo, seguida por una sacudida capaz de arrojarlo contra las columnas derruidas.

El monstruo concentró entonces toda su atención en Gundemaro, que había conseguido recuperar parcialmente la postura, aunque permanecía peligrosamente cerca de sus colmillos. Juliano tenía el costado de la criatura a su alcance y Walia podía intentar detener su avance con la lanza, pero ambos comprendían que una intervención mal coordinada podría convertir el rescate en una desgracia mayor. Arriba, la niña encadenada contemplaba la escena entre sollozos, aferrada a una columna, mientras desde las galerías inferiores volvía a resonar aquel inexplicable arrastre de hierro contra piedra.

La embestida del monstruo parecía inevitable. Gundemaro había perdido el equilibrio y apenas conseguía mantener la lanza entre su cuerpo y aquellas mandíbulas enormes, mientras Walia avanzaba desesperadamente para interceptar una carga que, por la posición del animal, difícilmente podría detener a tiempo. Pero Juliano se movió antes de que ninguno de los dos comprendiera lo que estaba sucediendo. Su percepción del peligro se agudizó hasta convertir los movimientos de la criatura en una sucesión de imágenes extraordinariamente claras: la contracción de los músculos del cuello, el desplazamiento del peso hacia las extremidades anteriores y la pequeña abertura que aparecía entre los gruesos relieves óseos de la parte posterior del cráneo cuando bajaba la cabeza para atacar. Entonces recordó una lección de su antiguo maestro, quien le había explicado que incluso los cocodrilos, aquellas bestias monstruosas de los ríos africanos cuya piel parecía fabricada con hierro vivo, poseían regiones vulnerables allí donde las articulaciones permitían el movimiento de la cabeza. No era una certeza anatómica respecto de aquella criatura desconocida, pero sí una oportunidad que su extraordinaria rapidez le permitía aprovechar.

Juliano recorrió la distancia que lo separaba de la bestia con una aceleración que dejó a Walia momentáneamente desconcertado. Se deslizó junto al costado del monstruo, evitó por un margen mínimo el movimiento de sus hombros y, aprovechando el instante en que la cabeza descendía hacia Gundemaro, lanzó una estocada ascendente con toda la fuerza de su brazo. La hoja del gladius penetró en la abertura situada entre el cráneo y las primeras vértebras cervicales, atravesando tejidos mucho menos resistentes que la inmensa musculatura dorsal. El efecto fue inmediato. La criatura interrumpió su ataque con un estremecimiento violentísimo, abrió las mandíbulas hasta un ángulo espantoso y emitió un chillido que comenzó como el berrido de un cerdo gigantesco y terminó convertido en un sonido agudo, casi humano. Sus extremidades anteriores cedieron parcialmente y el enorme cuerpo se desplomó hacia un costado, golpeando el pavimento con suficiente fuerza para hacer saltar varios fragmentos del mosaico.

Sin embargo, aquella victoria llegó acompañada de una última manifestación de fuerza brutal. Mientras su sistema nervioso sucumbía a la herida, la bestia sufrió una contracción muscular tan poderosa que una de sus extremidades posteriores salió despedida hacia atrás. La coz alcanzó a Juliano cuando todavía intentaba recuperar su espada y lo levantó del suelo con una violencia aterradora. El muchacho atravesó varios pasos de espacio abierto antes de estrellarse contra un muro de ladrillo romano, produciendo un golpe seco que hizo desprenderse parte del revestimiento antiguo. Cayó entre los escombros sin emitir un grito. Su cuerpo quedó inmóvil sobre las piedras, con un brazo extendido en una posición antinatural y el rostro parcialmente oculto por el cabello oscuro. El gladius resbaló de sus dedos y terminó junto a una columna caída, mientras una mancha de sangre comenzaba a extenderse lentamente bajo su cabeza.

—¡JULER! —La voz de Walia resonó por todo el jardín con una desesperación que habría resultado impensable unos instantes antes. El conde abandonó inmediatamente la formación defensiva y corrió hacia su compañero, aunque todavía tuvo la prudencia de comprobar que el monstruo no estaba recuperando el movimiento. La criatura permanecía tendida sobre las losas, estremeciéndose con espasmos cada vez más débiles, mientras una sangre oscura brotaba de la herida abierta en la nuca. Gundemaro, liberado de las mandíbulas que estuvieron a punto de despedazarlo, contemplaba alternativamente al animal y al muchacho caído. La despreocupación que había presidido toda la jornada desapareció por primera vez de su rostro. —Yo... —comenzó, pero no consiguió terminar la frase. Walia se arrodilló junto a Juliano, comprobó que respiraba y descubrió con espanto que cada inspiración era superficial e irregular. El joven romano no respondía a su voz ni a las presiones suaves sobre el hombro, y el conde evitó moverlo al advertir la violencia del impacto que había sufrido contra la pared.

—¡Gundemaro, deja de mirar y haz algo útil por una vez en tu vida! —ordenó Walia, sin molestarse en ocultar las lágrimas de furia que comenzaban a acumularse en sus ojos—. ¡Ve a buscar a tu hermana! ¡Necesitamos hombres, una litera y alguien que conozca el oficio de médico! ¡Y dile que mande inmediatamente a Tolosa por un cirujano! Gundemaro vaciló apenas un instante antes de recoger su lanza y echar a correr hacia la rampa de acceso, con el rostro tan pálido que parecía haber envejecido varios años desde que iniciaron la cacería. Walia permaneció junto a Juliano, manteniendo una mano cerca de su cuello para vigilar el pulso, mientras observaba con creciente desconcierto que aquella sensación opresiva que había atormentado a ambos durante toda la mañana comenzaba finalmente a disiparse. El aire parecía más ligero, los sonidos del bosque regresaban poco a poco y el monstruo yacía inmóvil entre las ruinas, pero el conde apenas podía sentir alivio. Habían derrotado a una criatura imposible y, sin embargo, el nieto del hombre más poderoso de su círculo de aliados podía morir allí mismo, sobre un pavimento abandonado, por haber salvado la vida de un amigo.

Desde la terraza superior, la niña de las cadenas rotas comenzó a descender lentamente, apoyándose en las paredes para no caer. Tenía los ojos fijos en el cuerpo de la bestia y murmuraba unas palabras que Walia no alcanzaba a comprender, aunque distinguió claramente que no eran expresiones de gratitud ni oraciones por la salvación de su alma. La muchacha parecía más aterrorizada ahora que cuando había escapado de las galerías, y al contemplar el cadáver volvió la cabeza hacia la entrada subterránea, como si temiera que alguien pudiera haber escuchado el último chillido del monstruo. Walia levantó la mirada hacia ella, desconcertado, justo cuando desde las profundidades de la villa volvió a escucharse el arrastre de una cadena, seguido por tres golpes lentos contra una puerta que ninguno de los jóvenes había visto.

 

 

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